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El camino blanco

Электронная книга - «El camino blanco». Краткое содержание книги:

En Carolina del Sur, un joven negro se enfrenta a la pena de muerte acusado de haber violado y asesinado a Marianne Larousse, hija de uno de los hombres más ricos del estado. El caso, que nadie quiere investigar, hunde sus raíces en un mal que se remonta a un pasado remoto, el tipo de misterio que se ha convertido en la especialidad del detective Charlie Parker. Éste ignora que está a punto de sumergirse en una auténtica pesadilla y de introducirse en un escenario teñido de sangre en el que se mezclan el espectro asesino de una mujer encapuchada, un coche negro que espera a un pasajero que nunca llega, y la complicidad tanto de amigos como de enemigos en los sucesos que rodean la muerte de Marianne Larousse. Más que una investigación, es un descenso a los abismos, un enfrentamiento con las fuerzas oscuras que amenazan todo aquello que Parker ama.
Paralelamente, en la celda de una prisión, el fanático predicador Faulkner trama una venganza contra Charlie Parker, y para ello utilizará a los mismos hombres a los que el detective está siguiendo, y a una extraña y contrahecha criatura que guarda sus secretos enterrados en la orilla de un río: Cyrus Nairn.
Todas estas figuras deberán enfrentarse a su cruento destino final en los pantanos del sur y los bosques del norte, escenarios muy alejados entre sí pero unidos por un frágil hilo: el lugar donde convergen los caminos de los muertos y de los vivos.
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Así fue como comenzó la enemistad entre los Larousse y los Jones, los amos y los esclavos. El cultivo era riqueza. El cultivo era historia. Había que protegerlo. El delito de Henry permaneció vivo durante un tiempo en la memoria de la familia Larousse y luego fue olvidándose poco a poco, al menos en parte, pero los pecados de los Larousse se transmitieron de unos Jones a otros.

Y el pasado fue avivado en cada presente sucesivo, propagándose, generación tras generación, igual que un virus.

La luz había comenzado a menguar y los albañiles de Georgia ya se habían marchado. Desde la ventana vi cómo un murciélago descendía de un roble centenario para cazar mosquitos. Algunos se las arreglaron para entrar en la casa y comenzaron a zumbar alrededor de mi oreja, esperando la ocasión de poder picarme. Yo trataba de aplastarlos con la mano. Elliot me dio un repelente y me lo unté en las zonas del cuerpo que tenía al descubierto.

– ¿Aún había miembros de la familia Jones trabajando para los Larousse después de lo que ocurrió? -le pregunté.

– Ajá -dijo Elliot-. A veces los esclavos morían. Eso era lo que pasaba. La gente perdía a su padre y a su madre, incluso a sus hijos, pero no se lo tomaba como algo personal. Hubo algunos miembros de la familia Jones que pensaban que lo hecho, hecho estaba. Pero también hubo otros que quizá no pensaban lo mismo.

La Guerra Civil destrozó la vida de la aristocracia de Charleston, así como las estructuras de la ciudad misma. Los Larousse no salieron del todo malparados porque fueron previsores (o tal vez por la traición que cometieron, ya que guardaron la mayor parte de su riqueza en oro y sólo invirtieron una pequeña cantidad en bonos y en moneda de la Confederación). Aun así, igual que a muchos otros sureños derrotados, se les obligó a ver desfilar por las calles de Charleston a los soldados supervivientes del Cincuenta y Cuatro Regimiento, o los Negros de Shaw, que era como se los conocía. Entre ellos estaba Martin Jones, el tatarabuelo de Atys Jones.

Una vez más, las vidas de estas dos familias estaban a punto de chocar violentamente.

Los jinetes de la noche se mueven a través de la oscuridad, blanco recortado sobre el camino negro. Muchos años antes, un hombre de piel aceitunada, con marcas de esclavo en las piernas, aseguró haber tenido una visión en la que aparecían aquellas siluetas en negativo, negro sobre blanco, una inversión que sin duda repugnaría a los hombres que aquel día iban a resolver su asunto a lomos de caballos encapuchados, con armas de fuego y látigos que repiqueteaban sordamente contra las sillas de montar.

Porque así es Carolina del Sur en torno a 1870: no la del cambio del nuevo milenio, sino la de los jinetes de la noche que siembran el terror. Ellos rondan tierra adentro y aplican su propia versión de la justicia sobre los pobres negros y sobre los republicanos que los apoyan, rechazando doblegarse ante las Enmiendas Décimo Cuarta y Décimo Quinta. Son un símbolo del temor que ven los blancos en los negros, y gran parte de la población blanca los respalda. Los Códigos Negros ya se han introducido como un antídoto contra la reforma, limitando los derechos de los negros a llevar armas, a poder aspirar a una posición superior a la de granjeros y sirvientes, e incluso a salir de sus casas o a recibir visitas sin autorización.

Con el tiempo, el Congreso contraatacará con la Enmienda de Reconstrucción, el Decreto de Imposición de la Ley de 1870 y el Decreto contra el Ku Klux Klan de 1871. El gobernador Scott creará una milicia negra para proteger a los votantes en las elecciones de 1870, cosa que enfurecerá más a la población blanca. Al final, se suspenderá el habeas corpus en los nueve condados del interior, lo que tendrá como consecuencia el arresto fulminante de cientos de miembros del Klan, pero, de momento, la ley cabalga a lomos de un caballo encapuchado, y lo hace con afán de venganza, y las medidas tomadas por el gobierno federal llegarán demasiado tarde para salvar treinta y ocho vidas, demasiado tarde para evitar las violaciones y las palizas, demasiado tarde para detener la quema y la destrucción de granjas, de cosechas y de cabezas de ganado.

Demasiado tarde para salvar a Missy Jones.

Su marido, Martin, hizo campaña para asegurar el voto negro en 1870 en vista de la intimidación y la violencia reinantes. Se oponía a renegar del Partido Republicano y se había ganado una paliza por meterse en líos. Después, prestó su apoyo y sus ahorros a la naciente milicia negra y marchó con sus hombres por la ciudad en una radiante tarde de domingo. Sólo iba armado uno de cada diez hombres, pero, aun así, los que luchaban contra la ola de emancipación lo consideraron como un acto de arrogancia sin precedentes.

Fue Missy la que oyó aproximarse a los jinetes y la que dijo a su marido que huyese, porque esa vez lo matarían si lo encontraban. Los jinetes de la noche aún no habían hecho daño a ninguna mujer en la comarca de York, así que Missy, aunque temía a los hombres armados, no tenía razón alguna para suponer que ella sería la primera.

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