Ensayo sobre la lucidez
- Автор: Сарамаго Жозе
- Год: 16
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Ensayo sobre la lucidez». Краткое содержание книги:
Como ya nos sorprendiera en su tiempo con la magnífica obra “Ensayo Sobre La Ceguera ”, en la que nos ofrecía una espeluznante parábola de la opresión de las fuerzas políticas sobre los indefensos ciudadanos, el escritor portugués vuelve a retomar el mismo tema, aunque en esta ocasión la reflexión que nos plantea va a ser diferente en la forma pero idéntica en el fondo.
Y es que no sólo el título es similar, “Ensayo Sobre La Lucidez ”, sino que va a volver a cuestionar los pilares más básicos de las sociedades democráticas. Saramago, escritor comprometido con las causas injustas en la vida real y ferviente defensor de la legalidad y coherencia políticas, presenta en este libro una situación un poco rocambolesca pero para nada descabellada, y más en estos días en los que un referéndum pondrá a prueba a muchos europeos con respecto a sus derechos como votantes y capacidad para elegir lo mejor para cada nación de cara a una Europa unida.
¿Qué pasaría si, como resultado de unas elecciones, en un país cualquiera, supuestamente democrático, más del setenta por ciento de las papeletas estuvieran en blanco?
De momento, el desconcierto más absoluto, ya que si a tantísimos ciudadanos les trae sin cuidado quienes y cómo son sus líderes políticos y las decisiones que éstos tomen de cara, supuestamente, a mejorar las condiciones de vida de todos por igual, pretendiendo hacer una sociedad más justa y equitativa, da por pensar, de momento, si la democracia es la “menos mala de las formas de gobierno”, como dijo alguna mente privilegiada.
Pongámonos a pensar: si nos da prácticamente igual quienes ocupen los “escaños del poder”, ¿para qué seguir con un sistema en el que no podamos aprovechar nuestra libertad para elegir?
Si en “Ensayo Sobre La Ceguera ” reinaba el total aplastamiento de los derechos de los ciudadanos por las “altas esferas”, en “Ensayo Sobre La Lucidez ” van a ser éstos últimos los que exijan una explicación a los primeros, ya que la confusión llegará a afectar, como es lógico, a los diferentes partidos políticos a la hora de “repartirse el pastel” del gobierno.
¿Es una continuación de esta obra a la otra? Podría ser, por lo anteriormente expuesto, y más cuando a lo largo de la trama se descubra que una superviviente del drama ocurrido en el primer libro, va a ser de una importancia vital en el proceso de votación masiva en blanco por parte de los ciudadanos.
Recomiendo, pues, sendos libros; aunque me gustó más el primero, este segundo no tiene ningún desperdicio.
Y es que no sólo el título es similar, “Ensayo Sobre La Lucidez ”, sino que va a volver a cuestionar los pilares más básicos de las sociedades democráticas. Saramago, escritor comprometido con las causas injustas en la vida real y ferviente defensor de la legalidad y coherencia políticas, presenta en este libro una situación un poco rocambolesca pero para nada descabellada, y más en estos días en los que un referéndum pondrá a prueba a muchos europeos con respecto a sus derechos como votantes y capacidad para elegir lo mejor para cada nación de cara a una Europa unida.
¿Qué pasaría si, como resultado de unas elecciones, en un país cualquiera, supuestamente democrático, más del setenta por ciento de las papeletas estuvieran en blanco?
De momento, el desconcierto más absoluto, ya que si a tantísimos ciudadanos les trae sin cuidado quienes y cómo son sus líderes políticos y las decisiones que éstos tomen de cara, supuestamente, a mejorar las condiciones de vida de todos por igual, pretendiendo hacer una sociedad más justa y equitativa, da por pensar, de momento, si la democracia es la “menos mala de las formas de gobierno”, como dijo alguna mente privilegiada.
Pongámonos a pensar: si nos da prácticamente igual quienes ocupen los “escaños del poder”, ¿para qué seguir con un sistema en el que no podamos aprovechar nuestra libertad para elegir?
