Por el bien de Elena
- Автор: Джордж Элизабет
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «Por el bien de Elena». Краткое содержание книги:
La situación era peor para Anthony Weaver. Para alcanzar la paz espiritual (que la sociedad le negaba, de entrada), había roto un matrimonio y descubierto que la culpa provocada por el divorcio era exacerbada por el hecho de que, al escapar de la desdicha, no solo había dejado a sus espaldas a una niña que amaba y dependía de él; había dejado a una niña minusválida. ¿Qué sociedad le iba a perdonar semejante pecado? Hiciera lo que hiciera, tenía todas las de perder. Si hubiera seguido casado, y dedicado la vida a su hija, habría podido sentirse recto y noblemente desdichado. Al optar por la paz espiritual, había obtenido la cosecha de culpa cuyas semillas estaban plantadas en lo que él y la sociedad consideraban una necesidad ruin y egoísta.
Un examen detenido revelaba que la culpa era el motor principal de muchas clases de devoción. Lynley se preguntó si subyacía tras la devoción de Weaver a su hija. En su mente, Weaver había pecado. Contra su esposa, contra Elena y contra la misma sociedad. La única expiación posible había consistido en entregarse a Elena, allanar sus dificultades, conseguir su cariño. Lynley experimentó una profunda piedad al pensar en la lucha de Weaver por conseguir la aceptación de lo que ya era: el padre de su hija. Se preguntó si Weaver había reunido fuerzas y robado tiempo para preguntar a Elena si ese comportamiento exagerado y ese tormento espiritual eran necesarios para obtener su perdón.
– Creo que nunca la llegó a conocer -dijo Adam Jenn.
Lynley se preguntó si Weaver se conocía a sí mismo. Se levantó.
– ¿A qué hora se marchó anoche, después de que el doctor Weaver le telefoneara?
– Poco después de las nueve.
– ¿Cerró la puerta con llave?
– Por supuesto.
– ¿Hizo lo mismo el domingo por la noche? ¿Siempre la cierra con llave?
– Sí.
Adam señaló con un cabeceo el escritorio de pino y los aparatos (el ordenador, dos impresoras, los floppies y los ficheros).
– Eso vale una fortuna. La puerta del estudio tiene doble cerrojo.
– ¿Y las demás puertas?
– La despensa y el dormitorio no tienen cerradura, pero la puerta principal sí.
– ¿Utilizó alguna vez el videotex para llamar a Elena a sus habitaciones, o a casa del doctor Weaver?
– Sí, en alguna ocasión.
– ¿Sabía que Elena iba a correr por las mañanas?
– Con la señora Weaver. -Adam hizo una mueca-. El doctor Weaver no la dejaba correr sola. No le gustaba que la señora Weaver le pisara los talones, pero el perro también la acompañaba, de modo que la situación era soportable. Quería mucho al perro, y le gustaba mucho correr.
– Sí-dijo Lynley con aire pensativo-. A casi todo el mundo.
Se despidió y salió de la habitación. Dos chicas estaban sentadas en la escalera, con las rodillas dobladas y las cabezas inclinadas sobre un libro de texto abierto. No levantaron la vista cuando pasó a su lado, pero su conversación se interrumpió con brusquedad, y solo se reanudó cuando Lynley llegó al rellano. Oyó la voz de Adam Jenn.
– Katherine, Keelie, estoy a vuestra disposición.
El inspector salió a la fría tarde otoñal.
Miró al cementerio, que estaba al otro lado del Patio de la Hiedra, pensó en su entrevista con Adam Jenn, pensó en la situación derivada de sentirse atrapado entre padre e hija, y se preguntó en especial sobre el significado de aquel violento «¡No!», cuando preguntó al joven si Elena y él estaban hechos el uno para el otro. Y continuaba sin saber más sobre la visita de Sarah Gordon al Patio de la Hiedra de lo que sabía antes.
Consultó su reloj. Pasaban de las dos. Havers aún estaría con la policía de Cambridge. Tenía tiempo suficiente para correr hasta la isla Crusoe. Cuando menos, le proporcionaría algo de información. Fue a casa a cambiarse de ropa.
