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Электронная книга - «Los Lamb de Londres». Краткое содержание книги:

Esta es la historia de una familia londinense, los Lamb, poco conocida en España pero cuya importancia en la recuperación y valorización de Shakespeare es indiscutible.
Charles Lamb intenta hacerse un sitio en la sociedad literaria del siglo XIX (al tiempo que frecuenta en exceso los pubs), y Mary busca el modo de huir de una casa en la que convive con unos progenitores al borde de la locura. La pasión que comparten por la obra de Shakespeare es para ambos un perfecto modo de evasión. Sin embargo, cuando un joven y ambicioso librero les asegura haber encontrado diversos manuscritos de Shakespeare e incluso una obra teatral inédita, se sumergen en una estremecedora investigación que les puede llevar a la inmortalidad o al más estrepitoso de los ridículos.
Peter Ackroyd nos recrea con todo lujo de detalles, el ambiente literario y la sociedad del Londres del siglo XIX en esta intersante novela.
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C. Lamb

***

Superados el desconcierto y la consternación iniciales, De Quincey se tumbó en la cama totalmente vestido, miró al techo y al cabo de unos segundos exclamó:

– ¡Qué magnífico relato!

***

Una semana después, el juez y los miembros del jurado se reunieron en una habitación de la planta alta de una posada de Holborn. Charles había llegado temprano y estaba sentado en la primera fila de sillas. La estancia estaba abarrotada de vecinos y curiosos, ansiosos por ver el comportamiento de lo que la Westminster Gazette había descrito como «la desdichada joven». En Holborn jamás se había cometido un asesinato de esas características.

Mary fue conducida a la presencia del jurado por el alguacil del distrito, acompañado de su ayudante y del médico de un manicomio privado de Hoxton, en el que la muchacha permanecía encerrada. Su expresión triste y la actitud desganada con la que siguió las instrucciones del alguacil y del médico despertaron la simpatía del público. Explicaron a los miembros del tribunal cómo habían ocurrido los hechos y, a continuación, el juez interrogó al doctor Philip Girtin. El médico declaró que había examinado tres veces a la joven y llegado a la conclusión de que no estaba en sus cabales. Informó al jurado de que su trastorno se debía «a una mente en exceso sensible», desgastada «por las atormentadoras fatigas producidas por demasiadas obligaciones». Nadie mencionó el nombre de William Ireland.

– ¿Está en condiciones de someterse a un tribunal? -preguntó el juez al médico.

– Señor, es evidente que no. En modo alguno sería capaz de soportar esa prueba divina. La sumiría en una locura todavía más profunda, de la que resultaría muy difícil arrancarla.

Durante la vista Mary permaneció sentada y con las manos cruzadas sobre el regazo. De vez en cuando miró a Charles, pero su expresión no reveló la más mínima emoción.

– Doctor Girtin, ¿qué recomienda?

– Creo que lo mejor es que esta desdichada mujer quede a mi cuidado en Hoxton. No creo que represente un peligro para los demás, pero aconsejo que permanezca recluida mientras yo lo considere necesario.

– Por si…

– Por si acaso siguiera siendo un peligro para sí misma.

***

Los miembros del jurado estuvieron de acuerdo con la opinión del médico. Mary fue entregada a la custodia de Philip Girtin y, cumpliendo con el ritual de los oficiales de justicia, le ataron los brazos a los lados del cuerpo con una tira de cuero.

Al abandonar la posada, Charles supuso que no volvería a ver a su hermana fuera de los límites del manicomio; sólo entonces, durante su regreso a Laystall Street, se dio cuenta de que había llorado.

***

Los temores de Charles fueron infundados. Mary comenzó a recuperar el juicio gracias a los cuidados de Philip Girtin. El médico le leyó a Gibbon y a Tyndale y, en esas ocasiones, la mujer tuvo la sensación de que volvía a charlar con su hermano. El doctor también la hizo jugar a la lotería y a las cartas para poner a prueba su comprensión de los números. Más adelante, Mary analizó con él los poemas de Homero y citó con gran fruición a Shakespeare.

