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Fragmentos de honor [Shards of Honor - es]

Электронная книга - «Fragmentos de honor [Shards of Honor - es]». Краткое содержание книги:

Estaba en el lugar equivocado, en el momento equivocado y por las razones equivocadas. Cordelia Naismith, de la Fuerza Expedicionaria Betana, llevaba incluso el uniforme equivocado: sin saberlo había entrado en batalla vistiendo el viejo uniforme pardo del equipo científico de Exploración Astronómica. Su encuentro con Aral Vorkosigan, el poderoso y temido Vor, apodado «el carnicero de Komarr», sólo podía deberse a una de esas complejas intrigas, tan sórdidas y abundantes en la militarizada sociedad de Barrayar.
Tras el primer contacto con Aral, Cordelia volverá a la guerra como capitana de una nave suicida en una misión de engaño: transportar a través de las líneas Vor un arma terrible capaz de atrapar y destruir a toda la flota enemiga.
Un conjunto de intrigas dentro de intrigas, de traiciones en el seno de más traiciones, de nuevos engaños que se unen a otros conocidos, obligará a Cordelia a establecer una paz personal con su principal oponente: Aral Vorkosigan. Una paz que puede acarrear la ignominia, aunque presagia nuevas posibilidades no sólo entre Cordelia y su enamorado, sino también entre los pueblos de ambos.
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El capitán le dirigió una mirada peculiar.

—Oh, bueno.

La lanzadera llegó por fin. Cordelia estrechó las manos de todo el mundo, agradeciendo a la tripulación del correo sus atenciones, y subió a bordo. La azafata de la lanzadera la recibió con un montón de ropa nueva.

—¿Qué es todo esto? ¡Santo cielo, uniformes de la Fuerza Expedicionaria por fin! Más vale tarde que nunca, supongo.

—¿Por qué no se lo pone? —la instó la azafata, sonriendo de oreja a oreja.

—¿Por qué no?

Hacía tiempo que llevaba el mismo uniforme escobariano prestado, y estaba harta de él. Tomó la ropa celeste y las brillantes botas negras, divertida.

—¿Por qué botas de montar, por el amor de Dios? Casi no hay caballos en la Colonia Beta, excepto en los zoos. Lo admito, tienen un aspecto espléndido.

Al descubrir que era la única pasajera de la lanzadera, se cambió al momento. La azafata tuvo que ayudarla con las botas.

—Quien las diseñó tendría que estar obligado a llevarlas en la cama —murmuró Cordelia—. O tal vez lo hace.

La lanzadera descendió, y Cordelia se acercó a la ventana, ansiosa por ver su ciudad natal. La neblina ocre se abrió por fin, y bajaron trazando espirales hasta el espaciopuerto y el muelle de atraque.

—Parece que hay un montón de gente hoy.

—Sí, el presidente va a dar un discurso —dijo la azafata—. Es muy excitante. Aunque yo no le voté.

—¿Freddy el Firme tiene tanto público en uno de sus discursos. Tanto mejor. Así podré mezclarme entre la multitud. Esta nave es demasiado llamativa. Creo que hoy preferiría ser invisible.

Podía sentir el comienzo del agotamiento, y se preguntó cuánto tiempo pasaría hasta que estuviera extenuada por completo. La doctora escobariana tenía razón en sus principios, si no en sus deducciones: todavía había un precio emocional que pagar, hecho un nudo en algún lugar bajo su estómago.

Los motores de la lanzadera se apagaron, y ella se levantó para dar las gracias a la sonriente azafata, incómoda.

—N-no habrá un co-comité de re-recepción para mí ahí fuera, ¿verdad? Creo que no podría soportarlo.

—Tendrá ayuda —le aseguró la azafata—. Aquí viene.

Un hombre con un sarong civil entró en la lanzadera, sonriendo de oreja a oreja.

—¿Cómo se encuentra, capitana Naismith? Soy Philip Gould, secretario de prensa del presidente.

Cordelia se quedó de una pieza. Secretario de prensa era un cargo a nivel ministerial.

—Es un honor conocerla.

Ella vaciló.

—N-no pla-planearán algún ti-tipo de espectáculo ahí fuera, ¿no? Qui-quiero irme a casa.

—Bueno, el presidente ha planeado un discurso. Y tiene algo para usted —dijo él, tranquilizador—. De hecho, esperaba poder hacer varios discursos con usted, pero podremos discutir eso más tarde. La verdad es que no esperábamos que la Heroína de Escobar sufriera miedo escénico, pero hemos preparado unas palabras para usted. La acompañaré en todo momento y la ayudaré con las entradas, y con la prensa. —Le pasó un visor manual—. Intente parecer sorprendida cuando salga de la lanzadera.