Si en “Ensayo Sobre La Ceguera ” reinaba el total aplastamiento de los derechos de los ciudadanos por las “altas esferas”, en “Ensayo Sobre La Lucidez ” van a ser éstos últimos los que exijan una explicación a los primeros, ya que la confusión llegará a afectar, como es lógico, a los diferentes partidos políticos a la hora de “repartirse el pastel” del gobierno.
¿Es una continuación de esta obra a la otra? Podría ser, por lo anteriormente expuesto, y más cuando a lo largo de la trama se descubra que una superviviente del drama ocurrido en el primer libro, va a ser de una importancia vital en el proceso de votación masiva en blanco por parte de los ciudadanos.
Recomiendo, pues, sendos libros; aunque me gustó más el primero, este segundo no tiene ningún desperdicio.
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de la capital, del tiempo feliz en que los votos eran obedientes al mando, del monótono pasar de las horas y de los días entre la pequeñoburguesa residencia de los jefes de gobierno y el parlamento de la nación, de las agitadas y a veces joviales y divertidas crisis políticas que eran como hogueras de duración prevista e intensidad vigilada, casi siempre fingiendo que, y con las que se aprendía tanto a decir la verdad como a hacerla coincidir, punto por punto, si era útil, con la mentira, de la misma manera que el revés, con toda naturalidad, es el otro lado del derecho. Se preguntó a sí mismo si la investigación habría empezado ya, se detuvo especulando sobre si los agentes que participarían en la acción policial serían de esos que infructuosamente permanecieron en la capital con la misión de captar informaciones y elaborar dictámenes, o si el ministro del interior habría preferido enviar a la misión gente de su más directa confianza, de la que se encuentra al alcance de la vista y a mano de sementera, y que, quién sabe, seducida por el aparatoso ingrediente de aventura cinematográfica que sería una travesía clandestina al bloqueo, se deslizaría puñal en cinto bajo los alambres de púas, engañando con insensibilizadores magnéticos los temibles sensores electrónicos, y emergería al otro lado, en el campo enemigo, rumbo al objetivo, como topos dotados de gafas de visión nocturna y agilidad gatuna. Conociendo al ministro del interior tan bien como lo conocía, un poco menos sanguinario que drácula pero más teatral que rambo, ésta sería la modalidad de acción que ordenaría adoptar. No se equivocaba. Ocultos entre unos matorrales que casi bordean el perímetro del cerco, tres hombres aguardan que la noche se torne madrugada. Sin embargo, no todo lo que había fantaseado libremente el primer ministro desde la ventana de su despacho corresponde a la realidad que se ofrece ante nuestros ojos. Por ejemplo, estos hombres están vestidos de paisano, no llevan al cinto ningún puñal, y el arma que portan en funda es simplemente la pistola a la que se da el tranquilizador nombre de reglamentaria. En cuanto a los temibles insensibilizadores magnéticos, no se ve por aquí, entre los diversos aparatos, nada que sugiera tan decisiva función, lo que, pensándolo mejor, podría significar sólo que los insensibilizadores magnéticos no tienen, a caso hecho, el aspecto de insensibilizador magnético. No tardaremos en saber que, a la hora acordada, los sensores electrónicos en este tramo de cerco permanecerán desconectados durante cinco minutos, tiempo considerado más que suficiente para que tres hombres, uno a uno, sin prisas ni precipitaciones, traspasen la alambrada de púas que, para ese fin, hoy ha sido adecuadamente cortada, evitándose así enganches en los pantalones y arañazos en la piel. Los zapadores del ejército acudirán a repararla antes de que los róseos dedos de la aurora agucen de nuevo, mostrándolas, las amenazadoras púas durante tan breve tiempo inofensivas, y también los rollos enormes de alambre extendidos a lo largo de la frontera, a un lado y a otro. Los tres hombres ya han pasado, va delante el jefe, que es el más alto, y en fila india atraviesan un prado cuya humedad rezuma y gime bajo los zapatos. En una carretera secundaria, a unos quinientos metros de allí, espera el automóvil que los llevará en el sigilo de la noche hasta su destino en la capital, una falsa empresa de seguros amp; reaseguros que la falta de clientes, tanto locales como del exterior, todavía