Muerte En Hong Kong
- Автор: Гарднер Джон Эдмунд
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Muerte En Hong Kong». Краткое содержание книги:
– Querrá usted decir que yo caí en la trampa -dijo Bond, mirándole con frialdad.
– Más bien sí. Si usted no hubiera venido, James, probablemente yo hubiera tenido que resolver solito este asunto, porque Chernov ya está aquí.
– ¿En la isla de Cheung Chau?
– Está usted muy bien informado -dijo Swift, mirándole sorprendido-. Yo pensaba que iba a darle una pequeña sorpresa.
– ¿Cuándo llegó?
– Anoche. Han llegado varias personas durante las últimas veinticuatro horas. Algunas, vía China. En conjunto, Dominico tiene aquí un ejército considerable. Ha hecho unos cuantos prisioneros e incluso se ha traído algunos aquí: Smolin y Heather. Supongo que, en estos instantes ya debe tener encerrados bajo llave a Jungla y a su chica alemana en la isla. De nosotros depende deshacer este embrollo, James. Le sugiero que volvamos a reunirnos esta noche a eso de las diez y media en el vestíbulo del Hotel Mandarin. ¿Le parece bien?
– Si usted lo dice…
– Buscaré un medio para que podamos llegar a Cheung Chau. La llaman la isla Alargada o la isla de las Pesas porque tiene, más o menos, la forma de unas pesas de gimnasia. La casa está en el lado oriental de la isla, en un promontorio que hay en el extremo norte de la bahía de Tung Wan. Está muy bien situada y se construyó a la medida, por encargo del GRU. Chernov se estará desternillando de risa ahora que está allí… Por lo menos, me imagino que está allí.
– A las diez y media, pues -dijo Bond, consultando el reloj-. Le reservo un par de sorpresas a Dominico.
– Usted también está dispuesto a dar la vida por «M», ¿verdad? -preguntó Swift con la cara muy seria.
– Pues, sí, maldita sea; y él lo sabe.
– Me lo figuraba.
Swift esbozó una ligera sonrisa, volvió la cabeza y dio una voz a través de la cortina de cuentas. En la parte trasera de la casa, se abrió una puerta. Ebbie fue la primera en entrar.
– ¿Cómo te va la vida, Emilie? Perdón, hubiera debido llamarte Ebbie -dijo Swift.
– Corriendo peligros, como siempre. Me parece que los soviéticos quieren tomar una revancha conmigo. ¿Se dice así, revancha?
– Se dice venganza -dijo Bond.
En aquel momento, Dedo Gordo Chang entró en la estancia, llevando varios artículos envueltos en hule que Bond empezó a guardar inmediatamente en su bolsa de bandolera.
– ¿No quiere examinar las armas? -preguntó Chang, momentáneamente desconcertado.
Bond arrojó varios fajos de billetes sobre la mesa. El dinero en efectivo fue sólo una pequeña parte de la lista de compras que le había dado a Q'ute.
– Entre amigos de confianza, es innecesario contar el dinero -dijo, haciendo una mueca-. Un antiguo proverbio chino, tal como usted sabe, Dedo Gordo Chang. Y ahora, por favor, déjenos solos.
El chino soltó una carcajada, recogió los billetes y retrocedió hacia la habitación del fondo.
– Cuando salgamos, sugiero que usted y Ebbie lo hagan en primer lugar -dijo Swift.
En el transcurso de su conversación con Bond, Swift habló constantemente en voz baja. Ahora, lo hizo en un tono casi soporífero. Bond recordó la descripción que figuraba en los archivos («Siempre tranquilo, suele hablar en voz baja»). Se acercó a la cortina y echó un vistazo a la otra habitación para cerciorarse de que Chang se había marchado por la puerta de atrás, dejándoles solos. Tras haberlo comprobado, habló rápidamente.
– A las diez y media, ¿eh?
– Cuente con ello.
Con un movimiento de cabeza casi autoritario, Swift les mandó alejarse. Bajaron los empinados peldaños llenos de tenderetes de mercachifles y vendedores de dim sum.
– Swift -dijo Ebbie, pronunciando «Svift».
Casi tenía que correr para seguirle el paso a Bond.
– ¿Qué ocurre?
– Fue entonces cuando a Heather y a mí se nos ocurrió la idea de utilizar nombres de pájaros y peces como apellidos.
– ¿Por Swift?
Bond apartó el rostro de un tenderete de dim sum. La comida debía de ser deliciosa, pero, para su sensible olfato, resultaba excesivamente picante.
