Testigos de las estrellas [Blind Lake - es]
- Автор: Уилсон Роберт Чарльз
- Год: 2005
- Язык: испанский
- Год: La Factor
- ISBN: 84-9800-196-X
- Переводчик: Jose Manuel Echavarren
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «Testigos de las estrellas [Blind Lake - es]». Краткое содержание книги:
Sin previo aviso, se impone un cordón militar alrededor de Blind Lake. Todas las comunicaciones quedan cortadas. La comida y demás suministros son entregados por control remoto. Nadie conoce el motivo, aunque los científicos siguen con sus investigaciones. Hasta que uno de ellos llega a la conclusión de que aquellos seres, aunque parezca imposible, son conscientes de la observación del proyecto.
Pesadamente, fue subiendo la colina. Tess permanecía inmóvil, mirando los restos del avión. No lo reconoció cuando la l amó. Mala señal. Estaba bajo algún tipo de shock, supuso Chris.
Se arrodilló frente a ella, interpuso su cara en su línea de visión y le puso las manos sobre los pequeños hombros.
—Tess —dijo—. Tess, ¿estás bien?
Al principio la niña no reaccionó. Después empezó a temblar. Su cuerpo se estremecía. Parpadeó y abrió la boca sin emitir sonido alguno.
—Tenemos que llevarte a algún sitio caliente —le dijo.
Tess se apoyó sobre él y rompió a l orar.
Marguerite perdió el rastro de Charlie en el caos bul icioso de la sala de control.
Durante una fracción de segundo reinó la más completa oscuridad (un fallo eléctrico total). Luego las luces parpadearon, volvió la electricidad y la sala se l enó de voces. Marguerite encontró una esquina vacía y se apartó al í. No había nada que pudiese hacer para ayudar, y sabía que lo mejor era no interferir.
Algo malo había ocurrido, algo que no comprendía, algo que había empujado a los ingenieros a un frenesí de actividad. Se concentró en la gran pantalla de la pared, en la transmisión directa desde el Ojo, todavía alarmantemente en blanco. Podría acabar en cualquier momento.
Sonó su teléfono. Lo ignoró. Distinguió a Charlie y lo observó dando vueltas por la sala, coordinando la actividad. Como se veía desamparada, o al menos incapaz de ayudar, comenzó a sentir un presentimiento de pérdida. Pérdida de inteligibilidad. Pérdida de orientación. Pérdida de visión. Pérdida del Sujeto, con el cual había estado luchando para cruzar un desierto en el corazón de una tormenta. Periódicamente, en la pantalla de la pared se formaban cascadas de color. Marguerite observaba, intentando extraer una imagen de todo aquello, pero fracasando. Nada de señal, tan solo interferencias. Únicamente interferencias.
«Unas pocas luces verdes más», oyó decir a alguien. ¿Eso era bueno? Aparentemente sí. Allí venía Charlie, no sonreía pero la expresión de su rostro no era tan grave como la que había tenido antes… ¿Hacía cuánto? ¿Una hora?
—Estamos recuperando algo —le dijo.
—¿Una imagen?
—Quizás.
—¿Todavía está centrada en el Sujeto?
—No te impacientes, Marguerite.
Se concentró de nuevo en la pantalla, que había comenzado a l enarse con una nueva luz. Diminutos mosaicos digitales, ensamblados en las insondables profundidades de los tanques de los O/CBE. Blanco difuminándose hacia marrón rojizo. El desierto. Estamos volviendo, pensó Marguerite, y un hormigueo de alivio recorrió su columna vertebral. ¿Pero dónde estaba el Sujeto, y qué era aquel vacío blanco?
—Arena —murmuró. Finos granos de silicato ajenos al viento. La tormenta debía de haber pasado de largo. Pero la arena no estaba inmóvil. La arena se amontonaba y se deslizaba de un lado a otro.
El Sujeto surgió de un manto de arena. Había sido enterrado por el vendaval, pero estaba vivo. Salió haciendo fuerza con los brazos y después se incorporó, con gesto vacilante, bajo la sobrecogedora luz del sol. La cámara virtual se alzó con él. A su espalda, Marguerite pudo ver la tormenta de arena retirándose hacia el horizonte, arrastrando torbel inos negros como nubarrones.
Todo alrededor del Sujeto eran líneas y ángulos de roca. Viejas columnas de piedra y estructuras piramidales y cimientos erosionados por la arena. Las ruinas de una ciudad.
TERCERA PARTE
La ascensión de los invisibles
«El hombre, en la Tierra, no podía ir más allá conquistando las limitaciones de la atmósfera, los metales y la óptica. A través de aquel espejo gigantesco, de aquel telescopio en cuya construcción se habían unido durante años los esfuerzos de decenas de grandes mentes para crear un instrumento de eficacia, complejidad y alcance sin rival, equipado con todos los dispositivos que querían y conocían los astrónomos, el estudio del universo había alcanzado su clímax».