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Sábado de gloria

Электронная книга - «Sábado de gloria». Краткое содержание книги:

Un joven periodista cae al vacío desde el ático de su casa de Madrid en pleno Domingo de Ramos. Todo parece accidental hasta que el comisario Luis Bernal empieza a sospechar si la víctima cayó o fue empujada. El comisario Bernal entra en una peligrosa espiral cuando descubre que el periodista tenía una información altamente delicada para el difícil equilibrio político que se vive en esos momentos en la España posfranquista. Pese a las sempiternas presiones de sus superiores, Bernal decide aclarar el asunto, en realidad un doble crimen, aun a riesgo de su vida, y decide hacerlo antes del Sábado de Gloria (antes de que acabe la histórica Semana Santa de 1977, llena de tensión política por la legalización del PCE y las primeras elecciones generales), para evitar una nostálgica y esperpéntica Resurrección. Con esta novela David Serafín recibió de manos de la crítica inglesa el John Creasey Memorial Award de 1979, por la creación de un clásico policíaco. Hoy, Sábado de Gloria es un fascinante retrato de la transición política española.
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– Sí, en Jovellanos, enfrente del Teatro de la Zarzuela. Uno antiguo que se llama Manolo.

– Ése sirve. Quiero que los tres hablemos con tranquilidad.

Cuando estuvieron sentados a una mesa apartada, ante unas cañas acompañadas de unas cuantas tapas, Bernal le dio a Martín un informe completo acerca de la conspiración del SDG. Martín y Navarro escucharon con atención y el primero leyó de cabo a rabo el programa del golpe con cara de incredulidad. Pero entonces introdujo la mano en el bolsillo y sacó la insignia SDG que había encontrado en la solapa de Weber.

– Esto lo tenía Weber, comisario.

– Otra para la colección -dijo Bernal-. Comprenderá usted que o nos quedamos sentados y que pase lo que tenga que pasar, o intentamos averiguar los nombres de los conspiradores y llevar este asunto a la más alta autoridad.

– Hay que impedir esa locura -dijo Martín sin el menor titubeo-. Pero ¿dónde están esos nombres? ¿Por dónde comenzar la busca? Mañana por la mañana es nuestra última oportunidad.

– Bien, a las ocho y media reanudaremos las investigaciones en todos los bancos a ver si hay otro depósito en una caja fuerte. Y está además el coche de Santos. Hay que dar con el Mini azul. Por la mañana los del Ayuntamiento tendrán que decirnos el número de la matrícula.

– Pondré a trabajar a todos los hombres disponibles, jefe -dijo Martín-. Podría encontrarse en mi zona. Una vez tengamos la matrícula, averiguaremos cuándo estuvo por última vez en un aparcamiento controlado y en qué calle.

Bernal creyó oportuno advertir a ambos.

– Creo que los dos deberíais saber que han atentado dos veces, tal vez tres, contra mí en esta semana. De una fue Weber el responsable o por lo menos uno que conducía su coche -les contó que el Cadillac había querido atropellarle y mencionó asimismo la historia del metro y la del atraco del chulo en la calle-. Es posible que los tres estemos ahora en peligro, a pesar de la detención de Weber. Por favor, tened cuidado y no andéis solos por ahí.

– Yo puedo llevarles a los dos en el coche -dijo Martín-, ya que ustedes han despedido a su chófer.

– Bien pensado -dijo Bernal-. Hay que ponerse a trabajar a primera hora de la mañana.

Medianoche

Bernal encontró la casa a oscuras; estaba claro que Eugenia se había ido a dormir. Descubrió en la cocina que su mujer le había dejado la acostumbrada tortilla de sobras, pero estaba fría y con aspecto aceitoso. Se dijo que aguantaría con las tapas que había tomado y se metió en la cama, junto a su mujer.

JUEVES SANTO, 7 DE ABRIL

Siete de la mañana

Bernal no durmió bien. Se había despertado a las tres de la madrugada con dolor de estómago y sin saber si eran los retortijones del hambre o un nudo de los músculos estomacales cansados por el nerviosismo. Cuidando de no despertar a Eugenia, había buscado en el bolsillo de la chaqueta una pastilla de Rolantyl y la había masticado pensativamente. Luego había vuelto a sumirse en un sueño intranquilo.

Eugenia le molestaba en aquel momento tras abrir la puerta de su oratorio particular del comedor y comenzar su turno diario de oraciones y quehaceres domésticos. Medio dormido aún, oyó los últimos amén de la mujer y fue reanimándose al percibir la molienda de las bellotas tostadas junto con granos de café. Con un gruñido, fue al cuarto de baño y se puso a afeitarse.

