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Электронная книга - «Regocijo en el hombre». Краткое содержание книги:

Premio Eugenio Nadal 1983
Regocijo en el hombre es una documentada visión del mundo anglosajón y vikingo que nos ofrece tres relatos narrados en primera persona, cuyo resumen configura la historia en todos sus detalles. Un obispo, un rey y un príncipe. Tres protagonistas de un argumento común pero a la vez con una perspectiva propia. A lo largo del relato van surgiendo los conocimientos, las concepciones políticas, morales y religiosas de la mano de un escritor pródigo en recursos. El uso del lenguaje, los modos arcaicos de resonancias clásicas, mantiene su calidad a lo largo del libro, no desmayando su interés en ningún momento. Al final, es la solidaridad la que triunfa, la que enriquece a cada uno de nosotros, pues el hombre se regocija en el hombre, como canta el poema vikingo.
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Regresamos a la estancia anterior.

«El deán secretario ya tiene mi cédula con los cuatro obispos que han de ser nombrados para las sedes vacantes. Todos adictos. Podéis confiar en ellos. Os entregaré una cédula como me habéis pedido. Desgraciadamente no nos quedan muchos nobles ahora: los más fieles han sucumbido en el Disey. En cuanto a los que sobrevivieron, bastardos y nobles, el mejor servicio que pudieron hacer al reino hubiera sido morir.» Tomó asiento y se dispuso a escribir. «No siempre suceden las cosas como debieran, señor senescaclass="underline" vos mismo lo experimentáis con vuestro enemigo Thumber. Pero Dios nos permite disponer lo conveniente para enmendar las omisiones. Tengo decidido que se lleve en procesión los despojos de los cuatro obispos para hacerles los honores y sepultarlos en sus respectivas sedes. El cortejo será uno; recorrerán, una tras otra, las cuatro ciudades. Con el pretexto de que resulte más solemne. Ello llevará más tiempo. El cortejo estará formado por los bastardos y nobles que ya conocéis del Disey. Nos proporcionará un respiro de al menos dieciséis semanas. Después actuaremos según se presente. Espero os parezca acertado mi plan.»

Era grato observar su temple y previsión. ¿Cómo no podía parecerme? Así lo dije. Con su encanto y atractivo mostraba la serenidad de un volcán dormido. Viéndola no descansaba la fantasía. «Jamás puse mi entera confianza en una persona -dijo reposadamente-; ahora lo hago en vos, pues sois el más noble, fiel y leal caballero que he conocido. Tengo esperanza en vos: llegaremos a realizar juntos grandes proyectos.»

Seguido de Teobaldo y los sesenta guerreros cabalgué durante seis semanas por los caminos del reino. Con las cédulas de la señora se me abrían las puertas de sus condes, nobles principales y caballeros, los más fieles vasallos, a quienes informaba sobre la situación del reino. Parte de ellos estaban enterados de la batalla y sus resultados. Otros lo ignoraban aún, pero no se sorprendieron, pues los augures pronosticaron graves calamidades de acuerdo con el movimiento de las estrellas errantes, el cometa que apareció durante tres semanas seguido de una larga cabellera luminosa, el vuelo de las aves. También los abades de los más importantes monasterios prestaron su apoyo al proyecto de levantar un ejército, que calificaron de cruzada, y juraron fidelidad a la Regidora del Estado, que debían renovar cuando les fuera posible visitar el castillo de Ivristone. Su ayuda sería estimable y valiosa para conseguir hombres y caballos, armas y vituallas, que inmediatamente salían para los puntos de reunión establecidos. Aquellos principales que poseían barcos interesaban especialmente, para lograr así mismo su promesa de ayuda por tierra y por mar. Todos los contingentes de campesinos eran armados por sus señores. Teobaldo apenas descansaba, atareado en enviarlos allí donde se integrarían en guarniciones, para reforzar las fortalezas más estratégicas ya por mí designadas.

Organizamos el viaje de modo que visitamos los lugares de mayor compromiso, y se dispuso fueran reforzadas trincheras y murallas, unas de piedra, otras de tierra, construidos terraplenes, con lo que se ocupaba a los soldados y campesinos en el entrenamiento y mejora de las obras defensivas. También ordenamos se levantaran nuevas fortalezas allí donde el lugar primaba por su valor estratégico para cubrir un paso, defender una amplia zona, en los vados de los ríos, y en montes que dominaban ambas vertientes.

Pronto observé que se carecía de una flota. Si gran parte del peligro del reino nos llegaba por las playas, mediante los desembarcos de los piratas, ¿cómo se explicaba no disponer de barcos que hicieran posible combatirles, perseguirles, transportar tropas y víveres donde fuere preciso? Me parecía suicida aquella impunidad.

