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En septiembre de 1941, después del período de trabajo para Churchill, me reincorporé al Escuadrón 148; en teoría, en diciembre volvería a volar en misiones de bombardeo. En la práctica y debido a mi larga ausencia, fui enviado a un curso de actualización; el curso se impartió en un aeródromo en la costa de Gales cercano a Aberystwyth. Cuando regresé a Tealby Moor, pasé a formar parte de una nueva tripulación de vuelo, pero casi al mismo tiempo llegó la noticia de que el Escuadrón 148 sería convertido en uno de bombarderos pesados de cuatro motores.
Una vez mas, el escuadrón fue excluido de la línea del frente, y gran parte del personal fue dispersado hacia otros destinos. Mientras estaba prestando mi servicio con Churchill había oído que el Escuadrón 148 había sido seleccionado para ser equipado con los nuevos bombarderos Lancaster. Por esa razón, opté por quedarme en él. Fui destinado a una base de la RAF en Escocia que era utilizada por las Unidades de Instrucción en Bombarderos Pesados, y allí entré en contacto con el nuevo aparato, primero entrenando con su inmediato predecesor de dos motores, el Manchester, después practicando con el Halifax, otro cuatrimotor de diseño un poco más antiguo. Así pues, fui uno de los primeros pilotos de la RAF que volaron con los Lancaster en misiones de bombardeo. El avión que en los próximos años se convertiría en la espina dorsal de la campaña de bombardeo que la RAF llevó a cabo contra Alemania.
En 1942, el Lancaster representó un cambio radical en el diseño de bombarderos. Era capaz de volar a mayor velocidad, a mayor altura y más lejos que cualquier avión existente. Era potente, bien protegido, y podía transportar una carga de bombas mucho mayor y más diversa. Estaba provisto de motores Rolls-Royce Merlin —el mismo que llevaba el famoso caza Spitfire— y volaba como un sueño, tanto cargado como vacío.
Después de dos semanas en la base de Escocia trabajando con mi nueva tripulación, instruyéndonos y familiarizándonos con los aviones, nos enviaron de vuelta a Tealby Moor. A su debido tiempo, el escuadrón empezó a recibir los Lancaster —recién salidos de la fábrica— y para mayo ya estábamos listos para reanudar las misiones. Mi primera incursión con el Lancaster fue contra la ciudad alemana de Mannheim, pero después de esa «carnicería» fuimos retirados otra vez de las operaciones de bombardeo. Dos semanas más tarde, durante las cuales circuló constantemente el rumor de que el Ministerio del Aire estaba preparando algo «espectacular», participé en lo que se llamó «bombardeo con mil aviones» sobre Colonia, el 30 de mayo de 1942.
En ciertos aspectos, esas dos misiones, la de Mannheim y la de Colonia, fueron asuntos rutinarios: no tuvimos dificultades técnicas con el avión, no fuimos atacados, dejamos caer nuestra carga de bombas lo más cerca posible del objetivo y regresamos a casa sanos y salvos. Aparte de cierto nerviosismo —hacía másde un año que no volaba en un ataque—, la principal diferencia era que ahora volaba en un Lancaster. Sin embargo, por diferentes razones, ambos ataques me afectaron notablemente.
Un día después de haber atacado Mannheim, recibimos fotografías del resultado de nuestro bombardeo. Como yo era un piloto de vuelo veterano, fui a la reunión de análisis de las fotografías. Éstas revelaban que el ataque había sido casi un fracaso totaclass="underline" la mayor parte de las bombas habían caído en campo abierto o sobre bosques, algunas de ellas a muchos kilómetros de la ciudad. Apenas un puñado de artefactos habían estallado donde se suponía que debían hacerlo, y habían provocado incendios en una pequeña zona industrial. Se veían algunos daños e incendios, todos ellos de menor importancia, diseminados por el resto de la ciudad. Al mismo tiempo, ya sabíamos que, de los doscientos aviones lanzados contra Mannheim esa noche, once habían sido derribados. No fue visto ningún paracaídas.