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El temor de un hombre sabio. Crónicas del Asesino de Reyes: segundo día

Электронная книга - «El temor de un hombre sabio. Crónicas del Asesino de Reyes: segundo día». Краткое содержание книги:

Músico, mendigo, ladrón, estudiante, mago, héroe y asesino. Kvothe es un personaje legendario, el héroe o el villano de miles de historias que circulan entre la gente. Todos le dan por muerto, cuando en realidad se ha ocultado con un nombre falso en una aldea perdida. Allí simplemente es el taciturno dueño de Roca de Guía, una posada en el camino. Hasta que hace un día un viajero llamado Cronista le reconoció y le suplicó que le revelase su historia, la auténtica, la que deshacía leyendas y rompía mitos, la que mostraba una verdad que sólo Kvothe conocía. A lo que finalmente Kvothe accedió, con una condición: había mucho que contar, y le llevaría tres días. Es la mañana del segundo día, y tres hombres se sientan a una mesa de Roca de Guía: un posadero de cabello rojo como una llama, su pupilo Bast y Cronista, que moja la pluma en el tintero y se prepara a transcribir…
El temor de un hombre sabio empieza donde terminaba El nombre del viento: en la Universidad. De la que luego Kvothe se verá obligado a partir en pos del nombre del viento, en pos de la aventura, en pos de esas historias que aparecen en libros o se cuentan junto a una hoguera del camino o en una taberna, en pos de la antigua orden de los caballeros Amyr y, sobre todo, en pos de los Chandrian. Su viaje le lleva a la corte plagada de intrigas del maer Alveron en el reino de Vintas, al bosque de Eld en persecución de unos bandidos, a las colinas azotadas por las tormentas que rodean la ciudad de Ademre, a los confines crepusculares del reino de los Fata. Y cada vez parece que tiene algo más cerca la solución del misterio de los Chandrian, y su venganza.
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Metí la mano en un bolsillo de mi capa.

– ¿Has visto alguna vez una lámpara simpática? -pregunté.

Denna asintió.

Le acerqué mi lámpara de mano por encima de la mesa.

– Funcionan gracias al mismo principio. Absorben un poco de calor y lo convierten en luz. Convierten un tipo de energía en otro.

– Igual que un cambista -dijo Wil.

– ¿De dónde saca el calor? -preguntó Denna dándole vueltas a la lámpara con las manos, curiosa.

– El propio metal acumula calor -expliqué-. Si la dejas encendida, al final notarás que el metal se enfría. Si se enfría demasiado, no funciona. -Señalé-. Esa la hice yo, y es bastante eficaz. El calor de tu mano debería bastar para que funcione.

Denna giró el regulador, y una tenue luz roja brilló formando un arco estrecho.

– Entiendo que el calor y la luz estén relacionados -dijo, pensativa-. El sol es luminoso y caliente. Lo mismo que una vela. -Arrugó el entrecejo-. Pero no entiendo lo del movimiento. Un fuego no puede empujar nada.

– Piensa en la fricción -terció Sim-. Cuando frotas algo, se pone caliente. -Lo demostró frotando enérgicamente la tela de sus pantalones con una mano-. Así.

Siguió frotándose el muslo con entusiasmo, sin darse cuenta de que, como lo estaba haciendo por debajo de la mesa, el movimiento resultaba ostentosamente obsceno-. Es solo energía. Si sigues haciéndolo, notarás que se calienta.

Denna se las ingenió para permanecer seria. Pero Wilem se puso a reír, tapándose la cara con una mano, como si se avergonzara de estar sentado a la misma mesa que Sim.

Simmon paró en seco y se puso muy colorado.

Acudí en su rescate:

– Es un buen ejemplo. El cubo de la rueda de un carromato está caliente al tacto. Ese calor proviene del movimiento de la rueda. El simpatista puede hacer que la energía vaya en sentido inverso, del calor al movimiento. -Señalé la lámpara-. O del calor a la luz.

– Vale -dijo ella-. Sois cambistas de energía. Pero ¿cómo lo conseguís?

– Existe una forma específica de pensar llamada Alar -explicó Wilem-. Crees en algo con tanta fuerza que sucede. -Levantó un drabín, y el otro lo siguió-. Yo creo que estos dos drabines están conectados, y por eso lo están. -De pronto, el otro drabín cayó sobre la mesa-. Si dejo de creerlo, dejan de estarlo.

– Entonces, ¿es como la fe? -dijo Denna, escéptica, recogiendo el drabín.

– Se trata más bien de fuerza de voluntad -dijo Sim.

Denna ladeó la cabeza.

– Entonces, ¿por qué no lo llamáis fuerza de voluntad? -preguntó.

– Porque Alar suena mejor -respondió Wilem.

Asentí y añadí:

– Si no tuviéramos nombres con sonido impresionante para las cosas, nadie nos tomaría en serio.

Denna asintió en señal de aprobación, mientras una sonrisa apuntaba en las comisuras de su hermosa boca.

– Y ¿ya está? ¿Energía y fuerza de voluntad?

– Y el vínculo simpático -dije-. El ejemplo de la noria de Wil es muy bueno. El vínculo es como una cañería que conduce hasta la noria. Un mal vínculo es como una cañería agujereada.

