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El oscuro pasajero [Darkly Dreaming Dexter - es]

Электронная книга - «El oscuro pasajero [Darkly Dreaming Dexter - es]». Краткое содержание книги:

Dexter Morgan no es precisamente la clase de hombre que presentarías a mamá. Su tendencia al asesinato puede resultar algo desconcertante. Pero en el fondo de su corazón Dexter es el perfecto caballero, una apoyo para su hermana; Deb, miembro de la policía de Miami, y alguien interesado sólo en terminar con gente de verdad se merece su visita especial. Aunque es un hombre atractivo, Dexter se muestra totalmente indiferente, y, con franqueza un poco perplejo, ante las atenciones que le prestan las mujeres.
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¿Qué pasa?, pregunté educadamente. La única respuesta fue una ola de ávida diversión. No tenía la menor idea de qué significaba. Pero no me sorprendió que empezaran los gritos.

Steban profería unos gritos tremendos. Era un gruñido áspero y estrangulado que parecía indicar un dolor violento más que cualquier otra cosa. El hombre no tenía el menor sentido melódico del grito.

Abrí los ojos. Era imposible concentrarse en esas circunstancias, y de todos modos tampoco había nada más que oír. El susurro había terminado cuando empezaron los chillidos. Al fin y al cabo, esos gritos lo decían todo, ¿no? Así que abrí los ojos justo a tiempo de ver a Steban saliendo catapultado de uno de los armarios situados en el extremo opuesto de la pista y saltando hacia el hielo. Retrocedió, tambaleándose, resbalando, sin dejar de proferir exabruptos en español hasta finalmente abalanzarse sobre la barandilla. A cuatro patas, se escabulló hacia la puerta entre gritos de pánico. Una pequeña mancha de sangre quebraba la blancura del hielo en el lugar donde había caído.

Deborah entró deprisa, pistola en mano, y Steban la apartó a un lado, buscando desesperadamente la luz del día.

—¿Qué sucede? —dijo Deborah, con el arma dispuesta para disparar.

Ladeé la cabeza, oyendo el último eco del cloqueo final y, con aquel horror aún sonando en mis oídos, comprendí lo que pasaba.

—Creo que Steban ha encontrado algo —dije.

22

La política policial, como con tanta insistencia había intentado transmitir a Deb, era algo resbaladizo y tentacular. Y cuando agrupabas a dos organizaciones encargadas de ejecutar la ley que más bien se caían mal, las operaciones mutuas tendían a avanzar muy despacio, muy al pie de la letra, y con una gran cantidad de arrastre de pies, elaboración de excusas e intercambio de velados insultos y sutiles amenazas. Todo muy divertido de ver, claro, pero alargando los procedimientos sólo un pelín más de lo necesario. En consecuencia, tuvieron que pasar varias horas desde la tremenda muestra de potencia vocal de Steban hasta que las disputas jurisdiccionales fueran resueltas y nuestro equipo se pusiera de verdad a examinar la feliz sorpresa que nuestro nuevo amigo Steban había descubierto al abrir la puerta del armario.

Durante todo ese tiempo, Deborah se mantuvo mayoritariamente a un lado, haciendo un gran esfuerzo por controlar su impaciencia pero sin conseguir ocultarla. Llegó el capitán Matthews con la inspectora LaGuerta a la zaga. Saludaron a sus colegas del condado de Broward, el capitán Moon y el inspector McClellan. El intercambio de ideas, realizado en un tono demasiado formal para ser considerado verdaderamente educado, podía resumirse así: Matthews tenía la razonable sospecha de que el descubrimiento de seis brazos y seis piernas en Broward formaba parte de la investigación que llevaba a cabo su departamento relativa a tres cabezas a las que faltaban esos miembros encontradas en MiamiDade. Afirmaba, en términos que eran demasiado simples y amistosos, que parecía un poco rebuscado pensar que podían encontrarse primero tres cabezas, y que acto seguido tres cuerpos totalmente distintos aparecieran aquí por casualidad.

