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La Leyenda de Camelot I – La Magia Del Grial

Электронная книга - «La Leyenda de Camelot I – La Magia Del Grial». Краткое содержание книги:

Como todos los chicos de su edad, Dulac sue?a con una vida de caballero legendario. Pero lo m?s probable es que siga siendo siempre un mozo de cocina de la corte del rey Arturo. Sin embargo, cuando encuentra en un lago una vieja armadura y una espada oxidada, su vida cambia por completo. La representaci?n del Santo Grial que decora el escudo transforma al joven en el valiente h?roe de sus sue?os. Como Lancelot, el Caballero de Plata, marcha en el ej?rcito del rey Arturo y sus caballeros de la Tabla Redonda a la guerra contra las huestes del malvado Mordred. El destino de Britania est? en juego.
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– A veces el aspecto exterior nos confunde -dijo-. Marchémonos. Tenéis razón. Es tarde.

El regreso por aquel bosque detestable fue tan inquietante como el viaje de ida. Al contrario que la tarde anterior, Lancelot cabalgaba ahora en el mismo grupo, justo detrás de Arturo. A pesar de la misteriosa curación, Lancelot no se había subido al unicornio, sino que montaba el caballo del caballero muerto, como le propuso el rey. El unicornio trotaba tras él y, aunque el raciocinio del joven le indicaba que sus pensamientos eran totalmente descabellados, tenía la sensación de sentir la mirada desaprobatoria del unicornio clavada entre sus hombros.

Como la otra vez, mientras cabalgaban a través de aquel túnel de oscuridad que cruzaba el bosque, le abandonó el sentido del tiempo. Seguramente no habían transcurrido más que unos minutos, pero a él -y como iba a descubrir más tarde, también a los demás- le parecieron horas. Lancelot respiró contento cuando salieron por fin del bosque y apareció ante ellos el desfiladero sembrado de cantos rodados.

Los caballos todavía tenían que andarse con más ojo que a la ida, pues se escurrían a causa de la considerable bajada. Bajo los cascos de sus pezuñas saltaban las piedras que, rodando, formaban pequeños aludes que se deslizaban hacia el valle. Pero finalmente lograron alcanzar el pie de la colina sin que ocurriera ninguna desgracia. Sin embargo, Arturo frenó la marcha de golpe y levantó alarmado la cabeza.

– ¿Qué os sucede? -preguntó Lancelot.

– Hay algo que no va bien -respondió Arturo a media voz-. Aquí tendrían que estar nuestros hombres, pero no hay nadie.

El campamento se encontraba en el siguiente recodo del camino como sabía Lancelot perfectamente, aunque no podía decirlo. En lugar de eso, chascó los dedos y el unicornio se acercó obediente. Lancelot se cambió a la silla del corcel con la barda de plata, sujetó el escudo a su brazo izquierdo y desenvainó la espada. Luego, adelantó a Arturo sin decir nada y se puso a la cabeza del pequeño grupo.

No se sorprendió cuando dio la vuelta al sendero y se encontró ante el campamento. Fue como si lo hubiera sabido, y no sólo intuido. El campamento estaba devastado. Los criados y escuderos que habían acompañado a Arturo y a sus caballeros yacían muertos en el suelo. La saña de los atacantes había sido tan grande que no habían respetado ni a los caballos: más de diez cadáveres de animales estaban diseminados entre los hombres. La hoguera daba muestras de haber sido pisoteada y las dos tiendas que los hombres habían instalado, destrozadas.

– Mordred -dijo Arturo. Su voz sonó vacía. Como si el horror que le producía aquella visión hiera tan grande que, incluso, hubiera matado su odio por Mordred.

Lancelot, por su parte, sólo pudo asentir. La inmensa cólera que sentía le impidió pronunciar una sola palabra. Sabía que Arturo tenía razón.

Aquélla era obra de Mordred. Los hombres no sólo habían sido asesinados. Todos tenían, por lo menos, una herida mortal, pero la mayoría de ellos presentaban muchas más y la expresión de horror que había quedado eternamente congelada en sus rostros dio muestras a Lancelot de que habían caído víctimas de un delirio sin sentido. Aquellos hombres no habían hecho nada a nadie. No eran guerreros, sólo mozos de los establos, criados y sencillos sirvientes, la mayoría de los cuales no había tenido jamás un arma en sus manos.

