Электронная книга - «Piedra por piedra». Краткое содержание книги:
Éste es el comienzo de una larga serie de desesperados intentos por parte de Rajel para que se haga justicia. Como en otras novelas de Batya Gur que no pertenecen a la serie policiaca de Michael Ohayon, por la que es conocida en España, se ponen al descubierto las contradicciones y el lado oscuro de la sociedad israelí.
– ¿Es para mí? -le preguntó Boris, muy agitado-. Pero no tenías por qué… es caro…
– Si te gusta -dijo ella, bajando la cabeza-, ya tiene sus años, hace bastante que la hice, y tú tienes esto muy vacío -con mucho cuidado dejó la escultura sobre una mesa estrecha, el torso tendría el grosor de su propio brazo y los pechos de la mujer eran redondos y plenos, y le prometió que no la dejaría allí, en la garita-. Como quieras -le dijo desde el umbral, siguiendo la mirada de él, que no se apartaba del torso.
Después, hablando con él, había dejado la taza del café sobre la tierra, que todavía estaba mojada, con el dedo se enroscaba mechones de pelo en un gesto de niña desamparada, abría mucho sus rasgados ojos y alzaba las cejas con la expresión del que no entiende, del que discrepa o del que siente un profundo dolor, y es que en todas esas expresiones le pareció ver a Boris un aire infantil de impotencia que resultaba conmovedor. Boris creyó que Rajela había ido a verlo porque alguien le había contado la desagradable situación en la que él se había encontrado como consecuencia de aquella noche, y por la manera tan indecisa con la que lo habían defendido ante las instancias superiores las gentes del moshav, que por no haber sido capaz de detenerla a tiempo lo consideraban responsable de lo sucedido y hasta cómplice de los actos de ella. Aunque también podía ser que nadie le hubiera dicho nada y que estuviera allí por iniciativa propia, que le llevaba de regalo esa escultura porque le tenía lástima. Pero el hecho de pensar que era posible que estuviera allí por iniciativa propia tampoco lograba quitarle el mal sabor de boca por el abandono al que lo había sometido durante todas las semanas que habían transcurrido desde aquella noche, la sensación de que lo había traicionado porque durante todo ese tiempo la había estado observando, noche tras noche, cuando se dirigía al cementerio sin mostrar el más mínimo interés por él, tanto que no se había atrevido a salir de la garita. Ni siquiera se atrevió a quedarse en la puerta, para que ella no creyera que se trataba de un aprovechado chantajista que pretendía hacerse el encontradizo, porque aquella noche él, sin proponérselo, había sido su cómplice. También esa vez la había visto pasar por delante de su ventana a paso muy ligero. Aunque de repente se había detenido, dubitativa y como si acabara de tomar una decisión, había vuelto sobre sus pasos para recorrer el estrecho sendero que llevaba a la garita. Él la vio, pero seguía sin atreverse a salir. Esa noche no llevaba el abrigo grande y negro, sino una gabardina corta -la primavera ya había entrado-, y le había sonreído desde la entrada, a la vez que le preguntaba qué tal estaba. Boris se quedó asombrado al ver la escultura que sacaba de la pequeña mochila, y también le sorprendió muy gratamente que aceptara con toda naturalidad la taza de café que le ofrecía, mientras se sentaba en el escalón de la entrada. Después de preparar café para los dos y cuando ya se hubo sentado a su lado, se le ocurrió pensar que si le preguntaran en ese momento y si se atreviera a contestar con sinceridad, diría que después de haber dejado de sentir una inmensa amargura hacia ella y hacia el mundo que ella representaba, un mundo que se negaba a reconocerlo de verdad, mejor dicho, no se negaba sino que simplemente trataba con total indiferencia su talento y su valía, y después de haber renunciado a mantener ningún tipo de esperanza con ella, en ese momento sentía en su interior algo muy próximo a la felicidad. Y eso que la felicidad no era un sentimiento con el que él estuviera muy familiarizado, y hasta hacía tiempo que había dejado de emplear esa palabra, porque, como mucho, a veces se permitía pensar en alguna pequeña alegría, como cuando miraba la extensión de los campos al otro lado del portón y se quedaba escuchando los sonidos de la noche. Mientras que ahora que se había producido ese pequeño milagro del encuentro, porque en ese momento cada uno de los dos hubiera estado dispuesto y hubiera podido abandonar su propio mundo para acercarse al del prójimo y sentarse como dos niños a los que hubieran dado permiso para estar solos un rato, en medio del círculo de luz que proyectaba la farola más próxima a la verja, y cuando oyó la voz de ella y cómo le hablaba con plena confianza sintiéndola tan cerca, Boris volvió a darse cuenta de la soledad en la que había vivido durante todos esos años, y con esa certeza, que quizá precisamente hubiera debido despertar en él un gran dolor, volvió a nacer algo muy parecido a aquel sentimiento que la palabra que lo designaba había sido completamente borrada de su vocabulario. En ese momento cantaron unas ranas y un perro les contestó desde lejos con unos ladridos.
