Lo mejor de la ciencia ficción rusa
- Автор: Журавлева Валентина Николаевна, Днепров Анатолий Петрович
- Год: 1972
- Язык: испанский
- Год: Editorial Bruguera
- Переводчик: Carlos Robles
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «Lo mejor de la ciencia ficción rusa». Краткое содержание книги:
Cinco días más tarde, después de haber hecho saltar el helicóptero por el aire, como estaba convenido, llegó a una ciudad mongola.
Una semana después empezaron a soplar los vientos de otoño. Arrastrando oleadas de arena, allanaron toda huella de la cavidad. La arena, compuesta, como el tiempo, de infinitas partículas, había hecho desaparecer el último campamento de la expedición Bern…
En la oscuridad avanzaba lentamente una llamita verde temblorosa e incierta. Al inmovilizarse, Bern comprendió que era la lamparita de señalización del relé radiactivo. Quería decir que el relé había funcionado según lo previsto.
La conciencia le volvía paulatinamente. Bern descubrió a la izquierda las laminitas abatidas del electroscopio del reloj secular: estaban detenidas entre los números 19 y 20.
— Estamos en el centro del veinteavo milenio… — murmuró Bern, con excitación contenida. Su cerebro funcionaba perfectamente.
El profesor movió lentamente los brazos, las piernas, el cuello, abrió y cerró la boca. El cuerpo obedecía; sólo la pierna derecha estaba aún dormida. Quizá la temperatura aumentase con excesiva rapidez… Bern hizo nuevos movimientos enérgicos para desentumecer los miembros y luego se levantó. Examinó los aparatos. Las agujas de los voltímetros estaban caídas; evidentemente, los acumuladores se habían agotado durante la descongelación. Bern enchufó todas las baterías térmicas sobre la carga: las agujas se movieron en el acto para desplazarse hacia arriba. Bern se acordó en aquel momento de Nimayer: los termo elementos no le habían traicionado. Este recuerdo provocó un extraño pensamiento: Nimayer había dejado de existir mucho tiempo atrás, ya no había nadie.
La mirada se desplazó hacia la bola metálica del techo: estaba oscura y ya no brillaba. Bern se impacientó poco a poco. Examinó otra vez los voltímetros: los acumuladores se cargaban lentamente, pero, de enchufarlos junto a las baterías térmicas, podrían generar energía suficiente para volver a la superficie. Bern se cambió de ropa y, pasando a través de una escotilla en el techo de la cámara, subió a la cúpula de apertura automática. Enchufó la clavija, oyó el rumor de los motores eléctricos, cuyas revoluciones aumentaban. La rosca de la cúpula había empezado a penetrar en el suelo. El pavimento de la cabina experimentó una ligera sacudida. Bern notó, tranquilizado, que la cúpula empezaba a desplazarse hacia lo alto… Por fin, el seco crujido de las tierras sobre el metal se interrumpió; la cúpula había salido a la superficie. Bern empezó a destornillar con la llave inglesa las tuercas que fijaban la puerta. Cedían con dificultad, y se arañó los dedos. De pronto apareció por la rendija una luz crepuscular azulada. Otro esfuerzo más y el profesor salió de la cúpula.
En el fresco crepúsculo de la tarde se alzaba una selva espesa y silenciosa. El cono de la cúpula había perforado el terreno justamente junto a las raíces de uno de los árboles; su tronco potente alzaba con orgullo la espesa copa de sus hojas hacia el cielo, que se oscurecía, Bern se sintió mal al pensar en lo que hubiera ocurrido al crecer aquel árbol un poco más a la izquierda. Se acercó al tronco y lo golpeó. La corteza esponjosa le humedeció las manos. ¿De qué género será? No le quedaba otro remedio que esperar el día.
El profesor volvió a la cúpula y comprobó todas sus provisiones: las conservas alimenticias y el agua, la brújula, la pistola. Encendió un cigarrillo. «Tenía razón — le dijo su pensamiento, triunfante—: el desierto se había convertido en una selva. Con tal que el reloj radiactivo no le hubiese jugado una mala pasada. ¿Pero cómo comprobarlo?»
Los árboles crecían a una cierta distancia uno del otro y en los espacios se podían ver las estrellas encendidas en el cielo. Bern miró al firmamento. Su pensamiento relampagueó: ahora, la estrella Polar debía ser la de Vega…
Encontró en la oscuridad un árbol cuyas ramas eran muy bajas y se subió a ellas con alguna dificultad, llevando la brújula. Las ramas le arañaban la cara. Su ruido asustó a un pájaro, que lanzó un grito agudo y saltó de la rama, golpeando dolorosamente la mejilla de Bern. Aquel grito extraño retumbó en todo el bosque. El profesor, jadeante, se instaló en la rama más alta y levantó la cabeza.
