Muerte En Invierno
- Автор: Камински Стюарт Мелвин
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «Muerte En Invierno». Краткое содержание книги:
– Eso fue lo que ocurrió -dijo Louisa.
– Ayer nos dijo que todavía no había acabado de escribirlo -dijo Mac.
– De reescribirlo -aclaró Louisa-. No me entendió bien. Estaba trabajando en un segundo borrador.
– ¿Puedo hacerle una pregunta? -dijo Mac.
Louisa miró a Pease, quien dijo:
– Usted puede preguntar, pero yo puedo decirle a mi clienta que se niegue a responder. Queremos cooperar con la policía, para ayudar a encontrar al asesino del señor Lutnikov.
A Fineberg no le sorprendió la pregunta de Mac. Se lo había propuesto cuando iban de camino al apartamento.
– ¿Puede definir algunas de las siguientes palabras?
Mac sacó una libretita de su bolsillo.
– Ágape, obsequioso, tendencioso.
Louisa Cormier parpadeó.
– Yo no… -empezó a decir.
– Estas palabras aparecen en sus libros -dijo Mac-. Tengo otras dieciséis palabras sobre las que me gustaría preguntarle.
– ¿Utiliza el diccionario para escribir, Louisa? -le preguntó Pease.
– A veces -respondió.
Pease alzó las manos y sonrió.
– Tenemos un experto que testificará que Charles Lutnikov escribió las novelas de Louisa Cormier -dijo Fineberg.
– Yo tengo cinco expertos que dirán que ella ha escrito todos sus libros -dijo Pease-. Todos ellos doctores en la materia. ¿Qué tenemos más allá de este punto?
– Encontraremos el arma homicida -dijo Mac-. Y las tenazas para cortar hierro que su clienta usó para abrir el candado en el club de tiro Drietch.
– Buena suerte -dijo Pease-. Según su propio informe, el arma que estaba en la caja en el club de tiro no fue la que se usó para matar a Lutnikov.
– Cierto -dijo Mac mirando a Louisa a los ojos-, pero creo que sé dónde está la que mató a Lutnikov.
– ¿Y las huidizas tenazas para cortar hierro? -preguntó Pease.
Mac asintió.
– Es un farol -dijo Pease-. ¿Dónde están?
– Ahí afuera, a campo abierto -dijo Mac-. ¿Le resulta familiar, señorita Cormier?
Louisa se movió ligeramente y apartó la mirada.
– Creo que hemos acabado -dijo Pease-. A menos que vayan a detener a mi clienta.
Joelle Fineberg se puso en pie. También lo hicieron Mac y Pease. Louisa permaneció sentada, con los ojos clavados en Mac.
En el ascensor, de bajada, Joelle Fineberg dijo:
– ¿«Ahí afuera, a campo abierto»? ¿De dónde ha sacado eso, de Poe o Conan Doyle?
– De una de las novelas de Louisa Cormier -dijo Mac-. No sé de dónde lo sacó ella.
El ascensor llegó a la planta baja y las puertas se abrieron.
– Llámeme cuando tenga algo -dijo ella.
Mac asintió.
Pasaron junto a McGee, el portero, quien asintió con una sonrisa. Volvía a nevar, no mucho, pero nevaba. La temperatura descendió hasta 15 ºC bajo cero.
– La pistola está en el edificio -dijo Mac-. No pudo librarse de ella.
– ¿Por qué?
– Porque sabemos que la tiene -dijo.
– Usted examinó el arma -dijo Fineberg-. No había sido disparada.
– La pistola que nos enseñó no había sido disparada -le corrigió.
Fue la abogada la que asintió entonces.
– ¿Y las tenazas? -preguntó Joelle Fineberg-. ¿Qué pasa si se libró de ellas?
– Cree que es lo bastante lista para salirse con la suya.
– ¿Qué?
Mac sonrió y caminó hacia las escaleras. Joelle le observó durante unos segundos y después se abotonó el abrigo, rodeó su cuello con una bufanda y se colocó unas orejeras que acababa de sacar del bolsillo.
Cuando volvió a mirar por encima del hombro, Mac ya no estaba a la vista. McGee le abrió la puerta y ella salió al frío inclemente de la calle.
– ¿De dónde has sacado esto? -preguntó Hawkes.
