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Una cuestión de sangre

Электронная книга - «Una cuestión de sangre». Краткое содержание книги:

Un antiguo miembro de las Fuerzas Especiales del Ejército irrumpe en un acto de locura en un colegio privado del norte de Edimburgo, mata a dos alumnos de diecisiete años y acto seguido se suicida. Tal como dice el inspector Rebus «No hay misterio» salvo en el móvil. Interrogante que le conduce al corazón de una pequeña localidad conmocionada por la tragedia. Rebus, que también ha servido en el Ejército, fascinado por la figura del asesino, comprueba que una investigación militar del caso entorpece la suya. Al ex comando no le faltaban amigos ni enemigos: desde personajes públicos hasta jóvenes góticos de atuendo negro y oscuros habitantes de la pequeña localidad cuyas vidas transcurren en un trasfondo de secretos y mentiras. Pero Rebus tiene que hacer también frente a sus propios apuros. Un malhechor, que acosa a su amiga y colega Siobhan Clarke, aparece muerto en su casa tras un incendio cuando el mismo Rebus acaba de salir del hospital con las manos totalmente quemadas.
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– Sólo en vacaciones.

Brimson esbozó una sonrisa.

– Me refiero a volar en un aparato como el de Charlie -dijo señalando con el pulgar hacia la ventana, a través de la cual se veía una avioneta rodando por la pista.

– Bastante tengo con el coche.

– Un avión es más fácil, créame.

– Ah, entonces, ¿todas esas esferas y palancas son para impresionar?

Brimson se echó a reír.

– Podríamos volar ahora mismo, ¿qué le parece?

– Señor Brimson…

– Doug.

– Señor Brimson, en este momento no tengo tiempo para clases de vuelo.

– ¿Y mañana?

– Lo pensaré -respondió Siobhan sin poder contener una sonrisa al pensar que volando a mil pies sobre Edimburgo estaría a salvo de Gill Templer.

– Le encantará, se lo prometo.

– Ya veremos.

– Pero estará fuera de servicio, ¿no? Es decir, que podrá permitirse llamarme Doug. -Aguardó a que ella asintiera con la cabeza-. ¿Y cómo me permitiré llamarla yo, sargento Clarke?

– Siobhan.

– ¿Es un nombre irlandés?

– Gaélico.

– Su acento no…

– No he venido aquí para hablar de mi acento.

Brimson levantó las manos en gesto de conciliación.

– ¿Por qué no se presentó usted? -preguntó ella, pero Brimson no pareció entenderlo-. Después del suceso hubo amigos del señor Herdman que nos llamaron por si queríamos hablar con ellos.

– ¿Ah, sí? ¿Por qué?

– Por un sinfín de razones.

Brimson reflexionó un instante.

– Yo no lo consideré necesario, Siobhan -dijo.

– Dejemos los nombres de pila de momento, ¿de acuerdo?

Él inclinó la cabeza hacia un lado a modo de disculpa. En ese momento se oyeron de repente ruidos de parásitos y voces transistorizadas.

– La torre de control -dijo él agachándose para bajar el volumen de la radio-. Es Charlie pidiendo un hueco. -Consultó el reloj-. A esta hora no habrá problema.

Siobhan oyó una voz que advertía al piloto que fuera con cuidado con un helicóptero que sobrevolaba el centro de la ciudad.

– Roger, control.

Brimson bajó aún más el volumen.

– Me gustaría volver en otro momento con un colega para que hable con usted -dijo Siobhan-. ¿Le parece bien?

Brimson se encogió de hombros.

– Ya ve lo poco ocupado que estoy. Sólo hay movimiento los fines de semana.

– Ojalá pudiera yo decir lo mismo.

– No me diga que no está ocupada los fines de semana. Una mujer guapa como usted…

– Me refería…

Él se echó a reír de nuevo.

– Lo decía en broma. Aunque veo que no lleva alianza -añadió señalando con la cabeza la mano izquierda de ella-. ¿Cree que yo estaría a la altura del DIC?

– Yo también me he fijado en que no lleva usted anillo.

– Soy soltero y sin compromiso. Mis amigos dicen que es porque tengo la cabeza en las nubes y allí no hay muchos bares para solteros -añadió señalando hacia arriba.

Siobhan sonrió y se dio cuenta de que estaba disfrutando de la conversación. Mala señal. Sabía que tenía que hacerle ciertas preguntas pero no acababa de centrarse.

– Entonces, hasta mañana quizá -dijo levantándose.

– ¿Para su primera lección de vuelo?

– Para que hable con mi colega -replicó ella negando con la cabeza.

– Pero ¿vendrá usted también?

– Si puedo.

