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En La Oscuridad

Электронная книга - «En La Oscuridad». Краткое содержание книги:

Edimburgo está a punto de convertirse, al cabo de casi tres siglos, en anfitriona del primer Parlamento escocés, un hito histórico y político que enciende pasiones. El inspector Rebus ha sido destinado al comité de enlace de seguridad del Parlamento, en Queensberry House, centro mismo del distrito de la comisaría de St. Leonard. De Queensberry House, futura sede del gobierno de la nueva Escocia, perdura la maldición de una leyenda, una maldición que según algunos recaerá sobre los nuevos inquilinos.Los problemas empiezan cuando, en la antigua chimenea donde de acuerdo con la leyenda murió asado un joven, aparece el cadáver de Roddy Grieve,candidato a un escaño en el nuevo Parlamento.
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– Pesimismo -agregó Hall.

– Usted no vota, ¿verdad, inspector? -prosiguió Seona Grieve-. Lo encuentra absurdo.

– Yo estoy a favor de los planes de creación de empleo -replicó Rebus, y Jo Banks lanzó una especie de silbido al tiempo que Hall emitía un bufido campechano-. Pero hay algo que no acabo de entender. ¿A quién recurro: al miembro del Parlamento escocés, al miembro del Parlamento escocés en la lista, al miembro del Parlamento por circunscripción o tal vez al diputado al parlamentario europeo? Eso es lo que quiero decir con creación de empleo.

– Yo no sé para qué me molesto -dijo Seona Grieve con voz queda cruzando las manos en el regazo.

– Porque es lo lógico -comentó Jo Banks tocándole la mano.

Seona Grieve miró a Rebus con lágrimas en los ojos y él desvió la mirada.

– Tal vez no sea el momento más adecuado -añadió-, pero usted nos informó de que su marido no bebía y tengo entendido que en cierto momento de su vida tuvo problemas con la bebida.

– ¡Por Dios santo! -exclamó Jo Banks entre dientes.

– Han hablado con Billie -añadió Seona Grieve sonándose.

– Sí -dijo Rebus.

– Ella trata de ensuciar el nombre de un difunto -balbució Jo Banks.

– Mire, señorita Banks, el problema es que no sabemos qué hizo Roddy Grieve en las horas anteriores a su muerte -dijo Rebus mirándola-. Hasta el momento nos consta que estuvo en un pub bebiendo a solas. Y necesitamos saber si era eso, un bebedor solitario, para así tal vez dejar de perder el tiempo intentando localizar a esos amigos con los que nos han dicho que salió a tomar unas copas.

– Déjalo, Jo -dijo Seona Grieve con voz tranquila-. El decía que necesitaba a veces salir solo -añadió dirigiéndose a Rebus.

– ¿Adonde habría podido ir?

– Nunca me decía dónde iba -respondió ella.

– ¿Y cuando pasaba las noches fuera de casa…?

– Supongo que dormiría en algún hotel o en el coche.

Rebus asintió con la cabeza y ella debió de leerle el pensamiento.

– Yo no creo que fuese el único que hace eso, inspector.

– Es posible -añadió él, que a veces se despertaba en el coche en cualquier carretera perdida sin saber dónde estaba-. ¿Tiene algo más que decirnos?

Ella negó despacio con la cabeza.

– Lo siento -añadió él-. De verdad que lo siento.

Dejó la taza de café en la mesa, se levantó y salió del cuarto.

Cuando Linford le dio alcance estaba sentado en el Saab con la ventanilla abierta. Linford se inclinó hasta casi rozarle la cara y él expulsó el humo hacia su lado.

– ¿Tú qué crees? -preguntó Linford.

Rebus pensó una respuesta. Ya era tarde y había oscurecido.

– Creo que estamos en la oscuridad dando golpes a lo que nos parecen murciélagos -contestó.

– ¿Qué quieres decir con eso? -preguntó enfadado Linford.

– Que nunca nos entenderemos -replicó Rebus encendiendo el motor.

Linford se quedó en el bordillo viendo alejarse el Saab. Sacó el móvil del bolsillo y llamó a Carswell a Fettes. Tenía bien pensado lo que iba a decirle: «Me parece que Rebus va a ser un problema», pero mientras aguardaba a que le pusieran con el jefe cambió de idea. Si le decía eso a Carswell equivaldría a admitir un fracaso, una debilidad. Carswell lo comprendería, pero lo más seguro era que lo considerara un fracaso por su parte. Cortó la comunicación y se guardó el móvil. El problema tenía que resolverlo él.

