La visita en el tiempo
- Автор: Pietri Arturo Uslar
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «La visita en el tiempo». Краткое содержание книги:
Los días se aceleraban. Todas las noticias de Flandes eran malas. El príncipe de Orange se mostraba seguro y desafiante. El desconcierto y la anarquía cundían en las fuerzas del rey. El Consejo en Bruselas era un fantasma de gobierno. El Taciturno había dicho con sarcasmo: «¿Qué temen? Un puñado de hombres y un gusano frente al rey de España. Ustedes tienen quince provincias y nosotros dos. ¿Qué pueden temer?».
Desde las diversiones de La Casilla las perspectivas y las cuentas variaban continuamente. Siempre era más lo que se requería. Muchos baúles de escudos, muchas libranzas para los banqueros de Flandes. No era menos fluctuante la cuenta de los batallones, unos en rebelión, otros en desbandada, otros en amenazante calma.
Sentía que se había metido torpemente en un hueco sin salida. Dudaba. En torno suyo se sentía un ambiente de simulación, como si todos estuvieran de acuerdo para llevarlo a su perdición. Tan falso como aquel mundo de máscaras de La Casilla. Se pasaba de un tema a otro según las presencias y las ocurrencias. De la picante confidencia de un amor clandestino a la intriga política.
«Es como si me quisieran aturdir para llevarme al matadero», le había dicho a Escobedo. «Hasta el aire que se respira aquí es falso.» La Casilla rebosaba de perfumes dulzarrones y penetrantes. Un tenue humo azul de pebeteros enturbiaba la vista y el olfato. La cercanía de Antonio Pérez sofocaba de olores. A las puertas los criados movían incensarios con perfumes. Sahumaban hasta las gualdrapas de los caballos.
Mientras le borraba el rostro el tinte negro pensaba que aquélla era la sombra final que caía sobre su vida.
«Lo que quiere el rey es la paz y no la guerra en Flandes. Si fuera la guerra yo sabría que hacer, pero lo que quieren que haga es dejarme desarmado ante el enemigo.
No todos eran herejes, ni todos los que no quieren al rey eran herejes. Habría que olfatearlos como los perros.» Ir a Flandes, sin tropas, entre enemigos y asechanzas. Cruzar Francia entera, rivales y hugonotes, protegido con un disfraz.
Iba a dar vida a un cuerpo muerto con el último aliento en la boca. Así lo decía.
Lo enviaba el rey, lo enviaba Dios, tendría que haber un milagro. Dios lo había escogido para hacer el milagro.
«Como verdadero imitador de las esclarecidas virtudes de su insigne padre.» No a luchar, sino a negociar, a disimular la derrota. A cargar con la responsabilidad final del desastre. Iba a encontrar tropas amotinadas y tendría que someterlas, no para combatir, sino para retirarías de Flandes. «Es un puro disparate.» En lo peor de la desesperanza llegaba Antonio Pérez flotando en aromas. «¿Cuándo olerá a sudor?» El mal se convertía en bien, la debilidad en fuerza. Escobedo apoyaba. El retiro de las fuerzas podía ser la mejor oportunidad para invadir a Inglaterra. Lo que parecía el fracaso en Flandes podía convenirse en el paso definitivo para la empresa de Inglaterra.
Salió de Madrid sin anunciarlo, con el pretexto de ir a despedirse del rey en El Escorial. Torció hacia el Norte, hacia Valladolid, al convento de Abrojo.
Estaba con Doña Magdalena, Octavio Gonzaga y Honorato de Silva. En una soledad de celda de ajusticiado. Terminaron los últimos retoques de la nueva cara. Cuando era otro. El rostro oscuro, el pelo negro, la burda ropa pobre, si hubiera desaparecido. «¿Qué soy ahora?«Empezó a recordar figuras y nombres de aquellos moriscos que vio salir en recuas de Granada. «Nunca pensé que algún día me vería como ellos. Perro Ni vino ni tocino. Uno de tantos sin nombre. Ni siquiera Aben Aboo. Mucho Aben Humeya.
Al paso de las mulas el pequeño grupo avanzaba buscando los caminos menos transitados. El tiempo se había puesto frío y húmedo. Mucha niebla y aguacero.
Al azar de los encuentros del camino cambiaba el trato y la posición de Don Juan.
De ir en medio de sus acompañantes, acatado y dominante, a ponerse detrás, callado y sumiso, llevando del diestro la acémila del bagaje. Callar, saludar mansamente y hasta cargar con el equipaje de algún viajero incorporado al grupo. «Ahora soy el criado. Ahora soy el príncipe.«No era buen presagio que aquella empresa comenzara como una mascarada.
No fue así la entrada a Granada, ni el embarco en Barcelona para la guerra del mar. Tropas, trompetas, gallardetes, reverencias y aplausos. Y la llegada a Messina con toda la flota en parada de honor aguardándolo Si lo hubieran visto en esa facha.
Comentaba con Gonzaga: «He aprendido más sobre la condición humana en estos días que en todos los años anteriores«.
El tiempo se iba haciendo más nuboso y gris, días enteros de lluvia en que hombres y animales marchaban encogidos, chapoteando en los charcos. Cuando iban con extraños era él quien primero tenía que socorrer a la muía atascada o recoger la carga caída.
A veces lo regañaban. «Más prisa, más cuidado.«O le lanzaban una negra pieza de cobre de limosnero.
Los días se hacían cortos. Había que salir en la oscuridad del amanecer para llegar a la posada ya anochecido. En las conversaciones con los otros viajeros lo que se reflejaba era el ambiente de la guerra latente o abierta. Se traslucía si el interlocutor era simpatizante de los hugonotes o partidario del rey. Cualquier palabra cambiaba de significado en la manera de decirla. No sonaba lo mismo «paz«, «justicia«y hasta «Dios«, en los de un bando y en los del otro.
