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Tormenta de espadas [A Storm of Swords - es]

Электронная книга - «Tormenta de espadas [A Storm of Swords - es]». Краткое содержание книги:

Las huestes de los fugaces reyes de Poniente, descompuestas en hordas, asolan y esquilman una tierra castigada por la guerra e indefensa ante un invierno que se anuncia inusitadamente crudo. Las alianzas nacen y se desvanecen como volutas de humo bajo el viento helado del Norte. Ajena a las intrigas palaciegas, e ignorante del auténtico peligro en ciernes, la Guardia de la Noche se ve desbordada por los salvajes. Y al otro lado del mundo, Daenerys Targaryen intenta reclutar en las Ciudades Libres un ejército con el que desembarcar en su tierra.
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—Moza lista. —Jaime miró sonriendo a su primo—. Me atrevería a aventurar que nuestro anfitrión tiene amigos más adelante en ese sendero. Ésos, cuyas bestias dejaron tan memorable aroma en el establo.

—También puede haber mentido con respecto al río, para que le compráramos estos caballos —dijo la mujer—, pero yo no me arriesgaría. Habrá soldados en el Vado Rubí y donde lo crucen los caminos.

«Será fea —pensó Jaime sonriendo de mala gana—, pero no es estúpida del todo.»

El resplandor rojizo que salía por las ventanas superiores del torreón de piedra los avisó con suficiente antelación, y Brienne los hizo marchar campo a través. Sólo cuando dejaron muy atrás el torreón, giraron de nuevo y regresaron al camino.

Transcurrió la mitad de la noche antes de que la mujer considerara seguro detenerse. Para entonces, los tres cabalgaban medio dormidos. Se detuvieron en una pequeña arboleda de robles y fresnos junto a una corriente perezosa. La mujer no permitió que encendieran fuego, por lo que compartieron una cena fría: tortas duras de avena y pescado salado. La noche era extrañamente serena. De un negro cielo de fieltro colgaba una media luna, rodeada de estrellas. En la distancia aullaban unos lobos. Uno de los caballos resoplaba, nervioso. No había ningún otro sonido.

«La guerra no ha tocado este sitio», pensó Jaime. Estaba satisfecho de encontrarse allí, contento de estar vivo y de hallarse en el camino que lo llevaría de vuelta a Cersei.

—Me encargaré de la primera guardia —le dijo Brienne a Ser Cleos, que al momento comenzó a roncar con suavidad.

Jaime se recostó en el tronco de un roble y se preguntó qué estarían haciendo en ese momento Cersei y Tyrion.

—¿Tenéis parientes, mi señora? —preguntó.

—No —contestó Brienne mirándolo de reojo, con suspicacia—. Fui el… la única hija de mi padre.

Jaime soltó una risita burlona.

—Ibais a decir el único hijo. ¿Os considera un hijo? Está claro que como hija sois rara.

Sin decir una palabra, ella le dio la espalda, con los nudillos tensos sobre la empuñadura de la espada.

«Qué ser más infeliz, pobre criatura.» Le recordaba a Tyrion de alguna extraña manera, aunque a primera vista era difícil encontrar dos personas que fueran tan dispares. Quizá ese pensamiento sobre su hermano lo hizo disculparse.

—No tuve intención de ofenderos, Brienne. Perdonadme.

—Vuestros crímenes están más allá de cualquier perdón, Matarreyes.

—Otra vez ese apodo. —Jaime retorció ociosamente sus cadenas—. ¿Por qué os enojo tanto? Que yo sepa, no os he hecho daño alguno.

—Habéis hecho daño a otros. A aquellos a quienes jurasteis proteger. A los débiles, a los inocentes…

—Y… ¿al rey? —Siempre lo mismo. Todo se remontaba a Aerys—. No supongáis que podéis juzgarme por lo que no entendéis, moza.

—Me llamo…

—Brienne, sí. ¿Os ha dicho alguien que sois tan aburrida como fea?

—No provocaréis mi ira, Matarreyes.

—Sin duda podría hacerlo si me importara lo suficiente.

—¿Por qué hicisteis el juramento? —exigió ella—. ¿Por qué vestisteis la capa blanca si teníais la intención de traicionar todo lo que implicaba?

—¿Por qué? —¿Qué podía decirle que fuera capaz de entender?—. Era un niño, tenía quince años. Era un gran honor para alguien tan joven.

—Ésa no es respuesta —replicó Brienne, desdeñosa.

«No te gustaría oír la verdad.» Se había incorporado a la Guardia Real por amor, claro.

