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La Urth del Sol Nuevo [The Urth of the New Sun - es]

Электронная книга - «La Urth del Sol Nuevo [The Urth of the New Sun - es]». Краткое содержание книги:

Severian se ha convertido al fin en el Autarca de la Mancomunidad y está a punto de emprender un viaje a las estrellas en una nave de los hieródulos. El resultado de este viaje —que es también un viaje por el tiempo en el que Severian visita distintos lugares y épocas y se encuentra con personajes del presente y del futuro— determinará el destino de Urth. Si Severian obtiene un juicio favorable los extraterrestres transformarán el Sol viejo en un agujero blanco que dará nueva vida a Urth.
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—Herena dice que vienen de un barco que cayó del cielo.

—¿Qué importa de dónde venimos? Somos viajeros pacíficos. Lo único que pedimos es que nos dejen pasar.

—A mí me importa. Herena es mi hija. He de saber si miente.

Le comenté a Burgundofara: —Ya ves que no lo sé todo.

Ella sonrió, aunque era obvio que tenía miedo.

—Atamán, si confiaras en la palabra de un extraño y no en la de tu hija serías un necio. —A esas alturas la chica se había acercado a la puerta lo bastante para que yo le viese los ojos.— Sal, Herena —dije—. No te haremos daño.

Avanzó; era una quinceañera alta, con largo pelo castaño y un brazo encogido, no más grande que el de un bebé.

—¿Por qué nos espiabas, Herena?

Habló, pero yo no la oí.

—No estaba espiando —dijo el padre—. Estaba juntando nueces. Es una buena chica.

De vez en cuando, aunque sólo raramente, un hombre mira algo que ha visto decenas de veces y lo ve de manera diferente. Cuando yo, la refunfuñona Thecla, instalaba mi caballete junto a alguna catarata, mi maestro siempre decía que la viese de otra manera; nunca entendí qué quería decir y no tardé en convencerme de que no quería decir nada. Ahora veía el brazo marchito de Herena, no como una deformidad permanente (como siempre había visto esas cosas), sino como un error que podría repararse con unas pocas pinceladas.

Burgundofara arriesgó: —Ha de ser duro… —Comprendiendo que podían considerarlo una ofensa, concluyó:— Salir tan temprano.

Yo dije: —Si quiere, corregiré el brazo de su hija.

El atamán abrió la boca para hablar y volvió a cerrarla. Pareció que en el rostro no cambiaba nada, pero atisbé una expresión de miedo.

—¿Quiere?

—Sí, sí, claro.

Los ojos del hombre y las invisibles miradas de los demás aldeanos me oprimían el pecho.

—La muchacha debe venir conmigo. No iremos lejos, y no tardaremos mucho.

El hombre asintió lentamente. —Tienes que ir con el sieur, Herena. —De pronto comprendí cuán ricas debían parecerles a esa gente las ropas que había tomado del camarote.— Pórtate bien y recuerda que tu madre y yo siempre… —Se alejó.

La chica echó a andar delante de mí, de vuelta por el sendero hasta que no vimos la aldea. El lugar donde el brazo marchito juntaba con el hombro estaba oculto bajo la bata raída. Le dije que se la quitara; lo hizo, pasándosela por encima de la cabeza.

Yo tenía conciencia de las hojas rojodoradas, de la piel morena de la muchacha como si fueran un microcosmos enjoyado que yo espiaba por un agujero. Los trinos de los pájaros y el canto del agua eran tan lejanos y dulces como el campanilleo de un orquestrión en un patio, muy abajo.

Toqué el hombro de Herena y la realidad misma fue arcilla para alisar y extender. Con un pase o dos le modelé un brazo nuevo, imagen refleja del otro. Una lágrima me mojó los dedos mientras yo trabajaba, tan caliente que pudo habérmelos quemado; la muchacha temblaba de pies a cabeza.

—He acabado —le dije—. Ponte la bata. —Estaba de nuevo en el microcosmos, y de nuevo me parecía el mundo.

Ella volvió la cara hacia mí. Sonreía, aunque por las mejillas le corrieran lágrimas.

—Lo amo, milord —dijo, y en seguida se arrodilló a besarme la punta de la bota.

Yo pregunté: —¿Me dejas verte las manos? —Ni yo mismo podía creer lo que había hecho.

Las extendió. —Ahora me llevarán lejos como es clava. No me importa. Pero no, no me llevarán… Me esconderé en los montes.

