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Ladrón De Almas

Электронная книга - «Ladrón De Almas». Краткое содержание книги:

Jónas, el propietario de un moderno complejo hotelero especializado en terapias alternativas, acude a Þóra, una ahogada de Reykiavik, para que investigue una serie de sucesos relacionados con lo sobrenatural, pero el mismo día de su llegada a Snæfellsnes encuentran el cadáver de Birna, la arquitecto a la que Jónas había encargado la construcción de un ala del hotel.
Þóra, con la inestimable ayuda de su compañero Matthew, se propone demostrar la inocencia de su cliente, pero nada es lo que parece en aquel paraje idílico, repleto de leyendas y misterios y donde se concentra una fuerte carga telúrica y espiritual. No dejan de circular historias de desapariciones, se producen nuevos crímenes y las pistas, por extraño que pueda parecer, conducen a los antiguos propietarios de las tierras donde esta ubicado el hotel, en cuyo pasado se oculta un terrible secreto que alguien parece interesado en ocultar.
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– ¿Cómo explicaría usted un accidente así? -preguntó Þórólfur.

– Bueno, no sé -dijo Bergur, que reflexionó por unos momentos-. Quizá fue ese cazador de zorros quien trajo al animal. O quizá fue por alguna otra cosa aún más rara.

– ¿Qué quiere decir, con «más rara»?

– Ha habido casos de hombres que entran en los establos para aliviar sus necesidades. Quizá ese hombre entró para eso -respondió Bergur, ruborizándose un poco.

– Pero entonces habría llevado una banqueta, o una caja, o algo a lo que subirse, ¿no? ¿Y cómo encaja el zorro en todo esto? ¿Y los alfileres? -preguntó Þórólfur con gesto duro-. Esas explicaciones suyas son demasiado rebuscadas.

Bergur se incorporó y se sentó con la espalda bien estirada.

– No soy yo quien investiga el caso. Usted me preguntó y yo le he respondido. No tengo ni idea de cómo llegó ahí ese hombre. Sólo sé que yo no tengo nada que ver.

– Muy bien, pero es su establo…

– Caballeriza. Los establos son para las vacas -dijo Bergur, irritado. Enseguida se le disipó la ira y añadió, ya más calmado-: No estoy seguro de querer seguir hablando de esto por ahora. Aún no tengo superado este horror. -Bajó la cabeza y volvió a mirar el suelo.

– Enseguida terminamos -anunció Þórólfur, su voz no mostraba el menor asomo de simpatía hacia el hombre que estaba sentado delante de él-. He visto que hay un rifle en esa pared. ¿Es suyo?

– Sí -dijo Bergur-. Es mío. Dudo mucho que encuentre por estas tierras un solo granjero que no tenga un rifle. -Levantó la mirada enfadado-. A ese hombre no lo mataron a tiros. ¿A qué viene esa pregunta?

Þórólfur sonrió con fingida inocencia.

– No, pero al zorro sí que le pegaron un tiro, si no me equivoco. ¿Mató usted al zorro?

Bergur pellizcó el borde del mantel de plástico coloreado de la mesa.

– No. O sí. No lo sé.

– ¿Cómo? -preguntó Þórólfur extrañado-. ¿Puede explicármelo mejor? No estoy seguro de haberle entendido bien. ¿No sabe si fue usted quien le pegó un tiro a ese zorro?

Bergur dejó de juguetear con el mantel y miró a Þórólfur.

– Mato a los zorros en cuanto los veo. Tenemos una zona de puesta de eideres, y no podemos permitirnos el lujo de dejar que ande por ahí una alimaña suelta. Pero resulta que hace varios meses que no le disparo a ninguno, con la excepción de un día en que se me escapó uno. Le alcancé, porque encontré sangre y algunos jirones de pelo, pero no conseguí hallar el cadáver por ningún sitio. Pesé que había escapado vivo, pero ¿quién sabe? A lo mejor aquel zorro es éste.

– Sí, quién sabe -dudó Þórólfur-. Tal vez nos lo pueda explicar más detenidamente y, por supuesto, hay muchísimas cosas más que necesitaremos repasar mejor.

– Ahora no puedo -dijo Bergur claramente molesto con la idea-. Sencillamente, no puedo.

– No tiene importancia -dijo Þórólfur, poniéndose las manos abiertas sobre los muslos-. Sólo dos cosas más para terminar y ya volveremos a hablar más tarde. En primer lugar… ¿la caballeriza suele estar habitualmente abierta, o cerrada con llave? En segundo lugar… ¿conocía usted al difunto?, ¿pudo reconocerle?

Bergur no levantó la mirada.

– Nunca cerramos la caballeriza con llave. Hasta ahora jamás ha sido necesario. -Levantó los ojos y los clavó cansinamente en Þórólfur-. No tengo ni idea de si conocía o no a ese hombre. Podría ser cualquiera… ya vio lo desfigurado que estaba.

– Tiene toda la razón -dijo Þórólfur, disponiéndose a levantarse-. Ay, perdone, una cosa más, la última.

Bergur miró al hombre con gesto de resignación.