El padre de ambos había llevado a Cersei a la corte cuando ella tenía doce años, para arreglarle una boda real. Rechazó todo lo que le ofrecían por ella y prefirió mantenerla a su lado en la Torre de la Mano, para que madurara y se hiciera todavía más bella. Sin duda, estaba esperando a que creciera el príncipe Viserys o a que la esposa de Rhaegar muriera de parto. Elia de Dorne no había sido nunca una mujer con buena salud.

Mientras tanto, Jaime había pasado cuatro años como escudero de Ser Sumner Crakehall, y se había ganado las espuelas contra la Hermandad del Bosque Real. Pero cuando, de camino a Roca Casterly, hizo una corta escala en Desembarco del Rey, sobre todo para ver a su hermana, Cersei se lo llevó a un lado y le susurró que Lord Tywin quería casarlo con Lysa Tully y que incluso había invitado a Lord Hoster a la ciudad para negociar la dote. Pero si Jaime vestía el blanco, siempre podría estar cerca de ella. El anciano Ser Harlan Grandison había fallecido mientras dormía, como era propio de una persona cuyo blasón era un león dormido. Seguro que Aerys querría a un hombre joven para ocupar el lugar del difunto, ¿por qué no un león rugiente en lugar de uno dormido?

—Nuestro padre no lo consentirá —repuso Jaime.

—El rey no se lo va a preguntar. Y cuando esté hecho, nuestro padre no podrá oponerse, al menos no de manera abierta. Aerys ordenó arrancarle la lengua a Ser Ilyn Payne por jactarse de que quien verdaderamente gobernaba los Siete Reinos era la Mano. Era el capitán de la guardia de la Mano, pero nuestro padre no se atrevió a impedirlo. Tampoco podrá impedir esto.

—Pero… —dijo Jaime—. ¿Y Roca Casterly?

—¿Qué prefieres, una roca o a mí?

Recordaba aquella noche como si hubiera sido la noche anterior. Se habían alojado en una vieja posada, en el Valle de la Anguila, bien lejos de cualquier ojo vigilante. Cersei había ido a verlo vestida como una sencilla sirvienta, lo que de alguna manera lo excitó más aún. Jaime no la había visto nunca tan apasionada. Cada vez que intentaba dormir, ella lo despertaba de nuevo. Por la mañana, Roca Casterly parecía un precio insignificante por estar siempre cerca de ella. Dio su consentimiento y Cersei prometió encargarse del resto.

Un mes más tarde, un cuervo real llegó a Roca Casterly para informarle de que había sido elegido para la Guardia Real. Se le ordenaba presentarse al soberano durante el gran torneo de Harrenhal para hacer los votos y vestir la capa.

La investidura de Jaime lo liberó de Lysa Tully. Por lo demás, nada ocurrió como había sido planeado. Su padre no había estado nunca tan furioso. No podía oponerse abiertamente, Cersei había tenido razón en eso, pero renunció a su cargo como Mano con un pretexto poco convincente y volvió a Roca Casterly llevándose consigo a su hija. En lugar de estar juntos, Cersei y Jaime sólo cambiaron de sitio, y él se encontró solo en la corte, protegiendo a un rey loco, mientras cuatro hombres de poca valía se turnaron para ocupar sin éxito el peligroso cargo de su padre. Las Manos ascendían y caían con tanta rapidez que Jaime recordaba su heráldica mejor que sus rostros. La Mano cuerno de la abundancia y la Mano de los grifos bailarines fueron enviados al exilio, la Mano de la maza y la daga fue sumergido en fuego valyrio y quemado vivo. Lord Rossart había sido el último. Su blasón era una antorcha encendida; una elección desafortunada, dado el destino de su predecesor, pero habían ascendido al alquimista fundamentalmente por compartir la pasión del rey por el fuego.

«Debí haber ahogado a Rossart en lugar de destriparlo.»

Brienne aún esperaba su respuesta.

—No tenéis edad suficiente para haber conocido a Aerys Targaryen…

—Aerys estaba loco —lo interrumpió ella sin escucharlo— y era cruel, nadie lo ha negado nunca. Pero era el rey, coronado y ungido. Y vos habíais jurado protegerlo.

—Sé lo que juré.

—¿Y qué hicisteis? —Se inclinó sobre él, un metro ochenta de desaprobación, pecas, ceño fruncido y dientes caballunos.

—Lo mismo que hicisteis vos. Si lo que he oído es verdad, aquí los dos somos matarreyes.

—No hice ningún daño a Renly. Mataré al hombre que diga lo contrario.

—Pues empezad por Cleos. Y, después, todavía os quedarán muchos por ejecutar, a juzgar por lo que cuenta.

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