El Conocimiento Silencioso
- Автор: Кастанеда Карлос Сезар Арана Сальвадор
- Серия: На испанском языке #8
- Год: 1987
- Язык: испанский
- Жанр: Эзотерика
Электронная книга - «El Conocimiento Silencioso». Краткое содержание книги:
Este brillante destello de conocimiento ilumina los recónditos parajes de la mente humana. La brujería y la magia se revelan así como metáforas de la necesidad del hombre de comprenderse a sí mismo.
Dijo que, si se nos venía encima el jaguar, en ese preciso momento, él podría anular el efecto normal de una muerte violenta. Utilizando la velocidad con que se movía su punto de encaje, él podría o bien cambiar de universo o quemarse desde adentro en una fracción de segundo. Yo, por el contrario, moriría bajo las garras del jaguar, porque mi punto de encaje no tenía la velocidad necesaria para salvarme.
Yo le dije que, a mi modo de ver, los brujos habían hallado un modo alternativo de morir, lo que no es lo mismo que anular la muerte. Y él contestó que sólo había dicho que los brujos tienen dominio sobre su propia muerte. Morían solamente cuando debían hacerlo.
Aunque yo no ponía en duda lo que él me decía, había continuado haciéndole preguntas, y mientras él hablaba, memorias de otros universos perceptibles se iban formando en mi mente, como en una pantalla.
Le dije a don Juan que se me venían a la mente extraños pensamientos. El se echó a reír y me recomendó que me limitara al jaguar, pues era tan real que sólo podía ser una verdadera manifestación del espíritu.
La idea de lo real que era la bestia me produjo un escalofrío.
– ¿No sería mejor que cambiáramos de dirección en vez de ir directamente hacia esas colinas? -pregunté, pensando que al cambiar inesperadamente de rumbo podríamos provocar cierta confusión en el animal.
– Es demasiado tarde para cambiar de dirección -dijo don Juan-. El jaguar ya sabe que no tenemos adónde ir, como no sea a esas colinas.
– ¡Eso no puede ser cierto, don Juan! -exclamé.
– ¿Por qué no?
Le dije que, si bien yo podía dar fe de la capacidad del animal para mantenerse un paso por delante de nosotros, me era imposible aceptar que el jaguar tuviera la capacidad de prever lo que deseábamos hacer.
– Tu error es pensar que el poder del jaguar es una capacidad de razonar las cosas -dijo-. El jaguar no puede pensar; él simplemente sabe.
Explicó que nuestra maniobra de levantar polvo era para confundir al jaguar, dándole una información sensorial de algo que no tenía ninguna utilidad intrínseca para nosotros. Aunque nuestra vida dependiera de ello, el hecho de levantar polvo no nos despertaba ningún sentimiento genuino.
– En verdad, no comprendo lo que está usted diciendo -me quejé.
La tensión hacía estragos en mí. Me costaba mucho concentrarme.
Don Juan explicó que los sentimientos humanos eran como corrientes de aire frías o calientes que podían ser fácilmente percibidas por las bestias. Nosotros éramos los emisores; el jaguar era el receptor. Cualquier sensación o sentimiento que tuviésemos, se abriría paso hasta el jaguar. O mejor dicho: el jaguar podía capturar cualquier sensación o sentimiento que para nosotros fuera usual. En el caso de levantar una nube de polvo, nuestro sentimiento al respecto era tan fuera de lo común que sólo podrían crear un vacío en el receptor.
– Otra maniobra que podría dictar el conocimiento silencioso sería levantar polvo a puntapiés -dijo don Juan.
Me miró por un instante, como si esperara mi reacción.
– Vamos a caminar con mucha calma, ahora -dijo-. Y tú vas a levantar polvo a puntapiés como si fueras un gigante de tres metros.
Debí de poner una expresión bastante estúpida, don Juan se estremeció de risa.
– Levanta una nube de polvo con los pies -me ordenó-. Siéntete enorme y pesado.
Lo traté de hacer y, de inmediato, tuve una sensación de corpulencia. En tono de broma, comenté que su poder de sugestión era increíble. Me sentía realmente gigantesco y feroz.
