Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне

Электронная книга - «La razón del mal». Краткое содержание книги:

Premio Nadal 1993
Érase una vez una joven alegre, con ganas de vida y de amor. Trabajaba en una joyería de una ciudad de provincias, y no pudo resistirse a los encantos de un apuesto policía que la encandiló con sus locuras. Se casaron y tuvieron dos hijos. Acabaron viviendo en un pequeño apartamento de Valladolid, que ahora el hijo, ya mayor, recuerda con nostalgia. Vuelven a su mente los días luminosos en compañía de la madre, su figura inclinada sobre la tela que estaba cosiendo, sus charlas con las amigas y su figura esbelta que revoloteaba alrededor de las camas de los dos niños de noche, protegiéndolos de los males que la vida acarrea consigo.
Todo cambió el día en que uno de los hijos murió en un accidente que nadie pudo evitar. Desde entonces, una locura callada se infiltró en la mente de la madre. El marido, un hombre agresivo y poco dado a expresar sus sentimientos, fue viviendo de su trabajo y desahogando su amargura con otra mujer. El hijo, testigo atento de tanto dolor callado, fue creciendo hasta convertirse en un adulto más acostumbrado al recuerdo que a la acción.
En ese mundo donde las emociones se guardan en sobres cerrados, de repente surge la posibilidad de una vía de escape: un viaje de la familia a Madrid, que la mujer aprovechará para rebelarse contra el destino que le ha tocado en suerte. El testimonio de este gesto está en una carta destinada al hijo, unas palabras que sería mejor no leer y que finalmente quedarán en la mente de quien narra como una muestra más del pacto que nos une a la vida: nadie vive como debe ni como quiere, sino como puede… El resto está a cargo de nuestra imaginación.
1 ... 37 38 39 40 41 42 43 44 45 46
Перейти на страницу:

A la salida del restaurante, Víctor se obstinó en ir al estudio de Ángela para celebrar, junto al cuadro el final del trabajo. Antes detuvo su coche en una tienda abierta para comprar una botella de champán. Se alegraba de haber renunciado a la fiesta de Samper y recordó en voz alta algunos de los episodios de la anterior Nochevieja. Ambos rieron, en particular comentando el baile colectivo con que concluyó, el cual, visto a la distancia de una año, aumentaba su dimensión grotesca. Las imágenes retornaban teñidas de colores brumosos y, con ellas, la serpiente humana compuesta por la mayoría de invitados, enroscándose caóticamente en aquella habitación repleta de espejos.

– No siento haberme perdido las nuevas sorpresas que Samper les habrá preparado- dijo Víctor.

– Yo tampoco -confirmó Ángela-. Pero hubo momentos divertidos.

– Aún estamos a tiempo de ir -le sugirió Víctor.

– Me parece mejor idea que continuemos por nuestra cuenta -zanjó Ángela, dándole un beso.

El cuadro de Orfeo resplandecía como si acabara de salir de las manos de su autor. A pesar de haberlo examinado tantas veces a Víctor le admiró más que nunca el sutil equilibrio conseguido por el pintor y, tal como le ocurrió el primer día, tuvo la impresión de que nada estaba decidido. Era imposible averiguar si Orfeo lograría rescatar a Eurídice. El pintor había dejado la resolución del dilema en manos de los espectadores. Pero él, como ya le sucedió entonces, no se atrevía a decidir. En ningún momento a lo largo de estos meses se había decidido y, sin embargo, siempre tuvo la intuición de que al final, sin saber en razón de qué, se le exigiría decidir.

Miró los ojos de Orfeo que, a su vez, no se apartaban de los de él. Los miró fijamente, persiguiendo indicios a través de los que orientarse. Y, por un instante, le pareció que Orfeo sonreía dando muestras de una lejanísima complicidad. Tal vez era sólo una sugestión e, incluso así, aquella leve percepción le animó a pensar que el infierno perdía posibilidades y que la balanza podía decantarse hacia la salvación. Orfeo, astuto, había ocultado sus recursos secretos y, tras aparentar ser dominado por la oscuridad, estaba en condiciones de acceder a la luz.

La música que había puesto Ángela favorecía el triunfo de Orfeo. Estuvieron largo tiempo tumbados en un sofá, ante el cuadro, mientras apuraban la botella de champán. Los ruidos de la Nochevieja procedentes de la calle disminuían en intensidad y, cuando hicieron el amor, habían cesado casi por completo. Víctor sintió simultáneamente el cuerpo de Ángela y la mirada de Orfeo, y ambas sensaciones eran cálidas, acogedoras en extremo, complementarias hasta confundirse en un horizonte indefinido. Alguien, Ángela u Orfeo, ambos quizá, la una con su piel, el otro con su mirada, le arrastraron hacia arriba, hacia el mundo de los vivos. Él iba dejando atrás las avenidas vacías de una población deshabitada. Caminaba lentamente, luego más deprisa, corriendo en el último tramo hasta llegar a las murallas de la ciudad. Sabía que al otro lado se extendía el mundo de los vivos. Por fin, a punto de perder el aliento, las puertas de la muralla se abrían de par en par.

Ángela se durmió entre sus brazos. Víctor, por el contrario, permaneció despierto hasta que las primeras luces asomaron por las rendijas de la persiana. De repente tuvo un sobresalto y se levantó precipitadamente. Anduvo tanteando por la habitación a oscuras en busca del interruptor. Después rectificó y se acercó a la ventana. Muy despacio, tratando de no hacer ruido, levantó la persiana para que algunos surcos de luz inundaran la estancia. Impulsivamente se dirigió, de nuevo, hacia el cuadro de Orfeo, bañado por una tenue luminosidad. Tenía la sospecha de que había aparecido en él una grieta finísima, igual a la que Ángela había visto en su sueño. Para cerciorarse recorrió minuciosamente la superficie de la pintura. Repitió varias veces la operación hasta comprobar, con alivio, que su sospecha era infundada. Orfeo le seguía mirando con la sombra de una sonrisa en sus ojos.

Volvió al sofá, cubriéndose con la manta hasta el mentón. A aquellas horas de la mañana el frío se dejaba sentir y experimentó con gozo el retorno a la piel de Ángela. El silencio era absoluto. Un silencio poderoso, tranquilizador, que cubría con su coraza la entera ciudad. Entonces se escuchó el sonido de una sirena que interrumpía el amanecer. Un sonido que se aproximaba, cortante como el filo de una navaja.

Barcelona – Peratallada, verano de 1992

Rafael Argullol

***
1 ... 37 38 39 40 41 42 43 44 45 46
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)