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Электронная книга - «Si pudieras verme ahora». Краткое содержание книги:

En la vida de Elizabeth Egan todo tiene su sitio, desde las tazas para caf? expr?s en su reluciente cocina hasta los muestrario y los botes de pintura de su negocio de dise?o de interior. El orden y la precisi?n le dan una sensaci?n de control sobre la vida y mantienen el coraz?n de Elizabeth apartado del dolor que sufri? en el pasado. ejercer de madre de su sobrino de seis a?os al tiempo que saca adelante su empresa es un empleo a jornada completa, que deja poco margen al error y la diversi?n. Hasta que un d?a alguien muy singular aparece inesperadamente en sus vidas. El misterioso Ivan es despreocupado, espont?neo y amante de la aventura, todo lo contrario que Elizabeth. Reconoce a su verdadero amor antes de que ella le vea siquiera, y le ense?a que la vida s?lo merece la pena ser vivida cuando se nos presenta con todo su color y una pizca de desorden. Pero ?qui?n es Ivan en realidad? P?cara y por momento profundamente conmovedora, esta novela nos permite recuperar toda la ternura y la emotividad caracter?sticas de la autora de Posdаta: Te amo, novela que ser? llevada al cine con Hillary Swank como protagonista.
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– Elizabeth, por fin te encuentro. -Extendió los brazos a modo de bienvenida-. ¿Qué hace la estrella de la noche en este rincón, alejada de todo el mundo? -preguntó.

Elizabeth hizo las presentaciones de rigor.

– Henry, te presento a Mark Leeson, mi novio; Mark, él es Henry Hakala, propietario del Club Zoo.

– Entonces usted es la persona que ha estado reteniendo a mi novia hasta las tantas cada noche -bromeó Mark estrechando la mano de Henry.

Henry se rió.

– Me ha salvado la vida. ¿Tres semanas para hacer todo esto? -Con un ademán abarcó la vibrante decoración de la sala con estampados de cebra en las paredes, pieles de oso cubriendo los sofás, alfombras de falso leopardo a través del suelo entarimado, plantas enormes en maceteros cromados y bambúes delimitando la zona de la barra-. Era un plazo de entrega muy ajustado pero sabía que Elizabeth lo conseguiría. Lo que no me imaginaba es que lo hiciera tan bien. -Parecía agradecido-. En fin, los discursos están a punto de empezar. Sólo quiero decir unas palabras, mencionar los nombres de unos cuantos inversores -murmuró entre dientes-, y dar las gracias a todo el fantástico equipo que ha trabajado tan duro. Así que no te marches, Elizabeth, porque te voy a poner en el punto de mira de todos los presentes dentro de un momento.

– Oh -Elizabeth se puso colorada-, por favor, no.

– Créeme, te lloverán las ofertas a cientos después de que lo haga -dijo antes de dirigirse hacia el micrófono decorado con una especie de parra.

– Disculpe, señora Egan. -Un miembro del personal se aproximó a ella-. Tiene una llamada en el mostrador de la entrada.

Elizabeth frunció el ceño.

– ¿Yo? ¿Una llamada? ¿Está seguro?

– Usted es la señora Egan, ¿verdad?

Elizabeth asintió confundida. ¿Quién la estaría llamando allí?

– Es una muchacha, dice que es su hermana -explicó el empleado en voz baja.

– Oh. -El pulso se le aceleró mucho-. ¿Saoirse? -preguntó pasmada.

– Sí, eso es -dijo el muchacho mostrándose aliviado-. No estaba seguro de recordarlo bien.

En ese instante sintió que la música sonaba más alto, el ritmo de los tambores le martilleaba la cabeza, los estampados de pieles se juntaban y se hacían borrosos. Saoirse no la llamaba nunca; tenía que estar ocurriendo algo grave.

– Déjalo correr, Elizabeth -instó Mark en un tono bastante convincente-. Diga a la mujer del teléfono que la señora Egan está ocupada en este momento -dijo Mark al barman-. Ésta es tu noche, disfrútala -añadió en voz baja a Elizabeth.

– No, no, no le diga nada -tartamudeó Elizabeth. Debían de ser las tres de la madrugada en Irlanda. ¿Por qué telefoneaba tan tarde Saoirse?-. Atenderé la llamada, gracias -le dijo al muchacho.

– Elizabeth, el discurso está a punto de empezar -advirtió Mark mientras se iba haciendo el silencio en la sala y los invitados se congregaban delante del micrófono-. No puedes perdértelo -agregó entre dientes-. Este es tu momento de gloria.

