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Bienaventurados los sedientos

Электронная книга - «Bienaventurados los sedientos». Краткое содержание книги:

En Oslo el verano promete ser largo y caluroso. Las elevadas temperaturas del mes de mayo han sorprendido a los noruegos; entre ellos a Hanne Wilhelmsen, que ha sido enviada a investigar un macabro escenario criminal: una caseta abandonada en los arrabales de Oslo regada, literalmente, de sangre. En una de las paredes destacan ocho dígitos escritos también en sangre. No hay rastro de la víctima. Aunque tampoco es seguro que haya una víctima humana hasta que se verifique la procedencia del fluido.
Una semana más tarde, también un domingo, se reproduce la misma escena sanguinaria, esta vez en un párking. Y de nuevo, los ocho dígitos y ni víctima, ni testigos, ni motivo aparente. A Wilhelmsen le inquieta el tema, pero no tiene a qué agarrarse. Además, hay otro caso que ocupa su agenda estos días: una violación. Curiosamente, ésta ha coincido en un domingo en el que no se han repetido los desagradables episodios anteriores. Pero Hanne no es la única interesada en el caso, el padre de la chica violada está dispuesto a todo para dar con el culpable.
Bienaventurados los sedientos es la segunda entrega de la serie protagonizada por la subinspectora Hanne Wilhelmsen y su equipo. La serie se caracteriza por la interesante descripción del trabajo cotidiano de una jefatura de Policía que Holt conoce bien por sus años como asesora legal de la policía noruega. El primer libro de esta serie, La diosa ciega, recibió el prestigioso premio Riverton.
«Hanne Wilhelmsen es una detective brillante que domina el humor y las formas duras características del género, sin caer en la parodia de una mujer con gabardina». Politiken
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– Apaga las sirenas.

Se encontraban bastante más allá de su propio término municipal. Salomonsen era un conductor ducho. Incluso por esas carreteras secundarias con cruces cada veinte metros, conducía con velocidad y presteza, sin demasiados patinazos ni esfuerzo. La mujer le hizo un rápido relato de la situación y, a través de la radio, les llegó el permiso para el uso de armas.

Observó los dígitos luminosos del salpicadero, eran casi las dos.

– Pero no levantes el pie del acelerador -dijo Hanne.

– Realmente, ¿tienes idea de lo que has hecho?

El policía, atado en su propio salón, tenía una ligera sospecha. Había cometido una terrible equivocación, nunca tenía que haber ocurrido. Había metido la pata, hasta un punto insospechado. Le quedaba el consuelo de saber que nadie jamás se había vengado de esa manera.

Al menos, no en Noruega, pensó. Nunca en Noruega.

– Has destrozado a mi hija -bramó el hombre, que se sentó en el borde de la silla para acercarse-. ¡Has destrozado y violado a mi pequeña!

La punta del cuchillo rozó las partes íntimas del violador, que soltó un quejido, temeroso.

– Ahora tienes miedo -le susurró, jugueteando con el cuchillo alrededor de su ingle-. A lo mejor tienes tanto miedo como tuvo mi hija, pero eso no te importó mucho.

Ya no pudo reprimirse. Respiró hondo y exhaló un chillido estridente, capaz de despertar a los muertos.

Finn se abalanzó sobre él y movió el cuchillo de abajo hacia arriba, en un arco desde atrás que unió fuerza y velocidad. La punta alcanzó la horcajadura del hombre, se hundió hasta horadar los testículos, perforó la musculatura a la altura de la ingle y subió por la cavidad peritoneal, donde la punta se detuvo en una arteria principal.

El alarido cesó tan de repente como se inició. Se hizo un silencio escalofriante. El violador se desplomó del todo. La silla amenazaba con volcarse hacia delante, a pesar del peso del televisor encajado en el asiento.

Alguien subió corriendo por las escaleras. Finn se giró poco a poco cuando oyó los pasos, un tanto sorprendido por lo rápido que habían reaccionado los vecinos. Y entonces la vio.

Ninguno de los dos dijo nada. Kristine se arrojó de repente sobre él. Su padre, creyendo que lo iba a abrazar, abrió y extendió los brazos. Finn perdió el equilibrio. Ella le arañó el brazo intentando coger la pistola. El arma cayó al suelo. Kristine la atrapó antes de que él lograra levantarse.

Era mucho más corpulento que ella e infinitamente más fuerte. Sin embargo, no pudo evitar que el revólver se disparara en el momento en que la cogió del brazo firmemente, aunque no demasiado fuerte, para no lastimarla. El estallido hizo que se sobresaltaran. Del susto, ella soltó la pistola, y él soltó a su hija. Se quedaron durante unos segundos mirándose. Finalmente, Kristine empuñó el mango del cuchillo, que asomaba de la entrepierna del violador, como si fuera una suerte de extraño y pétreo pene de reserva. Al sacar el cuchillo, la sangre manó a borbotones.

