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Entre los latidos de la noche [Between the Strokes of Night - es]

Электронная книга - «Entre los latidos de la noche [Between the Strokes of Night - es]». Краткое содержание книги:

2010 D.C.
Sólo unos pocos seres humanos que habitan en las primitivas colonias en órbita en torno a la Tierra logran escapar a la hecatombe Nuclear. Deben iniciar el éxodo en busca de nuevos mundos lejos de la Tierra destruida.
27.698 D.C.
A estos mundos llegan los inmortales, seres con extraños lazos con la vieja tierra, que parecen vivir eternamente, que pueden recorres años luz en sólo unos días, y que utilizan sus extraños poderes apara controlar la existencia de los simples mortales. En el planeta Pentecostes, un pequeño grupo se prepara para encontrar a los Inmortales y enfrentarse a ellos. Pero en la búsqueda deberán transformase ellos mismos en inmortales y descubrirán una nueva amenaza que se cierne no sólo sobre ellos mismos sino sobre toda la galaxia.
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—¿Leyeron nuestro mensaje? —dijo.

—Naturalmente que lo hicimos. Estaban ustedes viéndonos, ¿no?

Él asintió.

—Les dijimos que enviaran a alguien de inmediato. Pero parece que se han tomado muchísimo tiempo.

Olivia Ferranti respiraba profundamente, ajustándose al sabor familiar, pero sorprendente, del aire en sus pulmones. Se encogió de hombros, tanto para hacer un experimento muscular como para emitir un mensaje corporal.

—Cuatro días. Cuatro días aquí. Pero sólo hablamos unos minutos en el espacio-L. A eso lo llamo una respuesta rápida. —Miró a su alrededor, a Peron y a los otros—. Tranquilícense. He venido sólo para hablar. ¿Qué creen que voy a hacer, derribarles y atarles? Cualquiera de ustedes podría vencerme en una pelea. Son los ganadores de la Planetfiesta, ¿recuerdan?

—Recordamos —dijo Peron—. Sólo queremos asegurarnos de que ustedes también lo hacen. ¿Por qué está usted aquí y no Rinker?

—Hizo la transición hace muy poco, hace sólo un par de horas, cuando los sistemas automáticos empezaron a fallar. Cuando se hacen las transiciones muy juntas se producen efectos perjudiciales. En realidad, las transiciones frecuentes acortan el período de vida subjetiva. Y además no se fía de ustedes.

Se pasó la lengua por los labios.

—Supongo que piensa que soy más prescindible. Miren, sé que tienen prisa por hablar, pero me gustaría tomar un vaso de agua.

Peron miró brevemente a los otros y luego les condujo a través del tortuoso corredor hasta la cámara central de proceso de alimentos de la nave.

—Realmente no quería que nadie hablara con ustedes —dijo Ferranti mientras recorrían el pasillo—. Pero estuvo de acuerdo en que no había otra alternativa. «Serán como una banda de monos salvajes», dijo. «¡Manipular mi nave! No saben cómo funciona nada. ¡Dios mío, no hay manera de saber qué pueden hacerle!»

La doctora miró a las caras que observaban de cerca cada uno de sus movimientos.

—Tengo que decir que estoy de acuerdo con él. Estoy segura de que se sienten muy orgullosos, ahora que lo tienen todo bajo control. Pero podrían destruir esta nave por accidente. Da miedo. Son ustedes listos, pero hay tantísimas cosas que no conocen…

—Entonces, ¿por qué no nos explican algunas? —dijo Sy con voz hosca—. Descubrirá que aprenderemos rápido.

—No soy quién para decirles nada y además hay cosas que ni yo misma sé. Y antes de que les dé un ataque de paranoia, les diré la razón por la que evitamos decírselo. Hay una lógica detrás, y por eso no se les contó todo en Remolino.

Habían llegado a la sala de cocinas. Olivia Ferranti se inclinó sobre un surtidor y tomó un largo sorbo de agua. Luego suspiró y sacudió la cabeza.

—Ésta es una de las cosas que realmente echo de menos. El agua no sabe bien en el espacio-L. —Se volvió hacia el grupo—. ¿Qué es lo que saben de la historia de su civilización en Pentecostés?

—Sabemos que los primeros pobladores vinieron de la Nave —dijo Peron—, Se llamaba Eleonora, y zarpó de un planeta llamado Tierra miles de años antes.

—Algo es algo. —Olivia Ferranti se quedó flotando sobre el suelo, con las piernas cruzadas, e hizo un gesto a los otros para que se congregaran a su alrededor—. Y si se parecen ustedes a la mayoría de los candidatos de Pentecostés que adoctrinamos, eso es casi todo lo que saben. Pónganse cómodos. Tengo que darles una lección de historia. Puede que haya partes que no les gusten, pero sopórtenla conmigo.

