El hombre en el laberinto [The Man in the Maze - es]
- Автор: Силверберг Роберт
- Год: 1976
- Язык: испанский
- Год: Bruguera
- ISBN: 978-84-02-04917-9
- Переводчик: Beatriz Podest
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «El hombre en el laberinto [The Man in the Maze - es]». Краткое содержание книги:
El hombre en el laberinto es, indiscutiblemente, la novela más inquietante y hermosa de Silvegberg, acaparador de premios Hugo y Nebula y uno de los escritores más audaces y polémicos de los últimos años.
— ¿Cómo de extraños?
— Pueden ver todo el espectro — dijo Rawlings —. Su campo visual básico está en las frecuencias altas. Ven con la luz de los rayos X. También parecen ser capaces de usar las frecuencias radiales para ver o, por lo menos, para recibir información sensorial. Y reciben la mayoría de las longitudes de onda centrales, pero no se interesan mucho en la zona situada entre el infrarrojo y el ultravioleta. Lo que nosotros llamamos el espectro visible.
— Aguarda un momento. ¿Sentidos radiales? ¿Tienes una idea de la longitud de las ondas de radio? Para obtener información de una onda así necesitarían ojos o receptores o lo que sea de un tamaño gigantesco. ¿Qué tamaño tienen esos seres?
— Podrían desayunar un elefante — dijo Rawlings.
— Las formas de vida inteligente no son tan grandes.
— ¿Por qué no? Ese es un planeta gaseoso gigante. No hay más que océanos; la gravedad es casi inexistente. Flotan. No tienen problemas de masa.
— ¿Y una manada de superalienígenas ha desarrollado una cultura aérea? — preguntó Mulle —. No pretenderás que crea…
— Lo han hecho — dijo Rawlings —. Ya le dije que eran seres muy extraños. Ellos no pueden construir máquinas. Pero tienen esclavos.
— Oh — dijo Muller en voz baja.
— Apenas estamos empezando a entenderlo y, por supuesto, yo no conozco todos los datos, pero, por lo que sé, parece que estos utilizan formas de vida inferiores y las transforman en robots controlados por radio. Usan cualquier cosa que tenga miembros y movilidad. Empezaron con unos animales de su propio planeta, parecidos a delfines, que estaban quizás en el umbral de la inteligencia, y por medio de ellos obtuvieron la propulsión espacial. Entonces fueron a los planetas vecinos (planetas sólidos) y se aseguraron el control de unos pseudoprimates, Protochimpancés, creo. Buscan dedos. La destreza manual es muy importante para ellos. Actualmente su esfera de influencia cubre unos ochenta años luz y parece estar aumentando a un ritmo exponencial.
Muller meneó la cabeza.
— Esto es un disparate aún mayor que lo que me dijiste de la cura. Una transmisión electromagnética tiene una velocidad dada, ¿no? Si controlan a sus lacayos desde ochenta años luz de distancia, cada orden demora ochenta años en llegar a destino. Cada gesto, cada contracción muscular…
— Pueden viajar — le interrumpió Rawlings.
— Pero si son tan grandes…
— Han utilizado a sus esclavos para construir tanques gravitatorios. Y controlan la propulsión estelar. Todas sus colonias son regidas por supervisores que están en órbita a unos pocos miles de kilómetros de origen. Un supervisor es suficiente para cada planeta. Supongo que harán turnos.
Muller cerró los ojos un momento. Le llegó la imagen de esas bestias colosales, inimaginables, extendiéndose por su lejana galaxia, aprisionando toda clase de animales, moldeando una sociedad cautiva y vicariamente tecnológica, flotando en órbita como ballenas espaciales para dirigir y coordinar esa grandiosa e improbable empresa, incapaces del menor acto físico. Masas monstruosas de protoplasma rosa y brillante, recién salido del mar, erizado de sensores funcionando en los dos extremos del espectro. Susurrando entre ellos por medio de rayos X. Enviando órdenes por radio. «No — pensó —. No. »
— Bueno — dijo finalmente —. ¿Y qué? Están en otra galaxia.
— Ya no. Han tropezado con algunas de nuestras colonias más lejanas. ¿Sabe qué hacen cuando encuentran un mundo humano? Ponen en órbita a un supervisor y se apoderan de los colonos. Han descubierto que los humanos son espléndidos esclavos, cosa que no resulta muy sorprendente. En este momento se han apoderado de seis de nuestros mundos. Tenían otro, pero matamos a su supervisor. Ahora resulta mucho más difícil; se apoderan de nuestros misiles cuando van hacia ellos y los envían de vuelta.
