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Misión De Honor

Электронная книга - «Misión De Honor». Краткое содержание книги:

En su última película, James Bond renuncia a la categoría de 007, abandona el servicio y parte hacia Montecarlo, al volante de su Bentley Mulsanne Turbo, para cumplir una misión distinta a todo lo que había hecho hasta aquel momento. ¿Cómo explicar el súbito cambio de vida del hombre que venía siendo la más elogiada arma defensiva de cuantas ha tenido el Estado británico? ¿Y qué imprevisibles consecuencias tendrá esta decisión para el juego internacional de fuerzas cuyo equilibrio nos permite a los ciudadanos corrientes dormir tranquilos? Bond ha sido nombrado heredero de su tío Bruce, de Australia, con una condición de obligado cumplimiento: tiene que gastar las primeras cien mil libras del legado frívolamente, en actividades censurables cuya elección deja a su albedrío, dentro de un plazo determinado. Y Bond decide conciliar parte de ese mandato con su renovada pasión por ese príncipe de los coches que es el Bentley. Pero su abandono del Servicio exige explicaciones más consistentes. En el Parlamento, la oposición interpela al Ministerio a propósito de fallos en el sistema de seguridad británico encubiertos por el Gobierno. El que se sospeche de él no preocupa tanto a Bond como la posibilidad de que en el esclarecimiento de los hechos su honorabilidad se ponga en tela de juicio. Esta nueva y diabólica trama de John Gardner conduce a James Bond hasta un genio de los ordenadores que traiciona al Pentágono. También le enfrenta a un siniestro ejército mercenario que está fraguando una audaz operación terrorista, y le lleva a un alocado vuelo en zeppelín sobre Ginebra coincidiendo con la celebración de una conferencia en la cumbre de defensa de la paz. Y para salvar su honor, James Bond tendrá que vencer todos esos obstáculos…
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– Las gracias tendrá que darlas ahí -respondió Bond mientras le conducía, firmemente sujeto por el brazo, hacia el iluminado portal del edificio de Northumberland Avenue cruzando su explanada frontal.

Una puerta giratoria daba acceso a un vestíbulo embaldosado de mármol, desde el cual subieron en ascensor a la segunda planta, en cuyo angosto rellano un musculoso guardia de servicio se levantó a medias de su escritorio, para preguntarles qué deseaban.

– Depredador -respondió Bond, lacónico-. Anúncieles que está aquí Depredador y un amigo suyo -precisó, sin sonreír.

Apenas un minuto más tarde, el mismo guardia les mostraba el camino, a través de un pasillo, hacia una estancia más espaciosa. Las cortinas, de terciopelo rojo, estaban corridas. Un retrato de la reina colgaba sobre la chimenea Adam y otro, de Winston Churchill, adornaba la pared contraria. Una larga y reluciente mesa de juntas ocupaba buena parte del espacio disponible.

Seis rostros se volvieron en un solo movimiento hacia los recién llegados. «M» presidía la mesa. A su derecha se encontraba Bill Tanner, y al lado opuesto Bond reconoció a otro oficial del Servicio. Sentado junto a Tanner estaba el comandante Boothroyd, el armero, jefe de la sección Q, y lady Freddie Fortune ocupaba el asiento inmediato.

Bond no tuvo tiempo de asombrarse ante la presencia de Freddie, porque el sexto y último componente de la asamblea abandonó su silla casi a la carrera.

– ¡James, cariño! ¡Qué alegría verte! Indiferente a las conveniencias, Percy Proud le estrechó contra sí en un abrazo que parecía no ir a interrumpirse ya.

– ¡Comandante Bond! ¡Miss Proud! -exclamó «M» auténticamente confuso-. Creo que… Hmmm… Tenemos cosas importantes que hacer.

Desprendiéndose de Percy, Bond saludó con la cabeza al resto de los reunidos y presentó a Peter.

– Considero que el profesor Amadeus puede ayudarnos -dijo.

Lo hizo dirigiendo a Freddie Fortune miradas tan frecuentes y suspicaces, que «M» terminó por explicar:

– Lady Freddie lleva unos cuantos años en el equipo. Ha realizado excelentes trabajos de infiltración. Muy encubiertos. Es una excelente colaboradora, cero cero siete. Olvide usted por completo que la ha visto aquí.

Reparando en la fija mirada de que le hacía objeto Freddie, Bond arqueó una ceja y respondió con una sonrisa sarcástica:

– Confío, señor, en que se habrán introducido ustedes… comenzó a decir.

– Sí, cero cero siete -le atajó «M»-. Entramos en Endor cosa de una hora después de haber abandonado usted la casa en su coche. Pero los pájaros habían volado. No creo que quedasen muchos allí en el momento de marchar usted. Y han desaparecido como por arte de magia. Sin dejar rastro. Pensamos que podría usted decirnos…

– A mí me dieron instrucciones de volver a la casa por el mismo itinerario que he seguido al venir.

Recordaba la sensación de soledad que le había producido Endor aquella mañana, y el hecho de que sólo hubiera visto a Cindy y al asistente árabe a primera hora, y más tarde, únicamente a Holy, Rahani y Zwingli.

