Cuentos de Terramar [Tales from Earthsea - es]
- Автор: Гуин Урсула К. Ле
- Серия: Terramar #5
- Год: 2002
- Язык: испанский
- Год: Minotauro
- ISBN: 978-84-450-7371-1
- Переводчик: Franca Borsani
- Жанр: Фэнтези
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Y la última historia, Dragonvolador, que tiene lugar algunos años después del final de Tehanu, muestra como la determinación de una mujer puede romper el férreo control masculino sobre la magia de Terramar.
Los cuentos se completan con un ensayo sobre las gentes, las lenguas, la historia y la magia de Terramar.
Esta aclamada continuación del reino mágico de Terramar confirma a Ursula K. Le Guin como una de las más brillantes escritoras de nuestro tiempo.
Cuando hubo hecho todo lo que podía hacer para prevenir a la ciudad, y cuando hubo visto a todos los guardianes de las puertas y del puerto hacer lo que podían para evitar que los pocos caminos se atascaran y se convirtieran en trampas mortales llenas de gente presa del pánico, Ogión se encerró en una habitación en la torre de las señales del Puerto, cerró la puerta con llave, ya que todos querían hablar con él al mismo tiempo, y se envió al Lagunajo Oscuro, en los pastos de ganado de Semere, en lo alto de la Montaña.
Su antiguo maestro estaba sentado sobre la hierba, próximo al lagunajo, comiendo una manzana. Trozos de cáscara de huevo salpicaban el suelo cerca de sus piernas, las cuales estaban cubiertas de barro seco. Cuando alzó la vista y vio la imagen de Ogión, esbozó una amplia y dulce sonrisa. Pero se veía viejo. Nunca le había parecido tan viejo a Ogión. Éste no lo veía hacía más de un año, puesto que había estado muy atareado en el Puerto de Gont, lidiando con los negocios de los señores y de la gente, nunca una oportunidad para caminar por los bosques sobre la ladera de la montaña o para ir a sentarse con Heleth en la pequeña morada de Re Albi, y escuchar y estarse quieto. Heleth era un anciano, tenía ahora cerca de ochenta años; y tenía miedo. Sonrió con alegría al ver a Ogión, pero tenía miedo.
—Creo que lo que tenemos que hacer —dijo sin preámbulos— es tratar de evitar que la falla se cierre demasiado. Tú en las Puertas y yo en el límite interior, en la Montaña. Trabajando juntos, ya sabes. Podríamos llegar a conseguirlo. Puedo sentir cómo se está formando, ¿lo sientes?
Ogión sacudió la cabeza. Dejó que su imagen se sentara sobre la hierba cerca de Heleth, pero no curvó los tallos de la hierba donde pisó o se sentó. —Lo único que he hecho ha sido hundir a la ciudad en el pánico y sacar a todos los barcos de la bahía —dijo—. ¿Qué es lo que sentís? ¿Cómo lo sentís?
Eran preguntas técnicas, de mago a mago. Heleth dudó unos instantes antes de responder.
—Ard me enseñó algo acerca de esto —dijo, e hizo una pausa.
Nunca le había dicho a Ogión nada acerca de su primer maestro, un hechicero desconocido incluso en Gont, y tal vez con mala fama. Ogión sabía solamente que Ard nunca había ido a Roke, que había sido adiestrado en Perregal, y que algún misterio o alguna vergüenza oscurecía su nombre. Aunque era bastante hablador, para ser un mago, Heleth era silencioso como una piedra cuando se trataba de ciertas cosas. Así que Ogión, que respetaba el silencio, nunca le había preguntado nada acerca de su maestro.
—No es magia de Roke —dijo el viejo. Su voz era seca, un poco forzada—. Nada que afecte al equilibrio, sin embargo. Nada engorroso.
Aquélla había sido siempre su palabra para las acciones viles, los sortilegios para obtener beneficios, las maldiciones, la magia negra: «las cosas engorrosas».
Después de un rato, buscando las palabras, prosiguió: —Tierra. Rocas. Es una magia sucia. Antigua. Muy antigua. Tan antigua como la Isla de Gont.
—¿Los Antiguos Poderes? —murmuró Ogión.
Heleth le contestó: —No estoy seguro.
—¿Controlará a la misma tierra?
—Creo que es más un asunto de meterse en ella. Dentro de ella. —El viejo estaba enterrando el corazón de su manzana y los trozos más grandes de cáscara de huevo debajo de la tierra suelta, aplastándola con la mano pulcramente.— Por supuesto que conozco las palabras, pero tendré que descubrir qué hacer a medida que lo voy haciendo. Ése es el problema de los grandes sortilegios, ¿verdad? Sabes lo que tienes que hacer a medida que vas haciéndolo. No hay oportunidad de practicar —levantó la vista—. Ah… ¡ahí! ¿Sientes eso?
