Rubia peligrosa
- Автор: Мосли Уолтер
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Rubia peligrosa». Краткое содержание книги:
Situada en 1967, en la décima entrega de la serie de novelas criminales protagonizada por Easy Rawlins nos encontramos a un Rawlins de mediana edad que empieza a acusar el paso del tiempo y los fantasmas que nunca lo abandonaron. Easy está lidiando con en el hecho de haber abandonado a Bonnie ─a pesar de amarla como a ninguna otra mujer─, con que sus hijos ya se han hecho mayores y con que Los Angeles está sufriendo cambios tan radicales después de los enfrentamientos raciales, que hasta a un superviviente como él le cuesta adaptarse a la ciudad donde siempre ha vivido. Sin embargo, Rawlins siempre parece encontrar nuevos problemas a los que hacer frente.
Dos peligrosos amigos de Easy, Ratón Alexander y Navidad Black, han desaparecido. Al primero lo buscan por el asesinato de Pericles Tarr; Navidad, por su parte, dejó a su hija Pascua en casa de Easy y se esfumó. La aparición de la policía militar en busca de Black, hace que Easy se ponga a trabajar para descubrir qué ha pasado y la relación que existe entre las desapariciones de sus amigos, el asesinato de Tarr y la aparición de una mujer rubia que no es como parece ser.
«Sus compactos diálogos continúan centelleando y el modo en que Mosley compone sus escenas sigue siendo tan sagaz como siempre» The New York Times
– Mírame, tío -le ordené.
Su rostro y su cuerpo eran un compendio de la auténtica experiencia afroamericana. En sus mejillas y su bulbosa nariz se apreciaban rasgos del norte de Europa, influencia eslava en sus ojos asiáticos, una economía de siervo en su compacta estructura ósea y sus anchas manos. Tenía el pelo lanudo y los labios gruesos. Era la jambalaya criolla del Nuevo Mundo. Una docena o más de razas europeas y africanas competían por un espacio de su geografía corporal.
– ¿Quién eres? -susurró el hombre, espantado.
– Easy Rawlins.
– ¿Qué problema tienes conmigo, tío?
– Dicen que Raymond Alexander te mató.
– No, hermano. No estoy muerto.
– Pero la policía piensa que lo estás -insistí-. Y van a por Ray.
– El Ratón sabe dónde estoy, hombre. Me ha traído él a este sitio.
– Eres un hijo de puta mentiroso -dije, ahondando más en el lenguaje de la calle.
– Puedo probarlo.
Esperé quizá treinta segundos antes de hablar. Quería que Pericles Tarr se asustara lo más posible para poder llegar a la verdad rápidamente y volver a la pista de Navidad Black.
– Levántate.
Dentro, Jackson Blue, Nena Mona y Jean-Paul Villard estaban sentados en el salón, a un nivel más bajo, charlando como viejos amigos. Nena se inclinaba hacia adelante en su silla para hacerle una pregunta a JP.
Esta vez ella llevaba un vestido cruzado azul con unas sandalias con cintas amarillas para atarlas. Cuando me vio se levantó y exclamó: «¡tú!» con un énfasis que significaba que yo iba a tener problemas. Pero luego vio la pistola en mi mano y decidió que era el momento de volverse a sentar.
– Eh, Easy -dijo Jackson-, vamos, ven aquí. Nena nos estaba contando que vive en esa casita tan bonita, ella sola.
Me preguntaba cómo habrían conseguido mis cómplices aquellas buenas relaciones con la joven mercenaria, pero no tenía tiempo para considerarlo.
– Sí -dije-. En mi breve experiencia con ella he sabido que deforma un poquito la verdad. También dice que no conoce al Ratón.
– He dicho que no conocía su apodo -dijo Nena.
– Oh, oh. Escucha. Vosotros quedaos aquí y continuad con vuestra charla. Perry y yo vamos al dormitorio y tendremos unas palabritas.
Perry echó una mirada a Nena buscando algo de apoyo o ayuda, pero ella volvió la cara.
– Vamos -dije al hombre muerto.
En el vestíbulo, a mano derecha, había un dormitorio con dos camas individuales. La de la derecha estaba deshecha. Me senté en la cama hecha e hice un gesto con la pistola indicando la que habían usado Nena y Perry para el sexo.
Perry se sentó y juntó las manos. Dio una palmada y luego se las frotó como si fuera una mosca ansiosa.
– ¿Y bien? -dije yo.
– ¿Qué es lo que te preocupa, hombre? -gimió-. Yo no estoy muerto, así que no colgarán a Ray.
– Puede que sí, si no te encuentran -dije.
– No les dejaría que se cargaran a Ray.
– No es eso lo que me parece a mí. -Yo hablaba con el dialecto de la calle, lleno de amenazas no pronunciadas. Era una lengua que la gente negra de todo el país conocía muy bien.
– Te doy mi palabra -suplicó Pericles.