Capítulo 9
Anthony Weaver contempló la discreta placa colocada sobre el escritorio («P. L. Beck, director de Pompas Fúnebres») y experimentó una oleada de gratitud. El despacho principal del depósito de cadáveres era lo menos fúnebre que el buen gusto podía permitir, y si bien sus cálidos colores otoñales y cómodos muebles no alteraban la realidad que le había traído hasta el lugar, al menos no subrayaban la muerte de su hija con decoraciones sombrías, música de órgano enlatada y lúgubres empleados enlutados.
Glyn estaba sentada a su lado con las manos hundidas en el regazo, los pies apoyados en el suelo y los hombros rígidos. No le miraba.
Tras insistir toda la mañana, la había acompañado a la comisaría de policía donde, pese a las explicaciones de Anthony, la mujer había esperado encontrar el cadáver de Elena y solicitado verlo. Cuando le dijeron que se estaba procediendo a la autopsia del cadáver, pidió permiso para asistir. Y cuando la agente que se encargaba de la recepción, después de lanzar una horrorizada mirada de súplica en dirección a Anthony, respondió con gran alarde de disculpas que no era posible, que estaba prohibido, que la autopsia se llevaba a cabo en otro lugar, nunca en la comisaría, y que de todos modos los miembros de la familia…
– ¡Soy su madre! -gritó Glyn-. ¡Es mía! ¡Quiero verla!
La policía de Cambridge se portó con suma amabilidad. La condujeron de inmediato a una sala de conferencias, donde un preocupado secretario intentó aplacarla con agua mineral, que Glyn rechazó. Un segundo secretario trajo una taza de té. Un guardia de tráfico le ofreció una aspirina. Y en tanto trataban de localizar al psicólogo de la policía y oficial encargado de relaciones públicas, Glyn siguió insistiendo en que quería ver a Elena. Hablaba con voz estridente y tenía las facciones tensas. Cuando no consiguió lo que deseaba, empezó a chillar.
Una oleada de vergüenza invadió a Anthony Weaver. Vergüenza ajena, por la humillante escena que Glyn ofrecía, y vergüenza propia, por avergonzarse de ella. Y luego Glyn se revolvió contra él y le acusó de ser demasiado egocéntrico para ser capaz de identificar el cadáver de su hija, cómo podían saber que se trataba de Elena Weaver, cuyo cuerpo retenían, si no permitían que su madre la identificara, la madre que la había parido, la madre que la amaba, la madre que la crió sola, ¿me oyen?, sola, bastardos, él se desinteresó de la niña al cabo de cinco años, porque ya tenía lo que quería, tenía su preciosa libertad, así que déjenme verla, DÉJENME VERLA…
Soy una roca, había pensado Anthony. Todo cuanto ella diga me deja indiferente. Aunque esta estoica determinación impidió que estallara a su vez, no fue suficiente para evitar que su mente retrocediera en el tiempo y rastreara en sus recuerdos, en un intento de rememorar, ya que no de comprender, qué fuerzas le habían impulsado a vivir con esta mujer.
Tendría que haber sido algo más que sexo: un interés mutuo, tal vez una experiencia compartida, unos antecedentes similares, un objetivo, un ideal. Si alguno de estos elementos los hubiera unido, tal vez habrían sobrevivido, pero todo empezó en una fiesta celebrada en una elegante mansión situada junto a Trumpington Road, donde una treintena de posgraduados que habían trabajado en su campaña habían sido invitados a celebrar la victoria del nuevo parlamentario local. Anthony, desocupado aquella noche, había acudido con un amigo. Glyn Westhompson había hecho lo mismo. Su indiferencia compartida hacia las esotéricas maquinaciones de la política de Cambridge proporcionó la ilusión inicial de compenetración. El exceso de champán dio lugar a la excitación sexual. Cuando él sugirió que se llevaran la botella de champán a la terraza para contemplar los árboles del jardín, teñidos de plata por los rayos de luna, sus intenciones se limitaban a besar, manosear los grandes pechos que se transparentaban detrás de su blusa y deslizar la mano entre sus muslos.