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Электронная книга - «Diario de una ninfómana». Краткое содержание книги:

Diario de una ninfómana es el conmovedor relato de una mujer francesa, de buena familia, licenciada en dirección de empresas, que narra su evolución vital a través de las relaciones sexuales que va teniendo: con los sepultureros de un cementerio, con un árabe «muy aficionado» a la Coca-Cola, con un policía sin escrúpulos, con desconocidos en lugares imprevistos… Multitud de vivencias que asume con la máxima libertad que tiene cualquier persona: la que uno se concede a sí mismo y no la que se ve obligado a tener.
Esta peculiar manera de relacionarse la lleva a vivir una verdadera odisea al lado de un hombre maquiavélico empeñado en maltratarla psicológicamente. Para sobrevivir al dolor y debido a sus ilimitadas ansias de conocimiento, ejercerá la prostitución en una agencia de contactos de lujo. Allí se enfrentará a la vulnerabilidad de los hombres: hombres de reconocido prestigio, hombres de negocios, políticos… Hombres que no le harán perder sus ganas de comunicarse con el lenguaje que mejor conoce: el del cuerpo y el de las palabras escritas.
Un libro que no deja indiferente a nadie. Un libro sincero, desgarrado, escrito a contracorriente de la actitud políticamente correcta respecto del sexo. Un libro que revela, en definitiva, que hasta en el propio infierno se puede encontrar el amor.
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– Pero, ¿ni siquiera tienes novio?

– ¿Un novio? -dice casi gritando-, ¡estás loca! ¡Para que me controle y descubra lo que estoy haciendo, y luego me monte escándalos! ¡No, no, no! Ya tuve bastante con o padre de mía/üha.

– ¿Qué pasó con él?

– A los dos años de nacer la niña, me dejó para irse con otra. Eso es lo que pasó, ¡sí señora! Desde entonces, casi no viene a ver a suafilha y apenas me ayuda con dinero. ¡Será cabrón! ¡Y tiene pasta ese imbécil! Por eso no tengo novio. Además, ya no sabría estar con un hombre sin que me diera dinero.

– ¡Qué fuerte! -no sé qué decirle-. Y en la casa, ¿qué tal va?

– Bien. Hay momentos de muito trabajo y luego nada. ¡Pero siempre pico algo!

– ¿Picas algo? -Cindy es muy simpática, pero me cuesta horrores entenderla entre el ruido de la gente, la música, sus expresiones y la mezcla de portugués en cada frase.

– Sim. Siempre consigo algún trabajo, ¿comprendes? Antes había trabajado en New York y London. Hace tiempo que estoy haciendo esto. ¿Y tú? ¿Por qué estás aquí?

No quiero entrar en detalles de mi vida, aunque ella me inspira bastante confianza.

– Por culpa de un hombre que me robó mi dinero. Tengo deudas.

– Muy bien. Ahora eres tú la que va a coger dinero os hombres. ¿Es una revancha?

– No lo sé. No creo que sea sólo por eso.

Mientras intento explicarle a Cindy los motivos de mi llegada a la casa, siento que alguien me está acariciando con la mirada. Levanto los ojos instintivamente, y veo a un hombre que cuchichea al oído de su amigo. Dos hombres solos. ¡Seguro que son ellos! No consigo distinguir el color de la corbata. Parece un color vivo, pero no pondría la mano en el fuego de que sea roja. Es la única pareja masculina que hay, así que, sin dudarlo más tiempo, y dejando a Cindy con la palabra en la boca, decido acercarme al hombre que me está mirando. Pero, al levantarme, noto que algo me molesta entre las piernas. Es la maldita esponja, que se ha desplazado y me hace un daño tremendo en las entrañas. Además, tengo la terrible sensación de andar con las piernas entre paréntesis.

Cindy, que nota que algo va mal, me coge súbitamente del brazo.

– ¿Te encuentras bien? -me pregunta con visible aire preocupado.

– Sí, sí. No es nada. Es la maldita esponja… Espera, que creo que son ellos. Allí en el rincón de la barra. Ahora vuelvo.

Noto sudor en la frente, pero ya que me he levantado y estoy mirando hacia ellos, tengo que acercarme. Lo hago corno puedo.

– ¿Manuel? ¿Eres tú? -pregunto, con una media sonrisa entre los labios.

– No, yo soy Antonio y mi amigo es Carlos. ¿Cómo te llamas tú, preciosa? -me contesta el individuo del supuesto traje gris y corbata viva.

Mi cara cambia en el mismo momento que va pronunciando su nombre.

– Perdona, te confundí con alguien. Lo siento, estaba convencida.

Y me voy rápidamente antes de que me llene por completo el sentimiento de vergüenza. Me he acercado para nada, ridicula con mi manera de andar, con esta sensación horrible de tener un dodotis puesto. Vuelvo a la mesa, donde sigue Cindy, hablando acaloradamente con unos tipos sentados en la mesa de al lado.

