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Электронная книга - «Sombras Del Crepúsculo». Краткое содержание книги:

A pesar de provenir de uno de los linajes más prósperos de Alabama, la vida no ha sido generosa con Roanna Davenport. Huérfana a edad temprana y siempre arrinconada por su propia familia, sólo los caballos y su primo Webb, por el que siente un amor secreto, le sirven de apoyo en un entorno que no la quiere ni la acepta. Tras la extraña muerte de Jessie, la esposa de Webb, el rechazo se vuelve más evidente. Miradas suspicaces, sospechas infundadas y crueles acusaciones, junto con la repentina partida de su protector, la empujan a esconderse tras un manto de hielo, a desterrar para siempre a la sensible muchacha que una vez fue. Sin embargo, diez años más tarde, la sólida máscara tallada por los años y las tragedias caerá ante la visión de Webb, que vuelve otra vez a casa dispuesto a recobrar aquello que fue suyo y a protegerla de nuevo ante un asesino que ya sembró la desdicha en una ocasión y que sólo espera una nueva oportunidad para acabar su trabajo.
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– He vuelto para ocuparme de los negocios,- dijo él, sucintamente, al mismo tiempo que abandonaba el vestíbulo en dirección al estudio.-Sígueme rápida. La fiesta de bienvenida puede esperar.

De alguna manera ella consiguió mantener su fachada serena mientras lo seguía. No le lanzó los brazos al cuello, gritando, -¡Has vuelto! ¡Has vuelto!- aunque ese fuera su primer impulso. No se deshizo en exclamaciones de felicidad o alegría. Tan solo dijo a su espalda, -Me alegro de que hayas regresado. Bienvenido a casa.

Lucinda rara vez se sentaba tras el enorme escritorio que había sido de su marido, había descubierto que el mullido sofá resultaba más cómodo para sus viejos huesos. Allí estaba ahora, hojeando varios informes impresos sobre los últimos rendimientos de las acciones. Alzó la vista cuando entró Webb, y Roanna, que entraba justo detrás de él, vio el aturdimiento que reflejaron sus descoloridos ojos azules mientras se quedaba mirando fijamente a ese enorme y áspero extraño que había invadido sus dominios. Entonces parpadeó, y el reconocimiento alboreó en sus ojos tan intensamente como la salida del sol, trayendo con él un rubor de entusiasmo que ahuyentó de su rostro el tono grisáceo de la mala salud. Lucinda se puso en pie, desparramando los informes sobre la gruesa alfombra Aubusson.

– ¡Webb! ¡Webb!

Esta era la bienvenida entusiasta y llena de lagrimas que Roanna hubiera querido brindarle y no había podido. Lucinda se precipitó hacia él con los brazos extendidos, sin ver, o ignorando a propósito, su expresión adusta. Él no abrió los brazos, pero eso no le mi pidió a ella rodearlo con los suyos y abrazarse a él con fuerza, con los ojos cuajados de lágrimas.

Roanna se volvió hacia la puerta, con la intención de brindarles un poco de intimidad; si la relación entre ella y Webb había sido especial cuando ella era más joven, por lo menos en su mente, la que había tenido con Lucinda había sido aún mas fuerte, tanto que rivalizaba con sus sentimientos hacia su propia madre. Incluso aunque Webb hubiera vuelto por el bien de Lucinda, existían profundos sentimientos entre ellos que necesitaban ser resueltos.

– No, quédate,- dijo Webb cuando notó el movimiento de Roanna. Posó las manos con suavidad sobre los frágiles y ancianos hombros de Lucinda y la separó de él, pero continuó sujetándola mientras la miraba. -Hablaremos más tarde,- le prometió. -Por el momento, tengo mucho sobre lo que ponerme al día. Podemos empezar por ahí.- Hizo un gesto con la cabeza hacia los papeles desperdigados sobre la alfombra.

Si había algo que Lucinda comprendía, era el concepto de tomar las riendas del negocio. Se secó los ojos y asintió enérgicamente. -Por supuesto. Nuestro agente de bolsa estará aquí a las nueve para una reunión. Roanna y yo hemos tomado la costumbre de revisar el rendimiento de nuestras acciones de antemano, y así ponernos de acuerdo sobre cualquier decisión antes de que él llegue.

Él asintió y se inclinó para recoger los papeles. -¿Seguimos trabajando con Lipscomb?

– No, querido, murió hace… OH, tres años, ¿no, Roanna? La familia era propensa a problemas cardiacos, ya sabes. Ahora nuestro agente de bolsa es Sage Whitten, de los Whitten de Birmingham. Estamos contentas con él, en general, aunque tiende a ser bastante conservador.

