Buena suerte [Wish You Well - es]
- Автор: Балдаччи Дэвид
- Год: 2000
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Buena suerte [Wish You Well - es]». Краткое содержание книги:
La novela está bien escrita y disfrutas de la historia, en la que es importante meterse en la piel de los protagonistas. Como unos niños viven las circunstancias que les han tocado vivir y como se adaptan a una vida tan distinta a la que llevaban hasta ese momento en la ciudad.
Un libro entrañable, en el que las relaciones familiares tienen gran importancia. No comento nada del final para no chafar la novela.
Buen libro para descansar de la traca de novelas negras que os estaba metiendo ultimamente.
– Es tabaco curándose -explicó-.
Debilita la tierra, y lo que no masca él lo vende. Tiene una destilería y nunca ha bebido una gota, sino que vende el whisky de maíz que produce a otros hombres que deberían dedicar el tiempo y el dinero a sus familias. Y va por ahí con un fajo de dólares y tiene esta granja enorme con todas esas máquinas modernas y deja morir de hambre a su familia. -Dio una sacudida a las riendas-. En cierto modo, sin embargo, me da pena, porque es el hombre más miserable que he conocido. Un día Dios hará saber a George Davis lo que piensa de él, pero ese día todavía no ha llegado.
28
Eugene guiaba el carro tirado por las muías. Oz, Lou y Diamond iban en la parte trasera, sentados sobre sacos de semillas y otras provisiones que habían comprado en McKenzie's Mercantile con el dinero de la venta de los huevos y algunos dólares que Lou se había guardado después de hacer sus compras en Dickens.
El trayecto les condujo cerca de un afluente de caudal considerable del río McCloud, y Lou se sorprendió al ver varios automóviles y carromatos cerca de la orilla llana y herbosa. La gente estaba dispersa al lado del río, y vio a algunas personas metidas en el agua pardusca. En aquel preciso instante un hombre con la camisa arremangada estaba sumergiendo a una joven en el agua.
– Vamos a echar un vistazo -propuso Diamond.
Eugene hizo detener a las muías y los tres niños se apearon del carro. Lou volvió la vista hacia Eugene, quien no hizo ademán de moverse.
– ¿Tú no vienes?
– Vayan ustedes, señorita Lou, yo me quedaré aquí, descansando.
Lou frunció el ceño ante la respuesta, pero se unió a los demás.
Diamond se había abierto camino entre una multitud de curiosos y observaba algo con ansiedad. Cuando Lou y Oz se acercaron a él y vieron lo que era, los dos dieron un respingo.
Una anciana, tocada con lo que parecía un turbante hecho con trapos y vestida con sábanas prendidas con alfileres y ceñidas en torno a la cintura, se movía describiendo pequeños círculos mientras entonaba un cántico incomprensible, como si estuviera ebria, loca o fuera una fanática de una religión desconocida. Junto a ella había un hombre vestido con una camiseta y unos pantalones holgados, que sostenía un cigarrillo entre los labios. Con las manos cogía sendas serpientes, que permanecían rígidas, inmóviles.
– ¿Son venenosas? -le susurró Lou a Diamond.
– ¡Por supuesto! Son peores que las peores víboras.
Oz, encogido de miedo, tenía la mirada clavada en los reptiles y parecía dispuesto a echar a correr en dirección a los árboles en cuanto las viera balancearse. Lou se dio cuenta, y cuando las serpientes comenzaron a moverse, agarró a Oz de la mano y lo apartó de allí. Diamond los siguió a regañadientes, hasta que estuvieron a solas.
– ¿Qué están haciendo con esas serpientes, Diamond? -preguntó Lou.
– Ahuyentando los malos espíritus, para que el agua sea buena para los hundimientos. -Los miró-. ¿A vosotros os han hundido?
– Querrás decir si nos han bautizado-puntualizó Lou-. Nos bautizaron en una iglesia católica. Y el cura se limita a rociarte la cabeza con un poco de agua. -Miró el río del que emergía la mujer, que en ese momento escupía agua-. No intenta ahogarte.
– ¿Catódica? Ésa no la he oído nunca. ¿Es nueva?
Lou estuvo a punto de echarse a reír.
– No mucho. Nuestra madre es católica, A papá nunca le importó demasiado la religión. Tienen sus propios colegios. Oz y yo fuimos a uno en Nueva York. Aprendes cosas como los sacramentos, el credo, el rosario y el padrenuestro. Y te enseñan cuáles son los pecados mortales y los veniales. Y haces la primera confesión, la primera comunión y luego la confirmación.