no ha logrado que quiebre. Las órdenes que estos hombres recibieron directamente de la boca del ministro del interior son claras y terminantes, Tráiganme resultados y yo no les preguntaré con que medios los han obtenido, No portan ninguna instrucción escrita, ningún salvoconducto que los cubra y que puedan exhibir como defensa o justificación si sucede algún contratiempo inesperado, no estando excluida, por tanto, la posibilidad de que el ministerio los abandone simplemente a su suerte si cometen alguna acción susceptible de perjudicar la reputación del estado y la pureza inmaculada de sus objetivos y procesos. Son, estos tres hombres, como un comando de guerra arrojado en territorio enemigo, aparentemente no se encuentran razones para pensar que van a arriesgar sus vidas, pero todos tienen consciencia de los recovecos de una misión que exige talento en el interrogatorio, flexibilidad en la estrategia, rapidez en la ejecución. Todo en grado máximo. No creo que tengan que matar a nadie, dijo el ministro del interior, pero si, en una situación difícil, consideran que no hay otra salida, no lo duden, yo me encargaré de resolver el asunto con la justicia, Cuya cartera ha sido asumida recientemente por el primer ministro, se atrevió a observar el jefe del grupo. El ministro del interior hizo como que no había oído, se limitó a mirar fijamente al inoportuno, que no tuvo otro remedio que desviar la vista. El coche ha entrado en la ciudad, se detiene en una plaza para cambiar de conductor, y finalmente después de dar treinta vueltas para despistar a cualquier improbable perseguidor, los deja en la puerta del edificio de oficinas donde la empresa de seguros amp; reaseguros se encuentra instalada. El portero no apareció para saber quién entraba a hora tan inusuales en la rutina del edificio, es de suponer que alguien con buenas palabras lo persuadió en la tarde de de ayer para irse a la cama temprano, aconsejándole que no se despegara de las sábanas, aunque el insomnio no le dejara cerrar los ojos. Los tres hombres subieron en ascensor hasta el piso catorce, giraron por un pasillo a la izquierda, después otro a la derecha, un tercero a la izquierda, por fin llegaron a las instalaciones de la providencial, s.a., seguros amp; reaseguros, conforme cualquiera puede leer en la placa de la puerta, en letras negras sobre una chapa rectangular de latón mate, fijada con clavos de cabeza en tronco de pirámide en el mismo metal. Entraron, uno de los subalternos encendió la luz, el otro, cerró la puerta y puso la de seguridad. Entre tanto el jefe daba una vuelta por las instalaciones, verificaba conexiones, enchufaba aparatos, entraba en la cocina, en los dormitorios y en los cuartos de baño, abría la puerta del compartimento destinado a archivo, pasaba los ojos rápidamente por las diversas armas que se guardaban al mismo tiempo que respiraba el olor familiar a metal y lubricante, mañana inspeccionará todo esto, pieza por pieza, munición por munición. Llamó a los auxiliares, se sentó y les mandó sentarse, Esta mañana, a las siete, dijo, dará comienzo el trabajo de seguimiento del sospechoso, noten que si le llamo sospechoso no es tanto para simplificar la comunicación entre nosotros, que se sepa no ha cometido ningún crimen, sino porque no conviene, por razones de seguridad, que su nombre sea pronunciado, al menos en estos primeros días, añado asimismo que con esta operación, que espero que no se prolongue más allá de una semana, lo que pretendo en primer lugar es obtener un cuadro de los movimientos del sospechoso en la ciudad, dónde trabaja, por dónde anda, con quién se encuentra, es decir, la rutina de una averiguación primaria, el reconocimiento del terreno antes de pasar al abordaje directo, Dejamos que se dé cuenta de que está siendo seguido, preguntó el primer ayudante, No en los cuatro primeros días, pero después, sí, quiero verlo preocupado, inquieto, Habiendo escrito la carta estará esperando que alguien aparezca en su busca. Lo buscaremos nosotros cuando llegue el momento, lo que quiero, y ya se las arreglarán para que así suceda, es que tema ser seguido por quienes él ha denunciado, Por la mujer del médico, Por la Mujer, no, claro, por sus cómplices, los del voto en blanco, No estaremos yendo demasiado deprisa, preguntó el segundo ayudante, todavía no hemos comenzado el