Con notable delantera sobre el agente de seguros aquella mañana, se vistió y echó un vistazo fuera, al todavía indeciso amanecer. Después de una noche fría, pensó que seguramente llovería y mejoraría la temperatura.

– Geñita, tengo que salir pronto esta mañana. Espero solucionar de una vez esos dos asesinatos. Anoche detuvimos a cuatro sospechosos.

– Rezaré por ti, y también por ellos. ¿Sabes qué día es hoy? El día del pediluvio, en que hay que lavar los pies a los pobres.

– Pero ¿se sigue haciendo eso en Madrid?

– No, y es una lástima. Tenemos un gobierno ateo, Luis. Se han abandonado ya todas las santas tradiciones del pasado. ¿Y qué es lo que se trae a cambio? Pecado, pecado sin ninguna conciencia -se lamentó la mujer-. Los días de fiesta son hoy un pretexto para la inmoralidad.

Bernal sorbió el mínimo posible de café y fue a ponerse el abrigo.

– ¿Llamó Diego anoche?

– No -dijo ella-. Y espero que vaya a misa todos los días.

Luis pensó que era poco probable, pero se guardó muy mucho de decirlo.

– El que sí llamó fue Santiago-añadió la mujer-. Quiere que vayamos a comer el domingo.

– Le compraré algún regalo al nieto -dijo él.

– Vamos, Luis, eres un manirroto. Tiene todos los juguetes viejos que tuvieron Diego y Santiago.

– Bueno, pero me parece que hay que llevarle algo. Un supermán, quizá. Lo más seguro es que espere que le regalemos algo. Me voy ya. No sé si voy a poder venir a comer, con tantos informes como tengo por delante.

– Como quieras. Yo estaré en la iglesia toda la mañana. Si vienes, te freiré un poco de pescado.

– Hasta luego, Geñita.

Bernal se detuvo en la calle para comprar El País y desayunó otra vez a toda velocidad en el bar de Félix Pérez.

Ocho de la mañana

Al salir del bar, vio un taxi vacío y lo detuvo. Aquel día no había que correr riesgos, se dijo. Al llegar al despacho vio que Paco Navarro abría ya el correo que acababa de repartirse.

– Aquí hay una nota de Tráfico, jefe. Han averiguado el número de la matrícula del coche de Santos -tendió el papel a Bernal, que fue al teléfono y marcó el número de Martín.

– ¿Está el inspector Martín? ¿Todavía no? Por favor, dígale cuando llegue que llame al comisario Bernal. Sí, gracias.

– Y otra nota del director general, pidiéndole que suba a verle esta mañana.

– No creo que llegue antes de las nueve y media -dijo Bernal-. ¿Algo más de interés?

– El informe definitivo de Peláez sobre Marisol y el del toxicólogo. Parece que la jeringuilla contenía heroína casi pura y que se le inyectó una dosis considerable que no tardó en provocarle una crisis cardíaca.

Sonó el teléfono y oyó la voz de Martín.

– Por favor, tome nota de esta matrícula -dijo Bernal-. ¿Cree usted que sus hombres pueden comenzar la búsqueda inmediatamente? ¿Sí? Muchas gradas. Sí, estaré esperando su llamada -y colgó.

Elena y Ángel llegaron juntos y Bernal les dijo que se pusieran a telefonear a los bancos, comenzando en el punto en que se habían detenido la víspera.

– Yo voy a hacer un escrito con las acusaciones que hay contra Torelli -dijo-. Tenemos ya el informe médico definitivo. Creo que no tenemos más pruebas para acusarle que las de haber causado la muerte de Marisol. Paco, ¿quieres llamar a la Segunda Brigada y ver si nos dejan hacer las pruebas de saliva a los otros que detuvimos anoche?

El inspector Martín volvió a llamar y Bernal contestó desde su despacho.

– Pensé que le gustaría saber que anoche encontré dos llaveros en los bolsillos de Weber, jefe. Uno tenía un emblema de la British Leyland y las llaves no eran del Cadillac. ¿Podrían proceder del piso de Santos?

– Está dentro de lo posible -respondió Bernal-. En cuyo caso tal vez hayan buscado el coche, como nosotros. Este hallazgo complica a Weber en la muerte de Santos, aunque no demuestra que estuviera presente en la casa cuando ocurrió. Es posible que Torelli y su cómplice le dieran el llavero. Habrá que esperar a los acontecimientos -y colgó. Con el ceño fruncido, se preguntó si la organización SDG no habría descubierto ya, y abierto y registrado, el coche de Santos.

Nueve de la mañana

Entró Navarro y dijo a Bernal que le llamaban de arriba para saber si Bernal podía ir a ver al director general. Bernal hizo una mueca, pero dijo que iría.

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