Monn y McClellan, siguiendo su misma lógica, señalaron que en Miami se encontraban cabezas a todas horas, algo que en Broward resultaba algo menos habitual, y que quizá por eso no bromeaban con ello; por otro lado, no había forma alguna de asegurar que ambas partes procedieran de un mismo cuerpo hasta haber realizado ciertos análisis preliminares, que claramente les correspondían a ellos ya que estaban en su jurisdicción. Por supuesto, no tenían ningún inconveniente en transmitir los resultados a sus colegas de Miami.

Y, obviamente, eso resultaba inaceptable para Matthews. Explicó con sumo detalle que la gente de Broward no sabía qué debía buscar y, por tanto, podía saltarse algo o destruir alguna prueba clave para la resolución del caso. Por supuesto, no por incompetencia o incapacidad: Matthews estaba bastante seguro de que, considerándolo todo, la gente de Broward era perfectamente eficaz.

Afirmación que, lógicamente, no fue recibida con un ánimo de alegría y cooperación por parte de Moon, quien observó, con cierto pesar, que esto parecía implicar que su departamento estaba lleno de capullos de segunda fila. Llegados a este punto, el capitán Matthews estaba lo bastante enfadado como para replicar, en un tono excesivamente cortés, que oh, no, de segunda fila nada. Estoy seguro de que la discusión habría terminado a puñetazos si no hubieran llegado los caballeros del Departamento de Policía de Florida a arbitrar la cuestión.

El FDLE (Florida Department of Law Enforcement) es una especie de FBI local. Poseen jurisdicción sobre cualquier lugar del estado y a cualquier hora, y a diferencia de los federales, son respetados por la mayoría de los polis locales. El agente en cuestión era un hombre de estatura y corpulencia medias, con la cabeza rapada y barba recortada. No me pareció nada del otro mundo, pero cuando se metió entre los dos capitanes de policía, mucho más altos que él, éstos callaron al instante y dieron un paso atrás. En poco tiempo tuvo las cosas claras y organizadas, y volvimos a estar en el escenario pulcro y ordenado de un homicidio múltiple.

El hombre del FDLE había decidido que la investigación pertenecía a la gente de MiamiDade, a menos que las muestras de tejido probaran que las partes del cuerpo halladas aquí no guardaban relación con las cabezas halladas allí. En términos prácticos e inmediatos, esto significaba que sería el capitán Matthews el objetivo principal de los flashes de los reporteros que se agolpaban a la puerta.

Llegó Angelnadaquever y se puso al trabajo. Yo no estaba muy seguro de cómo tomarme todo esto, y no me refiero a la riña jurisdiccional. No, estaba mucho más preocupado por el acontecimiento en sí mismo, que me había dejado con un montón de cosas que pensar más allá del propio asesinato y la redistribución de la carne, que era ya bastante sabroso de por sí. Pero, como pueden comprender, me las había apañado para echar una ojeada al pequeño armario de los horrores de Steban antes de que llegaran las tropas: no pueden culparme, ¿verdad? Sólo había querido catar la matanza e intentar comprender por qué mi apreciado y desconocido socio había escogido ese lugar para dejar las sobras; sólo fue un vistazo rápido, lo juro.

De manera que inmediatamente después de que Steban desapareciera por la puerta gimiendo y chillando como un cerdo que se hubiera atragantado con un pomelo, me dirigí al armario para ver qué había provocado esa espantada.

Esta vez las partes no estaban cuidadosamente envueltas. En su lugar, estaban dispuestas en el suelo formando cuatro grupos. Y, al mirarlos de cerca, percibí algo maravilloso.

Una pierna estaba tumbada a lo largo del lado izquierdo del armario. Era de un azul pálido y exangüe, y alrededor del tobillo llevaba una cadenita de oro con un cierre en forma de corazón. Un encanto, de verdad, sin horribles manchas de sangre que estropearan el conjunto; un trabajo auténticamente elegante. Dos brazos oscuros, igual de bien cortados, habían sido doblados a la altura del codo y dispuestos junto a la pierna, con el codo apuntando en dirección contraria a ésta. Al lado, los miembros restantes, todos doblados por las articulaciones, habían sido colocados formando dos grandes círculos.

Tardé un momento en captarlo: parpadeé, y de repente el conjunto cobró sentido y tuve que hacer grandes esfuerzos para no echarme a reír como la colegiala que Deb me había acusado de ser.

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