– ¿Qué es?

– Encontramos algo escrito en una pared de la cuadra, más exactamente, algo grabado. Eran unas letras y estuvimos dándole vueltas a si llevarían allí mucho tiempo o si serían algo reciente.

– ¿Unas letras? -preguntó Bergur con extrañeza-. No recuerdo que hubiera allí ninguna letra grabada. ¿Qué ponía?

– Bueno, creo que era R-E-R. ¿Le dice eso algo?

Bergur sacudió la cabeza.

– Nada. No lo he visto nunca, y no sé qué puede significar. -A juzgar por su gesto, parecía responder con total sinceridad. Pero Þórólfur no pudo evitar la sensación de que Bergur tenía algo que ocultar. ¿Pero qué?

* * *

– Si no tuviera tanta hambre, propondría que siguiéramos buscando -dijo Matthew mientras abría la puerta del restaurante para dejar pasar a Þóra. Aquel local estaba especializado en comida vegetariana y pese a la burda traducción de Þóra de toda clase de recortes de periódico enmarcados que había en la ventana, alabando la excelencia del lugar, Matthew no estaba demasiado ilusionado.

– La cerveza es vegetal -dijo Þóra, enviándole una sonrisa-. O está hecha con vegetales, por lo menos.

Matthew sacudió la cabeza, escandalizado.

– No sé qué información tendrás sobre la cerveza, pero créeme, estás equivocada. -Entró tras ella-. La cerveza es, si acaso, de cereales.

– Cereales… vegetales -dijo Þóra mientras le hacía señas a un camarero para que les diera una mesa-. No hay diferencia-. Descubrió una mujer a la que reconoció, sentada en la barra. Le dio un codazo a Matthew-. Esa mujer trabaja en el hotel. Quizá deberíamos charlar un poco con ella.

– Yo no me acerco a esa barra a menos que me den una carta y que pueda pedir desde allí -declaró Matthew-. Y con la condición de que den galletitas.-De acuerdo -asintió Þóra, sonriéndole al camarero que llegaba en aquel mismo instante-. Nos apetece empezar en la barra, si no hay problema -le dijo-. Pero tenemos bastante hambre, así que preferiríamos que nos trajera ya la carta. -Entraron en el bar, que era pequeño en relación con el tamaño del local, y Þóra se sentó en un taburete alto al lado de la mujer. No había más que cuatro asientos, y Matthew se instaló junto a Þóra, justo delante de un pequeño cuenco con frutos secos.

– Hola -saludó la abogada, inclinándose para que la mujer le viera la cara-. ¿No te conozco del hotel? ¿Del de Jónas?

Saltaba a la vista que la mujer ya había bebido demasiado. Delante de ella había un vaso de lo más rococó lleno de un cóctel de venenoso color verde, y a su lado descansaban varias varillas rojas, todas coronadas por una pequeña cereza de cristal. La mujer necesitó un poco de tiempo para hacerse cargo de la pregunta, y aprovechó para controlar unos ojos que parecían nadar dentro de unas grandes órbitas pintadas. Cuando empezó a hablar, no sonaba en absoluto tan borracha como Þóra había pensado.

– Espera, ¿te conozco? -preguntó con voz considerablemente potente.

– No, no nos conocemos, pero te he visto. Me llamo Þóra y estoy haciendo un trabajito para Jónas. -Þóra extendió su mano.

El apretón de manos de la mujer fue bastante flojo.

– Ah, sí, es verdad. Ahora te recuerdo. Yo soy Stefanía, asesora sexual.

En el fondo, Þóra se quedó asombrada, pero no se atrevió a dejar traslucir ningún gesto. Estaba bastante segura de que a la mujer no le gustaría en absoluto.

– Ah, vaya. ¿Tienes mucho trabajo? -preguntó.

La mujer se encogió de hombros y bebió un sorbito de cóctel.

– A veces sí. A veces no. -Dejó el vaso y se pasó la lengua por los labios pintados de rojo-. Jónas se empeña en que todo llegará. Pero, a decir verdad, esto ha empezado de una forma demasiado tranquila.

– No me digas -dijo Þóra compasiva-. Pero, por lo demás, ¿es agradable trabajar allí? Es un lugar con un encanto muy especial.

La mujer resopló mientras hacía una mueca.

– Pues no, no es agradable. -Miró a Þóra y se esforzó por mirarla a los ojos.

– ¿Lo dices por las apariciones del fantasma? -preguntó Þóra-. ¿Te preocupa eso?

Stefanía negó enérgicamente con la cabeza.

– No, por suerte nunca estoy allí de noche. Yo no he percibido ningún fantasma, porque sólo aparecen en el turno de noche. Nunca he oído hablar de apariciones que asusten a la gente durante el día. -Se echó hacia atrás un mechón de pelo que le había caído sobre un ojo-. No, mi problema en ese bendito centro de trabajo son las mujeres. -Suspiró profundamente-. Las mujeres siempre son un fastidio. El sitio sería estupendo si sólo trabajaran hombres. -Soltó un hipo-. Y yo, claro.

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