Roanna vio la expresión sardónica que cruzó la cara de Webb mientras se readaptaba a la forma de hacer negocios del sur, donde todo estaba teñido de información personal y relaciones familiares. Probablemente él se había acostumbrado a un método mucho más franco de hacer las cosas.

El ya estaba estudiando los papeles que llevaba en la mano mientras se dirigía hacia el escritorio y tomaba asiento en el enorme sillón de cuero. Se detuvo y dirigió un vistazo especulativo a Roanna, como si comprobara su reacción ante esta abrupta toma de posesión, tanto del negocio como del territorio.

Ella no sabía si llorar o gritar. En realidad, nunca había disfrutado ocupándose de los negocios, no obstante se había hecho su propio hueco en ellos. Como era la única cosa en su vida en la que había sido realmente necesaria para Lucinda o cualquier otra persona, había trabajado tenazmente para entender y dominar los conceptos y sus aplicaciones. Con el regreso de Webb perdía el dominio de esta área y también su utilidad. Por otra parte, era un alivio no tener que volver a permanecer sentada durante interminables reuniones o tratar con hombres de negocios y políticos que cuestionaban sus decisiones con condescendencia apenas disimulada. Se alegraba de ser liberada de esa obligación pero no tenía ni idea de con qué sustituirla.

Sin embargo, no permitió que su ambivalencia aflorara a su expresión, manteniendo la fachada neutra e indiferente que mostraba al mundo. Lucinda retomó su asiento en el sofá y Roanna se aproximó a uno de los archivadores y extrajo una gruesa carpeta.

El fax emitió un pitido y comenzó a zumbar al tiempo que imprimía un documento. Webb lo miró y después hizo lo mismo con el resto del equipo electrónico instalado tras su marcha. -Al parecer nos hemos incorporado a la era de la informática.

– Era eso o pasarme todo el tiempo viajando,- le contesto Roanna. Hizo un gesto hacia el ordenador que había sobre el escritorio. -Tenemos dos sistemas independientes. Este ordenador y esta impresora son para nuestros archivos privados. El otro,- señaló hacia una esquina, donde un segundo ordenador estaba instalado sobre un escritorio de roble, -es para los negocios.- El segundo ordenador estaba conectado a un módem. -Tiene fax, correo electrónico, y dos impresoras láser. Te enseñare los programas cuando tú quieras. También tenemos un portátil para los viajes.

– Incluso Loyal utiliza ahora un ordenador,- dijo Lucinda, sonriendo. -En él se guardan los cruces, y sus archivos incluyen el tiempo de cría, los resultados, los historiales médicos y las marcas de identificación. No podría estar más orgulloso del sistema informático ni aunque tuviera cuatro patas y relinchara.

Él le echó un vistazo a Roanna. -¿Sigues montando a caballo como antes?

– No tengo tiempo.

– Ahora tendrás más tiempo.

Ella no había pensado en esa ventaja de la vuelta de Webb, y su corazón dio un vuelco de excitación. Echaba de menos a los caballos con una intensidad dolorosa, pero su declaración había sido la pura verdad: simplemente no le quedaba tiempo. Montaba a caballo cuando podía, lo suficiente para mantener sus músculos acostumbrados al ejercicio, pero apenas lo bastante para satisfacerla. Por el momento tenía que dedicarse a la intrincada tarea de pasar las riendas de los negocios a Webb, pero pronto,-¡sí, pronto! – podría comenzar a ayudar a Loyal otra vez.

– Si te conozco,- dijo Webb perezosamente, -ya debes estar planeando pasarte todo el tiempo en los establos. No creas que vas a traspasarme todas las responsabilidades y dedicarte a jugar con los caballos. Me veré desbordado con todo esto y además con mis propiedades de Arizona, así que todavía vas a tener que hacerte cargo de una parte del trabajo.

¿Trabajar con Webb? No pensó que él la quisiera cerca, o que ella todavía pudiera ser de utilidad. Su corazón dio otro pequeño vuelco ante la perspectiva de estar con él todos los días.

Él se concentró entonces en estudiar los informes, en los análisis de los rendimientos bursátiles y en considerar las proyecciones. Para cuando Whitten llegara, Webb sabía exactamente cuál era su situación en la bolsa.

El señor Whitten no conocía personalmente a Webb, pero por su expresión asustada cuando le fue presentado, evidentemente había oído los chismorreos. Se quedó consternado cuando Lucinda le informó de que de ahora en adelante Webb se ocuparía de los intereses de los Davenport, lo escondió bien. A pesar de las sospechas de la gente, Webb Tallant nunca había sido oficialmente acusado del asesinato de su esposa, y los negocios eran los negocios.

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