trabajo y ya estamos hablando de cómplices, Lo que hacemos es trazar un esbozo, un simple esbozo y nada más, quiero colocarme en el punto de vista del tipo que escribió la carta y, desde ahí, intentar ver lo que él ve, Sea como sea, una semana de seguimiento parece demasiado tiempo, dijo el primer ayudante, si trabajamos bien, al cabo de tres días lo tendremos a punto de caramelo. El jefe frunció el ceño, iba a decir Una semana, dije que será una semana, y será una semana, pero le vino a la memoria el ministro del interior, no recordaba si le había reclamado expresamente resultados rápidos, pero, siendo ésta la exigencia que más veces se oye salir de la boca de los directores, y no habiendo motivo para pensar que el caso presente pudiese ser una excepción, todo lo contrario, no mostró más renuencia en aceptar el periodo de tres días, que la que se considera normal en la relación entre un superior y un subordinado, porque, al fin y al cabo, son escasas las veces en que el que manda se ve obligado a ceder ante las razones del que las obedece. Disponemos de fotografías de todos los adultos que residen en el edificio, me refiero, claro está, a los de sexo masculino, dijo el jefe, y añadió, sin que nadie le preguntara, una de ellas corresponde al hombre que buscamos, Mientras no lo hayamos identificado, ningún seguimiento podrá iniciarse, aclaró el primer ayudante, Así es, condescendió el jefe, pero en todo caso, a las siete estarán estratégicamente colocados en la calle donde vive para seguir a los dos hombres que parezcan más cercanos al tipo de persona que escribió la carta, comenzaremos por ahí, la intuición, el faro policial, para algo ha de servir, Puedo dar mi opinión, preguntó el segundo ayudante, Hable, A juzgar por el tono de la carta, el tipo debe ser un rematado hijo de puta. Y eso qué significa, preguntó el primer ayudante, que tenemos que seguir a todos los que tengan cara de hijos de puta, y añadió, La experiencia me ha enseñado que los hijos de puta peores son los que no tienen aspecto de serlo, Realmente, habría sido mucho más lógico ir a los servicios de identificación y hacer una copia de la fotografía de ese tipo, se ganaría tiempo y se ahorraría trabajo. El jefe decidió cortar, Presumo que no estarán pensando enseñarle el padrenuestro y la salve a la madre superiora, si no se ha ordenado esa diligencia es para no levantar sospechas que podrían abortar la operación, Perdone, jefe, me permito discrepar, dijo el primer ayudante, todo indica que el tipo está ansioso por vaciar el saco, incluso creo que si supiese dónde nos encontramos estaría en este momento llamando a la puerta, Supongo que sí, respondió el jefe conteniendo la irritación que le estaba produciendo lo que tenía todos los visos de critica demoledora del plan de acción, pero nos conviene conocer lo máximo sobre él antes de llegar al contacto directo, Tengo una idea, dijo el segundo ayudante, Otra, preguntó con malos modos el jefe, Le garantizo que ésta es buena, uno de nosotros se disfraza de vendedor de enciclopedias y de esa manera puede ver quién aparece en la puerta, Ese truco del vendedor de enciclopedias ya tiene la barba blanca, dijo el primer ayudante, además, son las mujeres quienes generalmente suelen abrir la puerta, sería una excelente idea si nuestro hombre viviera solo, pero, si no recuerdo mal lo que dice la carta, está casado, Pues la hemos fastidiado, exclamó el segundo ayudante. Se quedaron en silencio, mirándose unos a otros, los dos ayudantes conscientes de que ahora lo mejor sería esperar a que el superior tuviera una idea propia. En principio, estaban dispuestos a aplaudirla aunque hiciera aguas por todas partes. El jefe sopesaba todo cuanto había dicho antes, intentaba encajar las diversas sugerencias con la esperanza de que del casual ajuste de las piezas del puzzle pudiera surgir algo tan inteligente, tan holmenesco, tan poirotiano, que obligase a los sujetos a sus órdenes a abrir la boca de puro pasmo. Y, de repente, como si las escamas se le hubiesen caído de los ojos, vio el camino, Las personas, dijo, salvo incapacidad física absoluta, no están siempre dentro de casa, van a sus trabajos, de compras, a pasear, así que mi idea consiste en entrar en la casa donde el tipo vive cuando no haya nadie, la dirección viene escrita en la carta, ganzúas no nos faltan, hay