Yo le miraba las manos, que me parecieron perfectas, incluso cuando las apreté una contra otra. Es raro que una persona tenga las dos manos tan exactamente del mismo tamaño, porque la que más usa suele ser la más grande; sin embargo las de ella eran idénticas.

—¿Quién te llevará lejos, Herena? ¿Qué pasa con tu aldea, suelen atacarla los cultellarii?

—Los tasadores, claro está.

—¿Sólo porque ahora tienes dos brazos sanos? —Porque ahora no tengo ningún defecto. —Se interrumpió, los ojos muy abiertos, conmovida por una posibilidad nueva.— No tengo ninguno, ¿no? No era momento de filosofar. —No, eres perfecta… Una joven muy atractiva.

—Entonces me llevarán. ¿Se encuentra bien?

—Un poco débil, no más. Dentro de un momento estaré mejor. —Igual que cuando era torturador, me sequé la frente con el ruedo de la capa.

—No tiene muy buen aspecto.

—Fue sobre todo energía de Urth la que te corrigió el brazo, creo. Pero brotó de mí. Supongo que se habrá llevado parte de la mía.

—Usted sabe cómo me llamo, milord. ¿Cómo se llama usted?

—Severian.

—En casa de mi padre le daré de comer, lord Severian. Todavía queda algo.

Mientras volvíamos se alzó un viento que alborotó a nuestro alrededor las hojas de colores brillantes.

XXIX — Entre los aldeanos

En mi vida ha habido muchas penas y triunfos, pero pocos placeres fuera de los sencillos del amor y el sueño, el aire limpio y la buena comida, lo que cualquiera puede conocer. Entre los más grandes cuento la expresión del atamán cuando vio el brazo de su hija. Era tal mezcla de asombro, miedo y gozo que yo le hubiera afeitado la cara para verla mejor. Herena, creo, la disfrutó tanto como yo; pero al fin abrazó a su padre, le dijo que nos había prometido un refrigerio y se lanzó adentro para abrazar a la madre.

No bien entramos también nosotros, el miedo de los aldeanos se volvió curiosidad. Unos pocos hombres audaces se colaron en la casa para acuclillarse en silencio detrás de nosotros, que nos habíamos sentado en esteras alrededor de la mesita donde la mujer del atamán —sin parar de llorar y morderse los labios había desplegado el festín. Los demás se limitaban a atisbar por la puerta o espiaban por las rendijas de los muros sin ventanas.

Había pasteles fritos de maíz molido, manzanas un poco estropeadas por la escarcha, agua (una gran exquisitez, ante la cual los callados testigos se babearon abiertamente) y las ancas de dos conejos, hervidas, encurtidas y saladas, servidas frías; de éstas no participaron el atamán y su familia. He hablado de festín porque así lo consideraban los aldeanos, pero comparado con él la simple cena de marineros que habíamos comido unas guardias antes en la gabarra había sido todo un banquete.

Yo descubrí que no tenía hambre, aunque estaba cansado y con mucha sed. Comí un pastel y un poco de carne y apuré largos tragos de agua; luego decidí que la cortesía más alta era dejar parte de la comida a la familia del atamán, que claramente tenía tan poca, y me puse a partir nueces.

Esta, al parecer, era la señal de que mi anfitrión podía hablar.

—Soy Bregwyn —dijo—. Nuestra aldea se llama Vici. Mi mujer es Cinnia. Nuestra hija es Herena. Esta mujer —moviendo la cabeza señaló a Burgundofara dice que es usted un hombre bueno.

—Me llamo Severian. Esta mujer es Burgundofara. Soy un hombre malo que trata de ser bueno.

—Los de Vici oímos poco del mundo lejano. Quizá usted quiera contarnos qué azar lo ha traído a nuestra aldea.

Lo había dicho con una expresión de interés educado y nada más, pero aproveché la pausa. Habría sido harto fácil despachar a los aldeanos con cualquier historia de comercio o peregrinaje; y en verdad, si le hubiera contado que esperábamos devolver a Burgundofara a su hogar junto al Océano no habría mentido del todo. ¿Pero tenía yo derecho a contar algo así? Antes le había dicho a Burgundofara que ésa era la gente que yo quería rescatar y para lo cual había ido hasta el fin del universo. Eché una mirada a la llorosa mujer del atamán, consumida por el trabajo, y a los hombres de barbas grisáceas y manos ásperas.

—Esta mujer —dije— es de Liti. ¿Conocéis el lugar?

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