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Электронная книга - «Perdona Si Te Llamo Amor». Краткое содержание книги:

Niki es una joven madura y responsable que cursa su último año de secundaria. Alessandro es un exitoso publicista de treinta y siete años a quien acaba de dejar su novia de toda la vida. A pesar de los veinte años de diferencia que hay entre ambos y del abismo generacional que los separa, Niki y Alessandro se enamorarán locamente y vivirán una apasionada historia de amor en contra de todas las convenciones y prejuicios sociales.
Una deliciosa novela sobre el poder del amor ambientada en las románticas calles de Roma. Perdona si te llamo amor es, además, una involuntaria guía alternativa de esta ciudad. Deseosos de conocer los escenarios de esta love story contemporánea, jóvenes de todo el mundo buscan los consejos que aparecen diseminados por todo el libro para descubrir dónde comer las mejores pizzas o saborear los helados más exquisitos.
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– ¡Hoy no ha venido mi madre!

– ¿Y entonces? Tanto mejor. Así pues, ¿por qué te escondes?

– Porque estaba mi ex.

Alessandro la mira con los ojos como platos.

– ¿Tu ex? ¿Y qué?

– Nada. No lo entenderías. Pero sobre todo…

– ¿Sobre todo?

– Es un tipo que puede llegar a las manos.

– Oye, yo no quiero inmiscuirme en vuestros asuntos.

– No te preocupes, no pasará nada. Por eso me he agachado.

– Pero es que yo no quiero que te agaches, yo quiero que no exista siquiera la posibilidad, que no haya ningún riesgo. Ni siquiera quiero conocer a este ex tuyo. No quiero…

– ¡Eh, eh! ¡Demasiados no quiero! ¿Sabes lo que me dice siempre mi padre? Que la hierba «no quiero» crece únicamente en el jardín del rey.

– Pero ¿qué dices? Ésa era la hierba «quiero». Y en cambio, en este caso, es «no quiero».

– ¡Bravo, te ha quedado muy bien la frase! Yo sé una de Woody Allen: los problemas son como el papel higiénico, tiras de uno y te salen diez.

– ¿Y qué quiere decir? ¿Que porque hemos tenido un accidente tenemos que tener diez más?

Niki alza las cejas.

– ¿Ya estamos discutiendo?

Alessandro la mira.

– No, estamos aclarando algunos puntos.

– Ah, vale. ¿Es para mejorar nuestra relación?

Alessandro vuelve a mirarla y sonríe.

– No, para darla por terminada.

– ¡Anda ya! -Niki apoya los pies en el salpicadero-. No entiendo por qué. Acabamos de conocernos, para ser exactos tú te me echaste encima, yo no hice nada, estamos empezando a conocernos… ¿Y tú decides dar por terminada nuestra relación?

– Quita los pies del salpicadero.

– Ok, los quito si seguimos manteniendo una buena relación.

– Una buena relación no se basa precisamente en condiciones; no hemos firmado ningún contrato.

– Ah, ¿no? Entonces ¡sigo con los pies en el salpicadero!

Alessandro intenta quitárselos con la mano.

– ¿Qué haces? ¿A que me pongo a gritar? ¿A que te denuncio? ¡Te abalanzaste sobre mí, destrozaste mi ciclomotor, me has raptado y ahora quieres violarme!

– En realidad, lo único que quiero es que quites los pies del salpicadero.

Alessandro lo intenta de nuevo y Niki se asoma por la ventanilla y empieza a gritar:

– ¡Socorro! ¡Ayuda!

Un tipo que está delante de un pequeño garaje con un ciclomotor, la mira asombrado.

– Niki, pero ¿qué haces? ¿Qué ocurre?

Ella se da cuenta de que se han detenido justo delante del taller del mecánico.

– Ah, nada… Hola, Mario. -Y se baja disimulando lo mejor que puede. Mario mira a Alessandro con desconfianza. Niki se da cuenta e intenta arreglarlo en seguida.

– ¡Mi amigo me estaba ayudando a ensayar una escena que tengo que hacer en el teatro!

Mario frunce el cejo.

– ¿También eso? Sabía que practicabas casi todos los deportes pero me faltaba lo del teatro.

– ¡Por eso mismo lo hago!

Mario se echa a reír mientras se frota las manos, que siguen sucias de la grasa y el aceite típicos de los mecánicos. Niki se vuelve hacia Alessandro y le sonríe.

– ¿Has visto? Siempre te cubro. -Y se aleja.

Alessandro intenta responder «¿Siempre, cuándo?», pero Niki ya está montada en su ciclomotor. Prueba a mover a izquierda y derecha la rueda delantera.

– ¡Eh, creo que está perfecta!

Mario se pone serio y se le acerca.