— Si estás inventando esto — dijo Muller —, ¡te mataré!
— Es cierto. Lo juro.
— ¿Cuándo empezó?
— El año pasado.
— ¿Y qué sucederá? ¿Se apoderarán de la galaxia y nos convertirán a todos en zombies?
— Boardman cree que hay una posibilidad de evitarlo.
— ¿Cuál?
— Al parecer, estos seres no saben que somos inteligentes. No podemos comunicarnos con ellos, ¿se da cuenta? Funcionan a un nivel no verbal, una especie de telepatía. Hemos tratado de comunicarnos con ellos de muchas maneras, bombardeándolos con mensajes en todas las longitudes de onda, sin obtener ni un signo de que reciben nuestras transmisiones. Boardman cree que si pudiéramos persuadirles de que tenemos… bueno, almas…, quizá nos dejarían en paz. Dios sabe por qué piensa eso. Creo que lo predijo un ordenador. Cree que estos seres se mueven dentro de un esquema moral coherente, que están dispuestos a apoderarse de cualquier animal útil, pero que no molestarían a una especie que está del mismo lado que ellos en la frontera de la inteligencia. Y si de algún modo pudiéramos demostrarles que…
— Pero saben que tenemos ciudades. Y propulsión estelar. ¿No prueba eso que somos inteligentes?
— Los castores construyen diques — replicó Rawlings. — Pero no firmamos tratados con los castores. Ni pagamos una indemnización cuando secamos un pantano. Sabemos que no debemos preocuparnos por sus sentimientos.
— ¿Lo sabemos? ¿O simplemente hemos decidido que los castores no importan? ¿Y qué es eso de la frontera de la inteligencia? Hay un espectro continuo de inteligencia, desde los protozoarios hasta los primates. Sí, somos un poco más inteligentes que los chimpancés, pero ¿es una diferencia cualitativa? ¿Acaso el hecho de que podemos registrar nuestros conocimientos y usarlos nuevamente es tan especial?
— No quiero discutir sobre filosofía con usted — dijo roncamente Rawlings —. Estoy tratando de decirle cuál es la situación, y cómo le afecta.
— Sí. ¿Cómo me afecta?
— Boardman piensa que podríamos lograr que los seres radiales nos dejaran en paz si les demostráramos que estamos más cerca de ellos en materia de inteligencia que sus otros esclavos. Si pudiéramos comunicarles que tenemos emociones, necesidades, ambiciones, sueños.
Muller escupió.
— Un judío, ¿no tiene ojos? Un judío, ¿no tiene manos, órganos, dimensiones, sentidos, afectos, pasiones? Si nos pincháis, ¿no sangramos?
— Sí; es eso.
— ¿Y cómo nos comunicaremos con ellos si carecen de un lenguaje verbal?
— ¿No lo comprende?
— No. Yo… Sí ¡Por Dios, sí!
— Existe un hombre, entre todos los miles de millones de hombres, que no necesita de las palabras para comunicarse. Transmite sus sentimientos. Su alma. No sabemos qué frecuencia utiliza, pero quizás ellos lo sepan.
— Sí. Sí.
— Y por eso Boardman quería pedirle que hiciera una cosa más por la humanidad. Que fuera a ver a esos seres. Que ellos pudieran recibir su transmisión. Que les demostrara que no somos animales.
— Pero entonces, ¿por qué me hablaste de volver la tierra, de que me mentiste?
— Un truco. Una trampa. Había que sacarle de laberinto, de cualquier forma. Y cuando estuviese fuera podríamos contarle toda la historia y pedirle ayuda.
— ¿Reconociendo que no había cura?
— Sí.
— ¿Y qué te hace pensar que yo iba a mover un dedo para evitar que los mundos humanos fuesen esclavizados?
— Su ayuda no tendría que ser necesariamente voluntaria — dijo Rawlings.
7
Ahora llegó el torrente de odio, de angustia de temor, de celos, de tormento, de amargura, de burla, de desprecio, de ira, de desesperación, de vehemencia, de agitación, de pena, de dolor, de agonía, de fuego, de furor, Rawlings se apartó como si le hubiesen quemado. Muller navegaba en la desesperación más profunda. Una trampa, una trampa, ¡todo había sido una trampa! Nuevamente lo habían usado. Era una herramienta para Boardman. Muller ardía. Sólo dijo unas pocas palabras en voz alta; el resto llegó desde dentro, derramándose por un dique abierto, sin contener nada: un torrente de furia.