A sus plantas rendido un león
- Автор: Soriano Osvaldo
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «A sus plantas rendido un león». Краткое содержание книги:
– ¿Los argentinos están con Quomo? ¿Oyó eso, cónsul? ¡El comandante hizo un acuerdo con los argentinos!
– Yo no estoy enterado.
– ¡Ahora entiendo por qué estoy acá!
– Bueno -el francés se puso de pie-, por ahora ganan ustedes, pero la plata tiene que aparecer porque si no van a rodar muchas cabezas.
– ¿Usted no recibió ningún paquete, Bertoldi? -preguntó O'Connell.
– Hace años que no recibo correo.
– Entonces este hombre no se va a poder ir -O'Connell sacó la pistola y apuntó al francés-. Prepare el sótano.
– Cómo lo va a poner en el sótano. Está lleno de bichos.
– Si lo dejamos ir nos va a interceptar la encomienda. Por lo que dice ya debe estar por llegar.
– Es hora de que lo sepa, O'Connell -dijo Bertoldi y se sentó, apesadumbrado-. Si somos aliados se lo tengo que decir.
– Así me gusta, que no le tenga miedo a las palabras.
– La señora Burnett es mi amante. O'Connell levantó la vela y lo miró un instante, azorado.
– ¿Qué tiene que ver eso? ¿Quién es la señora Burnett?
– La esposa del embajador británico.
El irlandés se llevó una mano a la cabeza.
– ¡Eso sí que es gracioso! -dijo el francés. -Ahora está en Londres, pero se olvidó mis cartas en la embajada.
– Seguro que están bien guardadas -dijo el francés y se movió hacia la puerta-. Las inglesas son muy cuidadosas.
– Usted se queda ahí -dijo O'Connell y le apuntó-. A ver si entendí bien, Bertoldi: ¿me quiere decir que usted le estuvo escribiendo cartas y que ella las dejó al alcance del embajador?
– Versos… cosas románticas; comprenda que me sentía solo…
– No les quiero complicar la vida, muchachos -dijo el francés-, pero si no voy a lafiesta de la reina lo van a notar en seguida.
– ¡El cumpleaños de la reina! -exclamó O'Connell- ¿Cuando es?
– El sábado. De paso van a festejar la reconquista de las Falkland… A propósito: ¿usted me puede decir dónde queda eso?
– Abajo, a la derecha -el cónsul señaló el mapa de la República.
El francés se agachó e hizo un gesto de contrariedad.
– ¿Quién los aguanta ahora a los british…?
– ¿Tiene idea de dónde quedaron esas cartas? -preguntó-»O'Connell.
– Entre las partituras para piano, me parece.
– Hay que ir a buscarlas enseguida, Bertoldi. Si ese tipo las encuentra nos va a mandar la tropa y adiós revolución.
– Si supiera cómo… Yo tengo la entrada prohibida.
– ¿Usted tiene una invitación para la fiesta, Monsieur Bouvard?
– Claro que la tengo, no creerá que voy a entrar por la puerta de servicio.
– Démela, en una de esas se puede hacer algo. ¡A quién se le ocurre escribirle versos a una inglesa!
– Pensé que iba a encontrarme con profesionales. -dijo Bouvard con un gesto de resignación y le entregó la tarjeta con la corona en relieve.
– ¿Usted decía que los Kruger andan sueltos? -preguntó el irlandés.
– Colgaron a Patik en París. ¿Le puedo dar un consejo?
– No se moleste. Si no pudo liquidarlos Pol Pot, lo único que queda por hacer es mantenerse a distancia.
– ¿Quiénes son los Kruger? -preguntó el cónsul.
– La reencarnación de Stalin, pero todavía no sabemos de qué lado juegan. Ahora lleve a este mercenario al sótano y consígame un smoking. Todavía podemos intentar algo para recuperar esas cartas.
31
Desde que Quomo y los suyos llegaron a lo de Florentine los Kruger se instalaron en la esquina del subte. Lauri y Chemir se turnaban para hacer guardia desde una ventana, pero al cabo de un tiempo se convencieron de que los alemanes no se arriesgarían a tomar la casa por asalto y sólo los atacarían cuando salieran a la calle.
Las pocas noches en que dormía solo, Lauri tenía pesadillas de las que luego recordaba fragmentos: caras deshechas, el minué inconcluso, un banco de escuela sobre el que alguien había grabado un jeroglífico árabe. Se acostumbró, entonces, a dejar la puerta abierta y la luz apagada. A veces se quedaba dormido y lo despertaba una caricia, pero nunca sabía con quién hacía el amor. Apenas podía ver los ojos de las mujeres cuando encendían un cigarrillo y al día siguiente se esforzaba por reconocerlas en la mesa del desayuno.
Estaba habituándose a pasar el tiempo en la cama, leyendo yobservando a los Kruger, que ya formaban parte del paisaje. Después de cenar miraba televisión y conversaba con los clientes; lentamente había dejado de pensar en la Argentina y la revolución de Quomo le parecía cada vez más lejana. Le sorprendió, entonces, que Quomo lo convocara una noche a su habitación.
– ¿Qué posibilidades tenemos de sacar a los Kruger de allí? -le preguntó.