Nobleza obliga
- Автор: Леон Донна
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
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Encargado de reabrir el caso, el comisario Brunetti necesitará el apoyo de la rama noble de su familia para adentrarse en el palpitante corazón de la aristocracia veneciana, donde los secretos están más que bien guardados. Una vez más, Donna Leon combina con increíble acierto la crudeza de la corrupción italiana, el encanto de sus personajes y el hechizo de la ciudad de Venecia.
– Para bombas. Este chico había estado en Bielorrusia.
No llegaba sonido alguno por el teléfono, sólo el silencio técnicamente perfecto que deparaba la nueva red láser de Telecom, pero a Brunetti le parecía oír moverse los engranajes del cerebro de Sergio.
– Ah -suspiró su hermano al fin. Y luego-: Si el recipiente está bien forrado de plomo, puede ser muy pequeño. Una cartera de mano o una maleta. Sería pesado, pero pequeño.
Esta vez el suspiro escapó de los labios de Brunetti.
– ¿Eso bastaría?
– No sé a qué te refieres, Guido, pero si quieres decir si bastaría para una bomba, sí. Sería más que suficiente.
Poco podía añadir a esto ninguno de los dos. Finalmente, Sergio sugirió:
– Yo comprobaría con un contador Geiger el lugar donde lo encontraron. Y también el cuerpo.
– ¿Será posible? -preguntó Brunetti, y no tuvo necesidad de aclarar a qué se refería.
– Yo diría que sí. -En la voz de Sergio se mezclaban la seguridad del científico y la tristeza del hombre-. Los rusos no les dejaron otra cosa que vender.
– Pues que Dios nos asista a todos -dijo Brunetti.
26
Su trabajo había acostumbrado a Brunetti al horror y a las múltiples atrocidades que los humanos se infligen unos a otros y a su entorno, pero aún no se había tropezado con algo como esto. La magnitud de los hechos que su conversación con Sergio le había revelado era inconcebible. Una cosa era el tráfico de armas, incluso en gran escala -Brunetti comprendía que hubiera quienes vendían armas aun a sabiendas de que los compradores eran asesinos-; pero esto, si lo que él sospechaba -o temía- era cierto, excedía con mucho de cualquier crimen imaginable.
Brunetti no dudó ni un momento de que los Lorenzoni estuvieran involucrados en el transporte ilegal de material nuclear, ni que el material fuera a utilizarse en la construcción de armamento. Para fabricar aparatos de rayos X no sería, desde luego. Por otra parte, no podía creer que esto lo hubiera organizado el propio Roberto. Todo lo que había podido averiguar sobre el muchacho indicaba falta de discernimiento y de iniciativa: el cerebro de una red de tráfico de material nuclear no podía ser él.
¿Quién más idóneo para esta función que Maurizio, el sobrino brillante, el que hubiera podido ser el heredero ideal? Era un joven ambicioso, consciente de las posibilidades comerciales del nuevo milenio, de los vastos mercados y de las fuentes de aprovisionamiento del Este. El único obstáculo que le impedía llevar las empresas Lorenzoni a nuevas conquistas era el zángano de Roberto, al que, por otra parte, se podía hacer ir y venir como un perro bien amaestrado.
La única duda que tenía Brunetti era la medida en que el conde estaba involucrado en la operación. Brunetti dudaba de que semejante actividad, que podía hacer peligrar todo el imperio Lorenzoni, se hubiera realizado sin su conocimiento y aprobación. ¿Había decidido enviar a Bielorrusia a su hijo para que trajera la mortífera sustancia? ¿Quién mejor y menos sospechoso que un playboy amigo de putas que cobraban con tarjeta de crédito? Con lo que gastaba en champaña, ¿a alguien se le ocurriría ver qué llevaba en la maleta? ¿Quién registra el equipaje de un idiota?
Brunetti estaba casi seguro de que Roberto ignoraba lo que llevaba. Así se lo daba a entender la imagen que se había hecho del muchacho. Pero, ¿cómo se había producido la exposición a la mortífera emanación del material?
Brunetti trató de imaginarse a aquel muchacho al que nunca había visto, lo situó en un hotel de superlujo, después de que las putas se fueran a su casa, solo en la habitación, con la maleta que tenía que llevar a Italia. Si había fugas, no se habría enterado, no notaría más que aquellos síntomas extraños que lo habían llevado de médico en médico.
