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Venganza en Sevilla

Электронная книга - «Venganza en Sevilla». Краткое содержание книги:

Sevilla 1607. Catalina Solís -la protagonista de Tierra firme- llevará a cabo su gran venganza en una de las ciudades más ricas e importantes del mundo, la Sevilla del siglo XVII. Catalina cumplirá así el juramento hecho a su padre adoptivo de hacer justicia a sus asesinos, los Curvo, dueños de una fortuna sin igual amasada con la plata robada en las Américas.
Su doble identidad -como Catalina y como Martín Ojo de Plata- y un enorme ingenio le hacen diseñar una venganza múltiple con distintas estrategias que combinan el engaño, la seducción, la fuerza, la sorpresa, el duelo, la medicina y el juego, sobre un profundo conocimiento de las costumbres de aquella sociedad…
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– Pues asunto arreglado -sentencié, y lo dije mirando a Rodrigo, que se consumía de enojo.

En cuanto fray Alfonso y sus hijos se hubieron marchado, mi compadre me dijo con desprecio:

– Con facilidad se piensa y se acomete una empresa, mas con dificultad se sale de ella las más de las veces.

– ¿A cuál te refieres? -repuse-. ¿A la venganza o a cargar con los Méndez?

– Por llevar contigo a Alonsillo nos cuelgas del cuello a los otros cuatro. Procura que no estorben.

Para mi desazón, me dije de nuevo, Rodrigo volvía a leerme el pensamiento.

El segundo miércoles de diciembre Damiana no acudió a la casa de Isabel Curvo para atenderla a ella y a su hermano, el conde de Riaza. Envié recado a Isabel de que Damiana había partido apresuradamente hacia Cádiz para atender a un enfermo muy grave que había suplicado sus servicios y que tardaría a lo menos una semana en regresar. Isabel respondió diciendo que su hermano Diego se hallaba en tan malas condiciones que ese día ya no había podido ni visitarla y me suplicó que, en cuanto Damiana volviera, fuera a verle a su propio palacio. Con el mismo criado le respondí que no se preocupara, que, a más tardar, el día viernes que se contaban veinte y uno del mes, Damiana la vería a ella a primera hora de la mañana y, luego, sin demora, iría al palacio del conde de Riaza. Isabel me agradeció mucho el aviso y me hizo saber que así se lo había anunciado ya a su hermano para que, en esa fecha, la esperara.

Algunos días después, Carlos Méndez nos trajo nuevas de Alonso: ya estaba recluido en su casa, con su padre y sus hermanos, y el tonto de Lázaro, por mejor ejecutar su figura, se había empeñado en echarse en el jergón y hacerse pasar por enfermo no fuera el caso que doña Juana enviara a por su hermano o se presentara allí para verle y descubriera la mentira, pues la supuesta enfermedad de Lázaro era la excusa utilizada por Alonso para abandonar el servicio de su ama hasta el día viernes que se contaban veinte y uno.

También por entonces envié una misiva a Fernando Curvo pidiéndole ser recibida secretamente por él en su palacete el día viernes que se contaban veinte y uno a la hora de la comida. Sería un encuentro muy breve, le advertí en mi nota, tan sólo para referirle unos comprometidos asuntos sobre su familia que habían llegado hasta mis oídos, razón por la cual nadie, ni su esposa doña Belisa, ni su suegro don Baltasar, ni tampoco el resto de su familia debían conocer nuestra reunión pues sería mucho mejor mantenerlos de momento en la ignorancia sobre las aflicciones que, de no poner remedio a tiempo, caerían sobre todos ellos. Como esperaba, Fernando no pudo contener la impaciencia y me envió a su propio lacayo de cámara solicitándome la merced de ser recibido aquella misma tarde. Le dije al criado que resultaba completamente imposible pues aún debía ejecutar unas últimas averiguaciones, mas le pedí que le dijera a su señor una sola palabra, «plata», ya que él la comprendería. Advertí a Fernando también que, para no quedar comprometida y salvaguardar mi honra, acudiría acompañada por mi confesor. La respuesta del mayor de los Curvos se rezagó aún menos que la anterior y llegó con el mismo lacayo: el día viernes que se contaban veinte y uno, a la hora de la comida, me esperaba en la bodega de su casa, en la parte de atrás del palacete. No debía preocuparme por nada pues cuidaría de que no hubiera nadie ni en la susodicha calle trasera ni cerca de las cocinas, por donde él llegaría desde dentro cuando sonara la campanada que anunciara la una del mediodía.

