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Paraíso

Электронная книга - «Paraíso». Краткое содержание книги:

Un huracán barre el sur de Suecia sembrando el caos a su paso. Dos hombres yacen muertos en el puerto de Estocolmo, con sendos disparos a bocajarro en la cabeza. Una muchacha trata de salvar su vida. Encuentra refugio en Paradise, una fundación dedicada a las personas cuyas vidas están en peligro.
Annika Bengtzon, redactora de un periódico, está tratando de reconstruir su vida tras la violenta muerte de su prometido. Cubrir la historia de Paradise es la oportunidad que necesita para volver a encaminar su vida personal y profesional. Pero, como está a punto de descubrir, ni Paradise ni la muchacha, Aida, son lo que aparentan. La búsqueda de Annika de la verdad la obligará a ella misma y a Aida a enfrentarse a sus turbulentos pasados, y al final Annika se verá ante la decisión más difícil de su vida.
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Thomas Samuelsson rasgó la envoltura de plástico del traje, se clavó el gancho de la percha y soltó una palabrota:

– ¡Putas tintorerías!

Al mismo tiempo, Eleonor suspiraba al ver una carrera en los pantis.

– Setenta y nueve coronas tiradas a la basura -se lamentó, a la vez que los arrojaba a la papelera que había junto a la cama.

– ¿No los hay más baratos? -preguntó Thomas, chupándose el dedo para evitar mancharse la ropa con la sangre.

– No, si tienen forma -replicó su mujer mientras abría otro paquete-. Te acordarás de que esta noche vienen Nisse y Ulrica, ¿verdad?

Thomas se dio la vuelta y entró en el cuarto de baño para ponerse una tirita. Durante unos segundos se quedó mirando la imagen que le devolvía el espejo: el pelo bien peinado hacia atrás, la camisa y la corbata. Los gemelos. Se colocó la tirita alrededor de la yema del dedo y volvió al dormitorio. Eleonor se retorcía dentro de un par de pantis nuevos. Se resistían a pasar por las caderas. Thomas tragó saliva.

– ¿Y por qué tenemos que recibir invitados esta noche? -dijo-. Yo preferiría que hablásemos. Necesitamos aclarar unas cuantas cosas.

– Ahora no, Thomas -contestó su mujer, tirando de los pantis y forzando para que el abdomen y las caderas entraran en aquella estrechez.

Thomas dio un rodeo y abrazó a su mujer por detrás, con una mano en cada uno de sus pechos, acoplados dentro de un sujetador de los que levantan el busto, y le sopló suavemente en la nuca.

– Podríamos pasar un poco de tiempo juntos -le susurró-, solos los dos. Tomar un poco de vino, ver una película, hablar…

Eleonor se zafó del abrazo y se dirigió al armario para ponerse una blusa blanca y coger de la percha una falda negra.

– Hemos pasado toda la semana planeando esta cena. Nisse y yo vamos a repasar algunos aspectos del nuevo proyecto. Ya sabes que en el banco no podemos hablar de ello.

Thomas se quedó mirándola. ¡Qué bien la conocía! Por supuesto que pondría objeciones.

– Eleonor -le dijo-, de verdad que no estoy de humor para esto. Me encuentro cansado y bastante harto de cómo están las cosas en este momento; creo que es necesario que hablemos.

Ella siguió sin hacer caso de sus ruegos y se acercó a él sin mirarle a los ojos.

– ¿Me ayudas? Gracias.

Thomas le puso el collar alrededor del cuello y lo abrochó. Luego, le acarició los hombros con las manos y la atrajo hacia sí.

– Te lo digo en serio -insistió-, si esta noche vamos a tener otra cena para tus compañeros, yo no me quedo. Iré a Estocolmo y cenaré por ahí.

Eleonor se soltó de sus manos y volvió a dirigirse al armario, de donde sacó un par de zapatos negros, que metió en una bolsa. Cuando miró a Thomas, estaba despeinada y con la cara encendida, dos círculos carmesí en los pómulos.

– Es mejor que te comportes con sensatez -le dijo ella bruscamente-. ¿No te das cuenta de que no eres libre de ir y venir a tu antojo? Esta familia se compone de dos personas; entre los dos tenemos que hacer que las cosas funcionen.

– Eso es exactamente lo que yo quiero decir -le replicó Thomas con indignación-; somos una pareja, pero ¿por qué tienes tú todo el poder y yo todas las responsabilidades?

Eleonor se puso la chaqueta del traje y salió al vestíbulo.

– Es tremendamente injusto que digas eso -contestó en tono cortante.

Thomas permaneció en el dormitorio principal, el dormitorio de ellos dos, el dormitorio de sus padres.

¡Que se vaya todo al carajo! Esta vez no iba a ceder.