Hanne y Audun se extrañaron de no ver a sus colegas de Asker y Bærum en el lugar que habían convenido. La calle dormía en la oscuridad y el silencio de la noche, sin las esperadas luces azules. El coche se detuvo en seco delante del adosado. Cuando subían corriendo hacia la entrada, oyeron las sirenas de la Policía a pocas manzanas de distancia.

La puerta había sido forzada y estaba abierta de par en par. Llegaban demasiado tarde.

Cuando Hanne subió las escaleras, se topó con una imagen que supo que la perseguiría para siempre.

Atado a una silla, con los brazos hacia atrás, las piernas muy separadas y el mentón pegado al pecho, colgaba su colega Olaf Frydenberg. Estaba casi desnudo y parecía una rana. Del bajo vientre manaba un riachuelo de sangre que desembocaba en un creciente charco entre sus piernas. Antes de comprobarlo, supo que estaba muerto.

Aun así, siguió apuntando, aferrando la pistola con las dos manos. Señaló una esquina de la sala de estar y mandó a Kristine y a su padre alejarse de la víctima. Acataron la orden ipso facto, mirando al suelo como dos niños obedientes.

No halló el pulso de la víctima. Levantó el párpado y el globo ocular la observó fijamente, con una mirada muerta y vacía. Desató las cuerdas alrededor de las muñecas y de los tobillos.

– Vamos a intentar reanimarlo -dijo, obstinada, a su colega-. Ve por el equipo de primeros auxilios.

– Yo lo hice -irrumpió Finn de repente, desde su esquina del salón.

– ¡Fui yo! -La voz de Kristine resonó como furiosa.

– ¡Miente! ¡Fui yo!

Hanne se giró para escrutarlos mejor. No sintió enfado, ni siquiera decepción; solo una inmensa y abrumadora tristeza.

Tenían la misma expresión que el primer día, cuando ambos se sentaron en su despacho. Era un aire de impotencia y aflicción que, ahora también, parecía más acentuada en el gigantón que en su hija.

Kristine seguía sosteniendo el cuchillo en la mano; su padre, la pistola.

– Dejad las armas -les pidió con cierta amabilidad-. ¡Allí!

Señaló una mesa de cristal junto a la ventana. Acto seguido, Salomonsen y ella intentaron reanimar a aquel hombre que yacía en la silla. Fue inútil.

Jueves, 10 de junio

El tiempo volvía a ser normal. Por fin. Una nubosidad ligera y propia de la época cubría parte del cielo de Oslo y la temperatura rondaba los quince grados habituales del mes de junio. Todo estaba en su sitio y la población se alegraba de que los daños provocados por el temporal no fueran tan cuantiosos como habían temido el día anterior.

Hanne permanecía sentada en el comedor de la jefatura de la calle Grønland. Estaba más pálida que todos los demás. Sentía náuseas. Había perdido dos noches de sueño en cuatro días. Pronto regresaría a casa. El jefe de sección exigió que se mantuviera lejos hasta pasado el fin de semana, como poco. Además le pidió que solicitara el puesto de inspectora, algo que, decididamente, no pensaba hacer. Al menos aquel día. Quería irse a casa.

Håkon, en cambio, se mostró inusualmente satisfecho. Estaba inmerso en sus pensamientos y sonreía, pero salió de su ensimismamiento cuando se percató de que Hanne estaba más cerca de un desplome físico de lo que jamás había visto.

El comedor estaba situado en la séptima planta y gozaba de unas vistas increíbles. En la parte más remota del fiordo de Oslo, un transbordador danés se aproximaba al muelle, repleto de pensionistas con el equipaje clandestinamente lleno de embutido danés y jamón cocido barato. El césped del exterior de la casa arqueada ya no estaba tan atiborrado de gente, solo algún que otro optimista que vigilaba el cielo, esperando a que retornara pronto el sol.

– Un día tenía que ser el primero -dijo Hanne, frotándose los ojos-. Fallando como lo estamos haciendo, era solo una cuestión de tiempo antes de que alguien se tomara la justicia por su mano. Lo jodido es que… -Sacudió la cabeza-. Lo jodido es que los entiendo.

Håkon la observó con más detenimiento. El pelo estaba sin lavar, los ojos seguían siendo azules, pero el círculo negro alrededor del iris parecía haber crecido, como si hubiera comido terreno a la pupila. Tenía la cara hinchada y el labio inferior estaba reventado en el centro, donde un hilito de sangre coagulada partía el labio en dos.

Con los ojos entreabiertos para protegerse de la blanca luz de junio, siguió el barco danés. Había tantas preguntas sin respuestas… Ojalá hubiese llegado a la casa de Bærum solo cinco minutos antes. Cinco minutos, nada más.

– Por ejemplo, ¿de dónde sacó toda esa sangre?

Håkon alzó los hombros desinteresadamente.

– Estoy absorto en otra cosa muy distinta -contestó, clavándole una mirada taimada y expectante, con la esperanza de que la subinspectora le preguntara en qué.

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