– Pero los coches seguían en el garaje -arguyó, consciente del poco peso de la excusa-. Los tres.

– Nuestra gente sólo encontró dos al llegar -intervino el hombre al que Bond había reconocido, pero cuyo nombre no conseguía recordar, y que era, sin duda, el oficial de enlace.

– ¿Y qué ha sido de mi compañera? ¿Qué se sabe de Cindy? -preguntó Percy, apoyándole una mano en la manga a Bond, que hurtó la mirada.

– No lo sé con certeza. Anoche me prestó una gran ayuda. Incluso trató de hacerse con una copia del simulacro… del programa en que se basa lo que se trae esa gente entre manos -dijo. Y volviéndose hacia «M», añadió-: ¿Sabía usted, señor, que en todo este asunto actúan por mandato de ESPECTRO?

«M» que cuando se lo proponía sabía ser glacial en sus respuestas, dijo:

– ¿De veras? ¿O sea que esa organización infame vuelve a estar en pie de guerra?

– Todavía no me has dicho qué ha sido de Cindy -terció Percy, esa vez asiéndole el brazo con fuerza.

– Realmente no lo sé, Percy. Ni idea.

Y pasó a relatarle los sucesos de la noche anterior, omitiendo cuanto había ocurrido después de su regreso al cuarto de la mulata, pero no la conversación mantenida con Holy por la mañana.

– ¿Quiere decirse que no sabemos nada acerca de ese simulacro? -preguntó «M».

– Permítanme intervenir -dijo Amadeus, con lo cual todos los presentes se volvieron hacia é1-. Yo he visto funcionar ese programa. Fue hace un par de semanas. Una noche, ya de madrugada. No podía dormir y bajé al laboratorio. Jason estaba en la sala de guerra. Míster Bond sabe a qué me refiero: una habitación situada al fondo del sótano. Le tenía aquélla tan absorto, que ni siquiera me oyó -adujo, pasándose una mano por la frente-. Eso fue mucho antes de que apareciese aquella partida de brutos cargados de armas…, antes de que empezara a angustiarme el estar en aquella casa

«M», incómodo, se había puesto a dar nerviosas chupadas a la pipa.

– De modo que me dije yo: acércate y echa una ojeada, Pete. A ese programa le llaman…

– El juego del Globo -le interrumpió Bond.

– Yo he visto cómo lo desarrollaban y usted no, míster Bond. Y además tengo el uso de la palabra -Amadeus lanzó una mirada a su alrededor, gozándose en la atención de que era objeto-. Como venía diciendo, le llaman el juego del Globo, pero tiene que ver con algo que han bautizado con el nombre de Operación Desescalador.

«M», frunció el ceño, repitió en voz baja el nombre.

– El simulacro -continuó Amadeus, más audiblemente- se desarrolla, al parecer, en un aeropuerto comercial, más bien pequeño y que no reconocí, aunque eso carece de importancia. La trama comienza en un complejo de oficinas situado inmediatamente a la izquierda del edificio de la terminal. Hay mucho movimiento de coches y de comandos que se sitúan en posiciones estratégicas. Por lo que pude ver, el propósito de todo eso es echarle el lazo a alguien.

– ¿Echarle el lazo? -preguntó «M».

– Secuestrarle, señor -explicó Bond.

Amadeus les dedicó una mirada severa y elocuente: no le gustaba que le interrumpiesen.

– Después de echarle el lazo a ese sujeto, hay mucho trajín entre coches. Ya me entienden: lo llevan a cierto lugar y allí lo sacan de un vehículo y lo meten en otro. De ahí, la acción pasa a un campo más pequeño…, un aeródromo. Todas las instalaciones, la torre de control, el edificio principal, el hangar, es de tamaño reducido. ¿Y qué dirían que hay allí, además? Un dirigible.

– ¿Un dirigible? -repitió Bond sorprendido.

– De ahí viene lo del Juego del Globo. Entran en ese campo de aviación con el secuestrado. El montaje me pareció inteligente a más no poder… Emplean tres coches, doce hombres y el rehén… Llamémosle así. ¿Resultado? El grupo domina la situación por las armas. En el desenlace, que es bastante complicado, entra en juego el dirigible, que despega con rumbo desconocido y…

– ¡Jefe de personal! -exclamó «M» casi con un grito-. Compruebe lo de esa máquina. Sabemos que existe porque figuraba en el itinerario. Lo vi personalmente. Obtuvieron la debida autorización del equipo del presidente, de nuestro primer ministro y de los rusos, so pretexto de un vuelo de exhibición previsto para el mediodía de mañana.

Bill Tanner abandonaba la estancia antes de que «M» hubiese concluido su explicación.

Bond miró a su superior jerárquico con expresión claramente interrogativa.

– Verá, señor, estos últimos días no he tenido acceso a ningún medio de comunicación. Ni siquiera pude utilizar la radio del coche. ¿Tendría usted inconveniente…?

– Ninguno -«M» se retrepó en su asiento-. Afortunadamente ahora tenemos cierta noción de lo que pueden estar maquinando. Conocemos el lugar y los medios elegidos para llevar a cabo el golpe. Ahora nos falta saber en qué ha de consistir. Y eso es harina de otro costal…

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