– ¿Qué es lo que hace que un vínculo sea bueno? -inquirió Denna.

– Cuanto más similares son dos objetos, mejor es el vínculo. Mira. -Vertí un poco de vino en mi copa y metí un dedo-. Aquí tienes un vínculo perfecto para el vino: una gota del propio vino.

Me levanté y me acerqué a la chimenea. Murmuré un vínculo y dejé caer la gota de vino sobre el morillo de metal que sujetaba los troncos en llamas.

Volví a sentarme; el vino de mi copa empezó a humear, y al cabo de un momento, a hervir.

– Y por eso -dijo Wilem con seriedad- debes evitar que un simpatista se haga con una gota de tu sangre.

Denna miró a Wilem, volvió a mirar la copa y palideció.

– Manos negras, Wil -dijo Sim, horrorizado-. Menudas cosas dices. -Miró a Denna-. Ningún simpatista haría nada parecido -declaró con convicción-. Eso se llama felonía y nosotros no lo hacemos. Nunca.

Denna compuso una sonrisa un tanto forzada.

– Si nadie lo hace nunca, ¿cómo es que tiene nombre?

– Antes había gente que lo hacía -dije-. Pero ya no. Desde hace cien años.

Deshice el vínculo y el vino dejó de hervir. Denna estiró el brazo y tocó la botella.

– ¿Por qué no hierve también el vino de la botella? -preguntó, confusa-. Es el mismo.

– Por el Alar -dije dándome golpecitos en la sien-. Mi mente proporciona el enfoque y la dirección.

– Si eso es un vínculo bueno -dijo ella-, ¿cómo es un vínculo malo?

– Mira, te lo enseñaré. -Saqué mi bolsa de dinero pensando que las monedas parecerían menos alarmantes después del comentario de Wilem-. ¿Tienes un penique duro, Sim?

Sim me dio el penique, y formé dos líneas de monedas sobre la mesa, delante de Denna. Señalé un par de drabines de hierro y murmuré un vínculo.

– Levántalo -dije.

Denna cogió un drabín, y el otro lo siguió.

Señalé la segunda pareja de monedas: un drabín y el único talento de plata que me quedaba.

– Ahora ese.

Denna cogió el segundo drabín, y el talento lo siguió por el aire. Movió ambas manos arriba y abajo como si fueran los brazos de una balanza.

– Este es más pesado.

– Diferentes metales -dije asintiendo con la cabeza-. Como son menos parecidos, tienes que emplear más energía. -Señalé el drabín y el penique de plata y murmuré un tercer vínculo.

Denna se puso los dos primeros drabines en la mano izquierda y cogió el tercero con la derecha. El penique de plata siguió su recorrido por el aire.

– Y este es aún más pesado porque es de un metal diferente y, además, tiene una forma diferente -dijo Denna asintiendo para sí.

– Exactamente -confirmé. Señalé el cuarto y último par: un drabín y un trozo de tiza.

Denna apenas podía meter los dedos por debajo del drabín para levantarlo.

– Pesa más que todos los otros juntos -observó-. ¡Al menos pesa un kilo y medio!

– Hierro con tiza es un vínculo pésimo -comentó Wilem-. Hay muy mala transferencia.

– Pero antes habéis dicho que la energía no podía crearse ni destruirse -objetó Denna-. Si tengo que hacer fuerza para levantar este trocito de tiza, ¿adónde va la energía adicional?

– Eres lista -dijo Wilem riendo entre dientes-. Muy lista. A mí tardó un año en ocurrírseme preguntar eso -y la miró con admiración-. Parte de la energía se pierde por el aire. -Agitó una mano-. Otra parte va a parar a los propios objetos, y otra, al cuerpo del simpatista que controla el vínculo. -Frunció el entrecejo-. Puede resultar peligrante.

– Peligroso -le corrigió Simmon con gentileza.

Denna me miró.

– Entonces, ¿ahora mismo estás creyendo que cada uno de estos drabines está conectado a cada una de esas otras cosas?

Asentí.

Denna agitó las manos. Las monedas y la tiza cabecearon en el aire.

– Y… ¿no es difícil?

– Sí, lo es -afirmó Wilem-. Pero nuestro Kvothe es un poco fanfarrón.

– Por eso me he quedado tan callado -intervino Sim-. No sabía que se podían mantener cuatro vínculos a la vez. Eso es una auténtica proeza.

– Podría mantener hasta cinco si fuera necesario -afirmé-. Pero creo que ese es mi límite.

Sim sonrió a Denna y dijo:

– Una cosa más. ¡Mira esto! -Señaló el trozo de tiza flotante.

No pasó nada.

– Venga -dijo Sim con tono suplicante-. Solo intento enseñarle algo.

– Pues enséñaselo -dije con petulancia, y me recosté en la silla.

Sim respiró hondo y clavó la mirada en el trozo de tiza, que tembló.

Wil se inclinó hacia Denna y le explicó:

– Un simpatista puede luchar contra el Alar de otro simpatista. Se trata únicamente de creer con firmeza que un drabín no es lo mismo que un penique de plata.

Wil apuntó con un dedo, y el penique cayó ruidosamente en la mesa.

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