Con todo y todos en su lugar, y con Rodrigo y yo preparados, amaneció el dicho viernes veinte y uno, de tristísimos y amargos recuerdos. Aquella noche no pude pegar ojo aunque tampoco me encontraba cansada cuando se dejaron ver las primeras luces del alba; una pujanza superior me robustecía volviéndome insensible a la fatiga. El fardo con mis cosas para el viaje se hallaba escondido, junto al de Rodrigo y al de Damiana, entre la paja de las caballerizas. Aquel día debía vestirme yo sola, sin la ayuda de mi doncella, pues las nuevas ropas hubieran llamado su atención y no convenía. Por fortuna, de tanto probármelas las encontré sencillas de usar y, por más, una vez puestas resultaron muy cómodas. Cuando bajé al comedor, Rodrigo, con unas feas bolsas negras bajo los ojos y con el rostro más blanco que el de un muerto, ya estaba allí, esperándome.

– ¿Cómo te encuentras? -me preguntó.

– ¿Y tú? -inquirí yo a mi vez-. Pareces de piedra mármol y sin pulsos.

– No he dormido.

– Tampoco yo.

– Va a ser un largo día -murmuró.

– Muy largo, en efecto.

– ¿Saldrá bien?

– El cielo, el azar y la fortuna nos ayudarán -le aseguré, muy seria.

Damiana, en cambio, había dormido y descansado sin problemas. Nada alteraba jamás a la antigua esclava, como si hubiera vivido tanto, visto tanto y sufrido tanto que cualquier suceso que le aconteciera sólo pudiera parecerle bueno. Sonrió al vernos y, con su bolsa de remedios al hombro, nos siguió hasta las caballerizas. Rodrigo enganchó los picazos al coche, metió dentro los fardos, diez varas de cuerda, el cofre con los doblones y, luego, nervioso y preocupado, subió al pescante.

– Hora de irnos, señoras. Suban sus mercedes al carruaje.

Tengo para mí que fue en ese momento cuando el tiempo, o mi vida, se detuvo. No es que no acontecieran los hechos o que el sol dejara de cruzar despaciosamente el cielo de aquella triste mañana de diciembre sino que el crudo frío de la calle se coló de algún modo en mi alma y la dejó varada y en suspenso. Nada me afligía, nada me turbaba. Subí al coche y me senté. Antes de que llegara la noche, los cuatro Curvos de Sevilla estarían muertos.

Rodrigo sacudió las riendas sobre los picazos y nos pusimos en marcha. Lancé una última mirada al hermoso palacio Sanabria y, antes de perderlo de vista, cerré los ojos y me arropé con el manto. No deseaba ocupar mis pensamientos con nada que no fuera lo que debía ejecutar.

Llegamos presto a la morada del juez oficial de la Casa de Contratación. El coche entró en el patio y los criados se acercaron presurosos para atendernos, inclinándose en cuanto me vieron bajar con el rostro velado por una fina seda negra. Damiana bajó a continuación, de cuenta que el mayordomo, que ya salía por la puerta, al verla venir conmigo adivinó al instante quién era yo y le murmuró algunas palabras a una criada que desapareció a toda prisa en el interior de la casa.

– Doña Isabel la recibirá enseguida -me dijo el mayordomo, franqueándome la entrada.

No tuvimos que esperar mucho. La joven criada retornó con la instrucción de acompañarnos hasta la alcoba de Isabel, que se encontraba postrada en cama desde hacía una semana por falta de su pócima. No guardo en la memoria otro detalle que la abundancia de objetos de plata expuestos por todas partes como en la casa de Fernando Curvo, una plata que ahora sabía que era la razón última de todos los desmanes y fechorías de aquella familia. Los corredores que atravesamos estaban tan colmados de aquella purísima plata blanca del Pirú que, de no alumbrar la luz de la mañana, hubiéramos podido pensar que caminábamos por las profundas minas del Cerro Rico del Potosí. Como su hermano Fernando, Isabel Curvo atesoraba muchos millones de maravedíes en forma de saleros, muebles, lámparas y obras religiosas.

Cuando la criada nos abrió las puertas de la cámara (que no era demasiado grande aunque sí lujosa y recargada de tapices, colgaduras y tornasolados terciopelos), vi que Isabel nos esperaba sentada en el lecho, en camisa, con los cabellos recogidos por una albanega y recatadamente cubierta hasta los hombros con una mantilla blanca.

– ¡Grande merced y grande alegría es veros en mi casa, querida doña Catalina! -exclamó feliz aunque, al punto, una mueca de dolor le contrajo el rostro-. Damiana, por Nuestro Redentor, si algún aprecio me tienes, dame ya mi medicina pues me están matando los dolores.

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