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Las naves del tiempo [The Time Ships - es]

Электронная книга - «Las naves del tiempo [The Time Ships - es]». Краткое содержание книги:

El Viajero del tiempo de H.G. Wells despierta en su casa de Richmond la mañana posterior al retorno de su primera partida al futuro. Apesadumbrado por haber dejado a Weena en manos de los Morlock, decide realizar un segundo viaje al año 802.701 para rescatar a su amiga Eloi. Pero al entrar en un futuro distinto y radicalmente cambiado, el Viajero se ve irremediablemente atado a las paradójicas complejidades del desplazamiento a través del tiempo. Acompañado por un Morlock, se encontrará consigo mismo, para ser detenido después por un grupo de viajeros temporales procedentes de un 1938 en el cual Inglaterra lleva 24 años en guerra con Alemania... Una novela sorprendente, repleta de aventuras y especulaciones que ha pretendido, con éxito, homenajear y reexaminar La máquina del tiempo de H.G. Wells.
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En una esquina del Techo, al norte, se proyectaba un espectáculo de luz. Oí el eco de una voz amplificada que provenía de aquella dirección. Filby la llamaba «la Máquina Parlanchina» —por lo que pude entender, era un tipo de cinematógrafo público—, pero estaba demasiado lejos para ver con claridad.

Vi que la nueva vía del tren había sido escopleada con gubias, aunque no muy bien, en la vieja carretera; y que la «estación» no era más que un montón de cemento en Canning Place. Todos los cambios producidos en aquel nuevo mundo indicaban prisa y pánico.

Los soldados formaron un pequeño diamante a nuestro alrededor, y nos alejamos de la estación por Canning Plagie hacia Gloucester Road. Moses llevaba los puños apretados. Con sus ropas de vivos colores parecía asustado y vulnerable, y sentí un ramalazo de culpa por haberle traído a ese mundo cruel de charreteras metálicas y máscaras antigás.

Miré por De Vere Gardens hacia el hotel Kensington Park, donde en momentos más felices había tenido por costumbre cenar; el pórtico columnado del lugar todavía estaba en pie, pero la fachada del edificio estaba sucia, muchas de las ventanas habían sido cubiertas con tablas, y el hotel parecía que se había convertido en una parte más de la nueva terminal de ferrocarriles.

Giramos en Gloucester Road. Había mucha gente allí, en la carretera y en el asfalto, y el sonido de las bicicletas era una nota alegre entre la tristeza general. Nuestra segura expedición —y el traje extravagante de Moses en particular— recibió muchas y atentas miradas, pero nadie se acercó o nos habló. Había muchos soldados por los alrededores, con uniformes como los de la tripulación del Juggernaut, pero la mayoría de los hombres vestía trajes que —si bien algo monótonos y no muy bien cortados— no hubiesen desentonado en 1891. La mujeres llevaban faldas delicadas y blusas, sencillas y funcionales, y lo único sorprendente era que las faldas eran bastante altas, unos tres o cuatro pulgadas por encima de la rodilla, ¡por lo que había más pantorrillas y talones femeninos en unas pocas yardas que los que había visto en toda mi vida! (Esto último no me resultaba tan interesante, en contraste con tantos cambios de fondo; pero por lo visto, fascinaba bastante más a Moses, a juzgar por las miradas poco caballerosas que lanzaba.)

Pero, uniformemente, todos los peatones llevaban las extrañas charreteras de metal, y todos cargaban, incluso en el calor del verano, con bolsas de lona que contenían las máscaras antigás.

Noté que los soldados que nos acompañaban llevaban abiertas las pistoleras; me di cuenta de que las armas no estaban destinadas a nosotros, porque podía ver que los soldados vigilaban de cerca a la gente.

Giramos al este por Queen's Gate Terrace. Ésa era la parte de Londres que conocía. Era una calle amplia y elegante bordeada por altas casas; y vi que las casas no habían sido afectadas en demasía por el tiempo. La fachadas todavía exhibían la ornamentación grecorromana que recordaba —columnas talladas con diseños florales y demás— y el pavimento seguía bordeado por las mismas barandas negras.

Bond se detuvo en una de las casas, a mitad de la calle. Subió los escalones hasta la puerta y llamó con la mano enguantada. Un soldado —otro recluta en uniforme de batalla— la abrió desde dentro. Bond nos dijo:

—Todas la casas fueron requisadas por el Ministerio del Aire hace un tiempo. Tendrán todo lo que necesiten, pídanselo al soldado, y Filby se quedará con ustedes.

