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La Mujer De Mi Hermano

Электронная книга - «La Mujer De Mi Hermano». Краткое содержание книги:

Creo que mi mujer se está acostando con mi hermano, piensa Ignacio. Tiene treinta y cinco años y se pasa el día trabajando, es banquero. Lleva nueve años casado con la bellísima Zoe, a quien irrita comprobar que su marido le hace muy poco caso. En cuanto a Gonzalo, el hermano de Ignacio, se dedica a la pintura y es un seductor nato; y aunque su cuñada le gusta, ha decidido no intentarlo «por respeto a su hermano». De momento… Pero el triángulo está servido. Y es una bomba que va desencadenar secretos familiares, el furor contenido de los celos, la fuerza ingobernable del deseo…, y también la melancolía del desamor. Todo ello, narrado a un ritmo trepidante, en una historia que es a la vez tierna y descarada, tragicómica. El Jaime Bayly más deslumbrante.
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– Como amigos.

– El concepto que Gonzalo tiene de la amistad es uno muy particular -ironiza Ignacio-. Sus amigas suelen ser, digamos, muy íntimas, muy cariñosas.

– ¿Me van a preguntar, en este almuerzo familiar, si me estoy acostando con Laura? -se sorprende Gonzalo, sin perder la actitud distendida.

– No -dice doña Cristina.

– Sí -dice Zoe, al mismo tiempo.

– La respuesta es: ¿qué les importa a ustedes? -bromea Gonzalo, mirando a Zoe apenas un segundo, el tiempo suficiente como para que ella se sienta desafiada-. Ya entendí que mamá quiere tener un nieto y que yo soy la última esperanza de la familia. Ya comprendí eso. Por lo pronto, dejaré una muestra en un banco de semen, por si me muero.

– Gonzalito, por Dios, no seas vulgar -se escandaliza su madre.

– Por si me pasa algo, por si muero violentamente -se hace el travieso Gonzalo-. Ustedes le llevan la muestra a Laura y le piden que te dé un nieto, mamá. A ver qué cara pone la pobre.

O me lo traen a mí, piensa Zoe, pero se calla. Para tirarlo al wáter, canalla. Pobre de ti que te sigas acostando con Laura. Si te encuentro engañándome con alguna de tus amiguitas putonas que se creen grandes artistas, ya verás lo mal que la vas a pasar. Yo seré la primera en romper tus cuadros y tirarlos a la piscina. Mírame, Gonzalo. Mírame aunque sea un segundo y dime con los ojos que no necesitas a nadie más que yo, que soy una amante deliciosa y nadie se compara conmigo. Mírame, desgraciado. Mírame, bombón.

– Estoy segura de que voy a morir sin ser abuela -se pone triste doña Cristina.

Ya no están en el comedor, ahora beben té y café en una sala espaciosa, cómodamente instalados en unos sillones de cuero que Zoe compró en un país lejano y trajo por barco, de los que se siente muy orgullosa, pues considera que nadie en esa ciudad donde viven tiene unos sillones tan lindos como los suyos.

– No digas eso, mamá -la corrige Ignacio-. Nadie se va a morir. Estás más sana que nunca.

– Más guapa que nunca -añade Gonzalo, y se acerca a su madre y le da un beso en la mejilla.

– Mis hijos preciosos -dice doña Cristina, mirándolos con ternura-. Papá estaría tan orgulloso de verlos ahora.

Papá no estaría tan orgulloso de vernos ayer en el hotel, piensa Gonzalo.

– Te hago una promesa, mamá -dice.

Pobre de ti que me ofendas, piensa Zoe. Mide bien tus palabras si quieres que vaya al hotelucho pasado mañana.

– Dime, Gonzalito.

– No me atrevo a decirte que voy a tener un hijo, porque siempre he pensando que cuando tenga un hijo no voy a poder seguir pintando.

– ¿De verdad piensas eso? -lo interrumpe Ignacio-. ¿Por qué crees que no podrías pintar con un hijo en la casa? Es una visión egoísta de las cosas.

– Déjalo terminar -interviene Zoe, mirando a su esposo con un gesto de contrariedad.

– De verdad creo que un hijo me robaría tanta energía, tanto tiempo, que no podría pintar, y tengo miedo de que eso me haga muy infeliz, y si me siento miserable, ¿qué clase de padre podría ser?

– Te entiendo, mi amor. Te entiendo mejor de lo que crees, porque yo también soy artista como tú, y los años en que ustedes eran niños yo no podía pintar nada -dice doña Cristina.

– Por eso, por eso -continúa Gonzalo-. Para mí, lo más importante es pintar, seguir pintando. Me sentiría un hombre frustrado si dejase de pintar sólo para tener una familia. Prefiero ser un pintor sin hijos que un ex pintor con hijos.

