El retorno de los dragones
- Автор: Уэйс Маргарет, Хикмэн Трэйси
- Серия: Cronicas de la Dragonlance #1
- Язык: испанский
- Переводчик: Tere Casanovas
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «El retorno de los dragones». Краткое содержание книги:
Y ellos, menos que nadie.
Tanis parpadeó, intentando que sus ojos volviesen a acostumbrarse a la oscuridad. Se oyó una voz profunda.
—Kan-tokah neh sirakan.
Goldmoon gritó y Tanis miró hacia lo que debería haber sido el cadáver de Riverwind. En lugar de ello, vio que el bárbaro se incorporaba y extendía sus brazos hacia la mujer. Ella le abrazó, riendo y llorando al mismo tiempo.
—Por tanto —les dijo Goldmoon finalizando su relato—, debemos encontrar un camino que nos conduzca a la ciudad destruida que yace bajo el templo, y llevarnos los Discos que guarda el dragón en su cubil.
Se hallaban sentados sobre el suelo, en la cámara principal del templo, cenando frugalmente algunas frutas y hojas que habían recogido de los alrededores, así como algunos restos de provisiones que, milagrosamente, habían conseguido poner a salvo, cuando fueron hechos prisioneros por los draconianos. Una rápida inspección del edificio les había revelado que se hallaba vacío, a pesar de que Caramon había encontrado huellas de draconianos junto a la escalera, además de otras huellas que el guerrero no había podido identificar.
El edificio no era muy grande. Enfrente de la entrada que les había llevado a la cámara principal donde se hallaba la estatua, había dos habitaciones presuntamente dedicadas a la oración. La cámara principal se ramificaba en dos salas circulares, una orientada al norte y la otra en dirección sur, ambas decoradas con frescos que ahora se hallaban cubiertos de hongos, por lo que resultaban imposibles de identificar. Dos pares de dobles puertas doradas conducían hacia el este. Caramon les notificó que allí había encontrado una escalera que descendía hacia la ciudad destruida. Desde donde se encontraban, podía oírse el débil sonido de un rompiente, lo cual les recordó que se hallaban sobre un acantilado que daba al Nuevo Mar.
Los compañeros estaban en silencio, cada uno perdido en sus propios pensamientos, intentando asimilar la historia que les había relatado Goldmoon. Tasslehoff continuó curioseando por las habitaciones e investigando los rincones oscuros. Al no encontrar nada que le interesase, el kender, aburrido, se reunió con el grupo, llevando en la mano un viejo casco demasiado grande para él. Como los kenders nunca llevan casco, pues lo consideran molesto y demasiado pesado para su corta estatura, Tas se lo lanzó al enano.
—¿Qué es esto? —preguntó Flint con suspicacia, colocándolo bajo la luz que proyectaba el bastón de Raistlin. Era un casco de diseño antiguo, trabajado por un herrero habilidoso. Sin duda alguna, por un enano, decidió Flint mientras le sacaba el brillo cuidadosamente con la mano. El extremo superior estaba adornado por una larga cola de animal. El enano arrojó el casco de draconiano que había estado utilizando y se puso el nuevo. Le quedaba perfecto. Sonriendo, se lo sacó para volver a admirar la parte trabajada. Tanis lo observaba divertido.
—Es pelo de caballo —dijo señalando la cola.
—¡No, no lo es! —Arrugando la nariz, lo olió de cerca y al ver que no estornudaba miró a Tanis satisfecho—. Es cabello de la melena de un grifo.
Caramon soltó una carcajada.
—¡Un grifo! —exclamó —. En Krynn hay tantos grifos como...
—Dragones —interrumpió Raistlin en tono irónico.
La conversación se acabó bruscamente.
Sturm se aclaró la garganta. —Sería mejor que durmiésemos un poco—. Yo haré la primera guardia.