– Está perfecta. Veamos, le he cambiado la llanta delantera y la he vuelto a poner en su sitio y he alineado la trasera. El chasis sólo se había torcido un poco y por suerte he podido volver a enderezarlo, y como los neumáticos ya estaban lisos del todo, te los he cambiado.

– Vale. ¿Y cuánto te debo?

– Nada…

– ¿Nada?

– Te he dicho que nada. ¿No dijiste que no era culpa tuya?

– Por supuesto que no. -Niki sonríe orgullosa, mirando a Alessandro.

Mario extiende los brazos.

– Todo lo que te he hecho de más, se lo cargamos al tipo que se te echó encima. ¡Y mira que tu ciclomotor es duro! A saber en qué estaría pensando cuando te arrolló. Tenías que haber ido al hospital, Niki, y hacer que te diesen algún día y algunos puntos del seguro. ¡Esos cabrones tienen que pagarlo de alguna manera! -Niki mira a Mario y sonríe, intentando hacer que se calle. Pero Mario no se percata en absoluto de sus miradas. Es más, sigue y cada vez se pone más pesado-. Más caro de lo que lo pagaron en su momento, cuando robaron el carnet de conducir.

Alessandro no puede más y explota.

– ¡Oiga, a lo mejor iba un poco distraído y me le eché encima, pero el carnet me lo saqué honestamente! ¿Está claro?

Mario mira a Niki. Después a Alessandro serio. Luego a Niki otra vez. Y sonríe.

– Ya entiendo… ¡estáis actuando otra vez, ¿eh?! Ensayando vuestra escena de teatro…

Alessandro levanta la mano y lo manda a paseo. Después se va rápidamente hacia su coche, abre la puerta y se sienta dentro. Mario mira a Niki.

– Vaya, sí que es quisquilloso tu amigo.

– Lo sé, lo hicieron así. Pero ya verás cómo mejora.

– Eso será si sabes hacer milagros.

Niki coge el ciclomotor y lo arranca. Después se acerca a Alessandro, que baja la ventanilla.

– ¿Todo ok? ¿Va bien? ¿Funciona? -le pregunta él.

– Sí, perfecto, gracias. Has sido muy amable al acompañarme.

Mario baja la persiana del taller.

– ¡Oh, qué bonitos los tortolitos! Estáis ensayando otra escena, ¿eh? Yo me voy a comer. Espero que me invitéis al estreno. -Y tras decir esto, arranca un viejo Califfone y se aleja.

Niki sonríe a Alessandro.

– Él es así, pero como mecánico es buenísimo.

– ¡Sólo le faltaba ser encima una nulidad de mecánico! Entonces ¡sí que hubiese cantado bingo!

– ¡Qué manera tienes de hablar! Ya no sabes distinguir la realidad… Confundes la simplicidad y la belleza con la irrealidad de tus anuncios. Cantar bingo… Tú estás pasado, completamente out.

Niki mueve la cabeza y se va. Poco después, Alessandro la alcanza y baja la ventanilla.

– ¿Por qué siempre tienes que ofenderte?

– Mira, la realidad nunca debiera ser ofensiva, lo contrario significa que algo no va bien. -Niki sonríe y acelera un poco.

Alessandro le da alcance de nuevo.

– Ah, ¿sí? Puede ser, pero da la casualidad de que el ciclomotor, las bujías nuevas, el chasis reparado… todo eso se lo debes a mi irrealidad.

Niki aminora hasta dejarse casi adelantar.

– Estupendo, entonces a todas esas cosas añádeles gasolina.

Alessandro se asoma por la ventanilla.

– ¿Cómo?

– Que me he quedado sin gasolina.

Alessandro aminora la marcha, aparta el coche, pone el freno de mano y se baja.

– Perdona, pero no lo entiendo. ¿Ese mecánico tan genial no podía haberte echado un poco de gasolina para que pudieses llegar a casa?

– Pero ¿qué dices? ¿No lo sabes? Normalmente, lo que hacen, es sacar la que queda. A veces, para trabajar, la tumban en el suelo, y entonces el asiento se pondría perdido por debajo.

– ¿Y ahora qué hacemos?

– Echa un poco más atrás el coche. ¿Tienes un tubo?

– ¿Un tubo?

– Sí, para aspirarla de tu depósito…

– No, no tengo. -Alessandro se sube al coche retrocede un poco-. ¿Te crees que voy por ahí con un tubo?

Niki abre el cofre de su ciclomotor.

– ¡Qué suerte… yo tengo uno!

Saca un tubo verde de los de manguera, de más o menos de un metro y medio de largo.

– Estaba segura de que mi hermano me lo había mangado.

– ¿Tu hermano? ¿Cuántos años tiene?

– Once.

– ¿Y tiene moto?

– No, pero un amigo suyo, un tal Vanni, a quien en casa llamamos el espárrago, le ha pegado la afición a los coches con motor de explosión teledirigidos.

– ¿Y qué?

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