El me aseguró que mi sensación de tamaño no era, de modo alguno, producto de su sugestión, sino que era producto de un movimiento de mi punto de encaje. Dijo que los mitos de hombres legendarios de la antigüedad eran para él historias de brujería acerca de hombres reales que sabían, gracias al conocimiento silencioso, el poder que se obtiene moviendo el punto de encaje.
Reconoció que en una escala reducida, los brujos modernos habían recapturado ese antiguo poder. Con un movimiento de sus puntos de encaje podían alterar lo que percibían y así cambiar las cosas. Me aseguró que en ese momento, yo estaba cambiando las cosas al sentirme grande y feroz. Los sentimientos, procesados de ese modo, se llamaban intento.
Dijo que tal vez todo ser humano en condiciones de vida normales había tenido, en algún momento, la oportunidad de salirse de los límites convencionales. Hizo hincapié en que no se refería a los convencionalismos sociales, sino a las convenciones que limitan nuestra percepción. Un momento de regocijo es suficiente para mover nuestro punto de encaje y romper con esas convenciones. Así también un momento de miedo, de dolor, de cólera o de pesadumbre. Pero comúnmente, cuando tenemos la posibilidad de mover nuestro punto de encaje nos asustamos. Nuestros principios religiosos, académicos o sociales se ponen en juego, garantizando nuestra urgencia de mover nuestros puntos de encaje a la posición que prescribe la vida normal; nuestra urgencia de regresar al rebaño.
Me dijo que todos los místicos y los maestros espirituales que se conocían habían hecho exactamente eso: mover sus puntos de encaje, ya fuera a través de disciplina o por casualidad, y sacarlos del sitio habitual y luego volver a la normalidad portando consigo un recuerdo que les duraría por toda la vida.
– En estos momentos tu punto de encaje ya se ha movido bastante -prosiguió-. Y ahora estás en la posición de o bien perder lo ganado o hacer que tu punto de encaje se mueva más. Puedes sentirte ahora que eres muy bueno y muy civilizado y olvidar el movimiento inicial de tu punto de encaje. O puedes sentirte que eres un hombre audaz y que puedes empujarte a ti mismo más allá de tus limites razonables.
Yo sabía exactamente a qué se refería, pero en mí había una extraña duda que me hacía vacilar.
Don Juan insistió un poco más en el mismo punto. Dijo que el hombre común y corriente incapaz de hallar energías para percibir más allá de sus límites diarios, llama al reino de la percepción extraordinaria brujería, hechicería u obra del demonio; y se aleja horrorizado sin atreverse a examinarlo.
– Pero tú ya no puedes seguir haciendo eso -prosiguió-. No eres una persona religiosa y eres recontra curioso. No vas a poder descartar esto. Lo único que podría detenerte ahora es la cobardía.
"Convierte todo en lo que realmente es: lo abstracto, el espíritu, el nagual. No hay brujería, no hay el mal, ni el demonio. Solo existe la percepción.
Yo le entendí perfectamente, pero no llegaba a determinar exactamente qué deseaba él que yo hiciera.
Miré a don Juan, tratando de hallar las palabras más adecuadas para preguntárselo. Había yo entrado en un estado de ánimo extremadamente funcional y no quería malgastar una sola palabra.
– ¡Sé gigantesco! -me ordenó, sonriendo- ¡Acaba con la razón!
Comprendí entonces qué quería decir. Más aún; supe que podía aumentar la intensidad de mis sensaciones de tamaño y ferocidad hasta ser verdaderamente un gigante, alzándose por encima de los arbustos, capaz de ver todo a nuestro alrededor.
Traté de expresar mis pensamientos, sin poder hacerlo. Luego me di cuenta de que don Juan sabía lo que yo pensaba y, obviamente, muchas, muchas cosas más.
Y en ese momento me ocurrió algo extraordinario. Mis facultades de raciocinio cesaron de funcionar. Literalmente, sentí como si me hubiera cubierto una frazada negra que oscurecía mis pensamientos. Y dejé ir a mi razón con el abandono de quien no tiene nada de qué preocuparse. Estaba convencido de que si hubiera querido deshacerme de esa frazada oscura, todo lo que tenía que hacer era sentir que me abría paso a través de ella.