– También pagará por esto -murmuró Arturo.

– ¿Eso hará que estos hombres vuelvan a vivir? -preguntó Dulac despacio.

Arturo lo observó con una mirada que le confirmó que no comprendía sus palabras.

– Estos hombres eran inocentes -dijo finalmente-. No eran soldados. Mordred guerrea contra criados y campesinos.

– No se trata de una guerra -dijo Lancelot con rencor-, sino de venganza. Ha matado a estos hombres para hacerme daño a mí, a Lancelot.

«O a mí», pensó Dulac, apenado.

Arturo iba a apearse, pero pareció pensarlo mejor y sacudió la cabeza con cansancio. Y a pesar de lo triste que resultaba, Lancelot tuvo que reconocer que tenía razón. No les quedaba tiempo ni fuerzas suficientes para desmontar y enterrar cristianamente a aquellos hombres; ni siquiera para cubrirlos con unas piedras y evitar que se los comieran las alimañas. Tal vez eso hiera lo peor, lo que las alimañas pudieran hacer con ellos. Ése sería el mayor triunfo de Mordred. Meditó unos instantes, luego supo lo que debía hacer.

Acompañaría a Arturo y a los caballeros supervivientes a Camelot, y después se marcharía. Aquella matanza de hombres indefensos demostraba que Mordred no había atacado porque sí. Había matado a aquellos hombres para descargar su ira sobre ellos, pero aquél no era el único motivo. Aquellos hombres muertos eran un mensaje para Arturo -y también para él- que no podía ser más claro: el asunto no estaba terminado. No había ningún lugar, desde allí a Camelot, en el que pudieran estar a salvo.

La espada de Lancelot era lo único que se interpondría entre Camelot y la venganza de Mordred.

– Os acompañaré hasta Camelot -dijo.

El rey lo miró ligeramente irritado. Al principio, Lancelot pensó que era porque antes ni siquiera se le habría podido pasar por la cabeza que tuviera otros planes que acompañarlos a Camelot. Pero luego descubrió un nuevo velo de tristeza en los ojos del rey, y al fin comprendió. Tanto Arturo como sus acompañantes eran conscientes de que Lancelot era su única oportunidad de llegar vivos a Camelot. Se sentían desamparados; si casi no se aguantaban encima de las sillas de sus caballos, mucho menos podrían defenderse. Aquella circunstancia ya era suficientemente dolorosa. Pero mucho peor era el hecho de que Lancelot se lo dijera a la cara. Quizá ese comentario dicho sin pensar fue la causa de todo lo que sucedió después, pero eso Dulac no podía saberlo en ese momento y si lo hubiera sabido, no lo habría creído. Acompañaría a Arturo y a los otros a Camelot protegiéndolos con la espada y la fuerza de la armadura mágica, y luego se marcharía para no regresar jamás.

Pero las cosas tomarían otro rumbo.

Para el trayecto de Camelot al cromlech habían tardado un día y una parte de la noche. Para el camino de vuelta emplearon el resto de la noche, todo el día siguiente y la noche que lo sucedió. Los caballeros estaban exhaustos, heridos y al límite de sus fuerzas, de tal modo que cada vez debían hacer descansos más largos en medio de etapas más cortas. El sol rozaba por segunda vez el horizonte y encendía la noche en llamas cuando, finalmente, el río y Camelot aparecieron ante ellos.

Incluso Lancelot, que se nutría de la energía de la armadura mágica, estaba a punto de caer de la silla de puro agotamiento. Le escocían los ojos. Sentía calambres en cada músculo de su cuerpo y tenía la sensación de que la espalda iba a quebrársele en el próximo segundo. Se preguntaba cómo podían aguantar Arturo y sus compañeros gravemente heridos aquella tortura.

Por no hablar del aspecto que ofrecían. Habían salido con las banderas al viento, mostrando todo el brillo y el boato del que eran capaces; un pequeño pero lujoso ejército, que provocaba la admiración de todos los que lo veían. Los que regresaban a Camelot eran un puñado de hombres, fracasados y cubiertos de sangre, que no podían ni mantenerse en la silla del caballo.