Philip Girtin había prohibido a Charles las visitas ante el temor de que las asociaciones resultasen demasiado dolorosas, si bien al cabo de tres meses de encierro le pidió que acudiese a Hoxton. Su gabinete daba al jardín en el que tenían su recreo Mary y el resto de los pacientes.

– Acabo de regresar del Ministerio del Interior -explicó el médico-. He consultado el caso de su hermana con el delegado de enfermedades mentales. Está de acuerdo conmigo en que la señorita Lamb estará a salvo en su compañía, siempre y cuando usted se comprometa solemnemente a tenerla a su cargo durante toda la vida.

– Por supuesto, es lo menos que…

– Quiero que venga a visitarla cada tarde durante dos semanas. Debo averiguar antes si su presencia la altera demasiado.

– ¿Le recordaré lo sucedido?

– Así lo creo. Sin embargo, si supera esa prueba, como pienso que ocurrirá, procederemos a darle el alta. Señor Lamb, todo debe estar en calma y ordenado.

Charles observó a su hermana a través de la ventana. Mary cosía y cada tanto levantaba la cabeza y miraba a los otros pacientes.

***

Charles se trasladó a una casa nueva en Islington, junto al New, en la que Mary reanudó su vida en libertad. Cuando Charles iba a trabajar a la East India House, la cuidaba la sobrina de Tizzy; la anciana criada se retiró a una pequeña propiedad en Devizes, pero insistió en que no podía dejar a Charles y a Mary en manos de una «desconocida». El señor Lamb murió a resultas de su avanzada senilidad pocos meses después del asesinato de su esposa. Sus últimas palabras, musitadas al oído de Charles, fueron: «Y eso también es cierto».

En ese nuevo ambiente, Mary se mostró tranquila e incluso serena la mayor parte del tiempo. Poco después de la llegada de su hermana a Islington, Charles escribió a De Quincey:

Mi pobre y queridísima hermana ha recuperado el juicio; ha recobrado asimismo una espantosa sensación y recuerdo de lo ocurrido, terrible para su mente, aunque templada con la resignación religiosa y los razonamientos de una sólida sensatez que sabe distinguir entre un acto cometido en un ataque transitorio de frenesí y la culpa atroz del asesinato de una madre.

Por las tardes, cuando Charles regresaba de Leadenhall Street, se reunían y hablaban de todo lo imaginable. De forma gradual, colaboraron en la redacción de una serie de relatos tomados de las obras de Shakespeare. Les resultó imposible saber de quién había surgido la idea, ya que cada uno intentó atribuir el honor al otro, pero lo cierto es que su trabajo obtuvo un éxito extraordinario. Publicado por Liveright & Eider, el primer volumen cosechó muchas críticas halagüeñas en Westminster Words, Gentleman's Magazine y otras publicaciones periódicas.

No obstante, también se dieron momentos en los que Mary no estuvo tan entera. Por ejemplo, en cierta ocasión dijo a Charles: «Las ideas me llegan espontáneamente. ¿No las ves volar por la sala?». Su mal se tornó cada vez más perceptible y agorero. En esas ocasiones, cruzaban los campos y Charles la acompañaba hasta el manicomio privado de Hoxton; Mary iba con la camisa de fuerza puesta y se entregaba sin resistencia a los cuidados de Philip Girtin. Tras enterarse de uno de estos internamientos, De Quincey escribió a Charles:

Debido al dolor, a la angustia y a la peculiar desolación de tus expectativas, te veo como a un hombre llamado al silencio, como un alma distinta a las demás y peculiar para Dios.

***

El incendio que aquel fatídico domingo William Ireland desató en la librería no causó víctimas.

– Huele a salchichas -había comentado Rosa Ponting.

– No, mi amor. Huele a humo. -Samuel Ireland se había asomado por la escalera y tras ver las llamas que iluminaban la librería, se limitó a exclamar-: ¡Ay, Dios mío!

Echó a correr y cogió a Rosa en el preciso momento en el que su mujer se disponía a retirar un huevo cocido en la pantalla de la chimenea.

– Sammy, ¿adónde vamos? ¿Qué pasa?

– Saldremos y subiremos la escalera.

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