La muerte llega a Pemberley
- Автор: Джеймс Филлис Дороти
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «La muerte llega a Pemberley». Краткое содержание книги:
Ese día, en cambio, Darcy se encontró con una persona muy distinta. Vestido con ropa limpia, afeitado y bien peinado, Wickham lo recibió como si estuviera en su propia casa e hiciera un favor a un invitado molesto. Darcy recordaba que siempre había sido de temperamento voluble, y al verlo reconoció al Wickham de antes, apuesto, seguro de sí mismo y más inclinado a disfrutar de su notoriedad que a considerarla una deshonra. Bingley le había llevado los artículos que había pedido: tabaco, varias camisas y corbatines, zapatillas, sabrosas tartas cocinadas en Highmarten para complementar los alimentos que le traían desde una panadería cercana, y papel y tinta, con los que Wickham pretendía escribir tanto la crónica de su participación en la campaña irlandesa como el relato de la grave injusticia que se había cometido con su encarcelamiento, relato personal que, estaba convencido, hallaría un mercado receptivo. Ninguno de los dos habló del pasado. Darcy no podía librarse de la influencia que este ejercía sobre él, pero Wickham vivía el presente, se mostraba absolutamente optimista sobre el futuro y reinventaba el pasado adaptándolo a su interlocutor, y Darcy casi llegó a creer que, por el momento, había ahuyentado de su mente sus aspectos peores.
Wickham le dijo que, la tarde anterior, los Bingley habían traído a Lydia desde Highmarten para que pudiera verlo, pero ella se había mostrado tan desbocada en sus quejas, y lloraba tanto, que se había deprimido más de lo tolerable, y había pedido que, en adelante, la trajeran solo si él lo solicitaba, y durante un plazo máximo de quince minutos. Con todo, confiaba en que no hicieran falta más visitas; la vista previa se celebraría el miércoles a las once, y esperaba que ese día lo pusieran en libertad, tras lo cual imaginaba el regreso triunfal de Lydia y de él mismo a Longbourn, y las felicitaciones de sus antiguos amigos de Meryton. De Pemberley no dijo nada, tal vez ni siquiera en su euforia esperaba ser bien recibido allí, ni lo deseaba. Darcy pensó que, sin duda, si felizmente era liberado, primero se reuniría con Lydia en Highmarten, antes de trasladarse a Hertfordshire. Le parecía injusto que Jane y Bingley cargaran con la presencia de Lydia un día más de lo estrictamente necesario, pero todo ello podría decidirse si la liberación llegaba efectivamente a producirse. Le habría gustado compartir la confianza de Wickham.
Su reunión duró solo media hora, y de ella salió con una lista de cosas que debía llevar al día siguiente, y con la petición de Wickham de que presentara sus respetos a la señora y a la señorita Darcy. Al salir, constató que había sido un alivio no encontrarlo hundido en el pesimismo y el reproche, aunque a él la visita le resultó incómoda y especialmente desagradable.
Sabía, y le desagradaba saberlo, que si el juicio iba bien tendría que ayudar a Wickham y a Lydia, como mínimo durante el futuro más inmediato. Sus gastos habían excedido siempre sus ingresos, y suponía que hasta entonces habían dependido de las donaciones privadas de Jane y Elizabeth para complementar sus insuficientes ingresos. Jane seguía invitando a Lydia a Highmarten de vez en cuando mientras Wickham, que en privado se quejaba a viva voz, se divertía pernoctando en varias posadas de los alrededores, y era por Jane por quien Elizabeth tenía noticias de la pareja. Ninguno de los trabajos temporales que Wickham había tomado desde que había dejado el ejército había culminado con éxito. Su último intento de adquirir alguna habilidad había sido con sir Walter Elliot, un baronet obligado por sus extravagancias a alquilar su casa a desconocidos, y que se había trasladado a Bath con dos de sus hijas. La más joven, Anne, estaba felizmente casada con un próspero capitán de navío, ahora un distinguido almirante, pero la mayor, Elizabeth, todavía seguía buscando marido. El aristócrata, decepcionado de Bath, había decidido que las cosas volvían a irle lo suficientemente bien como para regresar a casa, por lo que dio aviso a su inquilino y contrató a Wickham como secretario, a fin de que lo asistiera con las tareas derivadas del traslado. Sin embargo, en menos de seis meses, Elliot ya había despedido a Wickham. Siempre que se enfrentaban a noticias negativas sobre discrepancias públicas o, peor aún, disputas familiares, era misión de la conciliadora Jane concluir que ninguna de las partes era demasiado culpable. Pero cuando los datos del último fracaso de Wickham llegaron a oídos de su hermana, más escéptica, Elizabeth sospechó que a la señorita Elliot le habría preocupado la respuesta de su padre a los flirteos de Lydia, mientras que el intento de Wickham de congraciarse con ella se habría topado, primero, con cierto respaldo nacido del aburrimiento y la vanidad, y después con desagrado.