– De un pañuelo de papel en la basura -respondió Danny. Estaban sentados en un banco de la habitación del sótano del cuartel de CSI donde se encontraban las máquinas de café, bocadillos y chocolatinas, alineadas como máquinas tragaperras en los lavabos de Las Vegas. Sobre ellos, uno de los fluorescentes parpadeaba.
Sheldon Hawkes dejó el bocadillo de atún con excesiva mayonesa en su plato de papel y tomó el portaobjetos de Danny.
– Subamos y echémosle un vistazo por el microscopio -dijo Danny.
– ¿Lo has identificado? -preguntó Hawkes devolviéndole el portaobjetos y tomando de nuevo su bocadillo.
– Es raro, pero no tanto -dijo Danny.
– ¿Se lo has dicho a alguien?
– A nadie de por aquí -dijo Danny-. Llamó Stella. Me dijo que estaba de camino y me pidió que sacase todas las fotografías del escenario del crimen de Spanio.
– ¿Y su tono de voz?
– Parecía enferma -dijo Danny.
Hawkes acabó su bocadillo, le dio un último trago a su Dr. Pepper light, tiró la lata a la papelera y se puso en pie.
– Echémosle un vistazo -dijo.
En la mesa frente a Stella estaban desplegadas de forma muy ordenada las fotografías del dormitorio en el que Alberta Spanio había sido asesinada y también las del lavabo adyacente. Le interesaba, en especial, el lavabo.
Seleccionó cuatro fotografías y las examinó lentamente acercando la cara a cada una de ellas. Lo que recordaba era cierto. Inclinarse aumentó su dolor de cabeza y el malestar de su estómago.
Stella alargó el brazo en busca de la taza de té que se estaba tomando con la esperanza de que le calmase el estómago. Pero no le sirvió de nada. Cambió de idea.
Estaba convencida de tener razón. Estaba razonablemente segura de saber qué había pasado y quién había matado a Alberta Spanio, y quizás incluso de descubrir por qué había muerto Collier. De no ser por la gripe, que ahora reconocía, habría llegado mucho antes a esa conclusión.
Alguien entró por la puerta del laboratorio, a su espalda. Stella se puso en pie y se volvió. Estaba mareada, pero muy decidida.
Entraron Hawkes y Danny.
– Debería de haberlo supuesto -dijo preguntándose qué hacía allí Hawkes. Rara vez abandonaba a sus cadáveres, a no ser que fuera para comer o para marcharse a casa.
– ¿Qué? -preguntó Danny aproximándose con Hawkes a su lado.
– El asesinato de Spanio -dijo ella.
– Genial -dijo Danny.
– Tengo que telefonear a Mac -dijo Stella.
– Tengo unas muestras y quiero que les eches un vistazo ahora mismo -dijo Danny.
Hawkes le pasó los dos portaobjetos.
– ¿No podría…?
Hawkes negó con la cabeza.
– ¿Qué hay aquí? -preguntó ella.
– Échales un vistazo -dijo Danny.
Stella suspiró y caminó hasta el microscopio, encendió la luz y tomó los portaobjetos de Danny. Se sentó, con los dos hombres situados a su espalda. Enfocó la primera muestra. El microscopio era multifuncional y potente. Gracias a varios ajustes pudo colocar las dos muestras alineadas para compararlas.
– Un virus -dijo-. El mismo en las dos muestras.
– ¿Sabes qué es? -preguntó Hawkes.
– No lo reconozco -dijo Stella.
– Es leptospirosis -dijo Hawkes.
Stella parpadeó y después rebuscó mentalmente en su catálogo de enfermedades.
– Es raro -dijo Stella.
– Entre uno y doscientos casos al año en Estados Unidos -dijo Danny-. La mitad de ellos en Hawai. Normalmente se trata de una enfermedad asociada al clima tropical.
– Tenemos una excepción -dijo Hawkes-. ¿Qué sabes de esa enfermedad?
– Es una infección bacteriana que se transmite con la orina animal -dijo-. ¿Uno de nuestros casos? ¿Lutnikov, Spanio, Collier, los hombres de Dario?
– No -dijo Hawkes-. Tú. Danny tomó una muestra de tus mocos de uno de tus pañuelitos de papel. No tienen fiebre. ¿Qué sabes de la leptospirosis?