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El Misterio De La Casa Aranda

Электронная книга - «El Misterio De La Casa Aranda». Краткое содержание книги:

Víctor Ros es un joven comisario dotado de una astucia adquirida tras años de delincuencia en las calles del Madrid de finales del siglo XIX. Tras una estancia en la ciudad de Oviedo, durante la cual desarticulará una célula radical, vuelve a Madrid para convertirse en comisario de una nueva brigada creada para luchar contra el crimen.
De la mano de Alberto Aldanza, un excéntrico dandy que le inicia en los métodos de investigación científica, ha de enfrentarse a dos casos: por un lado una casa que al parecer provoca, en épocas diferentes, que tres mujeres maten o intenten matar a sus maridos tras la lectura de un ejemplar de La Divina Comedia; por otro, los asesinatos de varias prostitutas a las que nadie da importancia pero que Víctor decide investigar.
Víctor recorrerá el Madrid de los salones de la alta sociedad y de las tertulias de los cafés, se impregnará del clima social y político de la época y se convertirá en un experto investigador gracias a las lecciones de Aldanza. Pero las lecciones tendrán un precio y Víctor sólo se dará cuenta de ello cuando logre resolver los dos casos.
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Pero, por otra parte, la pompa, la buena vida y el buen gusto propios de aquella gente de porte aristocrático le resultaban atractivos. Sabía que en lo más profundo de su ser sentía envidia por no ser uno de ellos y disfrutar de los veraneos en el norte, la ópera, las influencias…

Llegaba a pensar que era liberal por ser pobre, ya que a cualquiera le habría gustado pertenecer a la clase alta, no preocuparse por el dinero, vivir a caballo entre Madrid, París y Biarritz, viajar a lugares lejanos y exóticos como don Alberto Aldanza y vivir una existencia de lujo y ociosidad.

Él nunca sería así; era un don nadie, un emigrante extremeño, un pobre policía que jamás llegaría a ningún sitio y no podría ganar lo suficiente para mantener aquel tren de vida, aquellos lujos que, a qué negarlo, le complacían. De hecho, cuando el carruaje del conde del Razes llegó a los amplios y cuidados jardines del Palacio de Liria, Víctor sintió una opresión en el pecho. Aquello parecía de ensueño, un mundo irreal, de cuento de hadas. La imponente y decorada fachada del palacio favorito de la casa de Alba aparecía, al bajar del coche de caballos, iluminada por multitud de antorchas que daban al recién llegado la sensación de encontrarse en pleno cuento de príncipes y princesas. El criado mulato de don Alberto les ayudó a descender del carruaje y de inmediato dos lacayos del anfitrión se hicieron cargo de sus capas y bastones para guiarlos luego donde el mayordomo pudiera cumplimentarles como se debía. El trasiego y la llegada de vehículos eran continuos y el lujo y la belleza de los mismos y de los tiros que los arrastraban desprendían una innegable sensación de esplendor que ocultaba en parte la verdadera situación económica de algunos de los hasta hacía poco «grandes de España».

El palacio le pareció al joven detective una construcción bella y grandiosa, que respondía a la moda francesa de trasladar las viviendas nobles a espacios más abiertos donde pudieran apreciarse las hermosas fachadas y los suntuosos jardines. Llegaron algo tarde, porque, según decía el conde del Razes, «resultaba elegante», y de inmediato se metieron de lleno en el bullicio del refinado y atestado salón de baile. Al joven le llamó la atención una inmensa lámpara que pendía del techo e iluminaba como un sol hasta el menor rincón de aquella amplia estancia; el suelo brillaba esplendoroso, y las lámparas de la pared arrancaban rutilantes rayos de luz de las joyas de las damas. Víctor se sintió intimidado. Había militares que vestían el uniforme de corte, elegantes damas, algún príncipe de la Iglesia, y se murmuraba que cabía la posibilidad de que el propio monarca hiciera su aparición. Al fondo pudo entrever al marqués de Salamanca, muy solicitado. Le llamaron la atención algunos caballeros vestidos con una extraña innovación llegada de las Islas Británicas: el frac rojo, que lucían con pantalón de punto blanco, media blanca y zapato negro abierto. Le pareció algo horrible.

Don Alberto se perdió en medio de un concurrido grupo, al fondo, donde se hallaban situados los músicos. Al momento reapareció acompañado por una bella dama. Era una mujer alta, hermosa, de cara redonda, con hermosos y grandes ojos negros, almendrados y curiosos luceros que examinaron con detalle al subinspector.

