La Fortuna de Matilda Turpin
- Автор: Помбо Альваро
- Год: 2006
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «La Fortuna de Matilda Turpin». Краткое содержание книги:
Una elegante casa en un acantilado del norte de España, en un lugar figurado, Lobreña, es el paisaje inicial y final de este relato. Ésta es la historia de Matilda Turpin: una mujer acomodada que, después de trece años de matrimonio feliz con un catedrático de Filosofía y tres hijos, emprende un espectacular despegue profesional en el mundo de las altas finanzas. Esta valiente opción, en este siglo de mujeres, tendrá un coste. Dos proyectos profesionales y vitales distintos, y un proyecto matrimonial común. ¿Fue todo un gran error? ¿Cuándo se descubre en la vida que nos hemos equivocado? ¿Al final o al principio?.
– Sabes, Antonio? Matilda quería que les cuidáramos a todos. A Juan, a los niños. Quería que nosotros, tú y yo, ocupáramos su lugar cuando faltara ella. Y yo dije: Pero es que no vamos a poder ¿Cómo vamos a ocupar tu lugar nosotros dos? Aunque queramos no podremos. Y Matilda dijo: Si queréis, podéis. Y estoy segura de que queréis. Porque yo no hice las cosas bien. Me equivoqué. Yo no la entendía y le dije: ¿En qué te equivocaste? No te equivocaste. Yo contaba con vivir, contestó Matilda, mucho tiempo, muchísimo más tiempo, tanto como Juan y entonces arreglarlo. Ocuparme de todos entonces. Pero no me dio tiempo. Y ahora ya no puedo. Estaba tan contenta al principio, eso dijo. Que estaba muy contenta cuando nos pusimos las dos a los negocios. Yo también estaba muy contenta. Ya no se podía pensar después en otra cosa. Entonces se declaró la enfermedad de golpe. Y ahora ya no hay tiempo porque Matilda ya no está…
XXII
Angélica se ha retirado a su habitación por fin, son pasadas las doce de la noche. Han pasado juntos la tarde, con la interrupción de la merienda, que han tomado ellos dos solos, una costumbre veraniega del Asubio, hacerse cada cual su merienda-cena. Es una situación tan tonta -ha decidido Juan Campos- que no puede ser peligrosa. Angélica es una tonta. Y sería sólo tonta, si un remoto rencor contra Matilda no la aguzara un poco. Juan no advirtió este rencor hasta hace unos días. La verdad es que, igual que a Matilda, la novia de Jacobo le pareció una boba con buen tipo, de buena familia, y ciertas pretensiones culturales, en esa línea semiculta de los treintañeros de hoy en día. Juan sabe lo que pasa en su casa. No está tan ensimismado como aparenta. Y desde la irrupción de Emilia en su despacho, seguida por la declaración de hostilidades de Fernandito, el ensimismamiento se ha ido sustituyendo por una alerta embozada. Ahora Juan Campos no está ensimismado, ahora es una alerta mantenida en reserva: ahora Juan Campos es un reservado. No teme por su seguridad sentimental (nadie puede llegar hasta el centro de Juan Campos: quizá ni siquiera hay un centro), pero teme la incomodidad que sería la secuela de un dolor o un duelo muy pronunciado por parte de Emilia, o una hostilidad incontrolada de Fernandito. A esto se han añadido, por pura casualidad, Angélica y sus confidencias. Angélica le resulta a Juan Campos cómicamente trágica, y su situación, tal como la propia Angélica la describe, una fuente de comicidad casi pura. Las cuitas de Angélica le divierten por pura maldad, como ya descubrió Bergson en La risa. Y la risa es contagiosa. Se dice que nadie se reiría si estuviera, por hipótesis, completamente solo en el mundo. Pero Juan Campos, ensimismado como está, engastado como está en su reserva, ¿con quién se ríe ahora de Angélica? ¿Quién proporciona a Juan Campos ahora sociedad suficiente para que reírse de Angélica sea contagioso y se le contagie al propio Juan Campos que, en apariencia al menos, cerrado en su despacho hasta a altas horas de la madrugada se ríe solo? Juan, a solas con Matilda ahora, se ríen juntos de Angélica, la absurda y guapa esposa de su hijo mayor. Mi amante se ha convertido en un fantasma: yo soy el lugar de sus apariciones. Esta frase de Arreola, el narrador mexicano, que Juan oyó hace tiempo -con seguridad después de la muerte de Matilda- preside ahora esta punzada cómica que Angélica le causa y que no causaría el menor efecto cómico sin la presencia fantasmal de Matilda en su conciencia. Y bien, mi amor, ¿y ahora qué? -dice Juan Campos entre sí, tan por lo bajo que sólo Matilda lee sus labios-. Angélica y Juan han pasado la tarde analizando el matrimonio de Angélica y Jacobo: una curiosa ironía -piensa Juan- el que contrariamente a la presunción, por parte de Fernandito, de la culpabilidad erótica paterna, lo único que haya habido entre suegro y nuera haya sido un debate de alto nivel acerca de la continuidad de la vida matrimonial. La comicidad, en este caso, procede directamente del alto nivel. Desde un principio ha comprendido Juan que ningún otro nivel, excepto el más alto, satisfaría la voluntad confesional de su nuera. Y de esto es Matilda -fue Matilda- quien le enseñó a reírse. Y quizá también a sentirse -brevemente, eso sí- culpable por reírse de las desdichadas criaturas mortales de quienes Matilda Y Juan se reían de jóvenes. ¡Fue tan dulce al principio, fue tan nuevo y tan puro y tan cómico al principio! Una furtiva lágrima no resbala ahora -salvo tal vez hacia adentro- en recuerdo de la Matilda Turpin de veinticinco años que apareció aquella mañana de octubre en el bar de la Facultad de Filosofía de Madrid y pidió una caña y un bocadillo de tortilla en la barra del bar.