– ¡Deja ya de actuar con esa puta superioridad! -gritó, corriendo tras ella; la alcanzó junto a la puerta y la agarró de un brazo.

– ¡Quítame las manos de encima! -chilló Eleonor, dando tirones para soltarse-. Pero ¿qué te pasa?

Thomas respiraba pesadamente, y el pelo se le caía delante de los ojos.

– Quiero que nos traslademos. No quiero vivir más en esta casa.

Eleonor le miró con más susto que enojo.

– Tú no sabes lo que quieres -respondió Eleonor, intentando soltarse.

– Sí que lo sé -dijo Thomas con vehemencia-. Sé exactamente lo que quiero. Quiero que nos compremos un apartamento en Estocolmo o una casa cerca de allí, en Äppelviken o Stocksund. Seguro que te gustaría.

Se acercó a ella y la abrazó, inhalando la fragancia que emanaba de sus cabellos.

– Quiero un nuevo empleo, tal vez en el ayuntamiento, la Diputación Provincial, alguna asesoría o en un ministerio. Sé que tú quieres seguir aquí, pero yo me asfixio. Eleonor, me muero por salir de este sitio…

Ella le apartó empujándole, dolida y a punto de llorar.

– Tú me desprecias porque me gusta esto. Crees que no tengo ambiciones, que soy perezosa.

Thomas se echó el pelo hacia atrás con ambas manos.

– No -protestó él-, es al contrario, yo te envidio. Quisiera estar tan centrado como tú, quisiera estar satisfecho con lo que tenemos.

Eleonor se secó las comisuras de los párpados y habló con voz apagada.

– Estás tan malcriado y eres tan ridículamente inmaduro que tirarías por la borda todo lo que tenemos en común, todo aquello por lo que hemos luchado durante estos años.

Ella le volvió la espalda y se encaminó a la puerta.

Él iba hablando tras ella, tras su traje negro de Armani.

– Eso no es cierto, yo no quiero tirar nada por la borda, quiero que nos mudemos. Podríamos vivir en Estocolmo, yo conseguiría otro empleo. Tú podrías ir y venir, y quizá más adelante también querrías buscar otro trabajo…

Eleonor se puso el abrigo, y su marido vio cómo le temblaban las manos al abrochárselo.

– Mi vida está aquí. Me gusta esta ciudad. Busca otro puesto y empieza a ir y venir, si lo que necesitas es un cambio.

Thomas se quedó atónito. Eso no se le había ocurrido a él.

Claro que podría encontrar un empleo distinto en algún otro sitio. No tendría que trasladarse. Podía ir y venir, tal vez hacerse con un pequeño piso en Estocolmo y quedarse allí alguna noche.

Cuando Eleonor salió, la puerta se cerró con un clic suave de cerradura bien engrasada. La soledad envolvió a Thomas como una manta polvorienta, pesada y sofocante.

¿Qué demonios estaba haciendo?

El sonido le taladró el cerebro. Con los ojos somnolientos y legañosos, Annika descolgó el teléfono sin levantar la cabeza de la almohada.

– ¡Ha ocurrido una cosa terrible! -le gritó una voz.

Annika se incorporó, con el corazón palpitante.

– ¿Abuela? ¿Tiene esto algo que ver con mi abuela?

– Soy yo, Mia, Mia Eriksson. Ha desaparecido una mujer. Le dijo a Rebecka que lo contaría todo en el ayuntamiento y ella se puso hecha un basilisco.

Annika se frotó la frente y volvió a recostarse en la almohada, llena de alivio. Todo iba bien, todo iría muy bien.

– ¿Qué es lo que ha pasado?

– Ayer se armó aquí un buen follón, así que yo quería llamarla y contárselo. Es importante.

Annika sentía que la irritación se le acumulaba en la cabeza.

– ¿Y eso a mí en qué me concierne?

– La mujer dijo que la conocía, que usted le había recomendado que fuese a Paraíso. Se llama Aida Begovic y es de Bijelina, Bosnia.

Annika cerró los ojos, y una oleada de calor le inundó la cara. No puede ser cierto, no puede ser cierto.

– ¿Qué pasó con Aida? -consiguió decir, con las mejillas rojas y palpitantes.

– Le dijo que desvelaría en el ayuntamiento dónde vivía, que la organización era un montaje, y entonces Rebecka le contestó a gritos que mejor se anduviera con cuidado porque ella sabía quién la buscaba. Eso fue anoche y ¡ahora Aida ya no está!

Mia se echó a llorar. Annika sacudió la cabeza en un esfuerzo por pensar con claridad.

– Espere -dijo-; cálmese. Tal vez las cosas no estén tal mal. Quizá Aida ha salido de compras o algo por el estilo.

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