– Te entiendo, mi amor -dice doña Cristina.

Ignacio se irrita un poco, no puede evitarlo. Tú siempre tan engreído y egoísta, piensa de su hermano. Y, como de costumbre, mamá consintiéndote todo.

– ¿Cuál es la promesa, entonces? -se impacienta.

– Si pasa un tiempo y no me animo a tener un hijo con nadie, podría adoptar uno, pero con una condición.

– ¿Cuál? -se apresura a preguntar Zoe, con cierto desasosiego.

– Que tú, mamá, lo cuides. Que viva contigo.

Doña Cristina ríe de buena gana y dice:

– Eres tan cómico, Gonzalito. ¡Pero no sería mi nieto! ¡Sería tu hijo adoptivo y yo sería la nana, la nodriza!

– No tendría ningún sentido -se enfada Ignacio-.

Mamá no está en edad de estar cuidando niños, y menos uno adoptado.

– Entonces no insistan con el tema. Yo no me siento para nada seguro de ser papá -dice Gonzalo.

– Yo habría querido adoptar un niño, pero Ignacio nunca quiso -dice Zoe, de pronto triste.

– Cambiemos de tema -dice Ignacio.

– Sí, cambiemos de tema -dice doña Cristina, al ver que Zoe se ha dejado abatir por los recuerdos de su maternidad frustrada.

– No te pongas tristona, Zoe -dice Gonzalo, con una voz cariñosa que a ella le sorprende-. Tener hijos es una experiencia que la gente sobreestima e idealiza. Te pasas años sin dormir, te esclavizan, te cuestan una fortuna y, cuando crecen, te juzgan, se quejan de lo mala madre que has sido, te acusan al psicoanalista y deciden que no deben verte más porque eres una mamá que los intoxica. Los hijos pueden ser tus peores enemigos.

– No es mi caso, por suerte -dice doña Cristina. Zoe sonríe. Ignacio se pone de pie y dice:

– Voy a servir más café.

Al pasar al lado de su esposa, la besa en la frente. Luego se dirige a la cocina. Gonzalo y Zoe se miran con intensidad apenas un instante fugaz. Sus besos me apenan, piensa ella. Los tuyos, me dan vida.

– Ya tengo la solución a este problema -dice Gonzalo, con voz pícara.

– ¿Cuál es? -pregunta su madre, cómplice la mirada.

– Zoe será mi mamá y tú serás mi abuelita.

Ríen los tres.

– Así, Zoe tendrá un hijo al que podrá mimar, y tú podrás tener un nieto para darle todos los engreimientos que quieras.

– Sinvergüenza -celebra la ocurrencia doña Cristina.

– Yo, feliz de ser tu mamá, niño Gonzalito -bromea Zoe.

– Toda la vida vas a ser el niño Gonzalito, ¿no? -le dice doña Cristina a su hijo menor-. Nunca vas a crecer.

– Con una mamá tan linda como Zoe, ¿quién quiere crecer? -dice Gonzalo.

Te besaría ahora mismo y te daría el pecho, mi bebé, piensa ella, mientras ríen los tres.

– Eres un caso, mi amor -dice doña Cristina-. No tienes arreglo.

– Pero las quiero -dice Gonzalo, con una expresión tierna.

– ¿De qué se ríen? -pregunta Ignacio, al volver de la cocina con una bandeja con tazas de café.

– De que Gonzalo quiere ser nuestro hijo -sonríe Zoe.

– Ya lo es -dice Ignacio, riéndose, pero nadie ríe con él.