– Son de Kuwait -me explica-. Hablan inglés, ni una palabra de español. Yo falou un poquinho de inglés, pero me cuesta, ¿y tú?

– Pero Cindy, ¿qué haces? Estamos esperando a dos hombres. ¡No puedes empezar a hablar con estos tíos!

Los kuwaities me están mirando con unas sonrisas que dicen mucho sobre sus intenciones.

– Mira, si estos tipos no vienen, me levanto a uno de estos kuwaities. Tienen dinero y seguro que pagan muy bien. Todo para mí. No diremos nada en la casa.

– ¿Estás loca o qué? Susana está esperando mi llamada todavía, y esos políticos no han aparecido. Si no vienen, tendremos que volver a la casa.

– Bueno, la hacemos esperar un poco, además, se va a ir y la reemplazará Angelika, que es muy maja. Volvemos diciendo que hemos esperado y no han venido. Mientras tanto, nos hacemos os kuwaities.

Para ella, es así de fácil.

– Doyou vant to drink something? (¿Quiere tomar algo?) -me propone uno de ellos.

– No thanks. I amsorry but we are waitingfor somefriends. (No, gracias. Lo siento pero estamos esperando a unos amigos.) -Le contesto con toda la educación del mundo. Me preocupa la situación.

– Voy a darles meu teléfono -dice Cindy. Y se pone a rebuscar en su bolso un bolígrafo para apuntar su número en un papel.

– Don't hesitóte to cali me. (No dude en llamarme.) -Le dice a uno de ellos, entregándole el papelito.

– ¿Ya estás contenta? -le digo, casi enfadada-. Todo el mundo nos está mirando. Ahora sí que parecemos unas busconas.

– No te enfades. Con el tiempo, harás o mismo que yo, ¡ya verás! Un hombre que te mira es dinero en el banco, casi seguro. Y se echa a reír.

Quizá tiene razón, pero todavía no sé hacerlo. -¿Val?

Me vuelvo para ver quién me está llamando, y me encuentro frente a frente con un hombre de unos treinta y siete años, traje gris y corbata roja. Es atractivo, y me quedo impresionada de la clase que tiene. Sin pensar demasiado, le digo:

– ¿Manuel? ¡No me lo puedo creer! ¿Qué haces tú por aquí? ¿No vivías en Madrid?

Me da dos besos en las mejillas como si nos conociéramos de toda la vida.

– Déjame que te vea. ¡No has cambiado nada! Yo sigo el juego. Es muy divertido. Veo que Cindy está conteniendo la risa.

– ¡Y tú tampoco! -digo con una amplia sonrisa-. Déjame que te presente a mi amiga. Cindy, Manuel, un amigo de hace mucho tiempo.

Manuel saluda a Cindy besándole la mano. Luego, ella se acerca a mí y me susurra:

– ¡Enternecedora escena!

Sin hacerle caso, vuelvo hacia Manuel, quien está ahora al lado de otra persona.

– Te presento a un amigo y compañero, Rodolfo. Teníamos una conferencia en Barcelona, y esta noche es su cumpleaños. Así que decidimos celebrarlo aquí.

– Mucho gusto, Rodolfo, y felicidades -le digo, tendiéndole la mano.

– Mucho gusto y felicidades -me imita Cindy.

Rodolfo es también un hombre bastante atractivo y muy simpático. Pero me gusta más Manuel.

– ¿Estáis esperando a alguien? -me pregunta Manuel, con la firme intención de sentarse a nuestro lado.

El problema va a ser ahora el cómo repartirnos entre los dos. Si he entendido bien, tiene prioridad Rodolfo, ya que es su noche. Manuel se quedará con la chica que no haya elegido su amigo.

– No, por favor, acompañadnos si queréis -les propongo, muy amablemente.

Hay un momento de vacilación y, finalmente, Rodolfo se sienta al lado de Cindy. Parece haber hecho su elección ya. Manuel se acomoda en la silla que queda y me siento aliviada.

– ¿Sigues en la política? -le pregunto.

– Sí. De algo hay que vivir.

Realmente parecemos haber aprendido nuestro papel a la perfección. Se acerca un poquito más a mí y me dice susurrando:

– Sabe tu amiga que Rodolfo no tiene que enterarse de nada, ¿verdad?

– Sí. No te preocupes.

– Bien. ¿Sabes? ¡No estás nada mal! -me dice, sin que me lo esperara.

– ¡Ah!, pues tú tampoco. Y me alegro que tu amigo haya elegido a Cindy.

– ¡Y yo! ¡Tenía un miedo! -me dice, sin parar de mirarme a los ojos.

No le contesto. Me intimida un poco.

– ¡Eres increíble! Parecemos verdaderamente amigos de toda la vida.

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