– No, no, no puedo -replicó Elizabeth con voz temblorosa y se alejó enfilando en dirección al teléfono.

– ¿Diga? -dijo instantes después con una voz que ponía en evidencia su preocupación.

– ¿Elizabeth? -sollozó la voz de Saoirse.

– Soy yo, Saoirse. ¿Ocurre algo malo? -preguntó notando que el corazón le latía alocadamente.

En el club reinaba el silencio mientras Henry desgranaba su discurso.

– Sólo quería que… -Saoirse se quedó pasmada sin saber qué decir y se calló.

– ¿Querías que qué? ¿Va todo bien? -preguntó Elizabeth con premura.

La voz de Henry atronaba.

– …Y por último pero no por ello menos importante quiero dar las gracias a la maravillosa Elizabeth Egan de Morgan Designs por diseñar tan maravillosamente este lugar en tan poco tiempo. Ha creado algo completamente distinto de lo que hay ahí fuera ahora mismo, convirtiendo el Club Zoo en el más frecuentado, moderno y novedoso de la noche neoyorquina, garantizando que la cola de gente deseosa de entrar dé la vuelta a la manzana. Está en un rincón de allí al fondo. Elizabeth, salúdanos con la mano, deja que todo el mundo sepa quién eres para que te me puedan arrebatar.

Los presentes se volvieron en silencio buscando a la diseñadora con la mirada.

– Vaya -resonó la voz de Henry-, bueno, estaba allí hace un segundo. Quizás algún avispado ya se la haya llevado para hacerle un encargo.

Todos rieron.

Elizabeth miró hacia la sala y vio a Mark que, con dos copas de champán en las manos, se encogía de hombros en respuesta a cuantos se volvían hacia él y se reía. Fingía reír.

– Saoirse. -A Elizabeth se le quebró la voz-. Por favor, dime si pasa algo malo. ¿Has vuelto a meterte en líos?

Silencio. En vez del hilo de voz sollozante que Elizabeth había oído antes, la voz de Saoirse sonó con fuerza.

– No -espetó-. No, estoy bien. Todo va bien. Que lo pases bien en la fiesta.

Y colgó.

Elizabeth suspiró y colgó el teléfono lentamente.

Dentro el discurso había terminado y los tambores volvían a llenar la estancia; y las conversaciones así como las bebidas continuaron fluyendo.

Ni ella ni Mark estaban de humor para fiestas.

Elizabeth veía una figura gigantesca erguida en la distancia mientras conducía por el camino que llevaba a la granja de su padre. Había salido temprano del trabajo y andaba buscando a Saoirse. Hacía varios días que nadie la había visto, ni siquiera el dueño del pub del pueblo, lo cual era toda una novedad.

Siempre había resultado complicado indicar a la gente el modo de llegar hasta la granja, ya que quedaba muy aislada del resto de la localidad. El camino ni siquiera tenía nombre, cosa que a Elizabeth le parecía apropiada; era un camino que todos olvidaban. Los carteros y los repartidores de leche novatos siempre tardaban unos cuantos días en encontrar la dirección, los políticos nunca hacían campaña delante de la casa, los niños nunca llamaban a la puerta la noche de Halloween, víspera de Todos los Santos. Cuando era niña Elizabeth había intentado convencerse de que su madre simplemente se había perdido y no lograba encontrar el camino de la casa.

Recordaba haberle contado esa teoría a su padre, el cual apenas esbozó una sonrisa y contestó:

– ¿Sabes qué, Elizabeth? No estás muy equivocada.

Aquélla fue la única explicación que recibió, si es que cabía considerarla como tal. Nunca comentaban la desaparición de su madre. Los vecinos y los parientes que iban a visitarlos bajaban la voz cuando Elizabeth estaba cerca. Nadie le contaba lo que había ocurrido y ella se guardaba de preguntar. No quería que aquel incómodo silencio se cerniera sobre ellos ni que su padre saliera hecho una furia de la casa cuando se mencionaba el nombre de su madre. Si no mencionar a su madre garantizaba que todos fueran felices, Elizabeth estaba más que dispuesta a complacerlos, como de costumbre.

De todos modos no creía que realmente quisiera saberlo. El misterio de no saber resultaba más placentero. Le permitía crear escenas en su mente, pintar a su madre en mundos exóticos y emocionantes y dormirse imaginándola en una isla desierta, comiendo bananas y cocos y enviando a Elizabeth mensajes en botellas. Cada mañana inspeccionaba la costa con los binoculares de su padre en busca de una botella flotante.

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