Su regreso no pasó inadvertido. Estaban todavía a más de una legua de la muralla, cuando se abrió la puerta grande y la luz roja de una docena de antorchas iluminó el crepúsculo. Una cadena de figuras oscuras apareció bajo el reflejo de las antorchas y se encamino hacia ellos. Mientras se acercaban, el grupo se desgajó en dos. La mitad del comité de recepción iba a caballo y se aproximaba mucho más deprisa.

Cuando todavía estaban a una legua de distancia, Arturo ordenó a su caballo que caminara más despacio y finalmente lo frenó. Como les ocurría a todos los demás, su cuerpo se tambaleó de agotamiento. Su rostro estaba consumido y pálido; la faz de un hombre viejo, no de un rey. Sus ojos, cubiertos de un brillo febril, buscaron la mirada de Lancelot.

– Estamos en casa -murmuro-. Os lo agradezco, Sir Lancelot. Sin vuestra ayuda ninguno de nosotros habría regresado vivo. Y, sin embargo, tengo que pediros otro favor. Tal vez el mayor.

Lancelot permaneció en silencio. Los jinetes que venían de Camelot ya no estaban lejos, y cuando llegaran no tendría muchas perspectivas de desaparecer discretamente.

– No queréis quedaros con nosotros -dijo Arturo de pronto.

Lancelot, sorprendido, se precipitó a responder:

– ¿Cómo…? Quiero decir… ¿Cómo habéis llegado a esa conclusión?

Una sonrisa cansada se dibujó en sus facciones.

– Os habéis puesto nervioso conforme llegábamos a Camelot -contestó-. Cuando salvasteis a Lady Ginebra y al rey Uther, salisteis corriendo sin ni siquiera esperar a nuestro agradecimiento. Y ayer hubierais hecho lo mismo si no hubierais temido que Mordred nos saliera al encuentro para llevar a término lo que había empezado.

Lancelot siguió callado. ¿Qué podía decir? Estaba claro que había menospreciado a Arturo.

Arturo dejó que su caballo se alejara unos pasos y paró de nuevo, para que Lancelot lo alcanzara. Cuando el Caballero de Plata aproximó su unicornio a él, siguió hablando con voz profunda:

– Quiero ser sincero con vos, Lancelot. Os necesito. Camelot os necesita.

– ¿Camelot?

– Sé a lo que os referís -respondió Arturo-. ¿Qué tenéis vos que ver con Camelot? No es vuestra patria ni sus habitantes son vuestros hermanos y hermanas. Y, a pesar de ello, os necesitan. Camelot necesita un rey y yo no voy a poder ejercer ese papel por un tiempo.

– Yo no soy un rey y tampoco quiero serlo -respondió Lancelot asustado.

– Pero podéis sustituirme -insistió Arturo-. Camelot necesita vuestra espada. Si se propaga que el rey de Camelot no está ya en posición de defender su trono, nuestros enemigos vendrán en masa -señaló hacia la ciudad-. No lo pido por mí, Lancelot. Lo pido por ellos. Por las personas que viven allí y que han dejado su destino en mis manos.

Lancelot continuó sin hablar. Miró la ciudad, miró por encima de su hombro a aquellos hombres, de aspecto lamentable y agotado, que una vez habían sido el orgullo de Camelot, y por fin observó el grupo a caballo que se aproximaba. Una de las figuras, que iba a la cabeza, se distinguía de las demás. Vistosamente vestida de color claro, parecía tener más prisa que las otras, pues cabalgaba un trecho por delante.

Por fin la reconoció. Era Ginebra. Llevaba un vestido blanco como la nieve, que brillaba en el amanecer, y una larga capa, que ondeaba mecida por el viento. No cabalgaba sentada de lado, como solían hacerlo las damas, sino que montaba a horcajadas sobre el lomo del caballo y la velocidad que imprimía a su corcel no dejaba lugar a dudas: era una expertísima amazona. En la titubeante luz de la madrugada parecía rodeada de una suave aureola.

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