Rajela había ido a verlo, ante todo, por el sentimiento de culpabilidad que le producía el hecho de no haber cruzado con él ni una sola palabra desde aquella noche. Hacía ya tiempo que había pensado llevarle esa pequeña escultura y la había traído y llevado en la mochila durante algunas noches hasta que se había atrevido a ir a la garita. Le estaba muy agradecida por el hecho de que él no hubiera intentado pararla ni una sola vez desde entonces para hablar con ella. Pero el sentimiento de culpabilidad no era el único factor que la había empujado a ir a hablar con él, sino que sentía también una especie de deseo y de necesidad cuyos orígenes desconocía pero que fue lo que la llevó a aceptar el café y, en definitiva, a quedarse.
Si se lo hubieran preguntado, no habría sabido explicar qué era lo que la impulsaba a hablar sobre sí misma con él y de esa manera, sin ponerse a la defensiva y sin pretender regalarle los oídos, sino porque sí, hablar por hablar como no lo había hecho con nadie desde lo de Ofer. De todo estuvo hablando con él, de su enfrentamiento con los otros padres que habían perdido a sus hijos y que ponía en duda sus opiniones acerca de la lentísima reacción de otras madres.
– Sólo se atreven las madres -recalcó con amarga indulgencia y observó que en lugar de decir que los padres eran más cobardes se prefería decir que eran más cautos, que el sentimiento de culpabilidad por la muerte de sus hijos los tenía paralizados, lo mismo que el hecho de que se identificaran más con el sistema, y que eso era lo que les impedía acompañar a las mujeres que iban de un juzgado militar a otro, blandiendo sus pancartas y respondiendo a las preguntas de los periódicos-. Para que algo cambie en este país -le dijo, y de repente su propia voz le sonó muy extraña, porque esas palabras, de corte casi militar, no encajaban con la dulce expresión que a la luz de la gran farola reflejaban los profundos ojos castaños de él. La escuchó con mucha atención mientras le contaba todos los accidentes y muertes que habían tenido lugar durante el último año y que habían ido a juicio. Después empezó a hablarle de lo que había pasado en su casa durante aquellas últimas semanas, cosas de las que todavía no había hablado con nadie. Le habló de la noche en que Yánkele le había dicho, el mismo día de la primera sesión en el juzgado, después de que perdiera los nervios en la furgoneta, que tenían que separarse. Intentó además presentarle las razones de Yánkele sin juzgarlo y sin criticarlo. No sólo por ser justa, sino para acallar en su interior la vergüenza que le daban las reacciones de él, la vergüenza por sentir que se había portado mal con ella, para alejar el pensamiento que la asaltaba constantemente de que si se comportaba con ella de esa forma era porque ella se lo merecía-. Él es diferente -se disculpó ante Boris, que seguía escuchándola-, diferente a mí. Lo más fácil sería decir que es un cobarde, como todos, pero eso no es del todo exacto, porque él no es nada interesado, nada aprovechado, ni mezquino, sino sencillamente una persona tímida, que no piensa las cosas hasta el fondo, que no cree de verdad que merezca la pena emplear tanto esfuerzo por conseguir lo que espera del mundo. Dice que estoy llena de odio, que el odio me ha hecho perder el juicio y que ya no puede seguir siendo responsable de mis actos, ni protegerme del mundo, que le resulta de lo más falso intentar actuar como yo lo hago y que por eso se quiere divorciar -Boris ni se movía mientras ella le hablaba, de manera que Rajela se preguntó si estaría entendiendo todo lo que le contaba, pero por alguna razón intuía que la comprendía perfectamente, palabra por palabra, aunque puede que no hubiera entendido un par de expresiones-. Quiere dejar la casa después de treinta años de vida en común, dejar la casa, que quiere decir, en realidad, dejarme a mí -le explicó-. Lo que es la casa propiamente dicha y las tierras no las puede dejar. Y a mí tampoco tiene el valor de dejarme del todo, porque sencillamente no podría soportar la idea de haberme abandonado -y a pesar de todo ella no lo odiaba ni le guardaba ningún rencor, añadió finalmente.