– Sí -corroboró Oz- y cuando te estás muriendo te dan… ¿cómo se llama eso, Lou?
– El sacramento de la extremaunción. Los últimos ritos.
– Para no pudrirse en el infierno -informó Oz a Diamond.
Diamond se mostró verdaderamente sorprendido.
– Jo, ¿quién iba a decir que creer en Dios daba tanto trabajo? Probablemente aquí arriba no haya catódicos por eso. Te carga demasiado la cabeza. -Dirigió la mirada al grupo que estaba cerca del río-. Éstos son baptistas primitivos. Tienen algunas creencias extrañas. Como que no puedes cortarte el pelo y las mujeres no pueden maquillarse. Además, tienen otras ideas curiosas sobre ir al infierno y tal. La gente que incumple las normas no es demasiado feliz. Viven y mueren de acuerdo con las Escrituras. Probablemente no sean tan especiales como vosotros los catódicos, pero por aquí tienen bastantes seguidores. -Bostezó y se desperezó-. ¿Veis?, por eso yo no voy a la iglesia. Dondequiera que esté, me imagino que tengo una iglesia. Si quiero hablar con Dios, pues digo: ¿Qué tal, Dios?, y charlamos un rato.
Lou se lo quedó mirando, absolutamente estupefacta ante aquella emanación de sabiduría eclesiástica del profesor de religión Diamond Skinner, que de repente exclamó:
– ¡Mirad eso!
Todos observaron a Eugene mientras bajaba a la orilla y hablaba con alguien, que a su vez llamaba al predicador que estaba en el río, mientras hacía salir a una de sus últimas «víctimas».
El predicador se acercó a la orilla, habló con Eugene durante un minuto o dos y luego lo condujo hasta el agua, lo sumergió por completo y pronunció unas palabras. El hombre mantuvo a Eugene sumergido tanto tiempo que Lou y Oz empezaron a preocuparse. Pero cuando Eugene emergió, sonrió, dio las gracias al hombre y regresó al carro. Diamond echó a correr hacia el predicador, que miraba alrededor en busca de otros candidatos a la inmersión divina.
Lou y Oz se acercaron sigilosamente mientras Diamond entraba en el agua con el hombre sagrado y se sumergía también por completo. Al final emergió a la superficie, habló con el hombre unos minutos, se introdujo algo en el bolsillo y, totalmente empapado y sonriente, se unió a ellos y se dirigieron todos juntos al carro.
– ¿Nunca te habían bautizado? -preguntó Lou.
– ¡Jo! -exclamó Diamond, sacudiéndose el agua del pelo, cuyo remolino se había quedado exactamente igual-, es la novena vez que me sumerjo.
– ¡Se supone que debes hacerlo sólo una vez, Diamond!
– Pues, no veo nada de malo en repetir. Tengo intención de hacerlo cien veces. Así iré directo al cielo.
– No se trata de eso -señaló Lou.
– Sí que se trata de eso -replicó él-. Lo pone en la Biblia. Cada vez que te sumerges significa que Dios manda un ángel para cuidar de ti. Supongo que ahora debo de tener todo un regimiento de ángeles a mi disposición.
– Eso no está en la Biblia -insistió Lou.
– A lo mejor deberías volver a leerla.
– ¿En qué parte está? Dímelo.
– Al principio. -Diamond llamó a Jeb con un silbido, corrió hasta llegar al carro y subió a él-. Eh, Eugene -dijo-, ya te contaré la próxima vez que haya hundimiento. Podemos ir a nadar juntos.
– ¿Nunca te habían bautizado, Eugene? -le preguntó Lou.
Eugene negó con la cabeza.
– Pero aquí sentado me han entrado ganas de hacerlo. Supongo que ya era hora.
– Me sorprende que Louisa nunca hiciera que os bautizaran.
– La señora Louisa cree en Dios de todo corazón, pero no va mucho a la iglesia. Dice que la forma que algunos tipos tienen de llevar los asuntos de ésta hace que no quieras saber nada de Dios.
Cuando el carro empezó a avanzar, Diamond se sacó del bolsillo un frasco pequeño con un tapón de rosca metálico.
– ¡Eh, Oz, mira lo que me ha dado el predicador! Agua bendita, de hundimiento. -Se la pasó al niño, que la observó detenidamente-. He pensado que podrías ponerle un poco a tu madre de vez en cuando. Seguro que la ayudaría.
Lou estaba a punto de protestar cuando recibió la sorpresa de su vida. Oz le devolvió el frasco a Diamond y dijo con voz queda, antes de apartar la mirada.