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El Ángel Negro

Электронная книга - «El Ángel Negro». Краткое содержание книги:

A veces, hechos sin aparente conexión, y que ocu-rren en lugares muy distantes, se vinculan de un modo misterioso y forman una red de la que es difícil escapar. En El ángel negro, el detective Charlie «Bird» Parker -protagonista ya de cinco novelas policiacas de John Connolly- se ve sumido en una de estas situaciones, un enrevesado caso en que la realidad y la fantasmagoría se funden de manera inextricable.
Éstas son las piezas del rompecabezas: una prostituta llamada Alice desaparece en un sórdido barrio neoyorquino; una colección de misteriosas cajas de plata de origen medieval, dispersas por el mundo, guarda en cada ejemplar un fragmento de un extraño mapa; una subasta de objetos arcanos suscita una gran expectación en Boston; en Francia y la República Checa se profanan varias iglesias…
El detective Charlie Parker debe enfrentarse, además, a un conflicto de lealtades. Por un lado, su amigo Louis, ex asesino a sueldo, necesita ayuda en la violenta búsqueda de su prima, la prostituta desaparecida en Nueva York; por otro lado, su mujer, Rachel, ya no resiste la tensión del peligro ni la continua amenaza que implica la convivencia con él. Y esta vez el peligro es mayor que nunca, porque Charlie se encara a seres dudosamente humanos, seres arraigados en un pasado remoto, la encarnación misma del mal: el ángel negro.
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Pero al Capitán no le interesaban esas bagatelas.

Y por tanto el abad había empezado a prepararse para lo que se avecinaba, pese a que la amenaza de destrucción estaba cerca. A veces los monjes oían voces de mando lejanas; en otras ocasiones les llegaban los gritos de los heridos y los moribundos a las puertas del monasterio. Aun así, no se interrumpían en su trabajo. Los caballos estaban ensillados, y un enorme carro cubierto, uno de los dos construidos expresamente para el abad, aguardaba junto a la entrada oculta al jardín del monasterio. Sus ruedas se habían hundido en el barro a causa del peso que transportaba. Los caballos tenían los ojos muy abiertos y echaban espumarajos por la boca, como si fueran conscientes de la naturaleza de la carga depositada en ellos. Casi era la hora.

«Una gran sentencia se ha dictado contra ti. Él te atará…»

Herejía, pensó el abad cuando esas palabras acudieron espontáneamente a él. Incluso la posesión del Libro de Enoc, condenado como escritura apócrifa, bastaría para atraer sobre su cabeza la acusación, y por eso había hecho todo lo posible para que la obra permaneciese oculta. Aun así, en su contenido había encontrado respuestas a muchas preguntas que lo inquietaban, entre ellas el carácter de la creación terrible y hermosa cuyos cuidados le habían encomendado, el deber de mantenerla escondida, que en ese momento recaía sobre él.

«Arrójalo a la oscuridad… Lánzale con fuerza piedras puntiagudas y cúbrelo de oscuridad; allí permanecerá eternamente; cúbrele la cara, que no pueda ver la luz. Y en el gran día del juicio permite que sea arrojado al fuego.»

Los aposentos del abad se hallaban en el corazón de las concéntricas fortificaciones del monasterio. El primer círculo, en el que estaba en ese momento, albergaba la iglesia conventual, reservada para uso de los miembros iniciados de la orden, el edificio del convento y la galería del claustro. En el lado del crucero de la iglesia opuesto al río se encontraba la puerta de los difuntos, que daba al camposanto. Era el portal más importante del monasterio, su compleja obra escultórica en marcado contraste con la austeridad de la arquitectura que la rodeaba. Aquello era la puerta entre la vida terrena y la eternidad, entre este mundo y el otro. El abad había acariciado la esperanza de que algún día acarreasen su cuerpo a través de ella y lo enterrasen junto a sus hermanos. Aquellos que habían huido ya por orden suya tenían instrucciones de volver cuando no hubiese peligro y buscar sus restos. Si la puerta seguía en pie, debían transportarlo a través de ella; si no, debían buscarle un lugar de todos modos, para que pudiese descansar junto a las ruinas de la capilla que tanto había amado.

El segundo círculo pertenecía a los iniciados; y éste contenía, además, el granero y, ante el pórtico de entrada a la iglesia, una parcela de tierra sagrada utilizada para cultivar el grano con el que se cocía la hostia. Dentro del tercer círculo estaban la puerta del monasterio; una iglesia para los legos de la orden, los fieles y los peregrinos; viviendas, huertos y jardines; y el cementerio principal. El abad contempló las murallas que protegían el monasterio, sus líneas se perfilaban con claridad incluso a oscuras gracias al falso amanecer creado por las fogatas en las laderas de los montes. Semejaba una visión del infierno, pensó. El abad no creía que los cristianos debiesen luchar por Dios, pero más que a aquellos que mataban en nombre de un Dios misericordioso, detestaba a quienes usaban el nombre de Dios como excusa para aumentar su propio poder. A veces casi creía comprender la ira de los husitas, por más que se reservara tales opiniones. Los que no se las reservaban no tardaban en ser descoyuntados en la rueda o quemados en una pira por su temeridad.

Oyó que se acercaban pasos, y a su lado apareció un joven novicio. Llevaba una espada y tenía el hábito sucio por los esfuerzos.

– Está todo listo -anunció el novicio-. Los criados preguntan si pueden enfundar los cascos de los caballos y envolver las bridas con trapos. Les preocupa que el ruido atraiga a los soldados.

El abad no contestó de inmediato. El joven tuvo la impresión de que el abad estaba tentado de aceptar esa última oportunidad de escapar. Al final suspiró y, como las bestias uncidas al carro, aceptó su ineludible carga.

– No -contestó-. Que no enfunden los cascos ni envuelvan las bridas. Deben apresurarse y hacer ruido.

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