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Una muerte inmortal [На испанском]

Электронная книга - «Una muerte inmortal [На испанском]». Краткое содержание книги:

Una top model muere brutalmente asesinada Para investigar el caso la teniente Eve Dallas debe sumergirse en el clamoroso mundo de la pasarela y no tarda en descubrir que no es oro todo lo que reluce. Tras la rutilante fachada de la alta costura los desfiles y las fiestas encuentra una devoradora obsesión por la eterna juventud y el éxito, rivalidades encarnizadas, profundos rencores y frustraciones. Un excelente caldo de cultivo para el asesinato en especial si se añade a la mezcla un desenfrenado consumo de las mas sofisticadas drogas.
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Eve consiguió eludir a Whitney transmitiendo un infor?me de puesta al día y no apareciendo por su despacho. Luego cogió a Peabody y se dirigió a la salida.

– Ha desconcertado a Redford. De veras que sí.

– Ésa era la idea.

– Fue por la manera de atacarle desde diferentes ángu?los. Primero todo muy correcto y luego, zas, le pone la zancadilla.

– Sabrá levantarse. Aún me queda el pago que le hizo a Fitzgerald para pincharle, pero ahora estará sobre aviso.

– Sí, y ya no le va a subestimar. ¿Cree que lo hizo él?

– Pudo hacerlo. Odiaba a Pandora. Si podemos rela?cionarlo con la droga… ya veremos. -Tantas cosas que explorar, pensó ella, y el tiempo se estaba agotando, ca?mino de la audiencia previa al proceso contra Mavis. Debía descubrir algo decisivo antes de un par de días-. Quiero identificar ese elemento X. Necesito saber quién es la fuente. Es la clave de todo.

– ¿Ahí es donde piensa hacer intervenir a Casto? Es una pregunta profesional.

– Puede que él tenga mejores contactos. En cuanto hayamos aclarado lo de la sustancia desconocida, habla?ré con él. -Su enlace pitó. Eve dio un respingo-. Mierda, mierda y mierda. Es Whitney, seguro. -Se puso seria y respondió-. Aquí Dallas.

– ¿Qué diablos está haciendo?

– Verificando una pista, señor. Voy camino del labo?ratorio.

– Dejé orden de que estuviera en mi despacho a las nueve en punto.

– Lo siento, comandante. No he recibido esa transmisión. No he pasado por mi despacho. Si tiene mi in?forme, verá que esta mañana he estado liada en Interro?gatorios. El hombre está ahora mismo consultando a sus abogados. Creo que…

– Pare el carro, teniente. He hablado con la doctora Mira hace unos minutos.

Eve notó que la piel se le ponía tiesa, fría como el hielo.

– Señor.

– Me decepciona usted, teniente. -Habló despacio, con dureza-. Es una lástima que haya hecho perder tiempo al departamento por este asunto. No tenemos la menor intención de investigar formalmente ni de hacer ningún tipo de pesquisa sobre el incidente. El asunto está cerrado, y así se va a quedar. ¿Lo ha comprendido, teniente?

Alivio, culpa, gratitud: todo revuelto.

– Señor, yo… Sí. Comprendido.

– Muy bien. La filtración a Canal 75 ha originado bastantes problemas en la Central.

– Sí, señor. -Devuelve el golpe, pensó. Piensa en Mavis-. No me cabe duda.

– Usted conoce de sobra la política del departamento sobre filtraciones no autorizadas.

– Perfectamente.

– ¿Cómo está la señorita Furst?

– En pantalla se la veía bastante bien, comandante.

Whitney frunció el entrecejo, pero en su mirada apareció un brillo inequívoco.

– Ándese con ojo, Dallas. Y preséntese en mi despa?cho a las seis en punto. Tenemos una condenada rueda de prensa.

– Buen regate -la felicitó Peabody-. Y todo es ver?dad menos lo de que íbamos camino del laboratorio.

– Pero no he dicho de cuál.

– ¿Y el otro asunto? El comandante parecía mosqueado. ¿Tiene alguna cosa más entre manos? ¿Algo relacio?nado con este caso?

– No; es agua pasada. -Contenta de haber superado el mal trago, Eve fue hacia la puerta de Futures Labora?tories amp; Research, subsidiaria de Industrias Roarke-. Teniente Dallas, policía de Nueva York -anunció por el escáner.

– La están esperando, teniente. Diríjase a la zona de aparcamiento azul. Deje allí su vehículo y tome el trans?porte C hasta el complejo este, sector seis, nivel uno.

Allí los recibió una androide del laboratorio, una morena atractiva de piel blanca como la leche, ojos azul claro y una placa que la identificaba como Anna-6. Su voz era tan melodiosa como unas campanas de iglesia.