Matilda, sin corazón: no tenía corazón, el corazón tiene razones que la razón no entiende, y Angélica -que en el curso de la tarde ha recordado el texto pascaliano- ha declarado que la innegable inteligencia de Matilda era una inteligencia sin afectos, desafecta, despegada. Por eso pudo dedicarse al más despegado y brillante de todos los negocios: la bolsa. Su suegro ha sonreído, ha asentido, no se ha comprometido en exceso esta noche: mientras escuchaba el agitado y en el fondo monótono y repetitivo parloteo de su nuera, Campos decide omitir, al menos de momento, los lados del comportamiento de Matilda que delataban su fuerte corazón (salvaje quizá, pero también cálido): hay que echarle hilo a la corneta de Angélica, dejarla que se cueza en su salsa, que se desplome del alto coturno de su comineo de alto standing la gracia estará en eso, en verla desplomarse de buenas a primeras, más tarde o más temprano. El único comentario veladamente guasón de Juan ha sido:
– ¿Y si…, Angélica, hubiera sido justo al revés?
– Cómo al revés? -ha inquirido Angélica con la vivacidad sobresaltada de quien se siente repentinamente agredida por un mosquito. Es un efecto muy cómico éste de los sobresaltos de Angélica cuando, interrumpida en una de sus tiradas por una sugerencia ajena, por nimia que sea, todo el discurso se le viene abajo: parece desconsolada de pronto, como a punto de llorar.
– Pues al revés: que el que no tuviera corazón fuese yo, y Matilda en cambio la que tuvo corazón por los dos y aún lo tiene.
– La prueba de que tú tienes corazón es lo que dices ahora! ¡Si no lo tuvieras no lo dirías! -ha exclamado Angélica.
Ahora se disuelve Angélica en la penumbra. Tiene tan poca importancia que entre su presencia real y su presencia irreal apenas hay distancia. Es un fantasma pobre, un fantasma que puebla el mundo real de Juan Campos, volviéndolo cómico, imaginariamente cómico. Matilda es, en cambio, el gran fantasma que esta noche, como tantas otras desde su muerte, da la impresión de aparecer y desaparecer por propia voluntad. Juan tiene la impresión de que Matilda no acude a su convocatoria: da igual que otros la evoquen como lo hizo Emilia la otra tarde, como lo hace a diario Fernandito, con su belleza andrógina que tanto recuerda a la de su madre y cuyo genio irónico tanto tiene, en agraz, de Matilda. Matilda ha superpuesto, a su ausencia mortal, su ausencia fantasmal. Y Juan Campos, con una terquedad que recuerda la terquedad minuciosa del amor, la evoca en vano. Cuando Juan quiere, Matilda no quiere. Cuando Juan no quiere, Matilda le transforma en el lugar de sus apariciones y le invade. Es como si regresara de nuevo de los viajes, imprevisible. Y amante. Juan Campos musita y nadie lee sus labios, lo irritante acabó siendo eso: que ella era mi amante y yo su amado. Nunca logré invertir estos dos roles.
Esta noche ciega. Se ha levantado el viento del mar. Afuera ruge el mar. Afuera, sin luna, cruje el viento marítimo de los acantilados. Afuera, en el jardín del Asubio, los castaños de Indias enmohecidos, sacudidos, asienten doblegándose a la corrupción de sus copas verdeantes del verano lejanísimo. Afuera vendrá la lluvia, arreciará el viento, no habrá ninguna luz, y abajo Lobreña será un pueblo anticuado y cerrado de casonas obliteradas por la lluvia y el viento y la continuidad salobre de todos los difuntos pasados, presentes y futuros. Y dentro, en el interior del cuarto de estar de Juan Campos, la memoria no es una línea recta, ni hay en el corazón o en su voluntad ya líneas rectas. Pero es viva, sin embargo, la memoria advenediza, turgente, casi procaz, que ahora atrae hacia sí misma, desde fuera de sí misma y desde dentro de si misma a la vez, en un juego de espejos y de voces, el tiempo anterior, el desfondado. Afortunadamente dentro del despacho de Juan Campos el fuego de la chimenea se reaviva por sí solo como el fuego crepitante de una leyenda antigua. Y el mármol cálido y sonrosado de la chimenea tiene la calidad, al tacto, de la piel joven, de la mujer joven, del Juan joven que se dejó amar por Matilda.