—Estoy sorprendida. —Cordelia ojeó rápidamente el guión—. ¡E-esto es una sa-sarta de mentiras!

Él pareció preocupado.

—¿Siempre ha tenido ese pequeño defecto en el habla? —preguntó con cautela.

—N-no, es mi souvenir del servicio psíquico escobariano, y la úl-última guerra. ¿A qu-quién se le ha o-ocurrido esta basura, por cierto?

La línea que le había llamado particularmente la atención se refería al «cobarde almirante Vorkosigan y su grupo de rufianes».

—Vorkosigan es el hombre más valiente que he conocido en mi vida.

Gould la agarró con firmeza por el brazo y la guió hasta la compuerta de la lanzadera.

—Tenemos que salir ya, para entrar a tiempo en el holovid. Tal vez pueda saltarse esa línea, ¿de acuerdo? Ahora, sonría.

—Quiero ver a mi madre.

—Está con el presidente. Allá vamos.

Salieron del tubo de la compuerta a una turba de hombres, mujeres y equipo. Todos empezaron a hacer preguntas a gritos al unísono. Cordelia empezó a temblar, de arriba abajo, en oleadas que comenzaban en la boca del estómago y se extendían.

—No conozco a nadie —le susurró a Gould.

—Siga caminando —respondió él, con la sonrisa clavada en la cara. Subieron a una tribuna montada en la grada que asomaba al gran salón del espaciopuerto. El salón estaba repleto de gente pintoresca en un ambiente festivo. Se nublaron ante los ojos de Cordelia. Vio por fin un rostro familiar, su madre, sonriendo y llorando, y cayó en sus brazos, para deleite de la prensa que grabó la escena a placer.

—Sácame de aquí lo más rápido que puedas —susurró Cordelia desesperada al oído de su madre—. Estoy a punto de perder los estribos.

Su madre la miró, sin comprender, todavía sonriendo. Su lugar fue ocupado por el hermano de Cordelia, su familia se encontraba apiñada nerviosa y orgullosamente tras él, mirándola con ojos que, según le pareció, la devoraban.

Divisó a su tripulación, todos vestidos con los nuevos uniformes, de pie junto a algunos miembros del Gobierno. Parnell le hizo un gesto positivo con los pulgares, sonriendo como un demente. La arrastraron a un podio con el presidente de la Colonia Beta.

Freddy el Firme le pareció más grande que la vida a sus ojos confusos, alto y sonriente. Tal vez por eso daba tan bien en el holovid. Le agarró la mano y la sostuvo, para alegría de la multitud. Ella se sintió como una idiota.

El presidente dio bien su discurso, sin usar ni una sola vez el chivato. Estaba lleno de la jerga patriótica que tanto había intoxicado el lugar cuando ella partió, y ni una sola palabra entre una docena tocaba la verdad ni siquiera desde el punto de vista betano. Se dirigió gradualmente y con perfecta teatralidad hacia la medalla. El corazón de Cordelia empezó a latir con fuerza al darse cuenta. Trató desesperadamente de no enterarse y se volvió hacia el secretario de prensa.

—¿Todo esto es por mi tri-tripulación, por los espejos de plasma?

—Ellos ya tienen las suyas. —¿Iba a dejar de sonreír alguna vez?— Ésta es para usted.

—Y-ya veo.

Por lo que parecía, la medalla era para recompensar su valiente asesinato del almirante Vorrutyer. Freddy el Firme evitó la palabra asesinato, así como términos más burdos como «matanza» y «muerte», y optó por frases más correctas como «librar al universo de una víbora de iniquidad».

El discurso se fue acercando a su fin, y el presidente, con su propia mano, le pasó sobre la cabeza la chispeante medalla con su pintoresco lazo, el más alto honor de la Colonia Beta. Gould la situó delante de la tribuna y le indicó las brillantes letras verdes del chivato que flotaban veloces en el aire ante sus ojos.

—Empiece a leer —susurró.

—¿Estoy en el aire? Oh. Uh… Pueblo de la Colonia Beta, mi amado hogar. —Eso era cierto, hasta ahí—. Cuando os dejé para enfrentarme a la a-amenaza de la tiranía de Barrayar que asolaba a nuestra amiga y aliada Escobar, fue sin saber que el destino me llevaría a enfrentarme a un de-destino más no-noble.

Fue aquí donde se desvió del guión, y se notó irse sin remedio, como un barco condenado que se hunde bajo las olas.

—No veo qué tiene de no-noble ma-matar a ese gilipollas sádico de Vorrutyer. Y no aceptaría una medalla por a-asesinar a un hombre de-desarmado ni aunque lo hubiera hecho.

Se sacó la medalla por encima de la cabeza. El lazo se le quedó enganchado en el pelo, y lo soltó de un tirón, airada, dolorosamente.

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