Un asesino irresistible
- Автор: Bolea Juan
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Un asesino irresistible». Краткое содержание книги:
Yo no sé, Martina, si alguna vez has llegado a experimentar sentimientos tan profundos como los que estoy intentando describirte (y disculpa por lo que estas sentimentales reflexiones puedan tener de intromisión en tu vida privada), pero te puedo asegurar -no, mejor: ¡te lo juraré, como diría mi marido, por las profundidades del mar!- que jamás había soñado con estar tan unida a un hombre. Desde mi actual y radiante estado, todo lo anterior, mi insulsa vida sin Hugo, me parece absurdo, un mero subsistir y penosamente arrastrarse sobre una gastada alfombra de ilusos sueños e ilusiones rotas. Tiempo perdido.
Todavía nos quedan unos días de descanso en Kuramati. Después navegaremos a otra isla, llamada, creo, Lankafinolu. Es Hugo quien se encarga de todo (también, debo admitir, de pagar los gastos), por lo que me dejo llevar sin prestar demasiada atención a enlaces y destinos. Sólo me preocupo de él, de amarle como se merece y como ninguna mujer antes (ya sé que me antecedieron otras, pero no permitiré que eso me atormente) le haya querido. Rezo para que nuestro amor perdure siempre y se renueve como un fresco amanecer.
Seguiría hablándote eternamente de mis instantes de éxtasis, pero es hora de ir terminando esta carta (tengo, además, que prepararme para una inmersión de buceo).
Me despido ya de ti, querida Martina, con una última y magnífica noticia. Aquel torpe embarazo que creía arrastrar resultó ser una falsa alarma. Estoy preparada para cumplir la más hermosa de las esperanzas de Hugo: darle un hijo, suyo y mío, que perpetúe su apellido. ¿Te imaginas que regrese embarazada de la luna de miel? ¡Por falta de ganas no quedará, puedes creerme!
Tuya, siempre
Dalia
Nota: Te molesto con una cuestión meramente doméstica. Me ha comentado Hugo que su madre tiene problemas con el servicio. Se ha visto obligada a despedir a algunas de las doncellas, por falta de eficacia, y no encuentra otras de su confianza. ¿Conoces a alguna chica bien dispuesta que pueda servir para el puesto? Si se te ocurre alguna candidata adecuada, que se ponga por favor en contacto con Elisa Santander, la asistenta personal de mi suegra (¿a que es genial que pueda llamarla así?).
53. Sierra de la Pregunta, 28 de marzo de 1992
Aquella mañana, Jacinto Rivas, el joven jardinero de la casa de Láncaster, se despertó muy temprano para subir al monte y dirigirse al invernal.
Saltó de la cama, estiró las sábanas, puso una cafetera y salió de la casa, que era, en realidad, la de sus padres. Estrictamente hablando, aquel modesto caserío situado a doscientos metros del palacio tampoco les pertenecía a ellos, pues seguía siendo propiedad del ducado. Sin embargo, tras casi cuarenta años de habitarlo, los Rivas podían más que legítimamente considerar que aquellas paredes ajenas encerraban su hogar.
El viejo Suso y su mujer, la madre de Jacinto, vivían allí desde que, siendo todavía jóvenes, habían entrado al servicio de los duques, allá por los años cincuenta.
Jacinto había nacido en esa misma casa de piedra de dos plantas, con tejado de pizarra, a cuya fachada posterior se adosaba la vaquería. Por esa razón, los primeros sonidos que su memoria había retenido eran los mugidos de las vacas y los relinchos de los purasangres que se criaban un poco más allá, en las cuadras del palacio, cuando el difunto duque don Jaime se dedicaba a su cría y hacía participar a sus campeones en las principales carreras.
El bosque había amanecido envuelto en calima. La primavera tardaba en presentarse y la mañana estaba fresca. A Jacinto nada le gustaba tanto como sentir ese aire puro entrando y saliendo de sus pulmones. En cuanto pisó la retama, encendió un cigarrillo, aspiró hondo y soltó por la nariz chorros de humo experimentando un placer tan hondo que para expresarlo hubiese necesitado aprender nuevas palabras.