Todos los proyectos realizados y los concebidos, así como modificaciones en la estrategia defensiva del reino, los llevaba bien detallados en los mapas para mostrarlos a la señora. Tenía amplio informe que rendirle para darle cuenta de las gestiones realizadas en su nombre, y la buena disposición de todos los vasallos que nunca regatearon esfuerzos. Quienes lejos de manifestar extrañeza por mi cargo, al ser extranjero, comprobaban complacidos lo que sobre mí proclamaba la fama. No menos efecto les producía examinar mi escolta de bravos y disciplinados guerreros, cuya sola visión denotaba la valentía de sus ánimos, la fuerza de sus brazos, la fidelidad de su corazón. Legítimamente me enorgullecía de mis hombres, y al ser estos señores buenos conocedores del arte militar apreciaban su arrojo y experiencia en la lucha, sabedores de ardides que la fama ensalzaba, pues los juglares recorrían todas las mansiones del reino. Era para ellos regocijo y satisfacción, y así lo proclamaban, conocer que nos ocupábamos de organizar un ejército, pues nuestra presencia, decían, hacía menos peligrosa la difícil coyuntura.

Llegué por la noche a Ivristone. Me aseé en mi cámara y cambié mis ropas por otras de corte, sin polvo del camino. Tan rápidamente como pude me presenté a la señora, que a la sazón se encontraba en el comedor acompañada de sus damas y del obispo innominado, todos los cuales mostraron su regocijo al verme. El obispo continuaba rodeado por el nimbo luminoso, lo que renovaba mi esperanza. Aunque ni la señora ni las damas pudieran observarlo, lo que no obstaba para que le considerasen santo, por lo que le tenían en mucha reverencia. Creo que el obispo se ufanaba en su corazón.

Muchas horas hacía que no había tomado alimento. Por ello vínome bien que la señora insistiera en acomodarme a su lado, para dedicarnos a los asuntos de Estado después que acabáramos de yantar. Conociera antes otras cortes, si bien gobernadas por hombres, donde en la mesa servían ciervos enteros, gamos y jabalíes, gansos y ocas asadas, que eran partidos en trozos usando sus propias dagas, arrancados de sus huesos con los propios dedos, que empujaban después en la garganta con tragantadas de rojo vino tomado en enjoyadas copas. Todo en Ivristone resultaba más refinado. Quizás fuera el predominio de las mujeres. Sin duda influido por un cierto caballero llamado Monsieur Rhosse que marcaba la moda, apropiada para damas, así en hábitos de mesa como en costumbres y vestidos de tan altas señoras. Me parecían deseosas de entretenimientos, pues la ausencia de caballeros ocupados en tareas fuera del castillo, y de diversiones debido al luto de la corte, las tenían sumidas en el aburrimiento. Por ello embromaban al señor obispo todo el tiempo y se entrometían con Monsieur Rhosse, que no se alteraba por las ingenuas bromas de sus pupilas, empeñado en implantar los usos de las cortes extranjeras, de lo que era maestro. Causaba risa pensar que el tal arbitro y juez nos llamara bárbaros, mientras nosotros calificábamos con el mismo adjetivo a los habitantes de aquellas cortes tomadas por Monsieur Rhosse como arquetipos del refinamiento y la elegancia.

Al concluir la cena animó la señora a sus damas para que entretuvieran la velada sin excesos; quedaba con ellas el señor obispo para garantizarlo, pues la juventud es propicia al olvido. Y nos retiramos a deliberar.

Junto con los informes de mi viaje le expuse las noticias llegadas de mi buen Cenryc, bien asentado con la mesnada en los Pasos de Oackland, cuya invulnerabilidad quedaba garantizada. Manifestaba no haber sufrido ataque alguno hasta entonces; sólo la presencia de algunos exploradores que huyeron para informar a Raegnar.

Al coincidir mis informes con las noticias que le habían llegado por sus mensajeros y correos, la señora asentía de buena gana a mis proposiciones y criterios. Muy complacida quedaba del gran avance logrado en tan corto plazo, y en verdad resultaba asombroso en un reino que poco antes aparecía desvalido y a merced de cualquier enemigo lo suficientemente osado.

Un clima de entendimiento se abría entre ambos. Una corriente de confianza y simpatía emanaba de aquella mujer tan prodigiosa, evidente en la exposición de los planes que iba concibiendo, segura de que entre los dos podríamos alcanzar grandiosas metas que sin duda nos quedarían vedadas por separado. Adivinaba que todas aquellas ideas eran fruto de una meditación profunda. Y como era la hora avanzada y la exégesis de cuanto apuntaba llevaría tiempo, manifesté que tenía el propósito de ponerme en camino de nuevo al rayar la aurora.

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