– Ja. En inglés, Swift significa no sólo «rápido» sino, asimismo, «vencejo». Entonces, Heather dijo que teníamos que emplear nombres de animales y pájaros, al fin, nos decidimos por los peces y los pájaros.
Bond soltó un gruñido y apretó el paso. Ebbie le tomó de un brazo para poder seguir mejor sus largas y poderosas zancadas. No dieron ningún rodeo sino que regresaron directamente al Hotel Mandarin por Pedder Street, esquivando el tráfico hasta llegar a Ice House Street. Bond se pasó todo el rato estudiando los rostros chinos de los transeúntes chinos, como si un millón de ojos les observaran y se transmitieran mutuamente miles de señas imperceptibles. De vuelta en el hotel, se encaminó directamente a los ascensores, llevando a Ebbie casi a rastras.
– Espera junto a la puerta -le dijo nada más llegar a la habitación.
Tardó menos de cuatro minutos en trasladar los artículos que le había proporcionado Q'ute desde la maleta a la bolsa de lona. Después, ambos regresaron al vestíbulo del hotel y Bond se acercó al mostrador principal de recepción, seguido de Ebbie. Una graciosa chinita que no tendría más de quince años levantó los ojos del teclado de un ordenador y le preguntó en qué podía servirle.
– ¿Tendría la amabilidad de comunicarme si hay servicio de transbordador a la isla de Cheung Chau? -preguntó Bond.
– Cada hora, señor -respondió la chinita-. Compañía de Transbordadores Yaumati. Desde el muelle de los Servicios de Distritos Lejanos -contestó la niña, señalando en dirección al muelle.
Bond asintió y le dio las gracias.
– Tenemos que irnos -le dijo a Ebbie.
– ¿Por qué? Estamos citados con Swift. Tú acordaste.
– Es cierto. Lo acordé. Ven conmigo. Debes saber que ya no confío en nadie, Ebbie: ni en Swift y ni siquiera en ti.
Se oyó el silbido de unas sirenas de la policía y, al llegar a la entrada principal del hotel, vieron que la gente empezaba a congregarse al otro lado de la calle, en los jardines que rodeaban el Connaught Centre. Sorteando el tráfico, ambos se abrieron paso por entre la gente en el preciso momento en que llegaban dos vehículos de la policía y una ambulancia.
Bond consiguió ver la causa del tumulto a través del gentío. Un hombre yacía en el suelo en medio de un charco de sangre. A su alrededor reinaba un terrible silencio y sus inmóviles ojos grises miraban al cielo sin ver. La causa de la muerte de Swift no resultaba inmediatamente visible, pero los asesinos no podían andar muy lejos. Mientras se alejaba del grupo, Bond tomó a Ebbie de un brazo y la empujó hacia la izquierda, hacia el Muelle de los Distritos Lejanos.
17. Carta De Ultratumba
El sampán olía fuertemente a pescado seco y a sudor humano. Tendidos en la proa, mientras contemplaban a una vieja desdentada que estaba junto a la caña del timón y las parpadeantes luces de Hong Kong a sus espaldas, Bond y Ebbie sintieron que el cansancio y la tensión se iban apoderando poco a poco de ellos. La tarde, con sus repentinos cambios de humor y sus acontecimientos, quedaba ya muy lejos, al igual que la visión del cuerpo de Swift tendido frente a las portillas del Connaught Centre. Tras el sobresalto inicial, Bond experimentó una insólita confusión mental. Sólo de una cosa estaba seguro: de que Swift no le había engañado. A menos que Chernov hubiera sido diabólicamente astuto. Hubo momentos en el transcurso de la conversación en casa de Dedo Gordo Chang en que lo dudó. Ahora estaba solo y, para poder identificar al agente doble de Pastel de Crema y atrapar vivo a Chernov, no tendría más remedio que ofrecerse él mismo como cebo.
El instinto le dijo que era mejor iniciar cuanto antes la persecución y trasladarse a la isla a la mayor rapidez posible. Se encontraba a medio camino de la terminal del transbordador cuando comprendió que tal vez fuera precisamente eso lo que Chernov pretendía. Aminoró el paso, sujetando con fuerza la bolsa a su izquierda mientras con la mano derecha tomaba del brazo a Ebbie. Esta no había visto el cadáver y no cesaba de preguntar qué ocurría y adónde iban. Bond tiraba de ella casi con rabia, hasta que, en determinado momento, sus fragmentarios pensamientos empezaron a reordenarse y pudo volver a razonar con lógica.