Las Mujeres Que Hay En Mí
- Автор: Janer Maria De La Pau
- Год: 2002
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Las Mujeres Que Hay En Mí». Краткое содержание книги:
«En aquella casa habitaban los fantasmas de mis madres.» Así comienza el fascinante relato de Carlota, que nos sumerge en los misterios y las pasiones ocultas en una mansión en la que vivieron su madre, Elisa, y su abuela, Sofía, ambas muertas a los veinte años. Carlota vive con su abuelo en una magnífica casa de campo rodeada de un jardín. Pero también vive en compañía de los fantasmas de sus «dos madres», omnipresentes en la casa, y con la obsesión de reconstruir sus vidas, para lo que sólo cuenta con las palabras de su abuelo y, a veces, con sus elocuentes silencios. Ella anhela saber lo que ocurrió y recurre a los papeles olvidados en la alcoba, a los comentarios familiares, a su propio instinto de mujer, y conoce así las extrañas formas con las que se manifiesta la pasión, la injusticia de las ganas de vivir cercenadas por una muerte demasiado temprana. Un mundo bello y dramático al que no es ajeno otro personaje silencioso e inquietante: el jardinero de la casa. Con este viaje a través de tres generaciones de mujeres, Maria de la Pau Janer despliega todos sus recursos de gran narradora para ofrecernos una obra magistral, una novela que arrebata por la fuerza de la narración y por la belleza del mundo que nos descubre.
Pasó aquel verano que parecía que nunca terminaría. Casi imperceptiblemente, los días se acortaron. Primero un paso de gallo, que casi no se percibe. Después a pasos agigantados. Se fueron los días cálidos, las tardes de calor pesado, las noches con las ventanas y los balcones abiertos. Como había sido un verano de descubrimientos, las tres tías miraban a Elisa de reojo. Le espiaban la expresión y los gestos. Habrían querido preguntarle cómo estaba, si era feliz, pero no se atrevían. Tía Magdalena y tía Antonia no habrían desvelado el secreto por nada del mundo. Respetaban su silencio y se hacían cómplices, mientras espiaban sus movimientos. Tía Ricarda la censuraba, indignada.
Elisa y Ramón sintieron que se acabara el verano. Era un sentimiento absurdo que no se detenían en comentar. Ocultaba el deseo de que no cambiase nada. Habrían pretendido detener el tiempo, sólo para que todo fuese siempre idéntico. Las transformaciones no les apetecían, ya que ningún nuevo elemento tenía que interferir en el paraíso en el que vivían. Si hubiesen podido detener la luz en medio del cielo, evitar los días breves, se habrían sentido contentos. Se habían encontrado en días calurosos y les habría gustado prolongarlos: borrar de los calendarios otoños e inviernos. A él, le gustaba abrir la puerta y encontrar a Elisa rodeada de luz. Estaba convencido de que la luminosidad del día se sumaba a la felicidad de encontrarse. Ella se había acostumbrado a recorrer un camino que le mostraba el sol cuando iba a su casa.
Los días menguaron. La rueda de las estaciones siguió con su ciclo. Un ciclo que se había entretenido demasiado en el buen tiempo. Fue un verano largo. El otoño invadió los senderos de una coloración nueva. Aparecieron los verdes que se apagan como cerillas, los amarillos que se vuelven ocre, los ocres que tienen reflejos dorados. Empezaron las lluvias. Había goteos de agua recorriendo los canalones de las casas. Dejaban en las fachadas un rastro de humedad, una capa que el sol de la mañana no acababa de secar del todo. Vino el invierno y con él se desnudaron las ramas en el jardín. En seguida oscurecía. Elisa se acostumbró a las sombras. Tenía que recorrerlas para encontrar a Ramón. El paisaje había cambiado: los árboles, las piedras, las plantas, cosas concretas que podía ver y alcanzar, se convirtieron en presencias intuidas. Además, hacía frío. El viento volvía a convertirse en una fuerza que la empujaba. Llegó a acostumbrarse. Se habituó a aquel paréntesis de intemperie, antes de encontrar el mejor refugio del mundo.
Una tarde de invierno, justo después de cruzar el portal de la casa de Ramón, intuyó que sucedía algo. Se conocían lo suficiente para poder leerle la mirada. Le sonrió, como hacía siempre, y él le devolvió la sonrisa. Le dijo:
– Elisa, hay novedades.
– Lo imaginaba. Sólo con mirarte, me ha parecido verte diferente. ¿Qué ocurre?
– No sé si te he hablado demasiado de mi estancia en la India. Tengo la impresión de que no sabes mucho sobre ello.
– Me has explicado pequeñas historias, pero siempre como fragmentos aislados. Quizá más sensaciones que hechos concretos. Esto es muy propio de ti, amor.
– ¿Qué quieres decir?
– Prefieres explicar un olor a entretenerte en cualquier anécdota.
– Tendrás razón. Te he hablado, supongo, de Miguel.
– Sí, claro: tu amigo. No conozco muchos detalles, pero recuerdo que te has referido a él a menudo. Te escribe y te manda libros.