Ogión sacudió la cabeza.
—Resistid —dijo Heleth, su mano todavía aplastando ausente y gentilmente la tierra, como se acariciaría a una vaca asustada—. Ahora falta poco, creo. ¿Puedes mantener las Puertas abiertas, querido?
—Decidme lo que haréis vos…
Pero Heleth ya estaba sacudiendo la cabeza. —No —le dijo—. No hay tiempo. No es a lo que estás acostumbrado. —Se distraía cada vez más con lo que fuera que sentía en la tierra o en el aire, y a través de él Ogión también sintió aquella tensión acumulándose, intolerable.
Permanecieron allí sentados sin hablar. La crisis pasó. Heleth se relajó un poco y hasta sonrió. —Es algo muy antiguo —dijo— lo que voy a hacer. Ahora me gustaría haber pensado más en ello. Habértelo enseñado a ti. Pero me parecía un poco tosco. Un poco torpe… Ella no me dijo dónde lo había aprendido. Aquí, por supuesto… Hay distintas clases de conocimiento, después de todo. —¿Ella?
—Ard. Mi Maestro. —Heleth levantó la vista, su rostro indescifrable, su expresión probablemente furtiva.— ¿No lo sabías? No, supongo que nunca lo mencioné. Me pregunto qué diferencia habría en su magia, por ser una mujer. O en la mía, por ser un hombre… Lo que importa, me parece a mí, es en la casa de quién vivimos. Y a quién dejamos entrar en la casa. Este tipo de cosas… ¡Ahí está? Ahí está otra vez…
Su repentina tensión e inmovilidad, la cara de preocupación y la mirada hacia adentro eran como las de una mujer haciendo el trabajo de parto cuando la matriz se contrae. Ése era el pensamiento de Ogión, incluso cuando le preguntaba: —¿Qué habéis querido decir con: «en la Montaña»?
El espasmo pasó; Heleth respondió: —Dentro de ella. Allí en Yaved. —Señaló el grupo de colinas debajo de ellos.— Entraré e intentaré que las cosas no empeoren. Mientras lo haga, descubriré la forma de hacerlo, no lo dudo. Pienso que deberías volver a ti mismo. Las cosas se están poniendo tensas. —Se detuvo otra vez, con la mirada fija como si estuviese sufriendo un intenso dolor, encorvado y acurrucado. Se puso de pie con inmensa dificultad. Sin pensar, Ogión estiró la mano para ayudarlo.
—No sirve de nada —le dijo el viejo mago, sonriendo—, eres sólo viento y luz de sol. Ahora yo seré tierra y piedra. Será mejor que continúes con lo tuyo. Adiós, Aihal. Mantén la… mantén la boca abierta, por una vez, ¿eh?
Ogión, obediente, se llevó a sí mismo de regreso a aquella habitación mal ventilada y llena de tapices en el Puerto de Gont, pero no comprendió la broma del viejo hasta que miró por la ventana y vio los Promontorios Fortificados allí abajo, al final de la extensa bahía, las mandíbulas listas para cerrarse de golpe.
—Lo haré —dijo, y a ello se dispuso.
—Lo que tengo que hacer, verás —dijo el viejo mago, todavía hablándole a Silencio, porque era reconfortante hablar con él aunque ya no estuviera allí—, es entrar en la montaña, bien adentro. Pero no de la manera en que lo hace un hechicero-prospector, no simplemente deslizarme entre las cosas y mirar y probar. Más profundamente. Hasta el fondo. No en las venas, sino hasta los huesos. De acuerdo. —Y allí solo, de pie, en los altos pastos, a la luz del mediodía, Heleth abrió los brazos ampliamente en el gesto de invocación que abre todos los grandes hechizos, y habló.
Nada sucedió mientras decía las palabras que Ard le había enseñado, su antiguo maestro-bruja, con su boca amargada y sus largos y delgados brazos, las palabras mal dichas en aquel entonces, bien dichas ahora.
Nada sucedió, y tuvo tiempo de lamentarse de la luz del sol y del viento del mar, y de dudar del hechizo, y de dudar de sí mismo, antes de que la tierra se levantara a su alrededor, seca, cálida y oscura.
Allí dentro supo que debía darse prisa, que los huesos de la tierra le dolían al moverse, y que debía convertirse en ellos para guiarlos, pero no pudo ir menos lento. En él yacía el aturdimiento de cualquier transformación. En sus días había sido zorro, y toro, y dragón volador, y sabía lo que era cambiar de ser. Pero esto era distinto, este lento agrandamiento. «Me estoy ampliando», pensó.