Cuando Lambton quedó atrás, fue un placer aspirar profundamente el aire fresco, librarse del inconfundible olor a cárcel, a cuerpos encerrados, a comida y a sopa barata, del entrechocar de llaves, y con gran alivio, unido a la sensación de que él mismo se había librado del encierro, Darcy guio su caballo hacia Pemberley.
5
Era tal el silencio que reinaba en Pemberley que la casa parecía deshabitada, y era evidente que Elizabeth y Georgiana no habían vuelto aún. Darcy apenas había desmontado cuando uno de los mozos de cuadra se acercó desde la esquina para hacerse cargo del caballo, pero debía de haber vuelto antes de lo esperado, y no había nadie aguardándolo junto a la puerta. Atravesó el vestíbulo silencioso y se dirigió a la biblioteca, donde le pareció que tal vez encontraría al coronel, impaciente por conocer las novedades. Pero, para su sorpresa, a quien encontró fue al señor Bennet, solo, hundido en una butaca de respaldo alto junto a la chimenea, leyendo la Edinburgh Review. La taza vacía y el plato sucio sobre una mesa auxiliar indicaban que ya le habían servido un refrigerio tras el viaje. Tras una segunda pausa, ocasionada por la sorpresa, Darcy comprendió que, en realidad, se alegraba muchísimo de ver a aquel visitante inesperado y, mientras su suegro se ponía en pie, le estrechó la mano con gran afecto.
– Por favor, no se moleste, señor. Es un gran placer verlo por aquí. Espero que lo hayan atendido debidamente.
– Ya lo ve. Stoughton ha demostrado su eficiencia habitual, y he coincidido con el coronel Fitzwilliam. Tras intercambiar saludos, me ha comunicado que aprovecharía mi llegada para salir a ejercitar a su caballo. Me ha parecido que el encierro en esta casa le resultaba algo tedioso. También he sido saludado por la estimable señora Reynolds, que me asegura que el dormitorio que ocupo habitualmente se mantiene siempre listo.
– ¿Cuándo ha llegado, señor?
– Hará unos cuarenta minutos. He contratado un cabriolé. No es la manera más cómoda de viajar grandes distancias, y tenía previsto venir en el carruaje. Sin embargo, la señora Bennet ha protestado, alegando que lo necesita para transmitir las últimas novedades sobre la desgraciada situación del señor Wickham a la señora Philips, a los Lucas, y a las muchas otras partes interesadas de Meryton. Desplazarse en un coche de punto sería un desdoro, no solo para ella, sino para toda la familia. Habiendo decidido abandonarla en estos difíciles momentos, no podía privarla, además, de una de sus comodidades más apreciadas, de modo que el carruaje se lo ha quedado la señora Bennet. No es mi intención darles más trabajo con esta visita no anunciada, pero me ha parecido que tal vez se alegrara de contar con otro hombre en la casa cuando tenga que atender a la policía u ocuparse del bienestar de Wickham. Elizabeth me contó por carta que es posible que el coronel deba retomar pronto sus deberes y que Alveston regrese a Londres.
– Ambos partirán tras la celebración de la vista previa, que según oí el domingo tendrá lugar mañana. Su presencia aquí, señor, será un consuelo para las damas, y a mí me dará confianza. El coronel Fitzwilliam le habrá informado de los pormenores de la detención de Wickham.