—Esta noche no hace falta que nadie haga guardia —dijo Goldmoon lentamente, sentándose junto a Riverwind. Desde su encuentro con la muerte, el bárbaro no había hablado mucho. Durante largo rato, se había quedado contemplando la estatua de Mishakal, reconociéndola como la mujer que le había entregado la Vara, pero se había negado a contestar cualquier pregunta o a hablar sobre el tema.
—Aquí estamos a salvo —afirmó Goldmoon mirando la estatua.
Caramon arqueó las cejas, Sturm frunció el ceño y se atusó los bigotes. Ambos eran demasiado corteses para cuestionarle a Goldmoon su fe, pero Tanis sabía que ninguno de ellos se sentiría seguro si no establecían unos turnos de guardia. De cualquier forma, faltaban pocas horas para que amaneciese y todos necesitaban descansar. Raistlin ya dormía, tendido en un oscuro rincón de la habitación, envuelto en su capa.
—Creo que Goldmoon tiene razón —dijo Tasslehoff—. Confiemos en los antiguos dioses, ya que al parecer, los hemos encontrado.
—Los elfos nunca los perdieron; ni los enanos tampoco —protestó Flint con expresión enojada—. ¡No entiendo nada de nada! Supuestamente, Reorx es uno de los antiguos dioses y le hemos adorado desde el Cataclismo...
—¿Adorado? —preguntó Tanis —. O llorado desesperadamente cuando tu gente fue expulsada de su Reino de las Montañas. No, no te enfurezcas... Los elfos actuaron igual. —Tanis, al ver que el rostro del enano enrojecía vivamente, levantó una mano—. Cuando nuestras tierras fueron arrasadas, nos quejamos a los dioses. Sabemos que existen y veneramos su recuerdo, tal como veneramos a los muertos. Ciertas sectas de elfos desaparecieron hace ya tiempo, igual que algunas sectas de enanos. Recuerdo a Mishakal, diosa de la Curación. Cuando era joven oí contar historias sobre ella, y también recuerdo historias sobre dragones. Cuentos de niños, diría Raistlin. Por lo visto nuestra infancia ha vuelto para acosarnos o para salvamos. Esta noche he visto dos milagros: uno realizado por las fuerzas del bien y otro por las del mal. Si he de confiar en la evidencia de mis sentidos, debo creer en ambos. De todas formas... —el semielfo suspiró—, creo que deberíamos hacer turnos de guardia esta noche. Lo siento, señora. Desearía que mi fe fuese tan firme como la vuestra.
Sturm hizo la primera guardia. Los demás se envolvieron en mantas y se tendieron sobre el suelo de mosaico. Después de aquel día extenuante en el que parecía que sus desgracias no iban a acabar jamás, encontraron al fin unas horas de descanso que les proporcionaron un poco de sosiego y les permitieron recuperar las energías perdidas. El caballero paseó por el templo iluminado por la luz de las lunas. Recorrió las tranquilas habitaciones, más por hábito que por sentir amenaza alguna. Oía el furioso soplido del viento del norte. No obstante, el interior del templo era curiosamente cálido y acogedor: tal vez demasiado acogedor.
Se sentó en el pedestal de la estatua y sintió que le invadía una dulce paz. De pronto, se irguió rápidamente y, asombrado, comprobó que casi se había quedado dormido. ¡Esto era imperdonable! Después de reprenderse severamente, el caballero decidió, como castigo, caminar durante toda la guardia, las dos horas completas. En el momento en el que iba a levantarse, se detuvo. Oyó unos cánticos, era la voz de una mujer. Extrañado, miró a su alrededor, llevando su mano a la empuñadura de la espada. De pronto su mano tembló; había reconocido la voz y la canción. Era la voz de su madre. Estaban juntos una vez más, huyendo de Solamnia, viajando solos a excepción de un fiel servidor, que moriría antes de que llegasen a Solace. La canción era una de esas canciones de cuna más viejas que los mismos dragones. La madre de Sturm sostenía amorosamente a su hijo, intentando que no sintiera miedo y reconfortándole cálidamente con su canción. Los ojos de Sturm se cerraron, y el caballero se quedó tan pacíficamente dormido como sus derrengados compañeros.