Seguramente, el chico habría hablado de ello no con su padre sino con su primo, el compañero de su infancia y adolescencia. Y Maurizio inmediatamente habría deducido lo ocurrido y reconocido en los síntomas lo que eran: la sentencia de muerte de Roberto.
Brunetti se quedó mucho rato sentado ante su escritorio, con la mirada fija en la puerta del despacho, pensando en la rectitud moral y empezando a comprender las relaciones entre la verdad y la falsedad y las consecuencias de una y otra. Lo que no comprendía aún era cómo el conde se había enterado de la operación.
Cicerón exhortaba a dominar las pasiones. Brunetti sabía que, si alguien asesinara a sangre fría a Raffi, su hijo, él no podría dominar las pasiones y sería feroz, implacable, despiadado, que el policía quedaría anulado por el padre, que perseguiría a los asesinos hasta destruirlos. Él buscaría la venganza a toda costa. Cicerón no hacía excepciones a sus reglas sobre la rectitud moral, pero sin duda un crimen semejante tenía que liberar a un padre del precepto de ser considerado y comprensivo otorgándole el humano derecho a vengar la muerte de su hijo.
Así meditaba Brunetti mientras el sol se ponía, llevándose consigo la poca luz que se filtraba en su despacho. La habitación estaba ya casi completamente a oscuras cuando encendió la luz. Volvió a la mesa, sacó la carpeta del cajón de abajo y volvió a leer todo el expediente, muy despacio. No tomaba notas, sólo levantaba la cabeza de vez en cuando para mirar las oscuras ventanas, como si en ellas pudiera ver reflejados los nuevos esquemas que iban trazándose durante la lectura. Tardó media hora en leerlo todo y, cuando hubo terminado, volvió a guardar la carpeta en el cajón y lo cerró suavemente, con la mano, no con el pie. Luego salió de la questura en dirección a Rialto y el palazzo Lorenzoni.
La criada que abrió la puerta dijo que el conde no recibía visitas. Brunetti le pidió que lo anunciara. Cuando la mujer volvió, con gesto de irritación por esta intrusión en el luto de la familia, dijo que el conde había repetido las instrucciones: no recibía visitas.
Brunetti primero pidió y después ordenó a la criada que llevara el mensaje de que había descubierto información importante sobre el asesinato de Roberto y deseaba hablar con el conde antes de reabrir la investigación oficial de su muerte, proceso que, si el conde insistía en su negativa a hablar con él, se iniciaría a la mañana siguiente.
Tal como esperaba, esta vez, al volver, la criada le dijo que la siguiera y, cual Ariadna sin hilo, lo condujo por escaleras y corredores hasta una parte nueva del palazzo, que Brunetti no conocía.
El conde estaba solo en un despacho, quizá el de Maurizio, porque había varios terminales de ordenador, una fotocopiadora y cuatro teléfonos. Las mesas de plástico claro en las que estaban los aparatos desentonaban de las cortinas de terciopelo, de las ventanas ojivales y del panorama de tejados que se extendía al otro lado.
El conde estaba detrás de una de las mesas, con un terminal de ordenador a su izquierda. Al entrar Brunetti, alzó la mirada y, sin molestarse en levantarse ni en ofrecerle asiento, preguntó:
– ¿Qué ocurre?
– He venido para hablar con usted de una nueva información -respondió Brunetti.
El conde estaba muy erguido, con las manos sobre la mesa.
– No puede haber nueva información. Mi hijo ha muerto. Mi sobrino lo mató. Ahora también está muerto. Después de eso, no hay más. No quiero saber más.
Brunetti lo miró largamente, sin ocultar el escepticismo ante lo que acababa de oír.
– La información que ahora tengo puede aclarar las causas de todo lo ocurrido.
– No me importan las causas -replicó el conde-. Para mí y para mi esposa, lo que importa es que ha ocurrido. No quiero tener nada más que ver con ello.
– Me temo que eso ya no sea posible -dijo Brunetti.
– ¿Cómo que no será posible?
– Hay pruebas de que estaba en marcha algo mucho más complicado que un secuestro.
El conde, recordando de pronto sus deberes de anfitrión, indicó a Brunetti que tomara asiento y apagó el ordenador, extinguiendo su suave zumbido. Luego preguntó: