Lo que hice por amor
- Автор: Филлипс Сьюзен Элизабет
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «Lo que hice por amor». Краткое содержание книги:
¿Qué debería hacer una actriz para mejorar su suerte? Desde luego, NO sería ir a Las Vegas, NO sería escaparse con su detestable pareja televisiva, el macizo tío bueno, Bramwell Shepard… y NO debería verse envuelta en medio de un ridículo incidente que la lleva a ser la protagonista de una desastrosa huída. Antes de saber cómo, Georgie disfruta de un matrimonio falso, de un marido falso, y tal vez (o quizá no) de sexo falso.
Es una lucha a muerte contra los paparazzi y Georgie no tiene la suerte de su lado. Ahí están la terrorífica ama de llaves de Bram; el insistente padre de Georgie; el agente más pelota del mundo; ese frío directivo de los estudios; ¡y la nueva esposa de su ex marido, una pacifista internacional que bien podría ser merecedora de ese estúpido premio, el Nobel de la Paz!
Por lo que respecta al hombre de Georgie… Bram, es su ángel de ojos azules y retorcido corazón negro, que jamás se ha preocupado de nadie más que de sí mismo. Bueno, da el pego como hombre enamorado… gracias al medio millón de dólares que ella le paga.
Es oficial. Se ha casado con el diablo. ¿O no?
Son dos enemigos trabajando sin guión bajo los brillantes focos del plató… allí donde las emociones más fuertes pueden llevar sorprendentes disfraces.
Cuando se volvió para irse, vio que Georgie estaba en la puerta del despacho filmándolo todo con su cámara de vídeo.
Chaz apoyó las manos en las caderas.
– Eso es ilegal, ¿lo sabes? Es ilegal filmar a la gente sin su permiso.
Georgie mantuvo el ojo pegado a la cámara.
– Pues búscate un abogado.
Chaz salió hecha una furia al pasillo y se dirigió a las escaleras. En aquel momento, Georgie era la última persona con la que quería hablar. El día antes, cuando Georgie y Bram habían llegado a la casa, estaban muy raros. Georgie tenía una escocedura en el cuello y no miraba a Bram, quien no dejaba de sonreírle en plan listillo. Chaz no sabía qué se traían entre manos. Ellos creían que no se había enterado de que dormían en habitaciones separadas. Como si Georgie supiera cómo hacer una cama de una forma medianamente decente. ¿Qué había ocurrido el día anterior?
Chaz pensó en todo el dinero que podría conseguir si les contara a los periodistas que los recién casados dormían en camas separadas. Si con ello hiriese a Georgie, quizá lo haría. Pero nunca le haría daño a Bram.
Georgie la siguió escaleras abajo.
– ¿Por qué eres tan dura con Aaron?
Chaz también podría formularle a ella unas cuantas preguntas, como por qué era tan dura con Bram, y qué había ocurrido el día anterior, y por qué la noche pasada Georgie había vuelto a dormir en el otro dormitorio. Pero ella había aprendido a guardarse para sí misma lo que sabía hasta que tuviera una razón para utilizarlo.
– Yo tengo una pregunta mejor -declaró Chaz-. ¿Por qué no has intentado ayudar a Aaron? Es un auténtico desastre. Casi no puede subir las escaleras sin que le dé un ataque al corazón.
– Y a ti te gusta arreglar los desastres.
– ¿Y qué?
Todo aquel asunto de la cámara de vídeo era muy raro. Chaz no sabía por qué Georgie la grababa continuamente y por qué ella no se negaba a hablar. Pero cada vez que Georgie la perseguía con su cámara, ella se sorprendía a sí misma hablando como una cotorra. Era como si… como si hablar sobre ella misma a la cámara, de algún modo, la convirtiera en alguien importante. Como si su vida fuera algo especial y ella tuviera algo valioso que decir.
Llegaron al final de las escaleras y Georgie la siguió al interior de la cocina.
– Cuéntame qué ocurrió cuando te fuiste de Barstow.
– Ya te lo dije. Vine a Los Ángeles y encontré un lugar donde vivir a las afueras de Sunset.
– Casi no tenías dinero. ¿Cómo conseguiste pagar el alquiler?
– Encontré un trabajo. ¿Qué creías si no?
– ¿Qué tipo de trabajo?
– Tengo que orinar. -Chaz se dirigió al aseo que había junto a la cocina-. ¿También me vas a seguir ahí dentro?
Cerró la puerta y echó el pestillo. Nadie conseguiría que hablara sobre lo sucedido cuando llegó a Los Ángeles. Nadie.
Cuando salió, Georgie había desaparecido y Bram estaba hablando por teléfono. Chaz cogió un trapo de cocina y limpió la encimera.
– Dile a Georgie que deje de seguirme a todas partes con su cámara -dijo cuando él acabó de hablar por teléfono.
– Resulta difícil decirle nada a Georgie. -Bram sacó la jarra de té helado de la nevera.
– Por cierto, ¿qué pasa con ella? ¿Por qué no deja de filmarme? -preguntó Chaz.
– ¿Quién sabe? Hace un par de días la vi filmando a las mujeres de la limpieza. Les hablaba en castellano.
Chaz nunca lo admitiría, pero no le gustó la idea de que Georgie grabara a alguien que no fuera ella.
– Estupendo. Puede que así ya no me moleste más.
Él señaló el móvil.
– ¿Ya lo has hecho?
La chica abrió el lavavajillas y metió los vasos del desayuno.
– Estoy pensándomelo.
– Chaz, ahí fuera hay todo un mundo. No puedes esconderte aquí para siempre.
– ¡No me estoy escondiendo! Y ahora, si no te importa, mañana por la noche hay invitados y tengo un montón de cosas que hacer.
Él sacudió la cabeza.
– A veces creo que no te hice ningún favor contratándote.
Bram estaba equivocado. Le había hecho el favor más grande de su vida y ella nunca lo olvidaría.
Aquella tarde, mientras se vestía para las fotos de los paparazzi, Georgie se preguntó por qué tener sexo con un chico malo era más excitante que tenerlo con un tío decente. Aunque aquel tío decente la hubiera abandonado por otra mujer. Entonces, ¿por qué había querido dormir sola la noche anterior? Porque el sexo de la tarde había sido demasiado bueno y divertido. Deliciosamente libertino. Tan alocado y libre de complicaciones que no estaba preparada para estropearlo con la vida real. También porque quería que Bram comprendiera que no se había convertido en alguien disponible sólo porque hubiera tenido con él la aventura sexual más excitante de su vida. Pero para dormir sola había tenido que hacer uso de toda su fuerza de voluntad, y no le gustó la mirada de sabelotodo que Bram le lanzó cuando ella le dijo que se iba a dormir al otro dormitorio.
Salieron de la casa en una operación de café con fotos. Georgie decidió que la mejor manera de recuperar el sentido de la normalidad era entablar una pelea.
– Deja de tararear -dijo mirando a Bram con el ceño fruncido desde el asiento del copiloto-. Si crees que sigues la melodía, estás equivocado.
– ¿Qué te está carcomiendo? Yo no, por desgracia.
– Eres asqueroso.
– ¡Eh! ¿Qué le ha ocurrido a tu sentido del humor?
– Tú.
– Supongo que eso lo explica todo. -Bram empezó a tararear unos compases de la canción It's the Hard-knock Life, de Annie, sólo para provocarla-. Ayer por la tarde estabas mucho más simpática. Mucho más.
– Aquello fue lujuria, tío. Te estaba utilizando.
– Pues lo hiciste francamente bien.
A Georgie no le gustó que él se negara a entablar la pelea que ella necesitaba.
– No deberías haber dicho que te acordabas de lo que sucedió en Las Vegas porque no es verdad.
– Es una simple cuestión de eliminación. Estoy seguro de que uno de los dos perdió el sentido antes de que lo hiciéramos porque, si lo hubiéramos hecho, me acordaría.
Por una vez, ella se sintió inclinada a creerle.
Cuando salieron del Coffee Bean & Tea Leaf, los paparazzi los rodearon. Georgie pensó en los millones de fotografías que había visto de famosos con tazas de café o botellas de agua en la mano. ¿Desde cuándo la deshidratación se había convertido en riesgo laboral de la fama?
– ¡Aquí! ¡Mirad hacia aquí!
– ¿Qué planes tenéis para el fin de semana?
– ¿Vuestra relación sigue siendo sólida?
– Como una roca. -Bram apretó con más fuerza la cintura de Georgie y susurró-: Si fueras tan dura como pretendes, ayer por la noche no te habrías ido corriendo a tu camita.
Ella lo miró a los ojos con una amplia sonrisa.
– Ya te lo dije. Tengo la regla.
Él le devolvió la sonrisa.
– Y yo te contesté que no me importa en absoluto.
A Lance sí que le importaba. Se mostró amable, pero tener sexo con una mujer que estaba menstruando no era lo suyo. Claro que, en aquel momento, ella no tenía la regla.
– Es obvio que no he sido lo bastante clara -susurró Georgie representando el papel de predadora sexual mientras las cámaras no dejaban de disparar a su alrededor-. Ayer pasaste la audición en Provocativa. De ahora en adelante, tu única función es estar a mi servicio. Cuando y donde yo quiera. Y en estos momentos no quiero.
Mentirosa. Sí que quería, y también quería sexo con él. Precisamente, la experiencia del día anterior había sido increíble porque la había tenido con el guapísimo, inútil y depravado Bram Shepard. Para él, el sexo no significaba más que una sacudida de manos, y saberlo le proporcionaba a Georgie una nueva y excitante sensación de libertad. Su marido falso, y posiblemente alcohólico, nunca tendría el poder que Lance había tenido sobre ella. Con Bram, ella nunca se preocuparía por si una négligé era lo bastante sexy para atraerlo, ni pensaría que tenía que leer el último manual de sexo para mantenerlo interesado. ¿A quién le importaba? Quizá ni siquiera se depilase las piernas.