Tenía que hacer esfuerzos para no intervenir en el diálogo apasionado. Gonzaga le parecía demasiado prudente. Si él no estuviera obligado a callar qué de cosas no hubiera podido decir a aquellos herejes.
A París entraron un atardecer. Llegaron con disimulo a la residencia del Embajador. Don Luis de Zúñiga le hizo la primera reverencia que había recibido en muchos días. No pudo menos que reír. «Seguramente, Don Luis, es ésta la primera vez que tratáis así a un morisco.«Luego añadió con incontenible risa: «Octavio viene muy deshecho de nalgas«.
Conversaron largamente sobre la continuación del viaje. Era la parte peor. Tierra infestada de herejes donde se combatía. Cambrai estaba ocupada por los rebeldes. El caso no era mejor en Arrás y Artois. No había otra posibilidad que seguir a Luxemburgo. Si los Consejeros de los Estados Generales de las provincias no lo dejaban entrar en la ciudad, podría dirigirse a Masestricht.
En la Embajada algunos criados se dieron cuenta de la importancia del visitante.
Zúñiga aconsejó seguir al día siguiente, con dos capitanes españoles, para ver en Joinville al duque de Guisa.
Todo lo que recibió en el último trecho fueron malas noticias. No fue fácil la entrevista con el duque de Guisa. Veía lo de Flandes desde el punto de vista de la guerra francesa. Pero hubo cierto asomo de simpatía espontánea entre los dos.
Luxemburgo fue formándose dentro de la espesa bruma oscura. Siluetas de torres, algunas luces, un eco de campana. Poca gente en las calles. De algunas tabernas salían gritos de borrachos. En el palacio se dieron a conocer. Con el cabello medio teñido todavía, comenzó a recibir dignatarios. Volvió a oír el sonido de aquella lengua de los flamencos de Yuste. El Burgomaestre, los capitanes, algunos miembros del Consejo de Bruselas, que estaban en la ciudad por azar.
Las primeras noticias confirmaron sus temores. Le hablaron de conspiraciones, traiciones y el reiterado recuento de las depredaciones de los soldados sin paga. «No hay dinero, no hay soldados.» Las primeras cuentas lo abrumaron. Eran millones de ducados los que se necesitaban. Los banqueros no prestaban más. El rey de España estaba en bancarrota. Eran aquellos negociantes de las altas casas y los grandes arcones de hierro. Flamencos, genoveses, judíos salidos de España.
«Es como si el mundo se me viniera encima», le dijo a Gonzaga. Desde la tarde siguiente las noticias fueron peores. Durante todo ese día y los sucesivos llegaron en atropellada profusión de correos, fugitivos y viajeros, las descripciones aterradoras de Amberes saqueado por las tropas. Media ciudad incendiada, los comercios robados, la soldadesca alzada y borracha. Españoles, alemanes, valones, se entremataban por las presas. El gobernador de la ciudadela había sido engañado por los mercenarios alemanes. Tropas de merodeadores habían venido al auxilio de la guarnición para robar y degollar con grandes pendones de Jesús Crucificado y de la Santísima Virgen. Desde lejos una nube de humo y de chispas cubría las torres de la ciudad.
Cuatro días después, sin poder conocer aún la magnitud de los daños ni la situación de las provincias, vino la información de que Guillermo de Orange había hecho firmar por la mayoría de las provincias un Tratado de Pacificación. La enumeración de los puntos acordados sonaba como una sentencia de muerte. Ayuda a los Estados Protestantes de Holanda y Zelanda hasta que las tropas del rey de España fueran retiradas y convocados los Estados Generales para revocar las medidas restrictivas impuestas antes. Sólo Luxemburgo y Limburgo no firmaron.
No le quedaba más camino que plegarse y negociar. Escribió al rey diciéndole que el solo nombre español era odiado. Le pedía también que le enviara a Escobedo retenido en Madrid. Y pedía «dinero, dinero, más dinero».
Cada vez se hacían más exigentes y atrevidos los miembros del Consejo de Bruselas. «No soy el jefe de un ejército derrotado que firma una capitulación y, sin embargo, es lo que quieren que haga.» Si Escobedo estuviera a su lado estaría más tranquilo.
Sorpresivamente, los Estados Generales le presentaron un conjunto de peticiones que le parecieron escandalosas. Debía licenciar en cuarenta días los mercenarios, retirar las tropas españolas, reparar todos los daños causados por los motines, mantener y respetar todas las antiguas leyes y usos del país. Por su parte, las provincias contribuirían con parte de los gastos, reconocerían a Don Juan como Gobernador y respetarían la religión católica.
Las instrucciones que llegaron de Madrid lo condenaban a aceptar lo inaceptable.
No le fue fácil. Lo que sentía era el ímpetu de desconocer todo aquello y recurrir a las armas. Continuamente cayeron sobre él los consejos de calma y prudencia. «¿Qué perpetúa el Edicto Perpetuo? La derrota de España.» Había que poner buena cara, disimular los agravios, tragar lo intragable y esperar.
Fue entonces cuando pudo recorrer el país. Los largos campos llanos con sus retazos de cultivos, los molinos que saludaban de lejos y muchas torres de iglesia y fortalezas con su puñado de casas puntiagudas en torno. Gentes lentas, gordas, de gran comer y mucha cerveza. A veces caía en medio de una «kermesse» campesina. Las mesas tendidas en la plaza, hombres, mujeres y niños, comían, cantaban y bailaban. Enormes pucheros de sopa, carneros, cuartos de bueyes, los perros pululaban; por los bigotes rubios y las pecheras blancas chorreaba la grasa y la cerveza, mientras la música repetía monótonamente su son.