– Ésta es mi amiga, la condesa de Archiveles. Aquí mi protegido, don Víctor Ros Menéndez, joven subinspector de policía.

– Vaya, vaya -dijo la dama, que debía rondar los cuarenta-. ¿De dónde ha sacado usted a este joven?

– Encantado -acertó a decir Víctor, algo cortado ante la insistente mirada de la condesa.

– Y es usted policía. Qué emocionante, ¿no?

– No tanto como cree la gente. A menudo es un trabajo rutinario.

– Aquí, don Víctor -explicó don Alberto-, es una de las mentes que más prometen en el panorama europeo. En unos años será el mejor detective de Europa.

– ¡Caramba! -exclamó la de Archiveles.

– Y ahora, querida amiga, si nos disculpa, he de presentar a mi pupilo.

Rodeó don Alberto el hombro del policía y fue presentándole uno por uno a todos sus amigos y conocidos. El joven subinspector percibía el interés en las damas y en las madres de éstas al comprobar que el excéntrico conde del Razes había acudido acompañado por un misterioso desconocido. Era evidente que damas y jovencitas se acercaban con disimulo, fingiendo como que hablaban o escuchaban atentamente en corrillos próximos para hacerse las encontradizas con don Alberto y ser presentadas al recién llegado. También leía Víctor la decepción en sus rostros cuando escuchaban que no era un noble llegado de ultramar ni un misterioso extranjero, sino un simple subinspector de policía a quien apadrinaba el conde.

El detective se sintió un poco decepcionado porque había albergado en secreto la esperanza de poder ver a Clara en el baile, pero el luto y las normas sociales impedían que ella o su madre asistieran. Todo el mundo sabía ya lo de Aurora, y varias señoras preguntaron a Víctor sobre los pormenores del caso, aunque él se negó a hablar acogiéndose al secreto profesional.

Al menos la condesa de Archiveles parecía una mujer amable y directa, sin el aire de desprecio y desdén que caracterizaba a todos los de su clase. Se mantuvo casi toda la noche al lado del joven mientras que don Alberto atendía algunos asuntos, e incluso insinuó a Víctor que la sacara a bailar. El policía, un tanto avergonzado, tuvo que declinar la invitación argumentando que en su barrio no le habían enseñado, aunque al final se atrevió con un vals. Aquella mujer olía como debía de hacerlo el cielo, y se lo dijo.

Doña Helena, la condesa, pareció divertida por el comentario y se entretuvo en informar al joven sobre quién era quién, no sin adornar sus comentarios sobre la concurrencia con chismes y chanzas que hicieron reír al detective. Conoció así Víctor a los Altamira y los Salvatierra, de quienes se decía que estaban endeudados hasta las cejas. También fue presentado a la condesa de Vilches y a la duquesa de Rivas, que le pareció seria y estirada. Lo mejor de la nobleza madrileña se hallaba allí reunido: los Osuna, los Bermejo, el marqués de Alcañices, el conde de Simelas y la marquesa del Condado. A Víctor, doña Helena le pareció una mujer encantadora. Había enviudado a los veintiuno y vivía de las rentas del patrimonio de su marido. Según le contó don Alberto, se rumoreaba que tenía una intensa vida amorosa, y a tenor de lo que chismorreaban las damas de más edad, su palco del Teatro Real era algo así como el Paraíso Terrenal para aquellos afortunados caballeros -un minoritario y exclusivo grupo de elegidos- a los que la bella dama hacía el honor de recibir allí.

En un momento dado, don Alberto hizo desde lejos una seña a su joven pupilo y éste, tras disculparse con la condesa, siguió a su mentor hasta un salón que le pareció decorado con suma elegancia. Conocido como la Sala Flamenca, era una confortable estancia con el suelo cubierto por mullidas alfombras, decorada en sus paredes con multitud de hermosos lienzos de diferentes tamaños y estilos y rematada por un techo profusamente engalanado del que pendía una monumental lámpara que parecía una luminosa araña. Estaba ocupada por varios caballeros que fumaban. Don Alberto se dirigió hacia uno de ellos, algo entrado en carnes, quien se giró y resultó ser el orgulloso pretendiente de Clara al que Víctor había visto pavonearse en el Paseo del Prado.

– Don Víctor -dijo don Alberto, conocedor de los entresijos del caso de las prostitutas-, le presento a don Gerardo de La Calle, recién llegado de su viaje a Francia.

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