– ¿Y a Leafa qué le vas a dar?
– ¿Leafa?
– Soy detective, Pericles. Tu mujer pidió prestados trescientos dólares para que te buscara. Ella me contó lo de la emboscada durante la guerra, que te manchaste con sangre de tus amigos muertos en la cara para que no te mataran. Dijo que ella sabía que no estabas muerto.
Mis afirmaciones eran tan sorprendentes que eliminaron el miedo de golpe del rostro de Perry. Él intentó comprender cómo había podido fallar su complot.
– ¿Quién le iba a prestar trescientos dólares a Meredith?
– EttaMae Harris, precisamente. Meredith fue a ver a EttaMae y le dijo que ella no creía que Ray te hubiese matado. Dijo que me contrataría si Etta le prestaba el dinero.
– ¿Cómo? ¿Pidió prestados trescientos dólares sólo por si yo estaba vivo…? ¿Está loca o qué?
– Está desesperada, tío -dije yo, como si fuera un enemigo que finge ser un amigo-. No tiene nada. Te has ido. La quieren echar a patadas de esa casa alquilada.
– He conseguido dinero para ella -dijo Pericles, irguiendo los hombros ante aquel insulto a su virilidad.
– ¿Ah, sí?
– Treinta mil dólares.
Mi mente se quedó en blanco un momento. No había ni un solo negro entre mil de los que hubiese conocido jamás en mi vida que pudiera decir que había tenido treinta mil dólares en la mano. Y de los que podían hacer tal afirmación, todos eran jugadores o criminales. El Ratón.
– ¿Furgón blindado o nómina? -le pregunté a Pericles.
– ¿Cómo?
– Ya me has oído, negro -dije, levantando el 38.
– Nómina.
– ¿En qué estado?
– Washington.
– ¿Estás loco, señor Tarr?
– ¿Qué quieres decir? ¿Qué estás intentando hacer, tío?
– Te lo voy a decir -afirmé-. Fuiste circulando por ahí en un Chrysler azul que Ray y tú le comprasteis a Primo. Llevabais las matrículas normales de Washington, pero les pusisteis unas robadas cuando se acercó el momento del trabajito. Temprano por la mañana tú fuiste a la tienda adonde trasladaban el dinero los guardias, 250.000 dólares o más. Los guardias te dejaron que les golpearas en la cabeza y Ray y tú trasladasteis todo ese dinero al maletero, os fuisteis a un motel, lo metisteis en cajas y lo enviasteis aquí, a esta casa.
– Pero ¿quién cojones eres tú, tío?
– ¿Le has contado a Nena de dónde sacaste el dinero?
Él meneó la cabeza negativamente.
– Porque si lo haces -continué-, Ray os matará a los dos.
– No he dicho ni media palabra.
– Me lo has contado a mí.
– Tú llevas un arma y ya lo sabías casi todo.
– Si se lo cuentas a alguien estás muerto.
– Le he dicho a Nena que he ganado 12.000 dólares en las carreras de caballos. Es lo único que le he dicho. Le he comprado algunos vestidos y le he prometido que la voy a llevar a Nueva York a lo grande.
– Dame el dinero para Meredith y los niños -le dije.
Perry ni quisiera titubeó. Fue al armario, levantó una placa de hierro en el suelo y sacó una funda de almohada llena de fajos de billetes de veinte dólares.
– Treinta mil -dijo-. Hay una carta cerrada y dirigida a ella. Iba a dejársela allí cuando estuvieran durmiendo, por la noche.
– ¿Cuándo te vas a Nueva York? -le pregunté.
– El lunes que viene. Volamos en primera clase. Vamos a vivir en Brooklyn. Después de que yo me divorcie, nos casaremos.
Dudé de que aquella boda tuviese lugar jamás, pero así las cosas irían bien, porque Perry estaría mejor sin Nena Mona.
– Una pregunta más -dije.
– ¿Qué?
– ¿Dónde está Raymond?
Parpadeó cuatro veces.
– No, hombre, no -dijo-. No puedo decirte eso. Ray me mataría, estuviera donde estuviese, si te contara eso.
Yo me guardé la pistola en el bolsillo y suspiré.
– Bueno -dije-. De acuerdo. Ya veo que realmente lo crees así.
– Te lo aseguro -dijo Perry de nuevo.
– Ya lo sé. Así que no te importará que mis amigos y yo te atemos de pies y manos y te arrastremos con Meredith y todos esos niños.
Pericles Tarr era un hombre decidido, a pesar de su debilidad. Le asustaba más el amor de su familia que el hombre más mortífero de Los Angeles. Me dio una dirección en Compton sin una sola duda más.
38
Cuando Perry y yo volvimos al salón, Jean-Paul estaba hablando con Nena. Ella sonreía y movía la cabeza con timidez. Yo llevaba la funda de almohada en una mano y el 38 en la otra. Había sacado el arma de nuevo para evitar que la joven explosiva hiciera preguntas.