19

Dean Coghill había muerto y la empresa ya no existía. El edificio lo ocupaba ahora una empresa consultora de diseño y en el antiguo almacén de materiales de construcción se alzaba un bloque de viviendas de tres plantas. Hood y Wylie lograron finalmente averiguar la dirección de la viuda.

– Tantos muertos… -comentó Grant Hood.

– En la especie humana, la esperanza de vida del varón es inferior a la de la hembra -dijo Ellen Wylie.

Como no pudieron averiguar el teléfono de la viuda de Coghill fueron al último domicilio conocido.

– Ya verás como ha muerto o vive de su pensión en Benidorm -comentó Wylie.

– ¿Tú crees que hay alguna diferencia? -replicó él.

Wylie sonrió, aparcó junto al bordillo y echó el freno de mano; Hood entreabrió la puerta y miró hacia abajo.

– Vale -dijo-, desde aquí al bordillo puedo ir andando.

Wylie le dio un codazo. «Hematoma seguro», pensó él.

La señora Coghill era una mujer bajita y dinámica de setenta y tantos años. No sabían si iba a salir o esperaba visitas porque la encontraron impecablemente vestida y arreglada. Al hacerles pasar al cuarto de estar oyeron ruido en la cocina.

– Es la asistenta -dijo ella, y Hood estuvo a punto de preguntarle si se arreglaba para recibir a la asistenta, pero pensó que estaba de más.

– ¿Quieren tomar una taza de té u otra cosa?

– No, gracias, señora Coghill -dijo Ellen Wylie sentándose en el sofá.

Hood permaneció de pie y la anciana se arrellanó en un sillón tan grande como para tres. Hood miró unas fotos enmarcadas de la pared.

– ¿Es éste el señor Coghill? -preguntó.

– Ese es Dean. Todavía le echo de menos.

Hood pensó que el sillón que ocupaba la viuda debía de ser el de su difunto esposo. En las fotos se veía a un hombre robusto, de brazos y cuello fuertes, con la espalda recta, que sacaba pecho y escondía la barriga. A juzgar por su rostro tuvo que ser buena persona siempre que no le buscaran las pulgas. Su pelo, corto, era plateado, y lucía un collar y una pulsera en la muñeca izquierda y un grueso Rolex en la derecha.

– ¿Cuándo murió? -preguntó Wylie en el tono que acostumbraba utilizar en aquellas circunstancias.

– Pronto hará diez años.

– ¿De enfermedad?

– El ya padecía del corazón, estuvo hospitalizado y le vieron especialistas, pero Dean era incapaz de parar, ¿saben? Su trabajo antes que nada.

– Para algunas personas es difícil parar -comentó Wylie asintiendo despacio con la cabeza.

– ¿Tenía algún socio, señora Coghill? -preguntó Hood, que se había sentado en el brazo del sofá.

– No -dijo la anciana haciendo una pausa-. Dean tenía sus miras en Alexander.

Hood volvió la cabeza hacia las fotos: el matrimonio con un chico y una chica en diversas etapas, desde la adolescencia hasta los veinte años aproximadamente.

– ¿Su hijo? -preguntó.

– Pero Alex tenía otros proyectos. Está casado, en Estados Unidos. Trabaja de vendedor de coches, automóviles, como les dicen allí.

– Señora Coghill -dijo Wylie-, ¿conocía su marido a un tal Bryce Callan?

– ¿Es ése el motivo de su visita?

– ¿Así que le conoce?

– Era un gánster o algo así, ¿no?

– Desde luego, eso decían.

La anciana se levantó y fue a toquetear unos cachivaches de la repisa de la chimenea: gatitos de porcelana jugando con madejas y pelotas y spaniels de orejas gachas.

– ¿Hay algo que quiera decirnos, señora Coghill? -preguntó pausadamente Hood mirando a Wylie.

– Ya ha pasado mucho tiempo, ¿no es cierto? -respondió la anciana con voz trémula sin volverse hacia ellos. Wylie pensó si no tomaría calmantes para los nervios.

– No se lo calle, señora Coghill -dijo ella.

La viuda siguió ocupada con las figuritas mientras hablaba.

– Sí, Bryce Callan era un matón. Si no pagabas, tenías problemas. Desaparecían herramientas, aparecían rajados los neumáticos de la camioneta o destruían la obra por las buenas, pero no eran unos gamberros cualquiera, sino los hombres de Bryce Callan.

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