Era ya de noche. Sobre él se extendía un cielo tachonado de estrellas completamente desconocido. El profesor buscaba con los ojos las constelaciones de la Osa Mayor, de Casiopea. No eran visibles. Por otra parte, tampoco podían estar: en el curso de los milenios, las estrellas se habrían desplazado, trastornando todas las cartas astronómicas. Sólo la Vía Láctea atravesaba, como antes, el firmamento con su franja clara de polvo luminoso. Bern acercó la brújula a sus ojos y miró la aguja, que apuntaba hacia septentrión, brillando débilmente en la oscuridad. Miró, pues, en aquella dirección. A una cierta altura sobre el horizonte, allí donde terminaba el cielo estrellado, vio la constelación de Vega. Cerca de ella brillaban estrellas más pequeñas, la constelación retorcida de Lira.
Ya no cabía la menor duda: Bern se encontraba hacia el principio de un nuevo ciclo de presesión, en el veinte milenio…
Pasó la noche en cavilaciones. No podía dormir de ninguna manera y esperaba el alba entre escalofríos. Por fin, las estrellas se apagaron y tras los árboles apareció una niebla gris y transparente. El profesor atisbo en la hierba alta y espesa bajo sus pies. ¡Un musgo gigante! Esto significaba, tal como había previsto, que al terminar la era glacial, habían empezado a desarrollarse plantas criptógamas, las más primitivas y resistentes.
Poco a poco, vencido por la curiosidad, Bern empezó a avanzar por la selva. Los tallos largos y flexibles del musgo se enredaban en sus piernas; sus zapatos bien pronto quedaron empapados por la escarcha. Parecía como si ya fuese otoño. Las hojas de los árboles eran de muy diferentes colores: las verdes se mezclaban con las rosas, las naranjas con las amarillas. La atención de Bern fue atraída por algunos árboles delgados de corteza rojo cobriza. Sus hojas se distinguían de las otras por su fresco color verde oscuro. Se acercó. Los árboles se parecían al pino, pero en lugar de las agujitas, apuntaban hojitas duras y cortantes, que olían a resina.
La selva se despertaba poco a poco. Se levantó un leve vientecillo que borró los restos de la niebla. El Sol se había elevado sobre las copas de los árboles, el Sol de siempre, que no había envejecido y esparcía sus rayos luminosos como otras veces. No había cambiado lo más mínimo en el curso de ciento ochenta siglos.
El profesor avanzaba golpeando de vez en cuando las raíces, poniendo continuamente en su sitio las gafas, que resbalaban de sus narices. Por un momento oyó entre las ramas rumores que parecían gruñidos. Tras los árboles apareció el cuerpo oscuro de un animal de cabeza cuneiforme. Jabalí, decidió Bern, pero con la novedad de un cuerpo sobre el hocico. Al descubrir al profesor, el jabalí permaneció inmóvil por un segundo, y luego, de repente, se escondió entre los árboles con un grito estridente.
— ¡Caramba! ¡Ha tenido miedo de un hombre! — dijo Bern para sí, mirando, sorprendido, hacia atrás.
Su corazón casi dejó de latir. Sobre el musgo agrisado, mojado aún por el rocío, se distinguían claramente unas huellas oscuras que atravesaban el prado. ¡Eran huellas de pies humanos desnudos!
El profesor se inclinó sobre las huellas. Eran lisas y el dedo gordo aparecía netamente separado de los demás. ¿Sería posible que se hubiesen cumplido todas sus previsiones? Bern olvidó todo e, inclinándose para ver mejor, siguió aquellas huellas. Allí vivían hombres, y, a juzgar por el hecho de que los jabalíes les temieran, se trataba de seres fuertes y ágiles.
El encuentro sucedió inesperadamente. Las huellas conducían a un pradito, del que antes habían llegado hasta Bern exclamaciones guturales y estridentes. Luego se dio cuenta de que algunos seres cubiertos de un pelo amarillo grisáceo estaban encorvados junto a los árboles, cogiendo las ramas con las manos. Miraban en dirección al profesor. Bern se detuvo y, olvidando toda prudencia, empezó a examinar ávidamente a aquellos bípedos. Sin duda, eran simios en proceso de humanización: tenían manos con cinco dedos, la frente baja e inclinada tras los arcos muy pronunciados, así como mandíbulas pragmáticas bajo una nariz pequeña y plana. El profesor vio que dos de ellos llevaban sobre la espalda algo semejante a dos capas de piel.