Moses y yo intercambiamos miradas.

—Pero, ¿ahora qué hacemos? —pregunté.

—Esperen —dijo ella—. Refrésquense, duerman un poco. ¡Sólo el cielo sabe qué hora creen sus cuerpos que es…! Tengo instrucciones del Ministerio del Aire; están interesados en conocerle —me dijo—. Un científico del ministerio se encargará de su caso. Estará aquí mañana a primera hora para conocerle.

»Bien. Buena suerte. Quizá nos encontremos de nuevo.

Y con eso nos dio la mano a mí y a Moses, como un hombre, y llamó al soldado Oldfield. Bajaron nuevamente por Mews, dos jóvenes guerreros derechos y valientes, y tan frágiles como el despojo quemado por la guerra que había visto antes en Kensington High Street.

4. LA CASA DE QUEEN'S GATE TERRACE

Filby nos enseñó la casa. Las habitaciones eran grandes, luminosas —aunque las cortinas estaban echadas— y limpias. La decoración era cómoda pero austera, con un estilo que no hubiese desentonado en 1891; la principal diferencia era la proliferación de cacharros eléctricos, especialmente el gran número de luces y otros electrodomésticos, como un horno, un refrigerador, ventiladores y radiadores.

Fui hasta la ventana del comedor y abrí la gruesa cortina. La ventana tenía una doble capa de vidrio, y estaba sellada por el borde con goma y cuero —también había cierres alrededor de las puertas—, y más allá, en aquella tarde inglesa de junio, sólo se veía la oscuridad de la Bóveda, sólo rota en la distancia por el parpadeo de los rayos de luz en el techo. Bajo la ventana encontré una caja, disimulada por un diseño hecho con incrustaciones, que contenía una serie de máscaras antigás.

Con las cortinas cerradas y la iluminación brillante era posible olvidar, por un momento, la desolación del mundo exterior.

Había una sala de estar bien provista de libros y periódicos; Nebogipfel los estudió, sin saber claramente para qué servían. Había también un armario grande con múltiples rejillas. Moses lo abrió, para encontrarse con un desconcertante paisaje de válvulas, cables y conos de papel ennegrecido. El dispositivo resultó llamarse fonógrafo. Era del tamaño y forma de un reloj holandés, y delante tenía indicadores barométricos eléctricos, un reloj y calendario también eléctrico, y varios recordatorios de citas; era capaz de recibir con gran fidelidad voz e incluso música, emitida por una extensión sofisticada de la telegrafía sin hilos de mi época. Moses y yo pasamos algún tiempo con aquel aparato, experimentando con los controles. Podía sintonizarse para recibir ondas de radio en varias frecuencias por medio de un condensador regulable —ese ingenioso dispositivo permitía que la frecuencia de resonancia del circuito pudiese ser ajustada por el usuario— y resultó que había gran número de estaciones emisoras: ¡tres o cuatro al menos!

Filby se había preparado un whisky con agua y nos contemplaba experimentar con indulgencia.

—El fonógrafo es algo maravilloso —dijo—. Nos convierte a todos en uno, ¿no creen? Aunque, por supuesto, todas las emisoras son del MdI.

—¿MdI?

—Ministerio de Información. —Filby intentó a continuación ganar nuestra atención contándonos el desarrollo de un nuevo tipo de fonógrafo capaz de enviar también imágenes—. Estuvo de moda antes de la guerra, pero no llegó a implantarse debido a las distorsiones de la Bóvedas. Y si quieres imágenes siempre tienes la Máquina Parlanchina, ¿no? Todo lo que dan es material MdI, por supuesto, pero si te gustan los discursos de los políticos y soldados, y las homilías sobre lo bueno y lo grandioso, entonces es para ti. —Se bebió un trago de whisky y sonrió—. ¿Pero qué esperabas? Después de todo estamos en guerra.

Moses y yo nos cansamos pronto de la retahíla de noticias sin interés del fonógrafo y de los sonidos de orquestas ligeras en el aire, así que apagamos el aparato.

Nos dieron un dormitorio para cada uno. Había ropa interior limpia para todos —incluso para el Morlock—, aunque estaba claro que habían preparado la ropa con rapidez y no nos sentaba muy bien. Un soldado raso, un chico de cara delgada llamado Puttick, se quedaría con nosotros en la casa; aunque siempre que le vi llevaba el traje de campaña, Puttick fue un gran sirviente y cocinero. Siempre había otros soldados fuera de la casa y en las vecinas. ¡Estaba claro que se nos protegía o éramos prisioneros!

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