– Buenas tardes, teniente. Espero que no haya tenido problema para encontrarnos.

– No, ninguno.

– Muy bien. La doctora Engrave les recibirá en el solárium. Es un sitio muy agradable. Si quieren se?guirme…

– Es un androide -murmuró Peabody por lo bajo, y Anna-6 se volvió sonriendo con toda simpatía.

– Soy un modelo nuevo, experimental. Sólo hay otros nueve como yo, y todos trabajamos aquí, en este complejo. Esperamos estar en el mercado dentro de seis meses. Se ha investigado mucho para fabricarnos y, por desgracia, el precio aún es prohibitivo. Confiamos en que las grandes industrias juzgarán útil ese gasto has?ta que podamos ser producidos en masa a un precio com?petitivo.

Eve ladeó la cabeza.

– ¿ Le ha visto Roarke?

– Por supuesto. Él da el visto bueno a todos los pro?ductos. Participó activamente en este diseño.

– No hace falta que lo jure.

– Por aquí, por favor. -Anna-6 enfiló un largo pasillo abovedado, blanco como un hospital. La docto?ra Engrave opina que su espécimen es muy interesante. Estoy segura de que les será de gran ayuda. -Se detuvo ante una mini pantalla y marcó una secuencia-. Anna-6 -anunció-. Acompañada del teniente Dallas y su ayu?dante.

La pared se abrió a una sala grande llena de plantas y una bonita luz solar artificial. Se oía correr agua y el zumbido perezoso de unas abejas satisfechas.

– Aquí les dejo. Volveré cuando tengan que salir. Pi?dan lo que les apetezca. La doctora Engrave suele olvi?darse de ofrecer nada.

– Vete a sonreír a otro sitio, Anna. -La malhumorada voz pareció salir de una mata de helechos. Anna-6 se li?mitó a sonreír, retrocedió, y la pared volvió a cerrarse-. Ya sé que los androides tienen sus derechos, pero es que me pone frenética. Por aquí, en las espireas.

Eve fue hacia los helechos y se metió cautelosamen?te entre ellos. Arrodillada sobre tierra negra abonada, había una mujer. Su pelo canoso estaba recogido en un moño apresurado, y tenía las manos enrojecidas y sucias de tierra. El mono que quizá fue blanco alguna vez esta?ba tan manchado que era imposible de identificar. La doctora alzó la vista y su cara angosta y vulgar resultó estar tan asquerosa como su ropa.

– Estoy mirando mis gusanos. Es una nueva raza. -Levantó un trozo de tierra con cosas que se movían.

– Muy bonito -dijo Eve, sintiendo cierto alivio cuan?do Engrave sepultó el ajetreado terrón.

– Conque usted es la policía de Roarke. Yo me figu?raba que habría escogido a una de esas pura sangre con el cogote pelado y las tetas gordas. -Frunció los labios y miró de arriba abajo a Eve-. Veo que no, y me alegro. El problema con las pura sangre es que siempre están pi?diendo mimos. A mí que me den un híbrido.

Engrave se limpió las manos en su sucia ropa. Una vez en pie, Eve vio que medía cerca de un metro cin?cuenta.

– Esto de los gusanos es una magnífica terapia. Yo se la recomendaría a mucha gente, así no necesitarían dro?gas para ir tirando.

– Hablando de drogas…

– Sí, sí, por aquí. -Echó a andar a paso de marcha pero luego fue reduciendo la velocidad-. Hay que podar un poco. Hace falta más nitrógeno. Y riego subterráneo, para las raíces. -Se detuvo entre hojas de un insultante verde, larguísimas enredaderas, capullos explosivos-. La cosa ha llegado al punto de que me pagan por cuidar el jardín. Bonito trabajo para el que lo pilla. ¿Sabe qué es esto?

Eve miró una flor de color púrpura y forma de trompeta. Estaba casi segura pero temía una trampa.

– Una flor -dijo.

– Petunia. Bah, la gente ha olvidado el encanto de lo tradicional. -Se detuvo junto a un lavabo, se quitó parte de la tierra que llevaba en las manos, dejando restos entre sus uñas estropeadas-. Hoy en día todos quieren lo exóti?co. Lo grande, lo diferente. Un buen arriate de petunias proporciona mucho placer a cambio de pocos cuidados. Se plantan, sin esperar que sean lo que no son, y a disfru?tarlas. Son sencillas, y no se te marchitan por una nadería. Unas petunias sanas significan algo. En fin.

Se subió a un taburete delante de un banco de traba?jo atiborrado de herramientas, tiestos, papeles, un Auto-Chef con la luz de vacío encendida, y un sofisticado sis?tema informático.

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