siempre fotos sobre los muebles, identificaremos al tipo en el conjunto de las fotografías y así ya lo podremos seguir sin problemas, para saber si no hay nadie en casa usaremos el teléfono, mañana sabremos el número por el servicio de información de la compañía telefónica, también podemos mirarlo en la guía, una cosa u otra, da lo mismo. Con esta infeliz manera de terminar la frase, el jefe comprendió que el puzzle no tenía ajuste posible, Aunque, como ha sido dicho antes, la disposición de ambos subalternos hubiera sido de total benevolencia para con los resultados de la meditación del jefe, el primer ayudante se sintió obligado a observar, esforzándose en usar un tono que no vulnerara la susceptibilidad del otro, Si no estoy equivocado, lo mejor de todo, conociendo ya la dirección del tipo, sería llamar directamente a su puerta y preguntarle a quien salga Vive aquí Fulano de Tal, si fuese él diría Sí señor, soy yo, si fuese la mujer, lo más probable es que dijera Voy a llamar a mi marido, de este modo agarrábamos al pájaro sin necesidad de dar tantas vueltas. El jefe levantó el puño cerrado como quien va a propinar un buen puñetazo en la tabla de la mesa, pero en el último instante quebró la violencia del gesto, bajó lentamente el brazo y dijo con voz que parecía declinar en cada sílaba, Examinaremos esa posibilidad mañana, ahora me voy a dormir, buenas noches. Se dirigía ya hacia la puerta del dormitorio que iba a ocupar durante el tiempo que durase la investigación cuando oyó al segundo ayudante que preguntaba, De todas formas comenzamos la operación a las siete. Sin volverse, respondió, La acción prevista queda suspendida hasta nueva orden, recibirán instrucciones mañana, cuando haya concluido la revisión del plan que recibí del ministerio y de darse el caso, para agilizar el trabajo, procederé a las alteraciones que considere convenientes. Dio otra vez las buenas noches, Buenas noches, jefe, respondieron los subordinados, y entró en el dormitorio. Apenas se cerró la puerta, el segundo ayudante se preparó para continuar la conversación, pero el otro se llevó el dedo índice a los labios y movió la cabeza haciendo señal de que no hablase. Fue el primero en apartar la silla y en decir, Me voy a acostar, si te quedas mucho ten cuidado cuando entres, no me vayas a despertar. Al contrario que el jefe, estos dos hombres, como meros subalternos que son no tienen derecho a dormitorio individual, dormirán en una amplia división con tres camas, una especie de sala pequeña que pocas veces ha estado completamente ocupada. La cama del medio era siempre la que menos servía. Si, como en este caso, los agentes eran dos utilizaban invariablemente las camas laterales, y si era un solo policía el que allí durmiera, lo cierto y sabido es que también preferiría dormir en una de éstas, nunca en la del centro, tal vez porque tendría la impresión de estar rodeado o de ser conducido a prisión. Incluso los policías más duros, más coriáceos, y éstos todavía no han tenido ocasión de demostrar que lo son, necesitan sentirse protegidos por la proximidad de una pared. El segundo ayudante que había comprendido el recado, se levantó y dijo, No, no me quedo, también me voy a dormir. Respetando las graduaciones, primero uno, después otro, pasaron por un cuarto de baño provisto de todo lo necesario para el aseo del cuerpo, como tenía que ser, dado que en ningún momento de este relato ha sido mencionado que los tres policías trajeran consigo nada más que una pequeña maleta o una simple mochila con una muda de ropa, cepillo de dientes y máquina de afeitar. Sorprendente sería que una empresa bautizada con el feliz nombre de providencial no se preocupara de facultar a quienes temporalmente daba cobijo de los artículos y productos de higiene indispensables para la comodidad y el buen desempeño de la misión que les haya sido encomendada. Media hora después los ayudantes estaban en sus respectivas camas, vistiendo cada uno su pijama reglamentario, con el distintivo de la policía bordado sobre el corazón. Al final, el plan del ministerio del interior de plan no tenía nada, dijo el segundo ayudante, Es lo que sucede siempre cuando no se toma la precaución elemental de pedir opinión a las personas con experiencia, respondió el primer ayudante. Al
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