El aspecto del bosque era inusual. Una niebla baja, rara en la estación, oprimía las copas de los árboles. Jacinto no veía a cuatro pasos. Los abetos se inclinaban bajo las ráfagas de viento y parecían saludarle al pasar. De haber hecho más frío, y aunque las flores silvestres que alegraban las veredas le hubiesen sacado de su error, habría pensado que estaban en invierno.
Monte arriba, a mitad de camino entre el palacio y el aprisco del ganado, Jacinto oyó un rítmico golpear de herraduras y se apartó del sendero para dejar pasar a Eloy Serena, el senador y dueño del picadero de Turbión, que montaba un caballo negro de ojos fieros. Serena sostuvo un minuto las bridas para comentarle que acababa de ver a un extraño por las inmediaciones, cerca de los jardines del palacio ducal.
– Era un tipo grande -dijo el jinete-, con pinta de indigente y la cabeza medio cubierta por una gorra que le venía ridícula. Al verme llegar al galope por la pradera, se ocultó entre los árboles. Nunca le había visto. ¿Tienes idea de quién puede ser?
– A veces hay gente rara por aquí, ya sabe.
– Ándate con ojo, por si acaso.
Serena picó espuelas y partió al trote en dirección a la cima de la collada, con intención, según explicaría después, de dar un largo paseo por el sendero que discurría al filo de los acantilados.
Jacinto debió de verle alejarse y quizá pensó que el senador y él tenían algunas cosas en común: aborrecían a los Láncaster, por ejemplo, y en particular a Hugo. De alguna manera, habían conseguido vengarse, engañándole y humillándole en su vida privada. Decían de Serena que había sido amante de su primera mujer, de Azucena. Y él, Jacinto, lo había sido de Dalia, la segunda esposa de Hugo, la actual baronesa.
Jacinto se había acostado con Dalia porque a ella le apeteció o porque se sentiría sola en su cabaña de las dunas, pero él no podía pensar en un futuro a su lado. Sus amigos, todos ellos de los pueblos vecinos, sabían que a Jacinto le gustaban las chicas de su propia clase, hijas de vaqueros, como sus padres, del panadero o del dueño del ultramarino. Últimamente, estaba saliendo con una chica de Santa Ana a la que despectivamente llamaban «la hija del cura», pues había sido adoptada en oscuras circunstancias. «Creo que será una buena madre», le había comentado Jacinto a Damián Loperena, uno de sus colegas de las parrandas de los fines de semana.
¿En qué iría pensando Jacinto Rivas cuando unos rápidos y pesados pasos le sorprendieron por la espalda? Aquella sombra se le echó encima en lo profundo del bosque y le derribó sobre la alfombra de retama. ¿Estaba pensando Jacinto en los ojos verdes y en la sonrisa de Dalia? ¿En que tenía que vacunar a las terneras recién paridas? ¿En que tal vez, en el futuro, y como a veces sucedía en las novelas, un hijo suyo, un bastardo, llegaría a heredar el Ducado de Láncaster?
No debió de disponer de tanto tiempo, ni siquiera de la oportunidad de pensar. Una rodilla le aplastó el pecho contra la tierra mientras unos brazos de acero se cerraban detrás de su nuca y unas manos como garfios le retorcían el cuello hasta que un grito ahogado brotó de su garganta y se escuchó un fuerte crujido, como si un tronco acabara de partirse bajo el rayo.
54. Lankafinolu, 4 de abril de 1992
Querida Martina:
Ayer fue un día maravilloso. Celebramos mi cumpleaños por todo lo alto. Hugo me sorprendió con una fiesta especial. Unos amigos suyos, un matrimonio encantador, y otras tres parejas, igualmente muy agradables, nos acompañaron durante toda la velada, que tuvo lugar en un yate de lujo, El Halcón Maltés.