Doña Cristina se ha marchado en un taxi que Ignacio llamó por teléfono. Languidece la tarde en ese barrio retirado de la ciudad, se oyen a lo lejos los ladridos de un perro, Zoe bebe una copa más de champán mientras hojea viejas fotografías de Ignacio y Gonzalo, retratos en blanco y negro de cuando eran niños, mientras ellos, arrellanados en los sillones de cuero, la acompañan en ese viaje nostálgico al pasado con las fotos que ella les va cediendo, al tiempo que recuerdan los viajes, travesuras, peleas y alegrías de aquellos años, cuando su padre aún no había muerto y ellos se creían inmortales y amigos para siempre. Ignacio no ha querido llevar a su madre de regreso a casa. Sugirió llevarla junto con Gonzalo, quien, para su sorpresa, dijo que quería quedarse un rato más, beber otra copa, disfrutar de esa tarde perezosa en casa de su hermano, y entonces Ignacio, sin decir nada, para no dar la impresión de una persona insegura, se dijo para sí mismo que era imprudente dejar solos en la casa a Gonzalo y a su mujer, más aún cuando, como era evidente para él, Gonzalo había bebido sin mesura y Zoe parecía tan pródiga en sonrisas y efusiones de afecto con su cuñado. Por eso prefirió llamar a un taxi y enviar en él a su madre de regreso a casa. Ahora, sin embargo, se ha distendido y disfruta de esa ceremonia tan cargada de recuerdos y emociones que es la de revivir, contemplando viejas fotografías, los años más felices de su vida. No bebe vino, sólo agua mineral; se alegra de que Gonzalo parezca tan cómodo en la sala de su casa; observa a Zoe y la encuentra relajada, a gusto, y esa imagen, saberla feliz un sábado en la tarde, mirando las viejas fotos de la familia, le produce una sensación de plenitud y bienestar, la incomparable quietud de saberse un hombre bueno, que ama y protege a su familia, incluyendo a ese miembro díscolo de la tribu que es su hermano menor, de quien desconfía casi por instinto. Gonzalo, entretanto, bebe más vino, ríe con las fotos, calla los recuerdos amargos de su hermano, trata de olvidar el momento en que todo se jodió con Ignacio, en que su cariño incondicional por él, su hermano mayor, su héroe, fue traicionado y se rompió de la manera más impensada y dolorosa, un recuerdo penoso del que ahora intenta sacudirse sumergiéndose en las memorias de aquellos años despreocupados y felices, cuando Ignacio era todavía su mejor amigo, el hermano perfecto. Ninguna felicidad dura para siempre, y la felicidad de ser hermano de Ignacio me duró menos de lo que sospeché, piensa, sin poder olvidar las escenas que evoca, en su memoria, uno de los días más tristes de su vida, la traición de la que acaso nunca se sobrepuso… Gonzalo está ligeramente borracho y se siente bien así, quiere aturdirse de alcohol, olvidar, reír, recrear esos años inocentes y buenos, confundirse en la mirada de Zoe, besarla un instante fugaz en su imaginación, perderse en esa sonrisa que ella, tan sutil, le regala de pronto, como si quisiera decirle que espera con ansiedad otra tarde furtiva, en el hotel de paso, para vengar en sus brazos toda la infelicidad acumulada de ser la esposa de Ignacio. Ella, Zoe, bebe champán y goza en secreto admirando la belleza, los ojos briosos, el porte osado y aventurero de Gonzalo cuando era pequeñín, y se sorprende en silencio de descubrir ahora, ya tarde, que en esas fotos lejanas de Ignacio podían adivinarse el perfil, las maneras y los rasgos que luego se harían tan nítidos en su personalidad: tomarse a sí mismo tan en serio, ser tan condenadamente orgulloso, sentirse más inteligente que los demás, creerse superior a su hermano Gonzalo, carecer casi por completo de sentido del humor. Ahora veo tantas cosas en Ignacio que no fui capaz de ver cuando lo conocí y me enamoré de él, piensa. Como veo también muchas cosas adorables de Gonzalo que tampoco conocía entonces, cuando sólo lo veía como un chico travieso que no le llegaba ni a los tobillos a Ignacio. Pero ésa fue la imagen que Ignacio me dio de su hermano: la de un vividor, un pilluelo, un bueno para nada, un tipo gracioso y listo del que, sin embargo, no se podía confiar. He vivido tanto tiempo engañada, pensando que Ignacio era más inteligente que Gonzalo, y ahora pienso que es exactamente al contrario, que Gonzalo sabe vivir su vida con más inteligencia, que se conoce mejor, que es más seguro y estable, que sabe ser feliz a su manera, no como Ignacio, lleno de pequeños miedos e inseguridades, el miedo por ejemplo a no ser lo que su madre espera de él, miedo a no ser todo lo perfecto que su ego le exige ser, y que, por ser tan perfecto, se olvida de ser feliz porque probablemente ni siquiera sabe lo que es ser feliz de verdad, no lo sabe porque tiene miedo, no se lo permite. Pues yo no, Ignacio: yo ahora sí me permito ser feliz, y soy feliz a escondidas con tu hermano, soy feliz admirando lo lindo y guapo que siempre fue Gonzalo, soy feliz mintiéndote. Ahora Gonzalo termina su copa de vino y pide permiso para ir al baño. Se pone de pie, bosteza estirando los brazos -y, al hacerlo, levantando su camisa y dejando ver, apenas fugazmente, esa pequeña barriga de hombre sedentario y buen bebedor- y se dirige, con paso algo vacilante, al baño de visitas. He tomado demasiado, piensa. Estoy borrachín. Pero la estoy pasando muy bien. Que se joda el estreñido de mi hermano, que sólo toma agua mineral como si fuera un predicador mormón. Al menos Zoe me acompaña. Es un amor. Está para comérsela a besos. Qué lástima que Ignacio mandó a mamá en taxi y no la llevó él. Habría sido tan rico tirar en esos sillones de cuero, tomando champán. Lástima. Nada es perfecto.

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