«Eleonora era la mayor y más avanzada de la media docena de arcologías que fueron construidas como naves coloniales en el Sistema Solar, hace más de veinticinco mil años terrestres. Las arcologías fueron construidas en órbita alrededor de la Tierra. Cuando Eleanora estaba a punto de ser terminada y los colonos habían llegado a bordo, las naciones del planeta hicieron lo que habíamos temido durante generaciones. Se volvieron locos. Alguien apretó el gatillo, y después no hubo forma de hacerlo parar. Fue una guerra nuclear a escala mundial.

«Entonces había casi treinta y cinco mil personas viviendo fuera de la Tierra. Trabajaban en la minería y la construcción, o en aplicaciones de satélites y estaciones, o eran habitantes de las naves coloniales. Todos nosotros contemplamos indefensos cómo el mundo explotaba ante nuestros ojos. Y al principio ninguno supo qué hacer a continuación. Nos quedamos paralizados por el shock y el horror.

—Ha dicho usted «nosotros». ¿Quiere decir que estaba usted allí? ¿En persona? —preguntó Elissa.

—Lo estaba. En carne y hueso. Era médico en una de las estaciones orbitales. —Olivia Ferranti sacudió la cabeza y se frotó suavemente los ojos. Parecía estar mirando más allá del círculo de sus acompañantes, más allá del tiempo y del espacio, directamente hacia la muerte de un planeta—. Al principio no pudimos creerlo. La Tierra no podía destruirse así. Sabíamos que en la superficie tendría que haber sido terrible, porque habíamos visto cómo todo el globo se convertía, en unas pocas horas, de una canica verdeazulada en una uva negra y púrpura, y las columnas de humo habían llegado hasta la estratosfera. Incluso así, era difícil aceptarlo. De alguna manera, más allá de la lógica, creíamos que el daño era temporal y que las naciones se recuperarían. Esperamos alguna señal de radio de los grupos supervivientes, mensajes que pudieran decirnos que la civilización continuaba aún, bajo aquellas nubes oscuras de polvo y humo. Nunca recibimos ninguna señal. Después de unas semanas enviamos lanzaderas a la atmósfera, protegidas contra los altos niveles de radiación y diseñadas para rebasar la barrera de nubes y examinar la superficie. Había tanto polvo en el hemisferio norte que no pudimos ver nada, ni siquiera a baja altura. Intentamos dirigirnos al sur, y después de un par de meses lo certificamos. Era el fin.

Sabíamos que no podíamos dejar de lado la probabilidad de que hubiera supervivientes aislados que se aferraran a la vida en la oscuridad. Pero a medida que pasaba el tiempo incluso esa esperanza empezó a parecemos más y más remota.

«Sabíamos que algunas plantas sobrevivirían; y estábamos seguros de que habría vida en el mar, pero no teníamos idea de cuánta. Intentamos calcular lo que le pasaría a la cadena alimenticia cuando la fotosíntesis se redujera a menos de la décima parte de su valor usual, pero no teníamos fe en los resultados. Era el final para la humanidad en la Tierra. Y sentimos como si también fuera nuestro fin. Nos sentimos como un puñado de plañideras que giraran en torno a la pira funeraria de todos nuestros amigos y parientes.

«Estábamos demasiado conmocionados para pensar con lógica, pero desde luego éramos mucho más que un puñado. Como he dicho, había treinta y cinco mil personas, con una ligera supremacía de los hombres sobre las mujeres. Y teníamos gran cantidad de energía y materiales disponibles. No había duda de que podríamos sobrevivir bien, si cuidábamos nuestros recursos y trabajábamos juntos. Sabíamos que pasarían siglos antes de que la Tierra pudiera ser revisitada y repoblada, pero no había ninguna razón para que no pudiéramos continuar indefinidamente como una sociedad estable en el espacio.

Ferranti sonrió amargamente.

—Sabe Dios que muchos de nosotros habíamos dicho exactamente que queríamos vivir así. Luego, cuando ya no tuvimos alternativa, la mayoría soñaba que se encontraba de regreso en la Tierra.

»Hay una cosa buena en los seres humanos: olvidamos. La desesperación no puede durar eternamente. Nos agrupamos, poco a poco, y comenzamos a pensar de nuevo. Por fin, en la Estación Salter, dispusimos una conferencia por radio con todos los grupos. Era difícil mantenerla, porque una de las arcologías había llegado cerca de Marte y teníamos que esperar mucho tiempo para recibir su señal. Pero conseguimos enlazar con todas las arcologías, con los grupos mineros que habían estado trabajando en los asteroides Amor y con los científicos que habían estado construyendo una estación en la otra cara de Luna. Todo lo que había en el espacio era controlado por la Estación Salter, y por eso parecía natural que continuáramos siendo los organizadores.

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