– Sí. No ha perdido la costumbre, a pesar de los años. Es un personaje peculiar. Ya te darás cuenta.
– ¿Me daré cuenta?
– Acabo de recibir carta suya. Llegará dentro de un par de semanas. Quiere pasar una temporada conmigo.
– ¿Una temporada en esta casa? -Elisa no pudo evitar el gesto de disgusto-. ¿Y qué haremos nosotros?
– Exactamente lo mismo que ahora. Es mi amigo, Elisa. Estará encantado de conocerte.
No hicieron más comentarios. A ella no le hizo ninguna gracia la perspectiva de compartir aquel espacio con otro hombre. Tenía un sentimiento de exclusividad que no le gustaba demostrar. Las paredes, el techo, el portal de la entrada, las habitaciones eran suyas. Les pertenecían, porque eran el único refugio de que disponían. En aquel lugar ella se sentía protegida de las interferencias, de los elementos exteriores. ¿Cómo iba a aceptar que un personaje desconocido apareciese de pronto? Aunque fuese la discreción personificada, ocuparía un espacio. Se adivinaría su presencia. Ramón se sentía confuso. Llevaba muchos años sin ver a Miguel. Durante aquel tiempo habían tenido una relación epistolar densa y grata. Había llegado a imaginarse que seguiría siendo así, que no necesitaban verse. Las palabras escritas eran un buen instrumento para comunicarse. Les permitían una distancia y a la vez una proximidad. Podían vaciar su alma y salvarse de la paradoja de sentirse demasiado expuestos uno ante el otro. Cuando leyó la carta que anunciaba su visita, no supo qué pensar. Lamentaba reconocerlo: en aquel momento, cualquier distracción le molestaba. Vivía concentrado en Elisa, y Miguel no tenía un lugar en su vida. Sin decírselo, ambos estaban inquietos. Temían que alguien viniera a interrumpir su amor.
IXX
Los años le habían secado la piel, que era sólo una capa que le cubría los huesos. Entre la piel y los huesos, casi nada más. Ni una gota de carne que dulcificase la fisonomía de rictus duros, acentuados por la expresión perpleja con la que observaba la vida. También había oscurecido. Su tonalidad un punto amarillenta se había vuelto más morena, expuesta al sol. La figura, que ya le había parecido delgada cuando se conocieron, ahora tenía algo de estrafalaria, porque se le marcaban las articulaciones como si fuese un esqueleto que ha de romperse. En cambio, conservaba una agilidad sorprendente. Aquel saco de huesos, como lo llamaban los conocidos de Ramón, se movía con la gracia de los pájaros. Se encaramaba a los árboles y a las paredes, saltaba por doquier, era capaz de mantener el equilibrio, cuando se subía a una barandilla o pisaba las tejas de un tejado. Era la misma mirada profunda, insinuante, que recorría los objetos y las personas con una curiosidad aguda.
Miguel llegó, como había dicho en la carta, sin más avisos. Su concepto del tiempo era muy relativo. Si había hablado de un par de semanas, podía tardar un par de meses. Pero no sucedió así. Sólo se retrasó tres días: dieciocho días después de haberse anunciado, se presentó en la casa. Llevaba un hatillo en la espalda, el único signo de que pensara instalarse, y una sonrisa ancha en los labios. Estaba contento de reencontrar a su viejo amigo. Lo manifestaba con una calidez y una naturalidad que sorprendían a Ramón. Era como si no se hubiese producido un paréntesis. Los años transcurridos, desde que se despidieron, habían ido sumando pequeñas transformaciones en sus caracteres. Era la impresión de Ramón, que no encontraba el tono adecuado para el encuentro. Por más que se esforzase, no experimentaba la confianza de antes, aquel relajamiento absoluto del ánimo cuando estaban juntos. Se daba cuenta de que era un encuentro basado en el desequilibrio. El que llegaba estaba receptivo, abierto; el que daba la bienvenida, con la mejor voluntad del mundo, tenía la cabeza en otro lado.
Durante las primeras horas, todo fue confuso. Miguel lo abrazó en el portal de casa, justo al abrirle la puerta. Él se quedó quieto, con un esbozo de sonrisa, sin saber responder a su alegría. No encontraba palabras para decirle adelante, es tu casa, estoy contento de verte. Tuvo que decirlo todo Miguel, que acababa de hacer un trayecto muy largo y estaba cansado. A pesar del agotamiento del viaje, le manifestó la alegría de encontrarlo, le dijo que tenían una conversación pendiente, que le parecía mentira que hubiesen pasado todos aquellos años. Ramón no lo veía imposible. Más bien al contrario: cada detalle servía para recordarle la distancia y la lejanía entre ambos. Habían sido amigos, pero se preguntaba si era justo que un hecho del pasado reclamara de repente un lugar en su vida. Aunque las cartas habían servido para que no perdiesen el contacto, habría asegurado que no fueron un puente lo bastante firme. Lo miraba con atención, y el hombre de pergamino no era la persona que había conocido años atrás.