Brimson pareció conforme y dio la vuelta a la mesa con la mano tendida.

– Encantado de conocerla, Siobhan.

– Encantada, señor… -titubeó al ver que él levantaba un dedo-. Encantada, Doug.

– La acompaño -añadió él.

– No hace falta -replicó ella abriendo la puerta y deseando que entre ambos hubiera un poco más de distancia de la que él dejaba.

– ¿En serio? Ah, entonces se le da bien abrir candados, ¿eh?

– Bastante bien -replicó ella recordando el de la puerta y siguiendo a Doug Brimson en el momento en que el aparato de Charlie llegaba al final de la pista y sus ruedas se despegaban del suelo.

* * *

– ¿Te ha localizado ya Gill? -preguntó Siobhan por el móvil en el camino de vuelta a Edimburgo.

– Positivo -contestó Rebus-. Pero no me he escondido.

– Vale, ¿y en qué ha quedado la cosa?

– Estoy suspendido de servicio activo, pero Bobby no lo ve así. Quiere que continúe ayudándole.

– Lo que significa que sigues necesitándome, ¿no?

– Creo que ya puedo conducir si no hay más remedio.

– Pero no tienes por qué…

Rebus se echó a reír.

– Lo decía en broma, Siobhan. Sigue de chófer, si quieres.

– Estupendo, porque acabo de localizar a Brimson.

– Estoy impresionado. ¿Quién es?

– Tiene una escuela de vuelo en Turnhouse. -Hizo una pausa-. Fui a verle. Sí, ya sé que habría debido decírtelo, pero tu teléfono comunicaba.

– Ha ido a ver a Brimson -oyó que Rebus le decía a Hogan, que musitó algo en respuesta-. Bobby dice que habrías debido pedir permiso antes -añadió Rebus para Siobhan.

– ¿Son exactamente ésas sus palabras?

– En realidad, ha puesto los ojos en blanco y ha proferido ciertas palabrotas. He preferido darte mi versión.

– Gracias por no ofender mi candidez de doncella.

– Bueno, ¿qué le has sacado?

– Que era amigo de Herdman porque tienen un pasado en común, el Ejército y la RAF.

– ¿Y de qué conoce a Robert Niles?

Siobhan se mordió el labio inferior.

– Se me olvidó preguntárselo, pero dije que volveríamos.

– Sí, claro, habrá que volver. ¿Qué te ha dicho en concreto?

– Que no sabía que Herdman tuviera armas ni se imagina por qué hizo eso en el colegio. ¿Y qué tal la visita a Niles?

– No ha servido para nada.

– ¿Y ahora qué hacemos?

– Nos veremos en Port Edgar. Tenemos que hablar largo y tendido con la señorita Teri. -Se hizo un silencio y Siobhan creyó que había perdido la cobertura, pero oyó que Rebus añadía-: ¿Hay algún mensaje más de nuestro amigo?

Se refería a las cartas, pero en presencia de Hogan no quería ser específico.

– Esta mañana me ha llegado otro.

– ¿Ah, sí?

– Muy parecido al primero.

– ¿Lo has enviado a Howdenhall?

– No lo he creído necesario.

– Bien. Quiero echarle un vistazo cuando nos veamos. ¿Cuánto tardarás?

– Quince minutos. ¿Apuestas algo?

– Cinco libras a que llegamos antes.

– Hecho -dijo Siobhan pisando el acelerador.

Unos instantes después se percató de que no sabía desde dónde hablaba Rebus.

Y tal como se imaginaba, se lo encontró esperándola en el aparcamiento del colegio Port Edgar recostado en el Passat de Hogan con los brazos cruzados.

– Has hecho trampa -dijo bajándose del coche.

– Tienes que ser cauta. Me debes cinco libras.

– Ni hablar.

– Aceptaste la apuesta, Siobhan. Una dama siempre paga.

Ella negó con la cabeza y metió la mano en el bolsillo.

– Por cierto, aquí está la carta -añadió sacando el sobre.

Rebus tendió la mano-. Pero leerla cuesta cinco libras.

Él la miró.

– ¿Por el privilegio de darte mi opinión de experto? -preguntó con el brazo estirado sin que ella le entregara el sobre-. De acuerdo, trato hecho -añadió al fin vencido por la curiosidad.

La leyó varias veces en el coche mientras ella conducía.

– Cinco libras tiradas -dijo al fin-. ¿Quién es Cody?

– Creo que significa Come On, Die Young, una canción sobre pandilleros americanos.

– ¿Cómo lo sabes?

– Está en un disco de Mogwai. Te presté dos.

– Puede ser un nombre. Buffalo Bill, por ejemplo.

– ¿Qué relación existe?

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